CUESTIONES

Francisco Javier Contreras H.

La Ciudad del Desierto

(Cuento casi cierto)

En un lugar lejano, ha­bía un sabio que des­pués de mucho esfuer­zo y trabajo había logrado juntar una for­tuna considerable. Él era recto y justo y trató de poner orden en su mundo pero le fue imposible. Un día decidió fundar una ciudad en lo profundo del bosque, en lo más inaccesible. A su metrópoli la dotó de los adelantos técnicos y científicos que él había logrado, de tal forma que su villa fue una urbe fantástica en la que todo sueño se hacía realidad. Era una pobla­ción planeada hasta en sus últimos detalles; se podía decir que era un lugar perfecto.

El sabio había inventado máqui­nas capaces de trabajar para los hombres; todo era automatizado en ese lugar y las personas estaban en una perpetua vaca­ción, como en un lugar de verano: charla­ban, paseaban por el bosque, pescaban en el lago, etcétera. El sabio invitó a su ciudad a muchas personas, pero éstas pronto empezaron a pervertir la comuni­dad, porque no estaban preparadas para esta perfección.

El sabio quedó desconsolado: el mundo sufría por causa de la injusticia, el hambre y de las enfermedades; y cuando tenía a su alcance una ciudad libre de estas plagas, entonces el hombre se convertía en su peor azote. ¿Qué ha­cer? Lo más sencillo era no invitar a nadie; pero entonces el sabio tendría que vivir condenado a la soledad y el aislamiento, ¿para qué sirve la riqueza y el saber, si no se pueden compartir con nadie? ¿Para qué sirve la misma vida, si se tuviera que vivir en soledad?

Tras mucho cavilar en el asunto se le ocurrió una idea, que creyó la mejor: al darse cuenta de que en el mundo hay muchas personas que buscan de verdad la justicia, se propuso construir otra ciu­dad; lejos de la primera. Esta sería en el desierto, sin bosque, sin lago, sin adelan­tos técnicos. El iría por todo el mundo e invitaría a todos a la ciudad perfecta; les hablaría de ella, de la ausencia de sufri­mientos, de la abundancia de todo, de lo paradisíaco del lugar, de las riquezas incalculables que en ella se guardaban y de que ellos podrían ser sus dueños con una sola condición: que vivieran un tiempo en la ciudad del desierto. Con esto él quería asegurarse de saber quiénes eran dignos de vivir en la ciudad del bosque, pues al vivir en dificultades y carencias iban a tener que echar mano de todos sus recur­sos morales y físicos, y de esa manera aprenderían a vivir en armonía unos con otros.

Se apuntó mucha gente; una in­mensidad casi imposible de contar; pero el sabio sí los contó, gracias a sus máquinas prodigiosas capaces de llevar un re­gistro personal de cada habitante de la ciudad del desierto. A cada quien se le dio una casa, en la que había cámaras de televisión y micrófonos, de tal manera que todo lo que hacían o decían las perso­nas, quedaba registrado en la máquina central, que tenía siempre al día un re­cord de las actividades de cada persona, y de cómo ésta iba evolucionando.

El agua era escasa y las personas tenían que hacer cola para conseguir al menos la indispensable para sobrevivir. La comida se conseguía sólo con muchos trabajos, y las más de las veces no era suficiente para comer bien. El calor era sofocante y de noche hacía un frío gélido; pero el pueblo se mantenía con la espe­ranza de que cuando fueran hallados dignos de la ciudad del bosque, les llega­ría un pase automático a ese fantástico lugar.

Todos sabían de la existencia de la máquina y de lo que ésta ha­cía, aunque nadie la podía ver porque quedaba oculta en un imponente edificio que sobre­salía entre las demás edifica­ciones de la ciudad. Estaba en el centro de ella, y todos los hombres volteaban hacia allí, siempre que se sentían desesperados por algún problema. Constantemente vol­teaban, esperando haberse ganado su pase a la ciudad del bosque.

Cuando alguno sufría una injusticia de parte de otra persona, o cuando las dificultades de la vida les parecían insufribles, ellos volteaban al edificio gris en que sabían estaba la máquina. Siempre esperaban que el aparato hubiera registrado el atropello de que habían sido víctimas, y confiaban en su insatisfecho deseo de venganza, que la máquina quitara al agresor la oportu­nidad de ingresar a la ciudad de sus sueños. Al mismo tiempo, confiaban en que quedara registrada su pacien­cia y la humillación sufrida, y que esto les acelerara el paso tan deseado.

