CUESTIONES

Francisco Javier Contreras H.

LA INVENCIÓN DEL ALFABETO

(Relato casi ficticio)

Mustafá Kalil il Bután bajó silencioso por la calle principal, la que da a puerto. Su mirada vagabundeaba en torno a un pensamiento que había venido madurando con el correr del tiempo. ¿Hasta dónde era su idea cuerda y lúcida? ¿Hasta dónde era sólo fantasía desbordante? Bajó las primeras calles; a pesar de la temprana hora, el ajetreo era intenso y las personas pululaban camino a sus trabajos: en el muelle, en las granjas o factorías cercanas. En las plazuelas, algún comerciante exhibía en el suelo su exótica mercancía, sin atraer suficientemente la atención de los transeúntes - siempre deprisa en toda gran urbe- para los que estos artículos no eran ya de novedad.

Al desayunar Mustafá en su casa, había estado pensando en una mejor forma de organizar su trabajo de escriba en el tesoro real; tenía ya tiempo con la idea y la había venido madurando poco a poco; primero sin mucha seriedad, después, tras meditarla, cayó en la cuenta que no era del todo imposible, pero tenía algunos inconvenientes y había que asegurarse antes de hacer cualquier cosa.

Siguió bajando. Desde la colina donde estaba su casa, se podía ver la ciudad tendida y majestuosa como un medio círculo que se pegaba al mar. Parecía que una mitad se hubiera hundido en él, y recargada en la colina, la otra parte estuviese dispuesta a seguirla. Su barrio era el más fresco; a él le parecía también el más lindo; allí todo era espacio y verdor y las jardineras de su madre estaban siempre llenas de colores vivos y brillantes.

Desde que llegaron a Tiro, su padre había construido la casa en esa colina, y en ella había pasado Mustafá su niñez; no comprendía cómo había gentes que quisieran vivir en la ciudad o en el puerto, soportando el ajetreo continuo, el sofocante calor durante el estío y las ruidosas francachelas nocturnas de las tabernas y prostíbulos.

Pronto llegó a la gran plaza, la que daba a puerto, y apresuró el paso. Aquí y allá lo saludaban personas conocidas, a lo que él contestaba con una cortés inclinación de cabeza, como su rango de recaudador del tesoro real lo obligaba. El puesto lo había heredado de su padre, que era tesorero personal de Hiram, con la comisión de recibir, de toda embarcación que arribara a puerto, el porcentaje real de las riquezas obtenidas. La noche anterior había arribado una nave procedente de lejanas tierras y él debía presentarse temprano, para que los marineros pudiesen descargar las bodegas.

La noche anterior había platicado su plan a Calina, su novia, mientras que tomaban un refresco en uno de los cafés de la gran plaza. Ella lo había animado y estaban seguros que juntos podrían llevarlo a cabo. Él pensaba que si en vez de dibujar cada objeto que entraba al tesoro real, hiciese un dibujo sencillo para los sonidos con que lo nombraban, tal vez... Pero no, para decir buey él hacía un sólo dibujo y si querían dibujar todos los sonidos tendría que hacer cuatro en total y entonces el trabajo era cuatro veces más; en fin, seguiría pensando.

A media tarde de aquel día, Mustafá regresó a su casa; la mañana había sido agotadora y hacía rato el hambre lo obligaba a apresurar el paso. Siguió subiendo. Allá sobre la colina se alzaba el caserío blanco, donde habitaban los magnates de la ciudad. Todas eran casas grandes con amplios jardines, en los que abundaban los criados y todo tipo de lujos.

A esta hora pesaba bastante la subida, pero el frescor y la tranquilidad de la colina compensaban el esfuerzo de llegar hasta ella; toda vez que él había rechazado el privilegio que le correspondía por su alta investidura, de que porteadores oficiales lo trasladaran en todos sus recorridos. Allá lejos, en las orillas de la gran urbe y siguiendo la línea de la costa, estaban los barrios de los estibadores, sirvientes y pescadores; parecía que esos barrios tenían el aspecto de la vida desgraciada de sus moradores y esto preocupaba a Mustafá.

Aquellas casuchas endebles que en tantas ocasiones había visto desaparecer, tras una fuerte tormenta, y volver a formarse después en el mismo sitio, lo hacían pensar. Tras cavilar y cavilar, llegó a su casa; las jardineras llenas de vida y la sombra siempre fresca invitaban al descanso. Frente a la casa, el mar inmenso lleno de calma. Alguna gaviota remontaba el vuelo sin alejarse mucho del pueblo, donde algunos pescadores descargaban su preciosa carga, o seguía en círculos alguna barca que se acercaba.

Mustafá seguía meditando en la posibilidad de reducir la penosa tarea de tener que dibujar infinidad de figuras, cada que tenía que transcribir una idea completa o debía registrar un cargamento.

