EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

Segunda Deformación: “La Dictadura del Proletariado”

La concepción marxista de la dictadura del proletariado no puede ser considerada como un ordenamiento político, al igual que la monarquía o la democracia, por ejemplo. Más bien se refiere a una justificación del poder por el que una clase, el proletariado logra una hegemonía absoluta sobre otra, la burguesía. Fue Carlos Marx el primero en usar la expresión en su obra publicada en 1850 “La Lucha de Clases en Francia”. Con ello quería referirse a la forma en que los actos del proceso revolucionario del proletariado deberían organizarse, como una fase intermedia entre la destrucción del Estado burgués y el surgimiento de la sociedad sin clases. Pero Carlos Marx nunca especificó claramente la forma que esta dictadura debería adquirir. Se suponía la destrucción del Estado burgués por medio de la abolición de la policía y del ejército permanente (“Escritos sobre la Comuna de París”) Pero, este desmantelamiento implica la violencia armada del proletariado durante el periodo que debería desembocar en la sociedad sin clases, siguiendo la tesis marxista de que el Estado es un medio de opresión de una clase por otra. Federico Engels, en el “Anti-Dühring”, explica que la Dictadura del Proletariado es un cuasi estado que desaparece cuando, a su vez, desaparece el objeto de la dominación, esto es, la burguesía.

Lenín complementa la tesis con la idea de que la transición del capitalismo al comu-nismo es una fase completa de la historia, junto al postulado del Partido como la vanguardia del proletariado y a la necesidad de adoptar el centralismo democrático. De este modo, la Dictadura del Proletariado sería realizada por el Partido Comunista, con lo que se determina algo que ni en Marx ni en Engels había sido determinado. Sin embargo, tampoco en Lenín , en su obra “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, escrita en 1918, sostiene que todos los estados son esencialmente dictato-riales, basados en la violencia, en cuanto son expresiones de la lucha entre clases con intereses opuestos. Por lo tanto, no hay visión alguna que objetive la Dictadura del Proletariado como una forma política es-pecífica no violenta. En este orden de cosas, si identificamos el Estado burgués, como Dictadura de la Burguesía, veremos que habría, por lo menos en teoría, dos modos de expresión: la del régimen parla-mentario y democrático y la de las dictaduras de tipo fascistas. Para aclarar estos conceptos, Gramci aconseja usar la palabra “hegemonía”. De esta manera, en el Estado burgués habrá una “he-gemonía democrática” y otra dictatorial, mientras que en el caso del proletariado, solo habrá Dictadura violenta.

Sobre la base de esta síntesis doctrinal acerca de la Dictadura del Proletariado, me gustaría esbozar un pequeño análisis que espero, sea recibido positivamente por quienes se interesan por las cuestiones de tipo teórico. Para ello, debo acudir a una de las leyes de la dialéctica materialista y rescatar el principio de que dos contrarios conforman una unidad: el uno no puede existir sin el otro. Ahora bien, de acuer-do al resumen que hemos extractado, la burguesía y el proletariado, por ser las dos clases antagónicas en el sistema capitalista, conformarían una unidad de contrarios, en la que la desaparición de uno significaría automáticamente, la desaparición del otro. Sin embargo, en este ca-so habría una gran asimetría sesgada hacia el proletariado. En efecto, la Dictadura del Proletariado ha estado vigente en la ex URSS por más de 70 años, tiempo por demás suficiente para que la burguesía hubiera desaparecido por completo. Las sucesivas declaraciones de los líderes comunistas en la ex URSS, a partir de la década de los sesenta, siempre han coincidido en anunciar que la burguesía había desaparecido completamente del ambiente ideológico y político de la Unión Soviética. A pesar de ello, el Partido Comunista seguía detentado el poder y ejerciendo la Dictadura del Proletariado, con una supuesta dominación de una clase pretendidamente real, a una clase proclamada ya como inexistente: la burguesía.. Esta situación nos permite deducir que habría por lo menos cuatro razones por las que la ley de los contrarios parecería estar en contradicción en este caso.

Primero

Si la burguesía había sido eliminada hacía décadas en la ex URSS, no se explica cómo el proletariado como clase seguía existiendo, a pesar de que su contrario ya había desaparecido supuestamente. En este caso estaríamos ante una unidad de un solo contrario y la síntesis dialéctica, tal como la explica la preceptiva filosófica del marxismo, no existiría. En realidad, nunca habría existido. Desde el punto de vista de la filosofía, una unidad de un solo contrario, sólo sería parangonada con la singular percepción de las ciencias ocultas de un palo con un solo extremo.

