El ‘club’ de Deudores
Todas las delegaciones estaban presididas por el ministro
de finanzas o por el presidente del respectivo Banco Central. En consecuencia,
los argumentos a favor de una estrategia conjunta debían concentrarse en las
ventajas financieras y de estabilidad monetaria que podrían obtenerse para cada
país. Desde luego, presentíamos que en varios casos se considerarían mucho más
importantes las ventajas de imagen personal o de tipo político que los propios
delegados creyesen poder usufructuar.
De conformidad al tamaño de la deuda de cada país se
podían diferenciar cuatro grupos: el primero integrado por México, con una deuda
superior a los 80 mil millones de dólares, Brasil con 83 mil millones, Argentina
con 43 mil millones y Venezuela con 32 mil millones. Un segundo grupo podría
formarse con Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia, Uruguay y Costa Rica,
países que tenían deudas de tamaño intermedio, entre los tres mil y los quince
mil millones de dólares. Un tercer grupo formado por Paraguay, Nicaragua,
Honduras, El Salvador, Guatemala, Panamá y la República Dominicana, con deudas
de alrededor de 2 mil millones de dólares cada uno. Y, un cuarto grupo, el
formado por aquellos países que, no obstante su ubicación geográfica, sus
gobiernos preferían excluirlos de la geopolítica de América Latina, tales como
Belice, las Guayanas holandesa, inglesa y francesa, Haití y las colonias
caribeñas.
En el caso de Cuba, resultaba
osado inscribirla en alguno de esos grupos. Por un lado, Cuba no constaba en la
información financiera entregada por el FMI, el Banco Mundial o el BID. Por otro
lado, quizás precisamente por esa falta de información, se presumía que Cuba no
tenía ninguna deuda pendiente con la banca internacional. De todas maneras,
cualquier elucubración habría resultado inútil. Ningún delegado cubano había
sido invitado a la reunión de Panamá.
Al principio creímos que los 4 países ubicados en el
primer grupo -México, Brasil, Argentina y Venezuela- serían los más entusiastas
en apoyar una negociación conjunta. Al tener las deudas más grandes, en una
acción global cosecharían los mayores beneficios. No obstante, la situación
particular de sus gobernantes los predisponía en contra de nuestra propuesta.
En el caso de México, la
nacionalización había convertido a su gobierno en la
vedette mimada por
la banca internacional. Esa luna de miel podría agriarse al integrar un bloque
con el resto de América Latina. En el caso de los regímenes militares de Brasil
y Argentina, estos se encontraban en franca retirada y, es de suponer, preferían
que sean sus sucesores quienes asuman la responsabilidad de unirse con otros
gobiernos civiles. Por último, en el caso de Venezuela, a pesar del gran tamaño
de su deuda, esta podía ser fácilmente amortizada con sus abultados ingresos
petroleros. Por lo tanto, su gobierno no visualizaba ninguna ventaja para
integrarse al resto de América Latina.
El cuarto grupo también tenía
que descartarse, por cuanto sus países se excluían de la geopolítica de América
Latina o porque oficialmente carecían de deuda externa. Así, nuestra tarea
tendiente a tratar de unificar a los deudores alrededor de una propuesta global,
tendría que concentrarse en los catorce países que conformaban el segundo y
tercer grupo.
De acuerdo a la nómina de los participantes, cada
delegación estaba presidida por el ‘Gobernador ante el BID’, que había adquirido
ese status por ser el ministro de finanzas de su país. En cada
delegación, además, participaba algún funcionario técnico que, por su trabajo,
era quien más conocía las cifras y la problemática de la deuda externa.
Decidimos que nuestro primer
contacto debía efectuarse a través de esos funcionarios técnicos porque -así
suponíamos- su conocimiento los tornaba sensibles a las ventajas económicas que
cada país obtendría al ser parte de una estrategia común.
Por otro lado, los
‘gobernadores’ generalmente permanecían acompañados de sus asistentes y –en
algunos casos- hasta de sus guardaespaldas, lo cual hacia difícil tratar de
establecer con ellos algún diálogo informal en los pasillos del hotel, en el
comedor o en el ascensor.
La otra alternativa,
solicitar una cita formal y por escrito, quedaba de plano descartada, en virtud
del escaso tiempo que teníamos antes de que la Asamblea concluya.
Desde el mismo día lunes 21 de marzo -en que se inauguró
la Asamblea y nos percatamos que los acreedores ya se habían organizado para
actuar en bloque y por fuera del mercado- empezamos a planificar nuestra
reunión. Así, para la tarde del miércoles ya habíamos logrado contactarnos con
la mayoría de las delegaciones del segundo y tercer grupo.
Nuestro primer objetivo se
limitaba a conseguir que los jefes de delegación o ‘gobernadores’, acepten
asistir a una sesión conjunta en donde -así esperábamos- pudiésemos persuadirlos
de la conveniencia de analizar entre todos la posibilidad de formar un Consorcio
de Deudores que, eventualmente, fuese capaz de negociar con el Sindicato de
Acreedores en un mismo nivel jerárquico, diplomático, técnico y político.
La mayoría de los funcionarios que contactamos expresaron
estar dispuestos a asistir a dicha reunión. Además, ofrecieron informar lo más
pronto posible a sus ‘gobernadores’ sobre el propósito que tendría la reunión a
fin de que tuviesen tiempo para, desde Panamá, comunicarse con sus respectivos
países en caso deseasen realizar cualquier consulta técnica o política. De esta
manera, cada delegación podría contar con algún criterio oficial de manera
previa a la reunión que, así se programó, se efectuaría a las tres de la tarde
del jueves, antes de la clausura de la Asamblea del BID.