Contribuciones a las Ciencias Sociales
Diciembre 2009

 

EL COMPLEJO CULTURAL CUBANO DEL AZÚCAR


 

Andrés Lozano Zamora
andres@radiomanati.icrt.cu


 

Dialogar sobre el azúcar en Cuba es hablar de la idiosincrasia del cubano, de su identidad, de su cultura, porque es un elemento básico en el diseño de componentes tan fundamentales como la conciencia nacional, la arquitectura, la geografía, la danza, la música, incluso la composición étnica. Además, la cultura del azúcar es de gran importancia a la luz de los cambios actuales de la sociedad cubana.

Como ha dicho Miguel Barnet (2005:6): "El azúcar unió a Cuba. La cultura que se generó en su ámbito, conforma hoy la cultura nacional. El batey , coto cerrado, célula fundamental, contribuyó a la fusión integradora de todos los valores originarios de nuestro país (…) donde se dan el abrazo definitorio todas las manifestaciones que componen nuestro acervo espiritual y material."

Los bateyes azucareros han perdurado hasta el presente como monumentos del pasado cañero de la isla, independientemente del número de habitantes y el desarrollo socioeconómico. Dembicz (1989:64) plantea que en estas estructuras poblacionales se da un fenómeno de concentración laboral, debido a que "el centro de trabajo más importante lo constituye el central azucarero que absorbe (…) por lo menos el 80 por ciento de la fuerza de trabajo empleada. (…) Los demás centros de empleo y otras actividades socioeconómicas (…) ocupan un lugar secundario".
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Lozano Zamora, A.: El complejo cultural cubano del azúcar, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2009, www.eumed.net/rev/cccss/06/alz.htm


Esta característica se repite casi con igual similitud por donde pasa la ruta del azúcar en el país. El resto de las actividades socioeconómicas se subordinan al central, a su función industrial, a ser el soporte material que garantice las condiciones necesarias para producir azúcar. En otras palabras, el azúcar también configuró la fuerza de trabajo cubana. Trajo " (…) el linaje azucarero y el know how colectivo (…) del trabajo que formamos a lo largo de los siglos" (Martín; 2005:29).

Ese papel ha sido fundamental en la articulación de la cultura del trabajo en Cuba, el instrumento de inserción de la isla y sus habitantes en el proceso de globalización natural de la historia de la nación. Martín (2005: 31) plantea que "somos lo que producimos, lo que consumimos, lo que creamos y lo que soñamos. Todo eso nos inscribe en la historia, y nuestra inscripción tiene el color, el sabor y la textura del azúcar, el olor de sus mieles".

Para llegar a este punto fue necesario que se partiera del trapiche, pequeña célula germinal del gran complejo del ingenio, donde se dan procesos heterogéneos y diversos entre los grupos étnicos que interactúan, fundamentalmente el español, el criollo y las etnias africanas que fueron traídas forzosamente para sustentar la producción azucarera.

Las culturas africanas recibieron un impacto que las hizo variar entre sí y en relación con los blancos, para dar a luz una nueva forma de cultura, en la que estos últimos también fueron "contagiados". Esta acción de tomar y decantar, que Fernando Ortiz (1983:137) llama transculturación , es la que define al cubano como pueblo, como nación, en una idiosincrasia integrada por factores de diversa procedencia.

Tras la revolución haitiana, Cuba se convirtió en la primera productora de azúcar mundial. Esta situación consolidó en la nación una industria de monocultivo que la llevó a insertarse en el mercado. A pesar de este logro de la sacarocracia cubana , en el país continuó aplicándose y se arreció la plantación esclavista , como forma fundamental de explotación, cuestión esta que contradecía los nuevos aires de modernidad que intentaba cimentar la burguesía criolla.

El fenómeno azucarero cubano propició que este sistema de plantación adquiriera matices diferentes a como se da en las Antillas inglesas, sobre todo a partir de la entrada en juego del capital norteamericano, que va a ocupar el horizonte de la isla con los grandes latifundios cañeros del siglo XX. Este modelo de plantación monofuncional se especializó exclusivamente en el cultivo y producción de la caña.

Dembicz (1989: 14) explica que para esta época el antiguo término ingenio dejó de emplearse y fue sustituido por el de central, cuyas funciones no se limitan a moler caña propia, sino también la de plantaciones monofuncionales. Estas últimas, con el tiempo pasaron a llamarse colonias cañeras y sus propietarios o arrendatarios, colonos, aspecto al que se le dedicará espacio más adelante.

