PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

Prólogo a la 2ª Edición

Más que una segunda edición, este libro no es más que una conversión del libro impreso al formato digital. Aproveché el proceso de conversión para actualizar dos secciones: la de agradecimientos y el prólogo con el beneficio que da la reflexión del tiempo. También verifiqué y actualicé algunas cifras. Los cambios al resto del libro han sido mínimos, tratando en todo momento de dejarlo tal y como originalmente lo concebí en abril de 1969.

El viejo del 2011

La riqueza de este trabajo está precisamente en la inocencia de mi juventud, en las premisas de mi análisis, más apoyadas en lo “que quería que fuese”, que en lo “que podría ser”. Me acuerdo de aquella frase célebre que mencionó mi Maestro de Oratoria, el Lic. José Muñoz Cota al estar revisando este trabajo en 1969, frase atribuida a varios autores que decía: “Quien antes de los 18 no es socialista, no tiene corazón, quien a los 30 sigue siéndolo no tiene cerebro.”1 Yo no sé si me calificaría como socialista en aquel entonces, pero si puedo asegurar que era muy idealista y algo irrealista.
Este libro representa mis sueños de juventud, mi honestidad de joven, el no estar comprometido con las necesidades del ingreso económico ni los compromisos del trabajo, el estar libre de las exigencias perversas de una realidad incierta. En otras palabras, éste es un libro franco y abierto, joven y sincero, no es para un Premio Nobel de Economía, sino para una juventud no comprometida, es una quimera de un joven que se hizo adulto y profesional en el decenio de los años 60s.
Para entender el libro y su lenguaje, hay que entender el contexto de la década en que me convertí de joven a adulto, de estudiante a economista.

