PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

La necesidad de una tecnología propia

Ningún país de la tierra puede aspirar, hoy en día, a satisfacer las necesidades de su desenvolvimiento en base a una tecnología exclusivamente suya. Esto debe quedar claro desde el principio, de modo que cuando se lea esta parte del trabajo y se postule la exigencia de una tecnología propia como una necesidad que los tiempos nuevos han traído a América Latina, no haya lugar a falsas interpretaciones. Incluso la nación que va a la cabeza de todas en investigación científica y tecnológica se sirve de los avances conseguidos por otros pueblos y también de los técnicos formados por ellos.
El requerimiento de una tecnología propia no tiene, así, un significado absoluto: es una exigencia que debe entenderse en los términos planteados por la situación económica y social de Iberoamérica, o de otras zonas en condiciones de algún modo similar, en el mundo moderno.
La relación entre la situación económica y la investigación científica y tecnológica es muy estrecha. Los países que alcanzan una base productiva con tecnología propia son los que logran mantener crecimientos sostenidos. Claro, la relación entre, por un lado, la creación tecnológica y la calidad de la investigación y, por el otro, la educación y preparación de la mano de obra es directa: entre más educada es la fuerza de trabajo, mayor la creación de tecnologías. De ello se sigue que las diferencias entre las naciones se hayan ido acentuando conforme al avance de la tecnología, dado que la educación en los países subdesarrollados no ha recibido el énfasis necesario.
Los estados industrializados pueden explotar los recursos de los pueblos atrasados, pues aparte de su fuerza política, tienen una fuerza de trabajo capacitada y las formas de organización que permiten esa utilización. Esto ha llevado a lo que se le suele llamar la dependencia científica del extranjero. Esta supeditación origina que los beneficios de la ciencia logrados en la explotación de los recursos, de los países atrasados no residan en ellos, sino que se trasladen a la metrópoli. De tal manera, los problemas del Tercer Mundo en torno a la investigación científica y el desarrollo tecnológico no sólo se han agudizado, sino que se aproximan a una situación de deterioro de consecuencias catastróficas. En el Siglo XX se han experimentado cambios vertiginosos en la ciencia y en la técnica. Las innovaciones tecnológicas ayudan a nuevos descubrimientos; así, cada día se incrementan los saberes tecnológicos en proporción siempre mayor. Sin embargo, no todas las naciones se benefician.
Las causas recientes de la brecha tecnológica son, entre otras muchas:

  1. El volumen de los recursos financieros destinados a la investigación científica y tecnológica;
  2. El nivel y la cuantía de la educación general y universitaria;
  3. La captación de talento externo (“fuga de cerebros”);
  4. La brecha en la dirección de la producción, que disminuye la eficiencia del uso de los recursos disponibles;
  5. El volumen de las empresas públicas y privadas.

