Contribuciones a las Ciencias Sociales
Diciembre 2009

 

LA FÁBRICA: ARQUITECTURA Y CONTROL DE LA MANO DE OBRA


Ignacio Casado Galván (CV)
dphicg@yahoo.es
 


 

Resumen: La fábrica define de un nuevo espacio que viene determinado por el nuevo modo de producción y que desarrolla un nuevo lenguaje arquitectónico. La creación de ese lenguaje fue el resultado de un largo proceso como ha estudiado Ornela Servafolta. La fábrica, se ha gestado en la búsqueda de un espacio que permitiese obtener la máxima rentabilidad económica, el mayor beneficio posible. Para ello ha buscado la funcionalidad: se ha adaptado a las continuas innovaciones tecnológicas y cambios del proceso de producción y también el control de los trabajadores. Por eso la podemos caracterizar como el espacio de la disciplina, en términos de Michel Foucault: mediante el sometimiento de los cuerpos de los hombres efectúa una función económica articulada sobre un papel político. De esa forma través de la configuración de esos espacios y de sus transformaciones se vislumbra la propia evolución social. El espacio industrial no es por tanto el resultado de la mera evolución tecnológica o de una forma arquitectónica, sino que se constituye como resultado de una estrategia de dominación capitalista y de las luchas y resistencias obreras frente a los tipos de disciplina sucesivamente impuestos por esa estrategia

Palabras clave: fábrica, arquitectura, disciplina, manufacturas, workhouses.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Casado Galván, I.: La fábrica: arquitectura y control de la mano de obra, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2009, www.eumed.net/rev/cccss/06/icg10.htm



La tipología que mejor caracteriza al espacio industrial es la fábrica: en ella la creación del nuevo lenguaje arquitectónico industrial se concreta en la definición de un nuevo espacio que viene determinado por el nuevo modo de producción. En la fábrica se concretan mejor que en ningún otro edificio todas las características formales de un nuevo lenguaje arquitectónico.

La creación de ese lenguaje fue el resultado de un largo proceso cuyas dos características quizá más significativas fueron, según Ornela Servafolta, la “anonimidad y [la] tendencia a la reelaboración de prácticas empíricas (muchas veces transmitidas oralmente por desconocidas generaciones de artesanos)” . El funcionalismo utilitario es su característica general, pero este no hay que interpretarlo reducccionisticamente de forma determinista, sino que hay que estudiar cada caso concreto para entender su verdadero significado. De hecho cada edificio desarrolla tácticas locales concretas, que solo más tarde se convertirán en soluciones normalizadas para responder a los dos factores fundamentales que lo condicionan: “la funcionalidad que se concreta en la organización interior y exterior del edificio de forma que favorezca lo más posible la eficacia del proceso productivo, y el control de los trabajadores, con idéntica finalidad. Dicho en otros términos se trata de explotar al máximo tanto los nuevos instrumentos que ofrece la tecnología como la fuerza de trabajo obrera” .

Este proceso tuvo un doble ámbito de actuación: junto al ámbito popular de construcciones anónimas también se desarrolló en la tradición culta aplicando el lenguaje académico a las construcciones utilitarias. Esto se manifiesta más claramente “en las empresas dirigidas por una autoridad institucional indiscutida” donde “el lugar de trabajo intentaba, a parte de racionalizar el momento productivo, establecer fórmulas y relaciones que interpretasen la nueva organización social y transmitiesen sus contenidos según una tendencia que atraviesa todo el siglo XVIII (con epígonos significativos en el siglo siguiente, como puede verse por ejemplo en las colonias patronales)” .

En este sentido destacan las Manufacturas Reales, de organización estatal, del XVIII : “lugares de trabajo, pero también centros para la elaboración del gusto y para la transmisión de modelos culturales [...] se inspiraban generalmente en las formas del castillo real [...] o en la residencia aristocrática, de los que tomaban simplificándolos los modelos distributivos con instalaciones simétricas formadas por un cuerpo central y alas laterales dispuestas alrededor de un patio” . Tipológicamente se concretan en un edificio bloque con uno o más patios interiores o en la agrupación de pabellones en plena naturaleza. En general se basaban en un criterio distributivo que “a través de una serie de artificios formales, forzaba la atención de los observadores a converger en un pabellón central donde se concentraban los atributos del poder y desde el que era posible ejercer la vigilancia” que las conectan directamente con una serie de tipologías encaminadas a mantener el orden social en particular con los edificios penitenciarios, ya que su función no era solo responder con eficacia a la producción sino también “a la implantación de un orden moral y de un control social” .