La gente no sabía cómo andaba, aunque a veces se imaginaba su situación. Lo cierto es que la mayoría de las veces que a una persona le llegaba su pase a la ciudad anhelada, no lo esperaba y casi siempre lo tomaba desprevenido. Normalmente le llegaba al agraciado una nota en la que se le comunicaba que abordara el autobús que lo esperaba a la puerta del lugar en que se encontraba. Este vehículo iba recorriendo las calles y recogiendo a los afortunados. Después que abordaban, ya nadie los volvía a ver; y el detalle es que de la ciudad del bosque, nadie regresó nunca a visitar a sus seres queridos; y contaban los viejos que al llegar a la otra ciudad, todo era tan diferente, que parecía que a la persona se le abrían los ojos y vivía maravillada sin recordar su forma de vida anterior.

Como curiosa referencia, había personas en la ciudad del desierto que ya eran viejas, pero no les llegaba el anhelado pase. A veces hasta creían que el cuento de la ciudad del bosque era una pura ilusión y que quizá no existía. Algunos amargados de la vida llegaron a afirmar que no había ninguna máquina dentro del edificio gris ubicado en el centro de la ciudad.

Esto causaba grandes polémicas, pues otros aseguraban que si existía, y que el hecho de que no les enviaran su pase, no se debía a un error de la máquina, pues se suponía vigilada constante­mente por el viejo sabio desde su refugio en la ciudad del bosque, sino que más bien —se insistía— a cada quien le llegaba su pase cuando había logrado un grado de perfección mínimo necesario para vivir en la ciudad perfec­ta; porque de colarse en ella alguien no preparado, les echaría a perder el paraíso a los que ya la habitaban.

Como dato digno de tomarse en cuenta, les diré que nadie dejó de ir a la ciudad del bosque; algunos se tardaron más que los otros, pero todos llegaron. Hubo algún momento en que la ciudad del desierto estuvo a punto de desaparecer por los pro­blemas propios que afronta toda localidad; se dieron inva­siones, incursiones de bandidos, locos que pretendieron apoderarse de ella y utilizarla como feudo personal. También se dieron casos de epidemias; en más de una ocasión se acabó el agua, etcétera. En todos estos casos se creyó que sería el fin y que la promesa del sabio no se cumpliría; pero todo se cumplió.

El detalle que supe después, cuando yo llegué a las ruinas de la ciudad del desierto, es que todos los proble­mas estaban previstos por el sabio y que en verdad, los podía haber evitado, de la misma manera que los evitó en la ciudad del bosque. Pero se dice que los permitió como una forma de calar a las personas, de ver cómo respondían ante el peligro, ante las carencias; y de esta manera tener una idea exacta de quién era quién; dado que todos reaccionamos de manera diferente cuando estamos en peligro, que cuando estamos a salvo; o ante la abundancia y la escasez.

Y es que muchos pensamos que somos generosos, pero la verdad es que sólo damos lo que nos sobra. El que es de verdad bondadoso da lo que él mismo necesita si sabe que al otro también le urge. Algunos a la primera aprenden, otros necesitamos caernos varias veces en una cáscara de plátano para entender que es mejor quitarla del camino, para así evitar golpear­nos de nuevo.

Total, que de la ciudad unos se fueron antes y otros después; pero todos se marcharon. Yo sólo vi las ruinas calcinadas por el sol y barridas por el viento, que como es sabido, nunca falta en el desierto. Los viajeros que acampan en sus ruinas, suelen contar el relato en torno a una fogata y acompañados de un poco de té.

El manan­tial que surtía a la ciudad ya está muy menguado, casi se acaba; sí alguna vez pasas por los restos de la urbe, puedes localizarlo por el lado norte de los vestigios, de lo que fue el edificio en donde se guardaba la máquina. Pero es muy poco el líquido que hoy se puede obtener de ahí, apenas ajusta para que tome un caballo o para que tome un burro y su jinete; así que tú le tanteas qué cabalgadura escoges. Ora que si quieres tomar mucha agua, pues vete a pie, que al fin y al cabo es una muy buena forma de hacer pierna; y lo más importante es que yendo solo, tienes la oportunidad de que si llega a pasar el autobús que antes recorría la ciudad recogiendo pasa­je, tú le haces la parada y si se detiene, ya la hiciste.

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