Con el nacimiento de los centrales, comienzan a crecer simultáneamente sus zonas de influencia económica y social. Esta situación es ilustrada por Dembicz (1989:15) al expresar que los bateyes azucareros ocuparon el eje central del crecimiento social de sus zonas, mientras que "a partir de la red de poblamiento rural existente (…) empieza a formarse una nueva red (…), subordinada en sus funciones a las necesidades (…) del central".

Es entonces comprensible que el fenómeno migratorio sea consustancial a la herencia cultural del azúcar en Cuba. Con este proceso paulatino de concentración, los antiguos bateyes de ingenios perdieron su razón de ser y dejaron de cumplir su función económica y social. Al suceder sus habitantes los abandonaron con cierta regularidad, llegando al punto de desaparecer como núcleo poblacional. En el caso de los que se mantuvieron, los mismos adquirieron nuevas funciones económicas, en dependencia de las condiciones locales.

Este fenómeno se concreta en la actualidad con el reordenamiento de la industria azucarera, proceso por el cual fueron paralizados, demolidos o transformados un número significativo de centrales en todo el país. Esta acción ha motivado la salida más o menos regular de pobladores de estos bateyes hacia otras partes del país en busca de mejores condiciones económicas.

Este panorama es el reflejo de cómo el central constituye la unidad socio-económica fundamental de la zona donde está enclavado. Fernando Ortiz ilustra este mecanismo al compararlo con un organismo vivo y con un feudo medieval. Así lo expresa:

"El central no es una simple explotación agraria, ni siquiera una planta fabril (…) es todo un sistema de tierras, máquinas, transporte, técnicas, obreros, dineros y población para producir azúcar; es todo un organismo social, tan vivo y complejo como una ciudad (…) o un castillo baronil con su comarca enfeudada de vasallos solariegos y pecheros." (Ortiz; 1983:44)

El nuevo panorama que generó el azúcar, permitió unir corrientes culturales cuyo resultado psicológico, sociológico y político final fue la emergencia de Cuba como nación. Es por ello que la historia de la cultura cubana está indisolublemente ligada a la industria azucarera. Fue un triunfo cubano y una respuesta de nación frente a los conceptos arcaicos de feudo que ponderaban los españoles. Se debe recordar que mientras Europa vivía la consolidación del capitalismo industrial, España se aferraba a los vestigios del feudalismo, especialmente en las pocas colonias que le quedaban, entre ellas Cuba.

La caña de azúcar, la plantación y en definitiva el azúcar mismo, fueron elementos que catalizaron y encauzaron definitivamente el nacimiento de la nación cubana. Este hecho generalmente pasa inadvertido cuando en realidad conformó un ser cultural y gestó una personalidad sui géneris. Tanto es así, que el modo de pensar y la mayoría de las expresiones culturales del cubano están signados por el azúcar.

En este sentido hay que destacar que manifestaciones como los bailes, la música, la alimentación, los instrumentos de labranza, la mitología, la literatura oral, entre otras, hacen alusión directa o indirecta al batey azucarero, a la vida del ingenio, al amo, al mayoral y contramayoral, al esclavo, al colono, al criollo, en definitiva al cubano. En pocas palabras, "(…) el eje de nuestra cultura es la caña de azúcar" (Barnet; 2005:12).

Un terreno donde es bien palpable la influencia determinante de la cultura del azúcar es el léxico del cubano. Prácticamente no existe actividad en la que no esté presente algún término proveniente de la misma, sobre todo en esferas como la agricultura, la propia industria azucarera actual, las relaciones sexuales y el lenguaje coloquial, como expresa Martín (2005:31) "hasta hacemos el amor con metáforas y obscenidades del azúcar".

Un ejemplo muy elocuente se da en la tecnología azucarera, donde se hallan significativos desplazamientos entre significado y significante. Moreno (1978: 96, T: III) explica este fenómeno especialmente en la actividad de sustitución de los antiguos y elementales medios de producción por los aparatos modernos y complejos. "Cuando esto sucede, lo normal es que el significante se mantenga, presentando una resistencia tenaz a ser sustituido". Ilustra este hecho con el término tacho .