En el caso español es paradigmática la Fábrica de Tabacos de Sevilla “con su excelente arquitectura y sus monumentales fachadas, ornamentadas con esculturas simbólicas, ocultaba tras sus muros todo un sistema de control prácticamente carcelario que garantizaba la producción y el orden social constituido. Ventanas enrejadas, laberíntico sistema de corredores, que conducían siempre hacia el interior, limitando los accesos y las salidas a puntos muy concretos y perfectamente controlados; puestos de guardia, calabozos, etc., convertían esta fábrica de majestuosa apariencia exterior en un auténtico espacio de reclusión” .

Las wokhouses inglesas muestran como el lugar de trabajo al entenderse como momento de producción y como ocasión de control social era reconducible a los espacios coercitivos. Ya existentes en el siglo XVIII entran en pleno vigor tras la promulgación del Poor Law Amedment Act de 1834 para el trabajo forzado de pobres y vagabundos para lo que se van a construir gran cantidad de edificios (en solo cinco años se construyeron más de 350) para los que “se elaboraron nuevos modelos arquitectónicos o, mejor, se adoptaron los modelos ya existentes para cárceles, hospitales, hospicios y cuarteles: plantas cruciformes en estrella, y en Y o en pabellones separados a las que correspondían formas definidas y severas en el intento de promover un sistema integrado de normas sociales y controles físicos” .

Sin embargo estos ejemplos citados fueron minoritarios frente “al impresionante número de construcciones fabriles de pequeñas y medianas dimensiones, de tipo estrictamente utilitario realizados por constructores anónimos de inspiración popular”. Se traba de artesanos que utilizaban las técnicas de la carpintería desarrolladas en el mundo agrario, lógico además teniendo en cuenta que las primeras fábricas se localizaban lejos de las áreas urbanas vinculadas a las fuentes naturales de energía. Destaca sobre todo el desarrollo de la tipología del molino hidráulico que se ha considerado como el prototipo de construcciones fabriles posteriores, e incluso como el “origen del sistema de fábrica en sentido moderno”: se trata del molino de seda a la boloñesa desarrollado en Italia septentrional durante los siglos XVII y XVIII caracterizado por la concentración de trabajadores asalariados bajo un mismo techo, pero sobre todo por la presencia de una máquina operadora .

Pero la aparición de una tipología arquitectónica nueva para los edificios fabriles se produce a finales del XVIII y sobre todo en el XIX y su origen debe buscarse en “las innovaciones que habían marcado el progreso técnico de las máquinas de trabajo [que] entrañaban también la puesta a punto de la envoltura que debía contenerlas a fin de explotar plenamente sus potencialidades productivas y seguir puntualmente los ritmos de un mercado en continuo crecimiento” .

Los nuevos útiles mecánicos, en particular el motor (ya fuese la rueda hidráulica o la máquina de vapor), requerían nuevos espacios. La industria textil fue la primera en beneficiarse de los avances tecnológicos y por ello también fue uno de los primeros espacios en asumir una nueva fisonomía arquitectónica que se concreta en la fábrica de pisos : de planta rectangular, larga, bastante estrecha y de gran desarrollo en altura. De esa manera se adaptaba perfectamente al principio del motor único que accionaba las máquinas [y] presuponía una serie de conexiones verticales y horizontales que comunicasen el movimiento a cualquier punto de la fábrica, transformándola en un volumen determinado por el enlace ortogonal de las transmisiones, un volumen uniformemente animado, casi un auténtico organismo” .

Esta fábrica de pisos se va a caracterizar por una tendencial homogeneidad arquitectónica: “la homologación de los tipos en función de la producción […] responde sobre todo a las necesidades de adecuación a la tecnología interior, [pero] también puede ser considerada como el producto de una ideología y una organización económica que, por definición debía superar cualquier frontera local y particularista abriéndose al exterior desacuerdo con la teoría del libre comercio” . La atención se concentra sobre el elemento funcional, pasando las connotaciones simbólicas y representativas a un segundo plano frente a “la tendencia a economizar en la construcción”. De esta manera las fábricas localizadas ahora ya en los centros urbanos , donde era posible el control del ciclo completo del capital, se materializaban en “bloques rectangulares de ladrillos rojos ennegrecidos por humos contaminantes, perfilados por filas obsesivamente iguales de ventanas y coronados por una miríada de altas chimeneas que punteaban el nuevo skyline poniendo en crisis todo el sistema urbano tradicional” . Esos edificios de un elevado número de pisos iban a perturbar los hábitos perceptivos de los ciudadanos .

