CUESTIONES

Francisco Javier Contreras H.

RADIOGRAFÍA DEL DICTADOR

Se es un dictador primero, como forma de ser, independientemente de que se tenga poder publico para ejercer su dictadura. Y se ejerce la dictadura desde la propia trinchera, sea hablando sin descanso, sea gritando: argumentando sin ton ni son sobre cualquier tema, o sea escribiendo tontería y media que hoy es ruido y mañana no es sino basura y contaminación de la que nadie se acordará a vuelta de un año.

El dictador nunca dialoga, sólo habla y habla y los demás lo escuchan o hacen como que lo escuchan mientras sufren su impertinencia.

Se es dictador aunque no se tenga el poder publico en la mano, pero cuando se da el caso de que este llega, entonces este tipo multiplica su voz con la propaganda oficial, y en ese caso, ya no son sólo sus contertulios del café los que deberán soportarlo, sino todo el pueblo, que ahora si sabrá lo que es amar a Dios en tierra extraña.

El dictador es alguien con cerebro pequeño y lengua larga, y por ello puede hablar durante horas aunque no diga nada y es también impermeable a ideas diferentes a las que ya tiene metidas en la cabeza, por ello, no escuchará pensamientos diferentes a los suyos, pero si le dirige la palabra una persona a quien ya clasificó de antemano como “escuchable”, a ese si le prestará atención, por ejemplo a dignatarios eclesiásticos. Pero no se preocupará de si tienen o no la verdad, no, ese tema no le preocupa, porque él piensa que esos personajes, por el sólo hecho del cargo que ostentan, ya tienen una verdad que para el vale y punto: si coincide o no con LA VERDAD, es otro rollo, que por lo pronto no le preocupa.

También le llamamos dictador a la persona que en uso de poder público, pasa del uso al abuso de la autoridad de la que se haya revestido; aun cuando el abuso sea inconsciente. Y esta ultima afirmación merece una aclaración, porque todo dictador, por más malo que su pueblo lo perciba, él se ve a sí mismo como un tipo bueno, y si se quiere, hasta santo.

Esto es algo común a todo dictador: creerse bueno. Porfirio Díaz se veía a sí mismo como un padre benévolo de un pueblo que nunca lo comprendió. Hitler se creía tan de los buenos que incluso invocaba a Dios en sus últimas horas y con resignación expresaba que “si es la voluntad de la providencia, que las cosas sucedan de la manera en que están sucediendo, que así sea”. Incluso muchos de ellos se rodean de sacerdotes de su religión, como para asegurar su titubeo y sentir que puesto que cuentan con la aprobación del sacerdote en su actuar político, tal vez también Dios los apoye. Pero ojo, necesitan la aprobación de su sacerdote, pero no necesariamente les preocupa que impere LA JUSTICIA, sino su justicia, y por ello en vez de preguntarle a la RAZÓN, le preguntan a su sacerdote, porque así cuando su conciencia les diga que esto o aquello no estuvo bien hecho, ellos se escudarán, no en tener la razón, sino en que son muy amigos de su sacerdote y que él aprobó el absurdo: para muestra un botón, recuerde usted el caso del dictador español Francisco Franco. Este compa le partió el queso a muchos españoles, una gran cantidad de ellos que deseaban la democracia tuvieron que huir a otros países, inclusive el nuestro, porque incluso el México de los años 30 y 40, era más democrático que la feudal España de esa época: y sin embargo, eso sí, era tan súper católico, que incluso tenía una reliquia nacional, la mano de Sta. Teresa, en su habitación personal, y ante ella rezaba todos los días.

Muchas veces, se esconderá en mucha religiosidad, la falta de amor hacia el próximo, hacia la justicia y hacia la razón. Recuérdese que los que mataron a Cristo, no eran para nada ateos, eran gente muy instruida en religión y podían citar de memoria cualquier pasaje de las escrituras, pero algo más, eran observadores escrupulosos de lo que marcaban las normas religiosas. Todo lo tenían con respecto a su religión, excepto lo más importante, la consideración hacia los demás; y eso se los marcó más de una vez Jesús; sólo les faltaba el amor a los demás, el respeto a formas de pensar diferentes a las de ellos, sin lo cual, no hay religión que valga.