Hacia el ocaso, bajaron Mustafá y Calina hacia la gran plaza. Acostumbraban caminar por el muelle entre el bullicio y la algarabía de las tardes. En ocasiones curioseaban entre las mercancías recién llegadas de lejanos países; otras veces, especialmente románticas, hacían largas caminatas por la orilla del mar, mientras que el sol, en su último suspiro, marcaba su huella sangrando las nubes que tenían la mala suerte de cruzarse en su trayecto, o dejando una estela de candilejas auríferas como si invitara a seguirlo en su eterno caminar. Este día, marcharon hacia donde el mar canta su eterno romance con la costa, y su rítmico chasquido apenas si espanta los desgarbados pajarracos que aun frecuentan los acantilados cercanos.

Con la última claridad del día, regresaron de su caminata y se instalaron en un café, donde acostumbraban tomar alguna bebida refrescante, mientras distraían la mente en mirar o hablar de planes e ilusiones. En esta ocasión, Mustafá no podía pensar en otra cosa que en su proyecto de modificar, de alguna manera, la forma que tenía de registrar las ideas o los acontecimientos. Ellos recordaron que si bien se dibujaba cada cosa para perpetuarla, al nombrarla se utilizaban sonidos, que combinados con otros o bien, acomodados de diferente forma, mencionaban objetos diferentes.

Calina observó que estos sonidos no eran en un número ilimitado, y para comprobarlo, estuvieron registrando en una tablilla los sonidos diferentes que encontraban en cada palabra que pronunciaban. Sin duda aquello de encontrar sonidos diferentes, que al combinarse daban nuevas palabras, era un juego divertido; al menos así les parecía a ellos, que sentían una alegría nerviosa invadirlos, a medida que comprobaban que los demás vocablos no estaban compuestas por signos diferentes a los que tenían registrados, sino que se formaban al combinar las ya existentes.

No estaban muy seguros de que su observación fuese exactamente importante para su plan. Seguían reconociendo que si dibujaban la palabra buey, esto requería un sólo dibujo y si escribían un símbolo por cada sonido tendrían que hace cuatro dibujos. En algún momento se sintieron tristes; el entusiasmo inicial se había desvanecido. De nada serviría haber descubierto que el número de sonidos que se articulaban apenas pasaba de sumar dos decenas, si esto multiplicaba el trabajo de un escriba.

Se fueron caminando colina arriba, con pasos medidos por el silencio, mientras una gran luna llena colmaba el firmamento; aunque calles abajo, el bullicio era considerable, no obstante la noche estuviera muy avanzada; pues en ciudades como Tiro, metrópoli de todo un imperio comercial, la noche del día sólo se distinguen por la cantidad de luz, que no por su actividad.

Ya en su casa, Mustafá no durmió. Seguía cavilando en su plan, en los sonidos, en los dibujos. Le parecía raro que para hablar se requirieran tan pocos sonidos y para escribir fuese necesario labrar infinidad de laboriosos dibujos en las tablillas. La mañana le sorprendió en sus meditaciones. Poco a poco la ciudad despertaba, y allá al fondo las embarcaciones de los pescadores se hacían a la mar.

Muy cerca de él, un pajarito trinaba acompasado su rítmica melodía. Mustafá se distrajo en observar esta sinfonía; observó cómo el avecilla apenas si variaba el tipo de sonido que emitía y con ellos podía hacer todo un espectáculo. La sencillez de cada sonido le dio una idea; ¿y si escribiera una raya o cualquier signo sencillo por cada sonido? Bueno, eso simplificaba las cosas, pero de cualquier manera serían varios los dibujos que se debían de hacer, contra sólo uno de acuerdo con la costumbre.

Por la tarde de ese día, estaban Mustafá y Calina tomando su habitual refresco y él explicaba su observación de la mañana, mientras ella escuchaba atentamente. Tras larga discusión, la chica subrayó que si bien eran necesarios varios signos por cada palabra, estos podrían ser simples y al combinarse infinidad de veces daban unas cuantas figuras, no difíciles de memorizar, y ello podrían servir para registrar cualquier idea por compleja que fuera; sin tener que recurrir a los tediosos dibujos de los que tenía que echar mano un escriba. Por otro lado, concluyó, se podrían registrar ideas para las que a veces no existían signos con los cuales dibujarlas. El a su vez observó que se podrían transmitir los signos a los escribas de las otras factorías, hasta donde llegaban las naves de Hiram, y éstos también se verían librados de su pesada carga.

La satisfacción iluminó sus rostros. Comprendían que esta idea simplificaría el trabajo de todos los escribas, de la ciudad de Tiro, y de los sitios en que comerciaban y que a la vez, su sencillez permitiría que otras personas, aunque no fueran escribas, pudiesen conocerlos y usarlos.

Ya era tarde cuando Calina y Mustafá se fueron caminando de la mano, hacia donde era necesario que fueran. Una gran estrella dominaba el firmamento. El silencio era profundo, infinito. Perdido, lejano, como recuerdo de un eco, se escuchaba el mar en su romántica charla con la costa; y allá, muy lejos, navegando en el tiempo y el espacio, se perdía la idea de que 3300 años después, millones de personas nos beneficiaríamos con el genial invento de Calina y Mustafá, al que la difusión de la cultura y el desarrollo del mundo, mucho tenían que deber.

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