Para la definición de esta tipología fue fundamental la evolución de la técnica de la construcción, como ya vimos el uso del hierro permitió acelerar y racionalizar la construcción, pero además parecía neutralizar el constante peligro de fuego, que prendía con facilitad en los suelos y bastidores de madera, alimentándose con los aceites de trabajo y el petróleo de la iluminación causando frecuentísimas catástrofes económicas y no menos dramáticas tragedias humanas” . En breve espacio de tiempo se avanza en Inglaterra hacia la fábrica antiincendios mediante las constantes innovaciones en la construcción .

“Con estas incorporaciones tecnológicas, la fábrica de pisos confirmaba su idoneidad como tipología industrial, pues quedaban corregidas las principales deficiencias que se percibían en sus inicios: alto índice de siniestrabilidad por el peligro de incendios y limitación de las dimensiones de los espacios interiores. Las ventanas podrían con el nuevo sistema incrementar su tamaño, favoreciendo la iluminación y la higiene; el interior con mayores posibilidades distributivas de los espacios, agilizaba el proceso productivo en cadena mediante una racionalización de los recorridos. La sistematización del elevador mecánico que posibilitaría el desarrollo en Estados Unidos del rascacielos, solventaría el problema de la elevación y descenso de materiales. Las fábricas se incrementarían en altura, economizando suelo, cuyo coste era elevado, sobre todo si se trataba de suelo urbano.”

Sin embargo esta tipología no servía para industrias de mayor envergadura, el uso de máquinas de gran tamaño era incompatible con el edificio de pisos. La solución que se convertirá en el prototipo por antonomasia de edificio industrial será la nave: “simplísima solución que se emparenta con la armadura que cubre los andenes ferroviarios, formada por una cubierta soportada por los muros exteriores que libera absolutamente toda la superficie de cualquier obstáculo” . La armadura podrá ser al principio pero será el uso del hierro lo que le permitirá cumplir retos cada vez más exigentes: “estos inmensos espacios darán cabida no solo a maquinaria de grandes dimensiones, sino a un elevado número de trabajadores, cuyo control por otro lado resultará tan eficaz y muchísimo más sencillo que en los modelos de inspiración benthamiana o en la fábrica de pisos. La gran diafanidad del espacio único de la nave no permitía el menor resquicio de independencia” . Control de los trabajadores y máxima racionalización productiva continúan siendo los dos factores determinantes, pero ahora esa racionalización lleva a una reglamentación de los espacios que se observa tanto en la elaboración de los nuevos modelos funcionales como en la descomposición de un espacio homogéneo en función de las distintas fases de trabajo: “la lógica de la localización funcional subordinada a un modelo arquitectónico que había sido la característica de las manufacturas del siglo XVIII, era sustituida por soluciones distributivas abiertas y extensibles que favorecieran al máximo la movilidad siguiendo un sistema racionalizado de recorridos” .

Los avances tecnológicos no serán empleados en la mejora de las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, sino solamente en la mejora de los niveles de producción. Por eso las cualidades ambientales de la fábrica eran pésimas: “presentaba un aspecto exterior normalmente miserable que encerraba en su interior condiciones de trabajo extremadamente desagradables entre filas y filas de máquinas que constituían en lugar del hombre, la única unidad de medida. Humedad, escasa ventilación, cambios bruscos de temperatura, polvo y suciedad, ausencia casi total de dispositivos de seguridad, el ruido ensordecedor de las máquinas en funcionamiento...”. Estas pésimas condiciones de trabajo explican que la fábrica se convirtiese en el lugar de virtuales conflictos sociales, en el lugar donde se manifestaban directamente los desequilibrios de la nueva sociedad industrial.

Fue esta “carga subversiva del lugar de trabajo [lo que] constituyó el primer estímulo para tratar de mejorar sus condiciones, preparando al mismo tiempo ulteriores sistemas de control que desde la fábrica se extendían a los momentos de la vida asociada y del tiempo libre” .

