EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

La Empresa Privada Nacional y su Génesis

La Empresa Privada en los países  subdesarrollados es aún pequeña, incipiente y débilmente estructurada. Por ejemplo, el empresario boliviano-tipo, desconfía de las instituciones nacionales, ve con escepticismo la evolución del mercado boliviano y es francamente adverso a la posibilidad de realizar inversiones netas que vayan más allá de las de reposición. Son demasiado pequeñas para producir tecnologías, ni de producto ni de proceso; rara vez tiene programas de Investigación y Desarrollo y carece de proyectos de capacitación  para mejorar la eficiencia de su personal.
Antes de 1952 no había prácticamente un empresariado nacional. La estructura económica del país estaba dividida en dos esferas productivas completamente diferentes. La primera constituía el “sector  moderno” de la economía, orientada a la exportación minera, y se concentraba en una pequeña parte del mapa occidental del país. En esta esfera las inversiones eran más o menos adecuadas y la tecnología se parangonaba con la de los otros países en áreas similares. La segunda, abarcaba el resto del territorio bajo la modalidad de “Hacienda”, en la cual el dueño de la tierra producía excedentes para un mercado reducido. Carente por completo de conoci-miento tecnológico, los excedentes eran producidos únicamente por la sobreexpo-liación que hacía del indígena, tal como se vio en el primer capítulo

A la coexistencia de estos dos modos productivos, es que la CEPAL ha denominado “Estructura Dual”, la misma que describe adecuadamente lo que sucedía en Bolivia hasta principios de la década del ’50. El desenvolvimiento económico del sector minero no tenía repercusiones en el resto del país, puesto que la tecnología y las inversiones allí aplicadas estaban exclusivamente orientadas al sector exportador. Esto era posible debido a que el Hacendado, dueño de las tierras en el resto del país, no era un empresario, sino un feudal, por lo tanto, improductivo. No  había nada parecido a lo que sería una “empresa agrícola”, la que produciría para un mercado; más bien había una especie de economías cerradas para el autoconsumo y sólo el excedente era llevado a mercados incipientes. Los teóricos dirán que se trataba de una economía pre-capitalista. Por supuesto que los clientes nacionales de mayor importancia eran los propietarios de las minas, a quienes se llamó “Los Barones del Estaño” por ser éste el producto principal de exportación a mercados internacionales que lo demandaban con avidez. Por su parte, la que luego se denominaría “Revolución Nacional”, realizada en abril de 1952, desplazó a al dueto conformado por el gran minero y el gran hacendado y estructuró un gobierno de tinte populista, que cogobernó con la recién creada Central Obrera Boliviana (COB)

Paralelamente, el gobierno creó, sobre la base de las minas nacionalizadas, la COMIBOL (Corporación Minera de Bolivia) que convirtió al Estado en el máximo productor y empleador del sector minero. Poco a poco aparecieron y se forta-lecieron otras empresas importantes  a cargo del Estado, tales como YPFB (Yaci-mientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos) se construyó el camino Santa Cruz-Cochabamba, que permitió la integración del Oriente con el Occidente nacionales. Hubo otras obras más. Pero lo que nos interesa aquí, es anotar el origen de nuestro actual empresariado. Como ya se anotó, ante la ausencia de una clase empresarial de tipo capitalista, el Estado se convirtió en el generador del desarrollo, pero siempre se tuvo en mente la necesidad de crear estratos empresariales que, en conjunto, se convertirían en el “nervio motor del desarrollo”. Para empezar, deci-dieron crear las condiciones para “la acumulación originaria del capital”, es decir, los recursos económicos y finan-cieros que permitiera el surgimiento y evolución progresiva de los estratos empre-sariales. Para cumplir con este propósito, usaron de dos instrumentos muy a mano: el dólar diferencial y los cupos de importación.