Los 60s

El mundo vivía una serie de acontecimientos que transformaron radicalmente a la sociedad. La década de los 60 fue probablemente la época de mayor impacto político, social y cultural en la juventud de la segunda mitad del Siglo XX, la llamada generación de la postguerra. Era un tiempo de constantes cuestionamientos, en donde nada era sagrado: se cuestionaba el rol tradicional de la mujer, la autoridad paterna, el derecho de los gobernantes a gobernar, etc. El feminismo americano de igualdad tanto en la casa como en el trabajo, se manifestaba entonces como feminismo político y revolucionario en América Latina. Se extendió el uso de la píldora anticonceptiva y la minifalda. El movimiento pacifista y aislacionista de los hippies americanos, se reveló en los jóvenes europeos y latinoamericanos como activismo político y fervor revolucionario. Mientras que en Estados Unidos se propagaban las protestas contra la guerra en Vietnam, en Europa y América Latina los movimientos estudiantiles adquieren mayor progresión, especialmente en Francia, Chile y México.
En Europa se consolidan las bases de la reconciliación franco-alemana, sentando las bases para la construcción de un tercer bloque económico: la Unión Europea.
En Asia, la China de Mao vive la llamada “Revolución cultural“, que supuso una transformación de la milenaria sociedad de este país, mientras que Japón continúa desarrollando su reputación de potencia tecnológica y los productos provenientes de este país empiezan a competir en calidad y precio con los productos americanos y europeos.
En América Latina, se propagan, por un lado, los movimientos revolucionarios y por el otro, las dictaduras. El régimen revolucionario de Fidel Castro y el Che Guevara genera un acercamiento de América Latina hacia la URSS. Cuba se convierte en un incondicional de la URSS en detrimento de los intereses geoestratégicos de EE.UU. En Uruguay nace uno de los grupos guerrilleros más populares de América, el Movimiento de Liberación Nacional, mejor conocido como los Tupamaros. En 1964, los militares brasileños derrocan al presidente João Goulart. En 1966 se produce el 5º golpe militar en Argentina, que da lugar a una dictadura autodenominada Revolución Argentina. Ese mismo año, asesinan a Ernesto Che Guevara en Bolivia. En 1968 se producen importantes movimientos estudiantiles en Chile y México, culminando con la “Matanza de Tlatelolco“. Ese año se celebra uno de los juegos olímpicos más exitosos de la historia, los de México 1968.
En Estados Unidos también se presentan grandes transformaciones, que no solo afectan a la sociedad estadounidense, sino al resto del mundo. John F. Kennedy toma posesión como presidente en 1961, caracterizándose por su gran popularidad dentro y fuera de los Estados Unidos. Su administración encara varios desafíos, tales como la invasión de Bahía de Cochinos por exiliados cubanos entrenados por la CIA Americana, el inicio de la carrera espacial con la URSS, la construcción del muro de Berlín, la Crisis de los Misiles que casi se convierte en la tercera guerra mundial, el inicio de la Alianza para el Progreso (ALPRO). El 22 de noviembre de 1963 Kennedy es asesinado en Dallas, fecha impactante que casi todos recordamos incluyendo el lugar en donde nos encontrábamos cuando escuchamos la noticia.
En 1964 Estados Unidos comienza su intervención abierta en Vietnam, apoyando al régimen de Vietnam del Sur en guerra contra Vietnam del Norte apoyado por la URSS. Ésto contribuye al surgimiento del movimiento de los hippies, una corriente juvenil que se harían notar por sus protestas anti-guerra, sus expresiones pacíficas, sus vistosos atuendos (medio hindús, orientales y árabes) y el uso de la mariguana. Otro factor que contribuyó al desarrollo de los hippies fue como resultado del aumento sostenido del ingreso per cápita de los americanos. El capitalismo pasó de su auge productivo al del consumismo, ante lo cual muchos jóvenes estadounidenses, que se sentían agredidos por la guerra de Vietnam, se revelaron.
Los hippies optaban, no por la transformación del mundo, sino por el aislamiento y la creación de un nuevo mundo alejado de la banalidad, la hipocresía y el consumismo. Su lema representaba su sentimiento de ahogo “Haz el amor y no la guerra”. Los hippies personificaban un sector moderno de contracultura, de resistencia al capitalismo bélico estadounidense.
El movimiento de los hippies se enlazó con un segundo movimiento en pos de la defensa de los derechos de la mujer. Fue una época de cuestionamientos en que se daba al traste con las ideas tradicionalistas de la sumisión de la mujer, del sexo y los dogmas conservadores. Así, se comenzó a pregonar y practicar el derecho al aborto, la igualdad femenina y la liberación sexual, colocando en entredicho instituciones como el matrimonio, la propiedad privada y hasta la familia.