Las colonias industriales son un ejemplo paradigmático ya que “si en un principio perseguían el aprovechamiento hidráulico del cauce de agua donde normalmente se ubicaban, además de una mano de obra rural que compatibilizaba sus labores tradicionales con el empleo industrial, con el paso del tiempo y el incremento de la organización obrera frente a la prepotencia explotadora del capitalismo, se planteará como una alternativa a la lucha obrera” ; para ello “se intentaba resolver el problema de las dramáticas condiciones de vida y de trabajo dejando inalterados los principios responsables de ellas, es más, enfatizando los modelos ordenadores de la jerarquía social” . El edificio adquiera gran importancia en esta estrategia ya que se convertía en el lugar en que “se polarizaban las atribuciones simbólico-formales del poder”, por ello refleja una ideología patronal para la que usa también la calidad de la imagen: “una vez elaborado el modelo tecnológico específico, la tradición intervenía de nuevo para recomponer el conjunto; se diseñaban, pues, las fachadas, se unificaban y se equilibraban las masas a través de las formas de un lenguaje ornamental derivado del amplio repertorio de la arquitectura ecléctica” .

En general, y no solo para la ideología paternalista, la estética asumía también un valor comercial: el lugar de trabajo tenía también la función de transmitir la imagen de la empresa. Esto se va a generalizar desde finales del XIX y es que “promover la eficacia productiva y divulgar la imagen del éxito empresarial eran [...] objetivos necesarios en una época en que la competencia [...] exigía constantemente formas nuevas de propaganda recurriendo a los más variados instrumentos publicitarios” . Una fábrica hermosa constituía así una inversión rentable para lo que se aconsejaba el uso del elemento natural en forma de jardines situados a la entrada de la fábrica o de macetas “proponiendo así la unión forzada de dos ambientes de no fácil convivencia”; junto a intervenciones cosméticas en el interior de la fábrica (como grabados colgados en las paredes, paredes pintadas de blanco, estructuras de colores vivaces...), unidas a frases edificantes o de incitación al trabajo.

De mayor alcance para la configuración arquitectónica de la fábrica fueron los criterios que regulaban la organización de los espacios de trabajo y de su equipamiento: “se comenzaba a caer en la cuenta de que la eficiencia de las máquinas inanimadas no era independiente de la de las máquinas animadas y de que el desequilibrio entre las dos partes podía ser causa de perjuicios económicos no despreciables” . Por ello surge la figura del ingeniero higienista, o mejor el ingeniero social al que le correspondía la tarea de promover la máxima eficiencia potenciando el rendimiento de hombres y máquinas. Cualquier posibilidad de mejorar las condiciones ambientales de la fábrica era atentamente cribada y cuantificada en términos de inversión y de resultado:

“A pesar de las posibilidades de explotación y de especulación económica derivadas de la previsión de servicios de asistencia, es, sin embargo, innegable que las primeras mejoras efectivas en las condiciones de trabajo fueron introducidas con regularidad a partir del siglo XX, llegando a ser objeto de atención específica, sobre todo por lo que se refiere a los dispositivos de seguridad” .

El uso del hormigón como material constructivo iba a permitir estas mejoras con las nuevas potencialidades que permitía, ya que habría nuevas posibilidades expresivas, haciendo posible una mayor ligereza de los elementos básicos, una escala diferente de proporciones y, sobre todo permitiendo rellenar los espacios entre los pilares y las vigas externas con cristaleras continuas: “una serie de innovaciones tecnológicas, formales y funcionales que superaban el campo específico de la construcción industrial creando precedentes incluso de naturaleza estética que la cultura arquitectónica deberá tener en cuenta en lo sucesivo” .

Estos elementos serán asumidos por los maestros del movimiento Moderno proponiendo una imagen expresiva a partir de esos requisitos funcionales y cálculos estructurales; pero en cuanto a su aplicación al lugar de trabajo en cuanto producto de una voluntad racionalizadota que integra la proyección de los espacios en la del proceso productivo la figura clave es la del arquitecto Albert Kahn que a comienzos del siglo XX mediante “un tipo de aproximación absolutamente pragmática a las necesidades operativas de la industria facilita el salto cualitativo a la eficiencia y economía de la moderna producción de masa a través de la proyección del espacio arquitectónico” . Kahn trabajó en el sector del automóvil industria que a principios de siglo estaba en plena evolución, abierta a cualquier intervención innovadora, por lo que necesitaba elaborar un nuevo espacio que permitiera la aplicación de procedimientos productivos sujetos a cambios rápidos.

