RESEÑAS BIOGRÁFICAS DE FIGURAS SIGNIFICATIVAS EN LA HISTORIA DE CUBA (TERCERA PARTE)

Raúl Quintana Suárez
Bernardo Herrera Martín

Díaz de Espada y Fernández de Landa, Juan José


Obispo de la diócesis La Habana durante treinta años y como tal se le reconoce como impulsor del pensamiento antiescolástico así como apreciables mejoras en la educación, la salud pública y la beneficencia en Cuba. Nace el 20 de abril de 1756 en Arróyabe, en la provincia de Álava, España. Su familia pertenecía a la nobleza vasco-alavés, y varios de sus miembros siguieron la carrera eclesiástica. Las provincias vascas constituyeron una especie de puerta de entrada de las ideas de La Ilustración en España. Espada cursa sus estudios superiores  en Salamanca, uno de los principales núcleos de desarrollo de las ideas progresistas en la península, primero en el colegio de Santa María de los Ángeles y posteriormente en el Mayor de San Bartolomé, del cual llegó a ser rector.  Toma partido tempranamente por el movimiento modernista ilustrado, como lo muestra su incorporación a la Real Sociedad Patriótica de Salamanca. A los veintiséis años de edad inicia su carrera sacerdotal, al ser ordenado presbítero por el obispo de Segovia. Posteriormente es propuesto para provisor del obispado de Chiapas, pero nunca llega a ocupar ese cargo. En esa etapa, Espada adquirió amplia experiencia eclesiástica y profundo conocimiento de las leyes canónicas y civiles, así como habilidades como profesor de filosofía. Se convierte en un hombre a la altura de los mejores conocimientos de la época, partidario de las reformas de la educación, de las costumbres, de la vida social y de la economía, influido por la Ilustración y las ciencias modernas. Tras la muerte del primer obispo de La Habana, Felipe José de Trespalacios y Verdeja, la Corona propuso para ocupar la sede vacante a Espada -nombrado el 11 de agosto de 1800. El 15 de diciembre siguiente es informado el Cabildo habanero, que tomó nota en sesión de 7 de julio de1801. Espada llega a La Habana el 25 de febrero de 1802 y  consagrado en la Catedral de La Habana, el 28 de febrero, por el habanero monseñor Luís Ignacio María Peñalver y Cárdenas, arzobispo designado de Guatemala. Ese mismo año se le nombra Socio Honorario de la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) de La Habana, cuya dirección asume en 1803. Desde los inicios de su episcopado, Espada desarrolla una constante actividad dirigida a regular el funcionamiento de la Iglesia. Para ello emitió una serie de edictos contra costumbres entronizadas en el obispado, como el Edicto de Campanas y el Mandato contra los matrimonios clandestinos. En 1803 inicia una visita pastoral que culmina al año siguiente y que tuvo como resultado la elaboración de un informe que denominó Diezmos reservados (1808). En él, Espada criticaba tanto la esclavitud -cuya eliminación proponía- como el latifundio y el desmedido interés en la producción azucarera, que consideraba nocivo para el país. A cambio, abogaba por una agricultura diversificada y centrada en las necesidades de la población, la pequeña propiedad agraria, la inmigración familiar europea y el desarrollo de las manufacturas. Entre las más significativas contribuciones de Espada al mejoramiento de las condiciones sanitarias de la diócesis estuvo la creación del primer cementerio público de La Habana (1806), fruto en buena medida de su esfuerzo personal y conocido como Cementerio de Espada. Con ello puso fin en la ciudad a la larga tradición de enterramientos en las iglesias, con su secuela de insalubridad, aunque tuvo que afrontar la oposición de parte del clero y los conventos; sobre todo, por los beneficios pecuniarios asociados a tal  práctica. También resultó importante la estrecha colaboración de Espada con el doctor Tomás Romay y Chacón en la campaña por la aplicación de la vacuna contra la viruela. Los recursos del obispado financiaron, en buena medida, las expediciones por el país para garantizar que la vacunación beneficiará a la mayor cantidad de personas. Ante la resistencia de ciertos sectores, el obispo emitió una pastoral en la cual exhortaba al uso general de la vacuna mediante la explicación de sus beneficios. Espada modernizó las instituciones de beneficencia existentes en la diócesis, donde persistían prácticas medievales. Unificó