Explica Moreno (1978: 96, T: III) que otras veces sucede lo contrario, es decir que coexisten dos significados para un mismo significante, pero al variar la situación social concreta, uno de los significados, el original, desaparece y pervive el otro. Ejemplifica esta circunstancia con la frase "ir a echar un palo al tumbadero". Esta expresión relacionada con una actividad productiva concreta, perdió su significado cuando desapareció la plantación esclavista, sin embargo, su uso continuó esta vez para designar actividad sexual.

En este mismo sentido, el azúcar y su aliada más monstruosa, la esclavitud, fueron la génesis del mito del negro como varón sádico y potente, la inmoralidad de la negra y la lujuria de la mulata. Moreno (1978:41) explica que este mito tuvo en sus orígenes un matiz racista deformado por el propio sistema y no por el ancestro africano del esclavo.

Otro elemento que llegó con el azúcar fue el hábito de ingerir el producto en sus más diversas formas: zumo de caña mientras se realizaban las tareas de corte, guarapo tomado directamente de la cadena productiva, raspadura, robo de azúcar, melado, miel de purga.

La costumbre extendida entre los cubanos de no desayunar en la mañana también es una reminiscencia del pasado azucarero junto al trago de aguardiente o ron y la sola taza de café para enfrentar el día. Esta tradición se mantiene sobre todo en zonas campesinas y en cierto sector poblacional de la ciudad que tiene fuertes lazos con lo rural.

Son comunes también en la mente popular del cubano el tasajo y el bacalao. Sin dudas, estos dos alimentos constituyen reminiscencias de la cultura que generó el azúcar en la Isla, pues como se sabe estos productos junto al arroz, las viandas (boniato y plátano en lo fundamental) usualmente integraron la dieta alimentaria de los esclavos en la plantación y del campesinado cubano.

Otro tanto sucede con la conocida mezclilla y hasta con la "tela de esquifación", ambas herencia de la época de la esclavitud y del azúcar en el pasado, toda vez que la sacarocracia necesitó ropa barata, fuerte y de pocas piezas para vestir a las masas esclavas primero y campesinas después, que sustentaban la producción total del país.

Asimismo se halla el barracón, que por su disposición en los ingenios, constituyó el máximo símbolo de la barbarie esclavista y son la génesis actual de las llamadas cuarterías, solar o casas de vecindad, habitadas usualmente por negros y donde aparece la marginalidad social como elemento fundamental de las relaciones humanas

Las prácticas curativas sobre la base de lo mágico y la experiencia, más que en la cientificidad del método aplicado, tienen también sus orígenes en la cultura del azúcar a partir de la necesidad que tenían los ingenios de personas con mínimos conocimientos médicos para atender a la población esclava. Es así que se crearon "enfermerías" que usualmente eran atendidas por negros y negras enfermeras. De ahí también la tradición de relacionar a las personas de esta raza con conocimientos curativos especialmente provenientes de prácticas rituales.

Con el azúcar llegaron también las formas de organización de la vida económica del país. Todavía están zafra o molienda y tiempo muerto, cosecha azucarera, faena, contrafaena, sistema de trabajo de días alternos, así como una variada nomenclatura para la actividad azucarera tanto para la siembra, corte y transportación de la materia prima, como para la producción en la industria.

En sus inicios, los trapiches y los ingenios contaron con campanas para ordenar la vida interna de estos sitios al punto de adquirir un valor simbólico que pervive en la actualidad, esta vez por medio de la sirena o pito del central. Tanto en el pasado como hoy, ese peculiar sonido marcaba el ritmo de las tareas interminables de la producción azucarera y como medio de comunicación dentro y fuera del ingenio, así como para señalar acontecimientos significativos como el cumplimiento de las metas, un accidente o la fuga de algún esclavo.

El azúcar en Cuba generó todo un movimiento tecnológico que se expresa en la intención siempre latente de la sacarocracia criolla de introducir los adelantos de la ciencia a la producción azucarera y en la aparición en el país de sistemas para la clasificación de la maquinaria instalada. Asimismo se introdujeron variedades de caña para mejorar los rendimientos a partir de estudios científicos realizados por figuras como Álvaro Reynoso, quien además produjo una serie de manuales o cartillas que constituyeron por muchos años el principal método para la atención a la caña y la producción de azúcar.

De la misma forma se desarrollaron en el país los requerimientos para la estructuración de los cañaverales y guardarrayas, se establecieron además los períodos para el cultivo: siembra de frío (septiembre-diciembre) y siembra de primavera (abril-junio), costumbre que llega hasta el presente y forma parte del sistema de siembra del país.