El ejemplo paradigmático fue la fábrica Ford que Kahn construyó en 1909 en Detroit “la primera fábrica de automóviles completamente autónoma y la primera que fue expresamente programada en función de las exigencias de la producción en masa” en estrecha colaboración con el empresario Henry Ford . Se trataba de una producción altamente sistematizada y al mismo tiempo sujeta a muchos perfeccionamientos, por lo que el edificio debía estructurarse como un espacio organizado pero también flexible y abierto, distribuido de manera que se facilitara el flujo continuo de la producción:

”Para hacer frente a los requisitos de flexibilidad Kahn perfeccionó las técnicas arquitectónicas del cemento armado, aumentó el espacio entre los pilares internos, permitiendo la inserción de máquinas de distintas dimensiones, y dispuso escaleras, ascensores y servicios higiénicos en cuerpos salientes del bloque principal, que así podía ampliarse por agregación de elementos iguales. Además se aprovechaba de la ley de la gravedad elevando el establecimiento sobre cuatro pisos, en cada uno de los cuales se hacía una fase distinta del proceso productivo: el material bruto era almacenado en el último piso, del que descendía gradualmente hasta tierra, pasando por un sistema de orificios practicados en los suelos, transformándose paulatinamente en partes de automóviles que eran ensambladas en la planta baja” .

Todo el conjunto estaba proyectado para conseguir el objetivo de la máxima eficiencia diseñado por Henry Ford:

“Para la producción de masa y para aumentar el rendimiento de los hombres es absolutamente esencial una fábrica limpia, bien iluminada y bien aireada. Nuestras máquinas están dispuestas muy cerca unas de otras [...] [ya que] el consumidor debe pagar los costes extra de transporte derivados de tener las máquinas aunque solo sea 6 pulgadas más separadas de lo que deberían estar [...] A un extraño le pueden dar la impresión de estar apiladas unas sobre otras, en cambio están dispuestas de modo científico para dar a cada hombre y a cada instrumento el espacio que necesitan, y, si es posible, ni una pulgada cuadrada, desde luego no un pie cuadrado, de más. Nuestras fábricas no están concebidas para ser utilizadas como parques” .

Hasta ahora hemos visto como el espacio del trabajo industrial, la fábrica, se ha gestado en la búsqueda de un espacio que permitiese obtener la máxima rentabilidad económica, el mayor beneficio posible. Para ello ha buscado la funcionalidad: se ha adaptado a las continuas innovaciones tecnológicas y cambios del proceso de producción y también el control de los trabajadores, es decir explotar al máximo tanto los nuevos instrumentos que ofrece la tecnología como la fuerza de trabajo obrera. Por eso la podemos caracterizar como el espacio de la disciplina.

La disciplina aparece, “como la forma normal, normalizada y normalizante de la relación de subordinación del trabajo al capital”, como una característica esencial de la fábrica. Michel Foucault ha puesto de manifiesto que la disciplina ocupa un lugar central en los dispositivos de poder: mediante el sometimiento de los cuerpos de los hombres efectúa una función económica articulada sobre un papel político (es a la vez una “anatomía política” y una “mecánica del poder”):

“La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos dóciles. La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia). En una palabra disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una aptitud, una capacidad que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta. Si la explotación económica separa la fuerza y el producto del trabajo, digamos que la coacción disciplinaria establece en el cuerpo el vínculo de la coacción mediante una aptitud aumentada y una dominación acrecentada” .

En la misma línea numerosos historiadores han puesto de manifiesto que la disciplina capitalista se ha constituido progresivamente: “el capitalismo ha inventado poco a poco, a través de una multiplicidad de dificultades, técnicas locales, tácticas parciales de dominación [...] que se constituyen progresivamente en estrategias de la clase capitalista” . Esta es la condición necesaria del funcionamiento del proceso de trabajo, ya que se trata de la forma principal del control patronal: forma que rige meticulosamente el espacio y el tiempo interiores a la producción: espacio del taller y de la fábrica, temporalidad de la jornada o del puesto de trabajo. Es novedosa al inaugurar un control sobre el modo mismo de la producción de la mercancía , pero a la vez reproduce formas de control ya experimentadas en otros lugares: “familia y ejército, hospital y escuela en menor medida, le proporcionan los primeros modelos” . Se retoman pues las tecnologías de dominación que venían ejerciéndose y se introducen en el nuevo espacio industrial hasta el momento en que se muestran inadecuadas a las finalidades del sistema productivo capitalista y a la dinámica económica y social que engendran.