Hace falta tomar en cuenta otros criterios diferentes a los propios, para tejer la propia verdad. Y eso no implica renunciar a lo que es correcto. Sino que el punto de referencia es Jesús, pero si “ÉL es Dios, y Dios es infinito, nunca podremos estar demasiado seguros de haberlo comprendido cabalmente. Tenemos pues que estar siempre atentos a irlo conociendo cada día más. Estar abiertos a escuchar SU VOZ, entre las voces que nos rondan a diario.

El dictador es alguien que se cree dueño absoluto de la verdad, y está tan seguro de estar en lo correcto, que ya no quiere escuchar más y entonces, cuando LA VERDAD le habla, éste compara esa voz con su verdad ya fabricada y si la voz coincide totalmente con ella, entonces la escuchará, de otra forma no. Esto implica negar que Dios sea infinito, suponer que se le puede comprender de un sólo vistazo y que ya se le ha conocido a cabalidad.

Decíamos que el dictador es pues alguien de cerebro pequeño y lengua larga. Puede argumentar horas enteras sobre cualquier tema, sea con voz propia o a través de las propagandas de gobierno, pero incapaz de escuchar ni siquiera poquito. El dictador es alguien que en las pláticas de café él habla, y los demás escuchan. No puede tener ni siquiera el mínimo respeto para con sus interlocutores, como para darle un minuto de descanso a su lengua y escuchar otra opinión diferente a la propia. Porque él no va a buscar la veracidad en la boca de nadie, él se cree ya dueño del conocimiento y por eso no le para la lengua en todo momento.

Quiere ignorar que, demasiado celo por la propia realidad, implica desprecio a LA VERDAD. Este tipo de personas acostumbran hablar mucho y hablar recio, para hacer ruido y no escuchar a LA VERDAD, que siempre habla suave y con comedimiento.

Al dictador le gusta hacerse estatuas, porque está tan convencido de que él anda bien, que inmediatamente se manda hacer imágenes para que lo conozcan y lo tomen como modelo a seguir, sin querer reconocer que sólo sirven sus esculturas como ocasión de risa a su pueblo. Todo dictador se manda hacer estatuas. Para ejemplo ahí está Stalin, que se hacia llamar “el padre de todos los pueblos” y ostenta el record mundial Guiness, de el hombre que más monumentos a sí mismo se ha mandado hacer y posiblemente también tenga el del tipo que más mal le ha hecho a su propia nación. También el Sha de Irán y Sadam Huseim se mandaron hacer imágenes al por mayor y pregúntele a la historia que tan buenos fueron.

Las estatuas se las mandan hacer de diferentes materiales: de piedra, metal, pintura, fotos, o de letras: algunos de ellos se hacen llamar: Excelentísimo y Reverendísimo, Señor Doctor, Don Fulano de las Hilachas. Entre mayor la faramalla, más pequeño el cerebro que la concibió. El más grande hombre que ha caminado sobre la tierra, y el que más ha influido en el destino de la humanidad, sólo se llamó Jesús.

Las estatuas y las pinturas se las hacen de sí mismo y de su gente. Hay dictadores que se han mandado hacer pinturas de sí mismos y de sus amigos, con el argumento de que ellos, sus cercanos, son los personajes más notables de la ciudad. De entrada, el dictador se ve a si mismo, como el supremo poseedor de la verdad: juzga a sus conciudadanos y los que dan la medida con su criterio, a esos los cataloga como héroes o prohombres de la ciudad y los hace retratar en algún muro histórico o en algún museo; y así les premia el que le hayan seguido la corriente en sus bufonadas, que hayan sido “su gente”. En el libro de la Sabiduría, en nuestra Biblia, se lee: “los ayudantes siempre serán iguales a su jefe” y recuerde usted que hubo un emperador romano que hizo nombrar senador a su caballo.

Hay un dictador en potencia en el interior de cada uno de nosotros: tenemos la tendencia a sólo escuchar a los que nos hablan en nuestro propio lenguaje; a cerrarnos a otras voces diferentes a lo que pensamos; a creer que sólo nosotros y los que piensan igual son los buenos; y eso nos convierte en seres muy peligrosos para la humanidad; pero también tenemos la opción de cambiar, si queremos intentarlo, y con ello ser mejores para nosotros y para los demás.

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