EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

Algunas características de la Cosmovisión Andina (CA)

La Cosmovisión Andina no proviene de una racionalidad sistematizada con base en el conocimiento que otorga la Razón; tampoco hace alguna diferencia entre filosofía y religión, pues considera que ambas son lo mismo. La asistematicidad de lo no racional y el empuje de la creencia hacen de la Cosmovisión Andina una percepción que podría tener un lugar oficial en el pensamiento posmoderno, ante lo que Josef Estermann (”Filosofía Andina”) llamaría “una suerte de anarquía epistemológica y  ética”. Pero, en mi opinión, la posmodernidad tiene una trabazón muy fuerte, la que le impide relacionar las similitudes entre los diferentes grupos humanos del mundo, debido a su postulado de que las culturas son “mundos” separados unos de los otros y carecen de vasos comunicantes entre ellos. Esta es una deformación muy grande del irracionalismo posmoderno. Esta corriente también dice que “todo tiene su racionalidad”, incluyendo la fe, el mito, lo que contradice toda la inclinación a desa-fiar la racionalidad como la única fuente de conocimiento.

Otra de las singularidades de la CA es la falta del filósofo individual como sujeto resultante de alguna división del trabajo entre diferentes ocupaciones, aunque sí tiene en su seno al Amauta, el hombre sabio de la colectividad, pero la concepción de su razón de ser no equivale a la del filósofo. En la CA el individuo no existe como tal, el individuo es un sujeto comunitario, por eso es que no se puede identificar a un sujeto dedicado a la filosofía como una tarea diferente de las demás. Por otro lado,  no hay textos sobre conceptos que podrían interpretarse como filosóficos; por otra parte, en estas culturas todo esto atenta en contra de las afirmaciones racionalistas que buscan, como Descartes modernos, el fundamento racional de lo que es, del Todo. Uno de los rasgos más comunes y más lamentables de la mayoría de las filosofías actuales es su pretensión de separar al ser humano como un “sujeto-activo” que sería “el-que-conoce”, por una parte, y a la naturaleza, a la que se supone que es el “objeto-pasivo” al-que- se- conoce, por la otra.

Esa racionalidad no acepta otra visión del mundo que no esté centrada en los princi-pios dados por la filosofía europeísta, la que ha creado una cultura dominante con relación a todas las demás. De este modo, los hombres y mujeres de Bolivia, v.g, han sido alienados a un modo de pensar completamente desarraigado de nuestra realidad. Para los racionalistas, cualquier persona o grupo humano que no piense con la lógica racionalista, no existe, no es. Bajo esos principios, la mayor parte de las percepciones filosóficas han marginado a grupos étnicos enteros en el mundo, excluyéndolos de las dimensiones en las que se desarrollan las teorías de las ciencias sociales. Por ejemplo, la Economía actual, en su afán de “racionalizar” el comportamiento de las leyes de oferta y demanda en el mercado, margina a por lo menos al 70% de la población mundial, pues en su definición de “Demanda” sólo se refiere a la que está respaldada por un poder adquisitivo, es decir, toma en cuenta el ingreso del consumidor y no las necesidades del ser humano. Por esa simple visión conceptual, enseñada en casi todas las universidades del planeta, es que el mundo se encuentra en estado de permanente convulsión, desasosiego y turbulencia.

Las culturas andinas han sufrido la opresión de la cultura dominante “racionalista” durante casi medio milenio y la única manera de preservar su propia esencia andina ha sido encerrándose en sí mismas, tratando de evitar todo intento de transcultura-ción y, lo que es peor, de interculturalidad, aunque no con éxito absoluto, por supuesto, de lo cual nos alegramos. El desprecio que sienten los “racionalistas” con relación a las culturas indígenas se ha expresado en un racismo secante y expoliador que ha causado la rebelión de los pueblos indígenas, la que, a la mente de los dominantes, es una rebelión “irracional”, es decir, un modo que no concuerda con la condición humana que supuestamente otorgarían la lógica y la razón “absolutas”. Para los terratenientes, la tierra es un modo de especulación a través de la cual tienen la posibilidad de ganar dinero. Es un “objeto”. La poseen, la venden, la compran, la guardan… siempre en espera de ganar más dinero. El empresario agrícola, por el contrario, considera que la tierra es un factor de producción, por lo que invierte para mejorarla y aumentar su rendimiento. Pero, para ambos, la tierra es algo completamente aparte del hombre; un simple medio para obtener riqueza. En cambio, para las culturas andinas, la tierra es el sustento mis-mo de la vida, la significación misma de la existencia y, por ello, no puede ser imaginada como algo independiente de la vida misma. La relación que hay entre el hombre y la tierra en la CA, es una relación vital, tal como la que existe entre el agua y el árbol. Las culturas indígenas en nuestro país no dividen al ser humano y a la naturaleza entre un “sujeto cognoscitivo” (activo) y un “objeto al que se conoce” (la naturaleza, supuestamente pasiva) al contrario, el hombre y la tierra son parte de un todo mayor que conforma la CA. Bajo esta óptica, la relación del hombre con la naturaleza es la que rige de la parte al todo, no la de sujeto-objeto. La tierra, como parte de la naturaleza no es sólo un medio para sobrevivir, sino el escenario natural donde el Ser se realiza como tal. Esto es algo que racionalistas nacionales y foráneos por igual no entienden y los andinos quieren que la cosa quede entendido. Las chispas caen y la hoguera empieza a levantarse.

Éste es un buen momento para diferenciar la “racionalidad” del dogmatismo Racionalista. La primera nos permite entender lo que nuestros sentidos y nuestra mente capta; la segunda es un intento de imponer reglas arbitrarias a la conformación de lo que existe en la realidad y al modo cómo se debe percibirlas. La CA tiene racionalidad, pero excluye de su visión la forma racionalista de conocer y de ser, debido a que la racionalidad andina incluye un comportamiento que une la creencia con la realidad que esa creencia representa; no hay separación posible entre lo que se hace y lo que se cree.

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