CUESTIONES

Francisco Javier Contreras H.

¿EN QUÉ EQUIPO JUEGA?
LA ESPADA DE DOS FILOS

El mundo está formado por muchos seres humanos: cada uno de ellos tiene su forma de pensar y su criterio propio. No podemos decir que uno o unos tengan la razón y los demás estén equivocados. Desde su propio punto de vista, todos tienen la razón; y todos actúan de la manera que creen más correcta, El problema radica en que cuando alguien se siente seguro de tener la razón, le parece imposible aceptar el punto de vista con­trario. Algunos suponemos —equivocadamente— que si nosotros tenemos la razón, la contraparte necesariamente estará equivocada.

Partiendo de esto, intentamos convencer -imponer- nuestra verdad a los demás: lo que éstos no aceptan, porque están igualmente con­vencidos de la certeza de sus puntos de vista. Ante esto, en vez de compartir puntos de vista y tratar de formar una verdad común —lo que sería lo correcto—, cada quien acusa de necio e intran­sigente al otro.

Esto ha dificultado siempre el entendi­miento entre los hombres: el hecho de partir siempre de la suposición de estar en lo correcto y —la consecuencia lógica—, el hecho de suponer que todo el que no comparte nuestros puntos de vista, tendrá que estar necesariamente equivocado.

Cuando uno de nosotros llega a tener poder, es fácil que lo utilice para imponer su punto de vista a los demás. Cuando alguien impone su criterio, cree que lo hace en nombre de La Razón y La Verdad, desconociendo que toda imposición va contra Razón y La Verdad,

Cuando alguien impone su punto de vista, lo hace engañándose a si mismo con la Idea de que pone su fuerza del lado de la razón para defenderla y hacer que ésta impere sobre la faz de la tierra: el tiempo nos dirá que lo único que se hizo —lo único que siempre se quiso hacer— fue imponer el punto de vista personal, entre los que pensaban de otro modo.

Así, en nombre de Dios, se dio muerte al Hijo de Dios; en nombre de la verdad y el amor, se quemó vivos a los que no compartían su verdad y no coincidían con su forma de amar; y en nombre de la patria se ahorcó, fusiló y/o decapi­tó a los que lucharon porque tuviéramos algo que no teníamos: Patria.

El cáncer de la humanidad es la cerrazón, el prejuicio de estar en lo correcto ante los puntos de vista de los demás; el creer que se conoce mejor que los otros el origen y la razón de toda cuestión; el creer que a los demás les falta educación -la educación y la cultura que noso­tros creemos tener- para entender como yo entiendo: el suponer que se debe obligar a los demás, a que compartan nuestro punto de vista, como se obliga a un niño enfermo a tomarse su medicina.

Esta posición es un cáncer que inunda el mundo: es el causante directo de guerras, invasio­nes, revueltas, asesinatos, etcétera. Y nos lastiman los que no piensan como nosotros, porque nos es difícil vivir en un mundo, en que no nos reconocen la veracidad de nuestro criterio.

Necesitamos dejar de creernos, los únicos poseedores de La Verdad; o lo que es peor, sus defensores: pues La razón y La verdad, pesan por sí mismas, independientemente de que se les apoye o no; y por supuesto que se pueden defender solas. –Nomás eso nos faltaba, que Dios ocupe que lo defiendan.

Puede haber un momento en que la humanidad entera marche en el error, y que La Verdad parezca quedarse sola, pero tarde o temprano ésta se impone en el lugar que le corresponde: la Historia se inventó, para que la gente de hoy, no vuelva a cometer los errores de ayer; y para que nosotros dejemos de sentirnos como nuevo Quijote de la Mancha, y ya no le declaremos la guerra a la humanidad, queriendo enderezar el mundo, - que según el poema Desiderata “sea que nos resulte claro o no, marcha como debiera.

Creer que se tiene la razón, es una espada de dos filos: por un lado necesitamos estar seguros de estar en lo correcto, porque eso nos marca el rumbo, le da sentido a nuestra vida y nos da una seguridad necesaria para seguir caminando; pero por otro lado, casi todas las grandes barbaridades que ha cometido el hombre contra del hombre, nacen de pasar la línea de la prudencia y después de estar tan seguros de que estamos en lo correcto, dejar de escuchar la voz de La Justicia que nos habla en lo interior, y tomar en nuestras manos la corrección del mundo.

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