Con el azúcar se gestó en la isla un sistema propio para el chequeo de toda la producción de una zafra: rendimientos, semillas, fuerza de trabajo, tarea de corte, cantidad de caña transportada y procesada, azúcar producida, costo de producción, consumo interno, fondo exportable, inventario en almacén, pérdida en el proceso fabril, entre otros términos, propios de la esfera azucarera, que llegan hasta la actualidad más o menos conservando sus significados para designar las mismas áreas.

El ferrocarril llegó a Cuba gracias al azúcar. Moreno (1978:148) sostiene que fue este invento de la revolución industrial y no la máquina de vapor aplicada al trapiche, lo que transfiguró radicalmente las condiciones de producción de azúcar en la isla. El "camino de hierro", va a ser la gran solución para la expansión definitiva de la caña de azúcar y para las dificultades de los viales en las zonas productivas, así como para la transportación hacia los puertos de embarque.

Sin embargo, Ortiz (1983:43) sostiene que la industrialización del siglo XX fue posible gracias a la aplicación a gran escala del símbolo de la revolución industrial: la máquina. Esta "(…) fue imponiéndose y creando (…) el supercentral (…) imperativo económico del maquinismo (…) y de las características de la (…) industria azucarera cubana: (…) latifundio, colonialismo, trata de braceros, supercapitalismo, (…) extranjerismo e imperialismo."

Ambas posiciones constituyen una continuidad, pues si bien el ferrocarril favoreció la expansión azucarera del siglo XIX, el maquinismo del XX va a contribuir a la consolidación de esa expansión, al punto de convertir la producción de azúcar en la industria fundamental del país, lo cual confirmó, por varios años, el lema republicano de que sin azúcar no había país.

Pero sin lugar a dudas, la entrada del ferrocarril al país proporcionó una importante dosis de vitalidad a la unidad insular. Hasta finales del siglo XVIII Cuba estaba constituida fundamentalmente por núcleos sociales con una relativa vida autónoma. La expansión del azúcar a través del ferrocarril propició la desaparición paulatina de elementos diferenciadores en pos de la unidad. En cada sitio donde se construyó un ingenio se creó el mismo cuadro social con igualdad de intereses.

El ferrocarril fue en cierta forma un elemento estructurador del paisaje cubano pues las líneas dieron unidad a los ingenios dispersos, se interconectaron núcleos urbanos de la zona occidental, Cienfuegos, Trinidad, Puerto Príncipe y Oriente. Junto con el ferrocarril y el ímpetu industrial de mediados del siglo XIX vino también el telégrafo.

Según Moreno Fraginals, para la primera mitad de la década de 1850, el país ya había alcanzado su unidad física, crecía el proceso de integración social y "los azucareros ya piensan en Cuba y emergen los proyectos de centrales gigantes hacia las zonas vírgenes de Camaguey y Oriente" (Moreno; 1978: 152-153), propósitos que se concretan en el siglo XX bajo la égida del capital norteamericano.

Este proceso de integración que propicia la expansión del azúcar se da en el campo cubano y en la ciudad. Uno de los primeros cambios se produjo en las calles. Urbanistas y economistas trataron de ordenar el crecimiento de los principales núcleos poblacionales a partir de la creación de una infraestructura arquitectónica semejante para darle unidad al entorno físico en el que tenía lugar la producción azucarera. Esta idea se extendió a los proyectos para la construcción de ingenios y los puertos de embarque.

En este sentido, Moreno (1978:156-157) ofrece una descripción de cómo el azúcar dio sentido igualitario a las ciudades cubanas:

"Independientemente de sus tamaños y características (…) fueron ciudades olientes a tasajo y bacalao. En ellas nacen los ferrocarriles que van a los ingenios y mueren los barcos que viene del Norte. Todas tienen una calle empedrada hasta el mar (…) Cerca están los grandes almacenes de azucares, (…) en todas hay un teatro que regaló un negrero. Son las ciudades de comerciantes, (…) de intermediarios refaccionistas y especuladores, (…) del propietario de ingenios lejanos, (…) de población flotante (…). Ciudades (…) de moral pacata e inmoralidad real, con sus burócratas, sus leguleyos, su naciente clase obrera, sus pacientes artesanos (…) y vida marginal de negros y mulatos. Reflejo de un mundo que hizo de la producción de azúcar el módulo de toda valoración ética y política".