Por si esto fuera poco, un tercer movimiento sacudió a las fundaciones de la sociedad americana: el de los negros por la igualdad racial. Martín Luther King, un reverendo protestante, fue el máximo exponente de la lucha no violenta por la igualdad. Paralelamente, se desarrollaron otros grupos de afroamericanos: el de Malcom X y el de las Panteras Negras. Malcom X creó un grupo de musulmanes negros que representaban la rebelión religiosa que debería acompañar a la liberación racial. Las Panteras Negras sostenían que la liberación negra solamente se podría lograr a través de la lucha armada contra los opresores.
Estos tres movimientos protagonizaron los años 60s. Hubo grandes manifestaciones, protestas estudiantiles y revueltas raciales, entre las cuales destaca la toma del Parlamento Estatal de California por los Panteras Negras. Las posturas extremistas conservadoras se radicalizaron hasta el asesinato de ambos líderes, Martín Luther King y Malcom X.
Robert F. Kennedy es asesinado en 1968, tras haber ganado las elecciones primarias de California. La esperanza de la razón sobre la violencia, como forma de expresión política del país más poderoso de la tierra, es nuevamente apagada con las balas, las mismas que probablemente cegaron la vida de su hermano John cinco años antes.
En 1969, los americanos triunfan en la carrera espacial iniciada por John F. Kennedy en 1961 al llevar con la misión Apolo XI al primer hombre (Neil Armstrong) a la Luna.
En México, el país estaba gobernado por un solo partido, el PRI, con Adolfo López Mateos como presidente de 1958 a 1964; un popular presidente regularmente ausente por sus constantes viajes al extranjero y por una enfermedad terminal. Gustavo Díaz Ordaz llega a la presidencia en 1964, caracterizándose como el presidente más autoritario y represor del México de la posguerra. Si bien existían otros partidos, entre ellos el clandestino Partido Comunista de gran influencia en la juventud, no tenían ninguna posibilidad real de gobernar.
Diversos movimientos sociales caracterizaron al México de los 60s: el Magisterial, dirigido por Othón Salazar; la llamada guerrilla comandada por Genaro Vázquez Rojas en Guerrero y Rubén Jaramillo en Morelos; el movimiento Médico y el Movimiento Estudiantil por las Libertades Democráticas de 1968.
En el ámbito económico, el modelo denominado Desarrollo Estabilizador había generado un crecimiento constante del Producto Interno Bruto real a una tasa anual de 6.4% en el período 1945-1970, con lo cual la producción por habitante subió a un ritmo de 2.9%, superior a la meta del 2.5% fijado por las Naciones Unidas en su famosa Década del Desarrollo (1960-1970).
En el ámbito literario, el llamado Boom Latinoamericano encarnado, entre otros por: Miguel Ángel Asturias de Guatemala, Gabriel García Márquez de Colombia, Julio Cortázar de Argentina, Carlos Fuentes de México y Mario Vargas Llosa de Perú, generarían un gran impacto en nosotros. La cinematografía trajo grandes cintas a la pantalla que estimularon nuestra imaginación y nos hicieron pasar ratos muy agradables, tales como: La dolce vita 1960, Psicosis 1960, Viridiana 1961, West Side Story 1961, Matar a un ruiseñor 1962, De Rusia con amor 1963, El gran escape 1963, Odisea del espacio 1968, El bebé de Rosemary 1968, Easy Rider 1969, The Wild bunch 1969. Fue la época de los pantalones de campana, la minifalda, el bikini y la existencia de algunas playas nudistas, como Cipolite en Oaxaca, época que reflejaba el talante juvenil de la época. En la esfera de las drogas, la marihuana (mota) era la de mayor consumo que había transitado del ámbito militar al estudiantil.
En el ámbito musical, llegaron siguiendo al Rock and Roll de los 50s, nuevos géneros musicales como el twist, un baile nada tradicional que inició una etapa de individualismo desenfrenado, pues podía bailarse sin pareja, movimiento de pelvis en sincronía con los brazos popularizado por Chubby Checker. Los Beatles irrumpieron en México en 1964 y llegaron en su comienzo como “El Cuarteto Liverpool”, pegando tan fuerte como Elvis lo hizo en los 50s.
A principios de los 60 surgieron varios conjuntos de rock, que traducían los éxitos americanos al español, tales como Los Teen Tops, Los Hooligans, Los Rebeldes del Rock, Los Crazy Boys, Los Locos del Ritmo, y, mis favoritos, los Boppers, surgidos de mi querida Escuela Nacional Preparatoria 4 de Puente de Alvarado 50. Dos eventos musicales masivos habrían de caracterizar a la juventud de aquella época: El Festival de Woodstock en Nueva York y posteriormente el de Avándaro, en Valle de Bravo, México.
Ese fue el contexto en el que escribí el libro que tienes ante ti, mi querido lector. Un contexto de cambio en el que éramos agentes del cambio sin saberlo. Pero, ¡ya basta! No más de antecedentes y motivos. Estas fueron las últimas palabras del viejo de 2011, a continuación dejo hablar a aquel joven de 1969.