Habiendo adoptado un tipo de cambio fijo, los dólares obtenidos por el sector exportador eran entregados al Banco Central, el que los vendía a los importadores; ahora bien, como el gran exportador era el Estado, los dólares eran administrados por la burocracia estatal y distribuidos a discreción. Como sucede en todo gobierno de tipo populista, el tipo de cambio con relación al dólar estaba sobrevaluado, lo que originó la formación de un gran mercado negro. En conocimiento de esto, la alta burocracia gubernamental empezó a otorgar dólares al tipo de cambio oficial, que fueron entregados a jerarcas del partido gobernante, para que importaran los bienes de capital, equipos e insumos necesarios al sistema productivo nacional. Los beneficiados, más políticos que empresarios, acapararon estas dádivas no para invertirlas en el desarrollo del país, sino para acumular fortunas personales. La diferencia del precio del dólar era tan grande en los respectivos mercados, formal e informal, (v.g de Bs 190.00 como precio oficial, a Bs 12,000.00 en el mercado negro) que las fortunas crecieron, podríamos decir, exponencialmente; no obstante, estas fortunas encontraron asilo financiero en los depósitos a plazo de los bancos de otros países ajenos al nuestroCasi nada, o muy poco sirvió para la inversión en el país.

Por el otro lado, Bolivia aún importaba artículos de primera necesidad, tales como harina, arroz, azúcar, aceite... con el objeto de apoyar la política de lograr la “acu-mulación originaria del capital”, el gobierno concedió a los jerarcas de su partido, dólares preferenciales para que im-portaran estos productos bajo el régimen de monopolio. Los beneficios de los privilegiados fueron multiplicadas por dos razo-nes: primero, porque gran parte de los dólares recibidos fueron destinados a la ganancia especulativa en los mercados negros de divisas; segundo, porque al im-portar menor cantidad de bienes, los importadores lograban precios de monopo-lio, que tenían desde el comienzo. Demás está hablar de la corrupción que apareció en el manejo de las empresas estatales, en las que las máximas autoridades direc-tivas y ejecutivas eran políticos convertidos en empresarios, por el milagro de un memorándum dicta-do por el que mandaba más.

Por último, algo no menos importante, los incipientes y débiles estratos empresaria-les privados así creados, empezaron a darse cuenta de que las licitaciones convoca-das regularmente por el Gobierno, eran veneros muy ricos de ganancias. Con esta nueva forma de asociación de los estratos empresariales y la burocracia guberna-mental, la corrupción se multiplicó a extremos de vértigo (algo que prosigue hasta el presente)  Así nació el empresariado nacional: apátrida, parasitario, corrupto y por generación espontánea, génesis de la que es preciso abjurar todos los días.  

Claro que hay excepciones, la que son muy honrosas por cierto, pero una de las singularidades del empresariado nacional es que siente una gran aversión con-génita en invertir en el país. Cuando lo hace, trata de recuperar su inversión lo más rápido posible; da la impresión de que estuviera sólo de paso por la senda inversio-nista; tiene una gran desconfianza en las estructuras económicas, sociales, políticas e ideológicas bolivianas. Por supuesto que tiene razón en ser tan pesimista. La Con-tradicción Definitiva, Indígena-Bolivia, no permitió el establecimiento de estructuras adecuadas a la inversión productiva; a esto es preciso sumarle que hay más de tres millones de personas que conforman el ámbito de los pueblos originarios, pero cuya capacidad de demanda por bienes y servicios más allá de los indispensables, es, en verdad, muy reducida, fruto de medio milenio de expoliación a la que han sido sometidos, como vimos en el primer capítulo. Todo esto hace que se manifieste un fenómeno terrífico a los oídos de todo empresario: la estrechez de mercado. Es por eso que el empresario mira con gran sospecha al quechua o al aimara; sabe, intuitivamente, que no existe ninguna relación, ni económica, ni política, ni social, ni ideológica, ni, mucho menos, cultural entre ambos. Se miran con desconfianza recíproca; el uno, con aire de paternalismo atávico, el otro, con resentimiento y deseos de revancha. Ambos saben que en Bolivia hay dos Bolivias, cada una tratando de ser a costa de la otra, en un proceso de remolino fatalista y angustiante.

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