Sin lugar a dudas, el avance azucarero promovió la fundación de pueblos y su desarrollo. Este hecho determinó también una expansión urbana . La expansión propició que campos y zonas despobladas se llenaran de nombres de santos que en pocos años alcanzaron los más altos significados azucareros. Muestra de este fenómeno son las zonas entre La Habana y Matanzas, Cienfuegos, Sagua y Trinidad.

La región oriental tuvo características peculiares pues para finales del siglo XIX su producción total era insignificante frente a más del noventa por ciento que concentraban el occidente y el centro de la isla. Sin embargo, este fenómeno se revierte durante la república mediatizada a partir de las cuantiosas inversiones del capital norteamericano en la región de Camaguey y Oriente. Hacia 1959, entre ambas zonas produjeron más del cincuenta por ciento del total de azúcar elaborada en el país (Moreno; 1978:62, T: III).

La esclavitud y el azúcar también propiciaron la aparición en Cuba de los cabildos, los cuales eran auspiciados por la propia sacarocracia criolla, cuestión esta que la diferenció de los planters de las Antillas inglesas que nunca favorecieron la asociación de los esclavos en las colonias.

Estos cabildos se organizaban en áreas urbanas fundamentalmente y tenían un "carácter religioso-mutualista, que agrupaban negros originarios de una misma tribu o nación" (Moreno; 1978: 8). A lo largo de los años la actividad de los cabildos varió y su principal función se concentró en la ayuda mutua entre sus integrantes y la perpetuación de elementos rituales y culturales.

El azúcar transformó también el paisaje cubano. A partir del boom azucarero de finales del siglo XVIII, las torres de ingenios llenaron los campos cubanos y se integraron a la cotidianidad. Fue la gran corriente renovadora que sacudió los cimientos de los pequeños trapiches que fueron absorbidos e iniciaron la invasión cañera. Se talaron los bosques vírgenes y se cubrieron las tierras fértiles de más accesible comunicación con los puertos de embarque.

Esta explosión se caracterizó además por el abandono hasta límites increíbles de todas las actividades que no tuvieran que ver con el fin azucarero, ya fuera de manera directa o indirecta. Fue el sacrificio de la nación en aras del azúcar y el cimiento sobre el que se fundió la dependencia viseral del país al monocultivo de la caña. Moreno (1978:96) refiere que por esa época, José Sedano llama a este hecho "el abandono de lo necesario por fomentar lo útil" y explica "entiéndase por útil las actividades lucrativas de más altos beneficios".

Con el fomento de la industria azucarera llegó también la destrucción de los bosques cubanos, cuyo resultado más tangible son la salinización y erosión de los suelos que caracterizan el panorama actual de la isla. Contrario a lo que se piensa que no existían leyes para la protección del patrimonio forestal, la legislación de los primeros años de la colonia contemplaba el cuidado y preservación del bosque.

Moreno (1978: 157) explica que las antiguas leyes sostenían con "amplio espíritu social que el bosque no era propiedad del dueño del terreno porque también pertenece a las generaciones futuras". Antes que el azúcar y cualquier otro elemento identitario, los bosques y las maderas preciosas cubanas fueron el símbolo de la distante Antilla caribeña.

A pesar de estas disposiciones y debido a la lejanía de la metrópoli, la complicidad de las autoridades coloniales y el apetito voraz de una clase burguesa pujante, se arrasaron los bosques cubanos para el fomento del cultivo de la caña y la producción de azúcar. Para que se tenga una idea, a fines del siglo XVIII se tumbaban cada año unas 500 caballerías de bosques para quemarlas como leña en los ingenios y otras muchas más para la instalación de nuevas fábricas.

En menos de 200 años, la isla perdió ocho millones de hectáreas de bosques y once de sus catorce provincias sufren hoy el impacto de la falta de materia orgánica, erosión, compactación, acidez, exceso de sales y una progresiva degradación de los suelos, problema que afecta a casi el setenta por ciento de las áreas cultivables de la isla, pero el fenómeno adquiere visos dramáticos en la región oriental, donde predominan ecosistemas frágiles.

El primer responsable de este panorama es el monocultivo de la caña de azúcar, gran extractora de nutrientes de la tierra, cuyo auge se intensificó desde finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del XX. Detrás de este proyecto económico y social que es el complejo del azúcar está presente la mente brillante de una clase social que pugna por romper con los vestigios del régimen feudal para insertarse en la dinámica capitalista que experimenta el mundo, pero paradójicamente, se aferra al sistema de plantación esclavista para mantenerse como clase social.