La disciplina como forma históricamente determinada y, por tanto, no una, ni universal, sino sujeta a las transformaciones de la misma relación social capitalista; y en tanto que punto neurálgico de la relación de subordinación del trabajo al capital, es un indicador fundamental de la evolución de la relación social en su conjunto. Por eso constituye una interesante perspectiva para la arqueología industrial ya que la fábrica, el espacio del trabajo se convierte así en un observatorio privilegiado para estudiar la evolución de la sociedad.

Jean Paul de Gaudemar establece el cuadro teórico para establecer esa relación. Parte para ello de una interpretación de los análisis de Marx sobre el maquinismo. Éste considera que el trabajo colectivo necesita una dirección que organice adecuadamente los distintos actores: “un violinista se dirige el mismo, pero una orquesta necesita un director”, lo que no quiere decir que tenga que ser necesariamente la disciplina jerárquica : esta es un producto histórico que instaura de hecho un flujo unilateral de saber en el que el maestro intenta imponer a sus discípulos unos conocimientos cuyas reglas de constitución solo él puede elaborar.

En la fábrica esa sumisión colectiva se manifiesta especialmente porque “en ella el control del maestro capataz se opera sobre el proceso mismo del trabajo, sobre la forma en que el trabajador tiene que realizar su propio trabajo, a diferencia de otras formas de organización productiva” . Pero además ese control se encuentra legitimado en la fábrica porque la mirada del capataz es portadora de cientificidad productiva: “por el simple hecho del ejercicio de poder del capital y en consecuencia por el simple hecho del sometimiento a la relación social capitalista, la disciplina tiende a aparecer como fundada en las necesidaes objetivas del desarrollo del proceso de trabajo” . La consecuencia es que la disciplina necesaria para la realización del trabajo de fábrica ya no se encarna en el capataz sino en la propia máquina: “imponiendo su propio ritmo de actividad, realiza, además de una función productiva, una función disciplinaria. Función que aparecerá tanto menos visible cuanto más interiorice el obrero las coacciones maquínicas, persuadido de que se trata de obedecer a la ciencia y no a su capataz” . Por tanto es posible la desaparición progresiva del personal de vigilancia.

Pero Marx es consciente de que toda formación social es siempre imperfecta respecto a las posibilidades que el pensamiento teórico le ofrece y observa que existen dos niveles de disciplinarización de la mano de obra: “uno que designaría la tendencia progresiva, la de la fábrica automatizada, el otro que supondría la permanencia de los viejos modos de dominación” . Ambas están estrechamente relacionadas en la fábrica que se caracteriza por desarrollar una disciplina de cuartel: “el ejército [como la fábrica] se encuentra también sometido a dos exigencias distintas: la exigencia de la eficacia militar y la exigencia ideológica del buen orden” . Lo que explica su aspecto de fábrica fortaleza o de “presidios atenuados” en palabras de Fourier.

Si las condiciones de trabajo han mejorado no hay que interpretarlo por tanto como la evolución interna del maquinismo que tendería a suprimir el lado puramente disciplinario de las condiciones de trabajo, el aspecto no productivo de la disciplina, sino que el origen de las mejoras hay que buscarlo en las reacciones colectivas de los trabajadores frente a la disciplinarización en todas sus formas:

“Se debe pues pensar que tras la lucha obrera contra la máquina, existe con frecuencia una lucha consciente contra la manera en que la relación de explotación capitalista intenta disimularse bajo los oropeles maquínicos. Esto es especialmente cierto en lo que se refiere a las formas contemporáneas de esta lucha. El maquinismo puede no ser más que un pretexto. [...] ...no existe nunca una fatalidad productiva, sino que solo existe un modo de producción que se constituye a través de una multiplicidad de opciones estratégicas” .

A partir de ahí Gaudemar considera que la teoría marxista que asocia la introducción masiva del maquinismo al momento en que el capital se lanza a la conquista de la plusvalía relativa, frente al momento anterior que dominaba la plusvalía absoluta no hay que entenderla como un esquema teórico al servicio de un discurso finalista , sino que hay que estudiar en la realidad lo que realmente sucede. Para ello propone un esquema estableciendo unos largos ciclos de las tecnologías de dominación capitalista y de sus aplicaciones en la organización de la producción:

1. En la primera fase de expansión capitalista la disciplina y las formas de control del proceso de trabajo se caracterizan más por la improvisación que por la innovación:

“los primeros capitalistas no controlan ni la relación social que están instaurando, ni tampoco, en ciertos casos, las fuerzas productivas aplicadas al trabajo, ni las formas de organización comerciales y financieras más elementales, ni a fortiori los modos de dominación más adecuados para realizar su empresa. De donde se deriva que hayan reproducido en el interior de la fábrica una disciplina inspirada en modelos sociales existentes: con toda probabilidad la familia y el ejército” .