Segundo

Supongamos que los líderes de la ex URSS mentían sistemáticamente y la burguesía rusa, lejos de haber sido exterminada, continuaba más fuerte que nunca, después de haber resistido la Dictadura del Proletariado por más de siete décadas. Eso diría muy poco de la capacidad del proletariado soviético para romper, con dictadura y todo, la resistencia de su contrario supuestamente natural; por el contrario, hablaría muy bien de la fortaleza de la burguesía rusa.

Tercero

Tanto la burguesía como el proletariado rusos fueron reducidos por una nueva clase que habría apareció en el proceso de la supuesta Dictadura del Proletariado: la burocracia. Los jerarcas del Partido se habrían consolidado como una nueva clase hegemónica que expoliaría a burgueses y proletarios por igual. De ser así, la tesis de la Dictadura del Proletariado nunca habría sido comprobada empíricamente, lo que dejaría muy mal parados a los teóricos del marxismo-leninismo.

Cuarto

La Dictadura del Proletariado no podría consolidar su poder a no ser que sea implan-tada en todo el planeta, tal como parece haber sido la concepción original de Marx y Engels. En este caso, la tesis leninista relativa a la posibilidad del “socialismo en un solo país” quedaría huérfana de todo sustento histórico, tal como lo anunció la caída del Muro de Berlín en 1989.

Es muy posible que la cuarta opción sea la que postulen los teóricos trotskistas de la COB. De ahí su insistencia en continuar con sus acciones destinadas a llevar al movi-miento obrero no a mejorar su posición en el sistema capitalista, sino a cambiarlo por uno que permita la entronización de la famosa Dictadura del Proletariado. En este curso de acción, nos imaginamos a un grupo de furibundos revolucionarios trotskistas, viéndose a sí mismos como la vanguardia de las vanguardias del proletariado mundial y enarbolando la hoz y el martillo, resplandecientes de rojo, en contra de los fantoms y los misiles democráticos. Pero los trotskistas también han adoptado una estrategia complementaria en su lucha “en contra de la democracia formal burguesa”: la utilización de los instrumentos que le otorga esa democracia, tales, por ejemplo, como la libertad de reunión y la liber-tad de manifestación, convertidas, especialmente en la época que cubre el periodo 1982-1985, durante el gobierno populista de la Unidad Democrática Popular, en libertad para asaltar el Banco Central, las oficinas públicas, bloquear caminos y calles, impidiendo la circulación de vehículos y de personas. El proceso se detuvo en 1986, cuando el gobierno de Víctor Paz Estenssoro decreta el libre mercado, despide a 25 000 mineros de las minas nacionalizadas, envía a prisión a los princi-pales líderes trotskistas y anuncia, con el decreto 21060 que no sería el internaciona-lismo proletario, sino la globalización del mercado libre el que uniría a todos los pueblos del mundo e insertaría a Bolivia en ese nuevo concierto. De este modo, la COB fue perdiendo vigencia en su caótica lucha, plena de corrupción y de arbitra-riedad, hasta ponerla en la situación de mendigar una huelga de hambre de algunas amas de casa; de convertirse en apéndice siempre ávido de apoyar un paro o una manifestación de los campesinos; de aclamar como revolucionaria una guerra de piedras y gases entre universitarios y policías y, ¡quién lo hubiera pensado! declarar a los jubilados como los portaestandartes de las reivindicaciones obreras. De todas estas aventuras de la teoría y de la práctica surge la visión trotskista, muy propia, por cierto, sobre la razón de ser de la huelga.

La razón de ser de la huelga

Generalmente se ha considerado a la huelga como la abstención temporal y organi-zada del trabajo y, por lo tanto, como una acción colectiva que puede ir acompañada de otras medidas complementarias: manifestaciones, marchas… históricamente, han sido la forma de lucha obrera más importante y se ha caracterizado por que no daña las fuentes de trabajo. Por otra parte,  la huelga permite a las clases obreras recono-cer su identidad común y no sirve sólo para obtener mejoras económicas, sino tam-bién para lograr que el Estado conceda mayores prerrogativas a sus políticas sociales en favor de los trabajadores. De acuerdo con la importancia y urgencia de los asuntos que se pretende solucionar, la huelga tiene un horizonte de mediano plazo y de corto plazo. En lo que se refiere al mediano plazo, la huelga es concebida y realizada preferentemente por las organizaciones matrices, tales como las Federa-ciones y tienen como objetivos temas tales como los relacionados con los derechos sindicales, políticas de empleo… las huelgas de corto aliento, generalmente están asociadas con los conflictos más bien particulares de grupos de trabajadores o sindicatos y tienen como objetivo lograr mejoras salariales y condiciones más adecuadas de seguridad en el trabajo, propias de la fá-brica en cuestión. La huelga es una manifestación concreta del conflicto de clases entre obreros y empresarios y también es una muestra de poder por parte de los obreros. En mi opinión, la huelga se ha clasificado, históricamente, en dos formas muy diferentes una de la otra. En la primera, podemos agrupar a dos modalidades: la Huelga Económica y la Huelga Política. En la segunda clasificación  incluyo la Huelga Ideológica.