La actividad económica que generó el complejo del azúcar se vio reflejada en una intensa vida intelectual dentro de la isla. La creación de toda esa infraestructura productiva constituyó la consolidación de un triunfo económico y la concreción de una idea. Este fenómeno, muy diferente al experimentado en las Antillas inglesas , tuvo su base originaria en la propia isla, se produjo muy a pesar del rey de España y su expresión material está en que los adelantos de la revolución industrial que impulsaron el desarrollo del capitalismo, se introdujeron primero en Cuba que la propia metrópoli.

La sacarocracia cubana se expresa en términos burgueses pues hay conciencia de que se produce para un mercado mundial, cuestión esta que los conecta con la burguesía europea, protagonista de la consolidación del capitalismo, donde la revolución constante de los medios de producción era una necesidad. Sin embargo, sabían también no eran burgueses plenos. Había una primordial contradicción que solucionar: la tenencia de esclavos. A pesar de ello este problema no se resolvió y se mantuvieron asidos a la esclavitud con fórmulas como el reformismo y el autonomismo, posiciones políticas a la necesidad de mantenerse como clase privilegiada sin romper lazos con la metrópoli.

Esta misma contradicción insoluble se da en el campo educacional pues la producción de azúcar involucraba a la sacarocracia cubana en una carrera capitalista y ello a su vez, les exigía romper con el obsoleto esquema organizativo de los ingenios. Hasta entonces la producción descansaba en la responsabilidad técnica del maestro de azúcar, un conocedor más por experiencia que por estudio, de los procesos para la obtención del producto.

Esta dependencia, de cierto sabor feudal, impedía que el proceso fabril se abriera a otros individuos. Era una necesidad para el complejo productor la formación de técnicos a quienes contratar y pagar un salario, pero a la vez a quien se pudiera despedir para dar paso a otros de mejores condiciones. Así sucedía en los países europeos, el obrero vendía su fuerza de trabajo y en retribución recibía un salario.

Otra manifestación de la gran actividad intelectual que provocó el azúcar fueron las sucesivas publicaciones sobre el tema. La bibliografía técnica azucarera hasta fines del siglo XVIII fue mínima, pero hacia mediados del XIX son abundantes los escritos que sobre el azúcar aparecen circulando en la isla. A ello debe sumársele el hecho de la fundación de la Escuela de Química, como fruto de un acuerdo entre los principales representantes de la sacarocracia cubana. Esta es una expresión del activo empuje del azúcar y la acertada visión de una clase que busca en la ciencia un sólido cimiento para la producción.

La necesidad constante de expresión de esta clase los condujo también a la creación de sus propios medios de difusión. Así nació el Papel Periódico de la Habana, que a su vez contribuyó a la solución del problema de la publicidad sistemática de las transacciones mercantiles.

Toda esta actividad intelectual definió el ideario de clase de la sacarocracia cubana que va a guiarla durante la época colonial y posteriormente va centrar su postura en la neocolonia, a partir de la entrega del país al capital norteamericano con el que se aliaron para la formación de los grandes latifundios cañeros.

En esta caracterización de la sacarocracia cubana hay otro elemento en el que se debe abundar porque tanto el reformismo, el autonomismo como el anexionismo fueron reacciones de una clase nacida al calor del azúcar y que no acababa de romper con la esclavitud y asumía palpablemente su condición de clase burguesa. Fue el reflejo político-intelectual de una clase castrada y frustrada por lo mismo que habían creado.

Al llegar a un determinado nivel de dependencia económica de los Estados Unidos, la sacarocracia aspiró a institucionalizar esta subordinación. Por eso el reformismo, que en sus inicios fue una ideología tendente a ratificar la libertad política de clase a costa de la ya lograda autonomía económica, se convierte en una maniobra velada o manifiesta de anexión, frente a la cual el independentismo pasó a ser la máxima expresión del rompimiento con el pasado colonial.

El azúcar en Cuba propició y aceleró el proceso de mestizaje. A raíz de la necesidad de fuerza de trabajo asalariada, al país entraron grupos étnicos diversos, entre ellos chinos, irlandeses, canarios, gallegos, asturianos, catalanes, indios, yucatecos, haitianos, jamaiquinos, barbadenses y hasta existió un proyecto de turcos que no se llegó a concretar. Este conjunto heterogéneo interactuó con el ya variado universo cultural cubano, dando como resultado final a su ser cultural diferente, pero perrneado por la combinación armónica de los elementos originales.