La empresa capitalista se constituye así siguiendo un principio panóptico ya que la disciplina es más una técnica de vigilancia que una técnica de aplicación de los cuerpos al trabajo: “importa que la mirada del capataz encuentre al trabajador en el puesto que le ha sido asignado, pero el capataz no dispone más que de medios extremadamente toscos para reducir la porosidad de la jornada de trabajo e incluso el absentismo” .

2. Pero en esta disciplina como modo de observación del trabajo del obrero, exterior al desarrollo del trabajo la resistencia del obrero sigue siendo posible y además resulta insuficiente para la producción por lo que llega un momento en que se plantea la necesidad de una revolución en las formas disciplinarias. La empresa capitalista presenta unas nuevas necesidades: un poder continuo, con efecto productivo máximo, con un coste mínimo y ejerciéndose sobre masas importantes de hombres y para solucionarlas necesita innovar. Por una parte se intentan sistematizar las experiencias del control patronal sobre la vida del obrero fuera de la fábrica mediante la creación de una serie de instituciones como viviendas obraras o la enseñanza patronal “que generalmente se atribuyen, a falta de algo mejor a una ideología paternalista, pero que reenvían [...] a una voluntad de disciplinar la fábrica disciplinando su exterior, a u7na voluntad de reducir toda resistencia obrera mediante una doble estrategia de modelamiento en el taller y en la casa y mediante una estrategia de moralización social” .

3.Por otra parte se pone en marcha de forma sistemática una disciplina aplicada al uso de la fuerza de trabajo en el que el maquinismo será el vehículo principal en tanto que instrumento de objetivación del proceso de trabajo, convirtiendo , en cierto modo, el panoptismo en algo obsoleto: “la alineación obrera que se hace entonces preponderante consiste en esta interiorización de un proceso de trabjo objetivado”. Al mismo tiempo la disciplina capitalista llega a los lugares donde se había refugiado la clase obrera durante la fase panóptica, en particular el tiempo y la cualificación: “este es sin duda el papel del taylorismo y de sus yulteriores desarrollos: desenmascarar la gandulería obrera y la porosidad del tiempo de trabajo allí donde la mirada del capataz no podía llegar. Destruir las armas de resistencia del obrero confiscándole su capacidad de organizar el tiempo de trabajo o su competencia técnica” .

Por lo tanto la división capitalista del trabajo y su traducción en organización jerárquica del trabajo dentro de la fábrica no se explican por su superioridad tecnológica sino por su papel en la acumulación de capital, siguiendo la tesis de S. Marglin: “dividir para reinar, reinar para acumular, acumular para reproducir cada vez más” que se enuncia en dos tiempos:

“1- La división capitalista del trabajo no ha sido adoptada por su superioridad tecnológica sino porque garantizaba al empresario un papel esencial en el proceso de producción: el de coordinador que, combinando los esfuerzos separados de sus obreros obtiene un producto comercial”.

2-Asimismo, el origen y el éxito de la fábrica no se explican por una superioridad tecnológica sino porque ésta desposee al obrero de todo control y da al capitalista el poder de decidir sobre la naturaleza del trabajo y la cantidad de producción” .

Se trata como hemos visto de tácticas locales que los empresarios adoptaron en el modo de producción capitalista naciente que se consolidaron más tarde como estrategias de clase que se modificaron a la vez que la relación social misma. Por ello es posible “concebir otros modos de extracción de la plusvalía que los retenidos por la burguesía”; la división del trabajo es en sí misma, como la disciplina, “condición necesaria en el marco de las necesidades de la reproducción de la dominación capitalista” y, “en una palabra, división, disciplina y control jerárquico del trabajo tienen como objetivo social no tanto la eficacia técnica como la acumulación de capital. Es decir que su eficacia técnica está siempre subordinada al movimiento de acumulación del capital” .

De esa forma hay que referirse a la historia real (no basta un modelo preestablecido), donde la disciplina aparece como un medio de trabajo subjetivo, cuya historia presenta multitud de apariencias; una de las cuales sería su disfraz como objeto mecánico y en una parte de cualificación de las fuerzas de trabajo (el doble proceso de objetivización-interiorización de la disciplina) que por tanto no tiene por qué ser su forma definitiva representada en el fordismo .