la Casa de Niños Expósitos, la de Beneficencia y la de Recogidas en una sola institución. Para la atención de los enfermos mentales, que en la época deambulaban por la ciudad sin atención alguna, concibió la construcción de un edificio que los albergara de modo independiente, con la atención requerida. Inaugura en 1827, el asilo de dementes que se conocería con el nombre de San Dionisio. En el colegio de niñas de San Francisco de Sales implantó las visitas a las pupilas y las incorporó al mundo después de terminados sus estudios. Al graduarse, las huérfanas recibían una dote para facilitar su casamiento o asegurar su porvenir. La enseñanza elemental, en la época en que Espada asume el gobierno del obispado, era objeto de duras críticas por parte de la elite reformista ilustrada criolla. En esta esfera, la acción del obispo estuvo orientada a la estimulación de maestros y estudiantes por diversas vías, pero, sobre todo, a la modernización de las concepciones pedagógicas imperantes. Para ello envió a España al entonces profesor de filosofía del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, Juan Bernardo O´Gaban, a estudiar el sistema pedagógico pestalozziano, con el objetivo de aplicarlo en las escuelas cubanas. Después promovió el denominado método lancasteriano, con el mismo fin. En los niveles superiores de educación, Espada es el promotor de una renovación profunda de los estudios filosóficos, así como de la introducción del estudio de ciencias como la física, la química y la botánica. El control del Seminario de San Carlos por el obispado permite que Espada lo convierta en el centro de esa renovación, con el apoyo de figuras como José Agustín Caballero y Félix Varela y Morales. Junto a ese grupo de ilustrados criollos, refuta las bases del escolasticismo predominante hasta entonces en el pensamiento y los centros de enseñanza insulares.  Otro de los centros de atención del obispo es la cárcel de La Habana. En concordancia con el ideario ilustrado, presentó un plan de mejoras para el sistema penitenciario dirigido a la rehabilitación del delincuente, basado en el trabajo y el aislamiento, elementos indispensables de la concepción espadista. Desarrolló la red parroquial de la diócesis, reforzando la presencia institucional y las posibilidades de regular el cobro de los diezmos, lo que lo llevó a conflictos con los plantadores azucareros. La compleja circunstancia creada por la ocupación napoleónica en España y la guerra popular de liberación (1808-1814), permiten a Espada manifestar las tendencias moderadamente liberales de sus ideas políticas. En 1810 aboga por la autonomía de Cuba, en consonancia con los intereses de las elites criollas. En 1811 emite una carta pastoral, en la cual exhorta al patriotismo y expresa el deber de los reyes para con sus vasallos. En 1812 respalda de manera activa la Constitución de Cádiz, cuyo juramento preside en La Habana. Tras la restauración absolutista de 1814, publica una carta pastoral en la cual manifiesta su rechazo a la solución independentista para Cuba. En 1820, la Sociedad Económica le solicita la creación de una Cátedra de Constitución, que el obispo encomienda al presbítero Félix Varela y Morales, figura clave en la historia cultural y política de la época en Cuba. Ese mismo año defiende públicamente el régimen constitucional y las libertades públicas, y en 1824 emite una pastoral en la cual pedía clemencia para los liberales ante la nueva restauración del absolutismo. Esta actitud provoca contra este graves acusaciones que condujeron a una orden de arresto y su envío a España,  suspendida temporalmente en 1825, por su delicado estado de salud, y anulada de manera definitiva en 1830. No obstante, en 1828, el Vaticano  abre un proceso contra Espada, también resultado de las acusaciones de sus enemigos, quienes lo tildaban de jansenista, hereje y masón. Su salud continúa empeorando, y en 1830 sufre un primer ataque de apoplejía. Un segundo ataque causa su muerte, el 13 de agosto de 1832. El día 17, en la Catedral de La Habana, Juan Bernardo O’Gaban celebró la misa y los oficios fúnebres en su honor. Es sepultado en el primer patio del cementerio que él fundara. En 1881, sus restos se trasladaron a la nueva Necrópolis de Cristóbal Colón.

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