En determinadas zonas del país algunos núcleos poblacionales conservan rasgos físicos y culturales de sus progenitores de nación. Sin embargo, en otros el proceso de transculturación ha sido tan fuerte que solo conservan referencias de sus orígenes. Esto también se manifiesta en la presencia de apellidos ingleses, chinos, coreanos, árabes y franceses, los que se mezclan con los de origen español, algunos se pierden, otros se mantiene, dando una idea más concreta de este ajiaco cultural que es el cubano.

El cimarronaje cubano, como fenómeno sociocultural, también tiene su génesis en el azúcar. Fue la reacción natural de rebeldía del negro sometido al régimen de explotación cruel, perverso y deformado que fue el sistema de plantación, donde le obligaban a trabajar sin descanso, además de robarle la dignidad humana. Sin embargo, frente a ese sistema brutal el cimarrón logró extraer el sentido de libertad, la necesidad de emancipación y de unidad en torno a intereses comunes. Dentro del palenque se dan sentimientos de hermandad, solidaridad y resistencia al sistema, y se consolidan en los valores que lo llevaron a sumarse a la Guerra de los Diez Años.

Los actuales valores del antimperialismo, amor a la patria, a la independencia, la soberanía y la solidaridad tienen su génesis primaria en el cimarronaje cubano, salvando las distancias y momentos históricos. Se sostiene esta idea en el hecho de que ese fenómeno es el resultado de la resistencia del cubano, al no resinarse a perder su dignidad y amor propio, ese que emana de la propia naturaleza humana y lleva implícito un carácter emancipatorio.

La aparición del colonato azucarero es otro fenómeno social que se da aparejado a la extensión del cultivo de la caña de azúcar y en Cuba, toma matices peculiares. Este evento significó el triunfo del central sobre el ingenio en el último cuarto del siglo XIX y el éxito del primero en la dinámica azucarera del siglo XX: la sustitución final de la mano de obra esclava por la libre y "la separación de las fases industrial y agrícola en el proceso de fabricación del azúcar (…)" (González; 2005:57).

Los colonos fueron gradualmente convirtiéndose en los principales abastecedores de materia prima a la gran industria. Su permanencia en la memoria colectiva del pueblo cubano es tangible en una generación que fue miembro de este grupo poblacional, el cual desapareció de la estructura social cubana, a partir de la nacionalización de la producción azucarera, la Reforma Agraria y la aplicación de otras medidas socialistas vinculadas directa o indirectamente con esta actividad.

El colono "fue en su esencia un importante sector socioeconómico que terminó por alcanzar una identidad social definida y llegó a ser considerado como un elemento formativo de la nación cubana" (González; 2005:57). Esta tesis se sostiene en el hecho de que en torno suyo, se agrupó una masa heterogénea de productores que iban desde las grandes corporaciones hasta los pequeños agricultores. En sus inicios fueron libertos, mulatos, dueños de ingenios arruinados e inmigrantes blancos, integrantes de la sociedad criolla cubana. Con el tiempo continuó siendo esa masa heterogénea que tenía como misión sembrar caña para venderla al central azucarero, con el cual mantenía una relación contractual.

El azúcar y todo su complejo social, económico, político y cultural ocupa el núcleo conformador de la cultura cubana. Zanetti (2005:15) generaliza esta tesis y refiere que existe una "realidad azucarera (…) en esencia (…), resultado de una gran transformación que se inicia en la década del 80 del siglo XIX y se extiende (…) hasta mediados de la década del XX del siglo pasado", y se enriquece con la entrada del país a nuevas dinámicas en las relaciones de producción a partir del triunfo de la Revolución en enero de 1959.

Como se aprecia el complejo cultural del azúcar extiende sus lazos a economía, sociedad, música, trabajo, medios de comunicación y transporte, arquitectura y urbanismo, clases y grupos sociales, bailes, tradiciones, herencia, fiestas populares, lenguaje cotidiano, actividad agrícola y sexual, valores, paisaje natural, medio ambiente, patrimonio forestal, mitología, imaginario popular, ciencia y tecnología, pensamiento político, modo de vida, demografía, educación. En palabras de Oscar Zanetti: “(…) en nuestro país el azúcar está en la raíz de la nacionalidad cubana" (Zanetti; 2005:79).

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