El joven de 1969

Este trabajo reúne, deshilvanadamente y con incipiente estilo, una visión general de un problema inquietante y que sirvió como tesis para mi Licenciatura en Economía. Esto es lo inmediato, pero lo trascendental fue tratar de expresar, en medio de naturales confusiones, el punto de vista de la juventud, la mía, en medio de un mundo que se desquicia, cuya tabla de valores está resquebrajada y que acusa, por todo ello, síntomas de descontento, de rebeldía, de inquietud angustiosa, y, también, manifestaciones de violencia sin límite y a veces hasta sin dirección precisa.
Se ha dicho, recientemente, que este panorama tiene que ajustarse a las estructuras particulares de cada nación –Francia, Alemania, Uruguay, México– en cuanto son causas específicas y diferentes las que lo motivan. Seguramente es verdadera la tesis en cuanto –en verdad –cada sociogeografía está moviéndose en virtud de impulsos individuales, sin embargo, hay que suponer que esta confluencia de intentos de revolución no puede ser casual, puesto que nada es casual en el devenir de la historia. Forzosamente existe una razón común, un denominador común, que hace que las nuevas generaciones se amotinen o rebelen contra los padres, los maestros y los gobernantes en turno.
Encontrar esta casualidad socioeconómica es tarea no sólo de pedagogos y hombres en el poder, sino tarea común que compromete a jóvenes y adultos en general, todo ello en bien de la humanidad y para salvar al hombre mismo de una derrota integral que resulta peor que la amenaza de la bomba atómica.
Es natural que algunas de estas expresiones de la rebeldía juvenil no sobrepasen el estadio de la emotividad. Son, en cierto modo, escapes para una emoción compleja donde se revuelven el descontento, la insatisfacción a los elementales derechos, la necesidad de ubicación, y, además, la sensación de asco, de coraje, de impotencia, frente a un espectáculo –el de los mayores en edad y gobierno– en el que campean la simulación, la concupiscencia, el hurto, el abuso de poder, la hipocresía en la vida íntima y el descaro cínico en la vida pública. Esto es: un espectáculo que no puede invocarse como ejemplo para ninguna juventud y que, por el contrario, estimula el menosprecio que los jóvenes sienten hacia las generaciones pasadas que ya no podrían esconder o disimular la decadencia de sus actitudes y lo podrido de sus conductas públicas y privadas.
Conviene puntualizar aquí el papel del joven universitario. Efectivamente, todos los jóvenes somos víctimas de este estado de injusticia. La juventud en el campo y en el taller, respectivamente, es una larga cadena de frustraciones, disimuladas por la rutina y la resignación frente a lo inevitable. Los “viejos” tienen controlados los medios de producción y de consumo y sólo dejan a los jóvenes la tarea mínima sin abandonar el fuero de la autoridad que se ejerce implacablemente. No es posible –por ausencia total de cultura– esperar que los jóvenes del campo y los de la fábrica ahonden en el análisis de la problemática actual. Hay, dentro de ellos, una emoción latente, una sensibilidad revolucionaria –permítaseme calificarla así; pero están carentes de tesis, de doctrina, de elementos de razonamiento. Corresponde, pues, al estudiante universitario enfrentarse a este cuadro clínico. Debe hacerlo. Tiene los elementos. Se supone que los tiene. Tiene, además, el deber de encararse a este mal social, aunque sea como parte de una responsabilidad que no puede rehuir.
Sólo que, ¿está el estudiante universitario, realmente, en condiciones de cumplir su misión?
En mi percepción, el estudiante universitario –en términos generales– carece de visión social. No tiene una ideología precisa. Camina a ciegas. Obra por emoción. Se mueve por instinto –si bien le va, o contagiado por la fuerza psicológica de los acontecimientos, sobre todo en la agitación que esporádicamente se enciende como réplica ante un exceso de autoridad y de injusticia. Así los movimientos estudiantiles han preconizado principios elementales, pero no han podido continuar –y la continuidad es la esencia de toda transformación revolucionaria– un programa ascendente de conquistas para bien no sólo de la clase estudiantil, sino de la juventud y del resto de la sociedad, por supuesto.
Los estudiantes sabemos por José Ortega y Gasset, “que el hombre es él y sus circunstancias”. Esto es, que el hombre, sin perder su individualidad, es un ente social. Desde este punto de vista, el hombre se desarrolla en consonancia, en correlación, en interdependencia con todos y cada uno de los elementos que informan el llamado “hecho social”. Es él –cada uno es diferente; pero también responde a los determinantes históricos, la estructura económica y política y las superestructuras. Todo lo que acaece es porque el hombre modifica las circunstancias y a su vez es modificado por ellas.