La Huelga Económica es aquélla que se lleva a cabo para mejorar las condiciones de trabajo, salarios, descansos….es la más común en todas las sociedades industrializa-das y está orientada principalmente a establecer una demostración de fuerza para impresionar al empresario. En segundo tér-mino, tendríamos la Huelga Política. Está dirigida contra el Estado y tiene por objetivo principal, mejorar la posición de la clase obrera en el statu quo que la clase obrera ocupa en el sistema político, econó-mico y social existente; por ejemplo, modificar la legislación laboral en ciertos pun-tos específicos y así mejorar las condiciones generales del trabajo, de la seguir-dad social, del empleo y otros similares. Está concebida para obtener ventajas adiciona-les de tipo general en un momento determinado y de este modo, aumentar la partici-pación del salario en el Ingreso Nacional. En esta clase de huelga los trabajadores no están interesados en cambiar el sistema, vg, no desean reemplazar la democracia con un sistema socialista, por lo que el Estado debe acudir al diálogo; debe promo-cionarlo y fomentarlo en todos los niveles, puesto que rehuirlo sería un error.

En cuanto se refiere a la Huelga Ideológica, su objetivo es cambiar el sistema eco-nómico, político y social en el que se desenvuelve una sociedad concreta. Quienes la propician, en nuestro caso, la quinta columna trotskista de la COB, no están interesa-dos en mejorar la posición del proletariado en el statu quo, sino en cambiarlo. Cual-quier mejora que se logre como resultado de  una huelga, es un punto en contra para los digitadores de la Huelga Ideológica. Nada es peor para ellos que una buena transacción, porque esa transacción los aleja de sus verdaderos objetivos, al reducir lo que denominan “la energía proletaria”. Para los trotskistas, adoctrinados con el contenido de las páginas amarillas de una teoría en boga hace un siglo, una huelga es siempre el comienzo de una insurrección popular potencial, por lo que recurren a toda clase de instrumentos legales o no legales; legítimos o no legítimos: bloqueos, boicot, terror, sabotaje y llamados a “la lucha por la liberación”. Gracias a ella, los promotores logran cierta notoriedad, la que nunca tendrían si es que estuvieran confinados en sus fuentes respectivas de trabajo. En estas condiciones, el diálogo con los representantes de la versión trotskista de la huelga sería un error, un error tan grande, como el no dialogar con quienes sólo pretenden mejorar su estatus en el modelo democrático que el pueblo boliviano, por lo menos hasta el momento, ha escogido. Lo que más diferencia a los dos primeros tipos de huelga, de la Huelga Ideológica, es la percepción que se tiene de los resultados logrados después de la huelga. Así, en la huelga económica y en la política, los dirigentes evalúan el grado en que los objetivos concebidos se han cumplido; así por ejemplo, las condiciones de la contratación o el pago de horas extras por encima del nivel salarial común. Esta evaluación, a la que podríamos llamar “análisis de costo-beneficio sindical”, es lo que determina el grado de éxito de la huelga, por parte de los trabajadores no trotskistas. En el otro lado, los detentadores de la huelga ideológica miden el éxito de la movilización, no por los resultados obtenidos en cuanto a los objetivos planteados originalmente, sino por la asistencia de manifestantes y el grado de turbulencia desarrollado. Así, cuando los huelguistas han asistido en un número más o menos importante y han asaltado tiendas, quemado vehículos, golpeado a transeúntes… entonces los trotskistas festejan el triunfo y anuncian que “la huelga ha sido todo un éxito”. A ningún trotskista se le ocurre medir el éxito de la huelga por las mejoras a favor del proletariado que se haya logrado del Gobierno de turno; basta que el resentimiento de los trabajadores se haya manifestado con la “violencia proletaria”, que para ellos es una violencia válida, para que la “huelga haya sido todo un éxito”. Esta concepción de la huelga ha empezado a cundir en los trabajadores de base, los que creen que el bloqueo de caminos, el impedir el libre tránsito de los ciudadanos, el destrozar propiedad pública o privada, son indica-dores de que el movimiento obrero ha logrado un paso más hacia la consecución de sus reivindicaciones. Los maestros, parapetados en sus organizaciones, son la vanguardia de esta actitud trotskista; es destructora por antonomasia y su único objetivo es acumular el antagonismo, muchas veces artificial, entre los diferentes grupos de la sociedad boliviana.

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