En ese sentido se puede hablar de un nuevo ciclo disciplinario (primero manifestado solo como tácticas locales de nuevo) en el que representa un papel importante la apropiación colectiva ficticia de los medios de producción por los trabajadores y las formas más sutiles de integración del trabajo a la reproducción real y simbólica del capital . Este cuarto ciclo sería el de disciplina contractual, en el que la interiorización de la disciplina vendría de una delegación formal de poderes en manos de los sindicatos y organizaciones obreras.

Esta asunción de la disciplina (y por tanto triunfo del control patronal) puede ser una de las explicaciones de la escasa capacidad de respuesta en la actualidad por parte de las organizaciones obreras. En la nueva fase de internacionalización del capital, que, posibilitada por la nueva revolución tecnológica (basada sobre todo en la informática y las telecomunicaciones), sirvió al capital para superar la denominada crisis del petróleo de los años setenta. Lo que supuso una serie de cambios en la organización de la producción (la denominada globalización): se puede hablar de un nuevo paradigma organizativo que se ha denominado empresa red o empresa horizontal que se caracteriza según Castells por: “organización en torno al proceso, no a la tarea; jerarquía plana; gestión en equipo; medida de los resultados por la satisfacción del cliente; recompensas basadas en los resultados del equipo; maximización de los contactos con los proveedores y clientes, información, formación y retención de los empleados en todos los niveles” . Una de las características de este patrón organizativo es que rechaza las pirámides del pasado, cada vez más elevadas y más complejas y favorece las estructuras descentralizadas y achatadas según un modelo de tela de araña, lo que explica los citados cambios en el modelo disciplinario para adaptarse mejor a las nuevas tendencias organizativas como la producción flexible, las pequeñas y medianas empresas más flexibles y dinámicas, el toyotismo, la subcontratación y las redes multidireccionales .

Estos cambios se están produciendo bajo la hegemonía del capital, expresada en la ideología neoliberal lo que explica un empeoramiento de las condiciones de trabajo. La principal característica es la llamada flexibilidad laboral que A. Gorz considera que se trata de una “estrategia de flexibilización en dos planos a la vez: el núcleo estable del personal que pertenece a la firma debe ser capaz de cumplir múltiples funciones: desempeñar un trabajo en un momento y pasar a otro en otro momento, debe estar dispuesto a reciclarse y a cambiar su plan de carrera; por su parte la mano de obra periférica debe ser muy elástica, pudiendo ser contratada y liberada según las necesidades de la empresa” . Desde esta perspectiva hay que considerar el aumento del trabajo temporal y a tiempo parcial, la generalización de la práctica de la subcontratación y el fenómeno de las migraciones de trabajadores de los países pobres hacia los países ricos

Esta hipótesis implica la necesidad de realizar investigaciones históricas concretas tanto para verificar la disciplina de las épocas anteriores como la situación actual: “queda por plantearse el tipo de disciplina puesto en práctica en cada tipo de empresa capitalista, en cada tipo de formación social; plantearse el tipo de disciplina, es decir, la eduación de las formas disciplinarias a los objetivos productivos fijados en materia de acumulación de capital y de reproducción de las formas sociales de dominación. La disciplina de fábrica no es una ni en el tiempo ni en el espacio. El análisis de su diversidad y de sus transformaciones [...] sería una contribución fundamental al análisis del modo de reproducción” .

“Se trata, sin duda, de un esquema. Pero de un esquema fructífero por cuanto invita al análisis histórico de las condiciones concretas (país, rama, empresa, período) que conducen a los patronos –a cada patrono- a adoptar estrategias disciplinantes de uno u otro signo, en la hipótesis de una relación esencial entre el modo de disciplinamiento y el modo de valorización del capital” .

De esta manera el estudio de esos espacios se convierte en una auténtica investigación histórica: a través de la configuración de esos espacios y de sus transformaciones se vislumbra la propia evolución social, la configuración y la transformación de la disciplina en tanto que elemento clave del control social refleja las características de la relación social. El espacio industrial no es por tanto el resultado de la mera evolución tecnológica o de una forma arquitectónica, sino que se constituye como resultado de una estrategia de dominación capitalista y de las luchas y resistencias obreras frente a los tipos de disciplina sucesivamente impuestos por esa estrategia .

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