Concretamente, el hombre de hoy sufre la influencia de una era de industrialización y consumismo creciente que lo enajena y lo mantiene alienado.
Dentro de una atmósfera tensa provocada por las diferencias económicas, las injusticias, el hambre y la posible guerra atómica, la generación actual busca su escape por mil rumbos disímbolos que van desde la rebeldía –denominada “sin causa”– hasta el fenómeno pintoresco de los hippies que no es otra cosa que una evasión romántica de un medio que aplasta a un buen número de jóvenes del primer mundo. Es, en síntesis, una señal de protesta muy especial, pero en cuyo contenido se realizan las expresiones contra la maquinación, el automatismo, las fuerzas imperialistas, el colonialismo que no por anacrónico deja de ejercer su perniciosa acción. La suma de estos fenómenos que están golpeando sobre la conciencia, particularmente de los estudiantes, puede llevar a una conclusión peligrosa: que el hombre -como decía Hobbes -es el lobo del hombre2; que siempre, pero particularmente en nuestro tiempo, el peor enemigo del hombre es el hombre mismo; que a lo largo de la historia ha habido crímenes y robos, despojos e injusticias, guerras y campos de concentración; que todas las etapas y circunstancias sociales de la humanidad –como el Imperio Romano, Bizancio, China, la Iglesia Católica, la monarquía absoluta, el nacionalsocialismo, el capitalismo estatal y el socialismo, han producido un gran número de abominaciones, catástrofes y ruinas.
La psicología nos está gritando que el miedo maneja los hilos del hombre contemporáneo. La época actual está llena de desesperanza. Los estudiantes salimos de la universidad llenos de sueños y esperanzas para encontrarnos con una realidad de injusticias, de escasas oportunidades de trabajo, además mal remunerado y muy pronto el pesimismo se apodera de nosotros.
Sin embargo, la verdad es que, a pesar de lo anterior, el hombre perdura, perdurará; no será posible aniquilarlo; no ha sido aniquilado ni por los místicos ni por los tiranos; se salva de las dictaduras y de los políticos nefastos; todavía resistirá bien a la “ciencia”, a sus sistemas, a sus máquinas, a Malthus y al “progreso”; ya encontrará la forma de aislar la radiación, de contener los efectos destructores de la más mortífera de las armas hasta ahora usadas por el hombre enloquecido de poder y de ambición de mando.
Tiene razón Erich Fromm cuando exclama:
“Creo que hacen falta la esperanza y una nueva perspectiva que trascienda los estrechos límites del pensamiento positivista y mecanicista de las ciencias sociales en la actualidad, si occidente quiere salir con vida de este siglo de pruebas.”3
En este libro, cuyo origen fue mi tesis profesional, quiero –como participante de una juventud en lucha, juventud que fue la promotora del movimiento estudiantil del 68– tratar de escudriñar un tema trascendental para los pueblos del continente: el desenvolvimiento de América Latina, sus intentos por llegar a la definición plena de su autenticidad histórica y social; su lucha contra el colonialismo y su desorganizado y desesperado esfuerzo por elevar los niveles de su estructura para sobrepasar el tipo de naciones subdesarrolladas y conquistar su jerarquía socioeconómica a base de soberanía, de libertad, de justicia social y de bienestar económico.
Pretendo aprovechar estas páginas para asentar el testimonio de una juventud que acepta cabalmente su parcela de responsabilidad individual y colectiva. Pretendo también decirles quien soy yo a través de mi preocupación por la falta de equidad económica en Latinoamérica y de mi amor por México.
Luis Emiliano Gutiérrez Santos Poucel
México, D. F. 25 de abril de 1969 y 22 de diciembre de 2011


1 Aparentemente la frase se originó con François Guisot (1787-1874) durante el debate de si Francia debería ser una monarquía o una república al decir “No ser republicano a los 20 es no tener corazón; serlo a los 30 es no tener cerebro.” Luego el primer ministro francés Georges Clemenceau (1841-1929), un ex socialista, lo cambio diciendo “No ser socialista a los 20 es no tener corazón; serlo a los 30 es no tener cerebro.” La frase se le ha atribuido a varios pensadores de habla inglesa, entre ellos, Benjamin Disraeli, George Bernard Shaw, Winston Churchill y Bertrand Russell.

2 Thomas Hobbes, Leviatán: o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil (México: Fondo de Cultura Económica).

3 Erich Fromm, Marx y su concepto del hombre (México, 1962), p. 8.

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