La incidencia de cada una de estas causas en América Latina está reflejada, entre otros, por los siguientes datos y hechos: la región gasta en su conjunto alrededor del 0.2% de su PNB en investigación mientras estos desembolsos son del orden del 3.4% en Estados Unidos. El gasto norteamericano en su política de desarrollo científico es tres y media veces superior al de todos los países europeos: sólo Inglaterra se le acerca con el 2.8% y la Unión Soviética con 2.3% de su producto bruto.1
El grupo humano teóricamente comprendido entre los 20 y los 24 años estudiando en las universidades latinoamericanas es insignificante comparado con el 44% de los Estados Unidos, el 25% en la Unión Soviética y entre el 5% y el 16% en las naciones industriales de Europa.2 Los resultados de estas diferencias son ya ostensibles.
En lo que respecta al problema de la fuga de cerebros de los países de América Latina a los desarrollados, se está de acuerdo en que no existe en realidad un adjetivo que capte el dramatismo de este fenómeno insólito – fenómeno que ocasiona pérdidas irreparables para los pueblos en desarrollo.
La emigración de profesionales latinoamericanos está orientada de preferencia hacia los Estados Unidos. No se dispone de antecedentes sobre el éxodo a naciones europeas, pero se sabe que no es muy numeroso. Entre 1961 y 1965 partieron a EE. UU. 2,515 médicos latinoamericanos, lo que representa un promedio de 500 médicos anuales. Se calcula que esta cantidad equivale a la producción de tres facultades de medicina, que costarían a Estados Unidos 60 millones de dólares por concepto de edificación y 15 millones de dólares anuales para su funcionamiento. Estas sumas son superiores al total del aporte de EE. UU. a Latinoamérica por concepto de salubridad.3
Una subcomisión del Senado de los Estados Unidos presentó un informe sobre este problema, el cual indica que casi 8,000 científicos y técnicos latinoamericanos emigraron hacia los Estados Unidos en 1965. De Argentina salieron 973 profesionistas, seguida de cerca por México, con 929 y luego Colombia con 868; los cinco países centroamericanos analizados en su conjunto sufrieron la pérdida de 946.4 Estas cifras se elevarían si se considerara en el análisis a los estudiantes latinoamericanos que fueron a esa nación a cursar estudios superiores y que por alguna razón se quedaron ahí.
Según el estudio del Senado de Estados Unidos, el costo de la educación superior de un profesionista es de 3,000 dólares. Si a esto se le suma los estudios anteriores (primarios, secundarios y preparatorios), la cifra se remonta a 20,000 dólares:5 de esto se infiere que América Latina ha aportado en personal capacitado a los EE. UU., durante 1965, alrededor de 156 millones de dólares.6
La fuga de cerebros de América Latina se ha ido acelerando en los últimos años. Las consecuencias de este fenómeno son dramáticas. Se estima que el total de profesionistas que egresan al año de las universidades de Iberoamérica (70,000) es insuficiente para las exigencias del desarrollo de la región, calculando que se necesita un total de 120,000 anuales.7
Ello representa el peligro de que la diferencia entre las naciones industrializadas y las no industrializadas –como es el caso de América Latina– se ahonde aún más, pues para desenvolverse se necesita de ese volumen de técnicos y hombres de ciencia, sin los cuales el desarrollo, si no imposible, sí se torna extremadamente difícil y pasa a depender de la técnica y la ciencia extranjeras, como se ve que ocurre. Para subrayar lo dramático de este fenómeno y su significado para América Latina, citemos una declaración de Albert Einstein, que en cierta ocasión dijo:
“Si a un loco se le ocurriera asesinar a doce hombres de ciencia cuyos nombres no voy a mencionar, el actual potencial de progreso científico sufriría un retraso de dos siglos.”8
Las principales causas de esta situación son, por una parte, la falta de una estructura adecuada de los sistemas universitarios; la ética y moral ambiental; deficiencia en la estructura productiva para la absorción pronta de profesionistas egresados; los bajos salarios que imperan en el sector profesional; y la falta de reconocimiento y estímulo al trabajo especializado.
Las soluciones inmediatas a este insólito problema son, entre otras, a) la creación de un “pool internacional de cerebros” al que los países desarrollados podrían contribuir en “sustancia gris” o en dinero y del que los países menos ricos podrían solicitar personal especializado;9 b) que los profesionistas egresados tengan un rápido acomodo dentro del cuadro general del país, dándoles la plena certeza de que su labor está siendo debidamente apreciada, en beneficio de lo colectividad (para esto hay necesidad de modificar la estructura productiva, mediante una vigorosa intervención estatal) ; c) una presión moral para que se queden en el país, no porque sea su patria, sino porque sencillamente la educación es una inversión como cualquier otra que la nación costea mediante el esfuerzo general; y d) salarios más remunerativos.
Fácil es darse cuenta que estas medidas son de difícil aplicación y que la mayoría de ellas obedecería a cambios más profundos, esto es, cuando se creen las estructuras económicas y sociales capaces de promover el desarrollo, eliminando las formas anacrónicas de dominación social y las relaciones externas de tipo colonial o semi-colonial.
A pesar de lo anterior, las limitaciones al desarrollo científico y tecnológico en América Latina, aunque agudas, no son insalvables. Empero, el dilema es muy grave y conlleva a la siguiente consideración: la tecnología y la estrategia industrial van a cambiar al mundo en las dos próximas generaciones. O se está en esa dirección, o Latinoamérica quedará al margen de la construcción real de ese mundo, tal como ocurrió durante la Revolución Industrial a naciones como España y Portugal que, como ha sido patente, no han levantado desde entonces la cabeza.
Lo peor del caso es que América Latina se está quedando todavía más atrás. En los países industrialmente desarrollados se realiza ya una revolución técnico-científica, en la cual se observa un proceso de amplias y profundas transformaciones cualitativas de las fuerzas productivas, que abarca todos los campos de la vida social – desde la estructuración y organización de los procesos de producción, los resultados de ésta, el conjunto de sistema de enseñanza y hasta las condiciones generales de vida espiritual y cultural de la gente.
Del análisis hasta aquí visto es obvio que el latinoamericano contemporáneo gravite hoy en función de cuatro coordenadas fundamentales: el cambio, la revolución, la ciencia y la integración.
La reforma educacional es necesaria para América Latina, si se percata uno de que en el momento histórico actual es posible proceder a la construcción del futuro sobre bases racionales. Está al alcance del pueblo latinoamericano el seleccionar las tasas de inversión por sectores y controlar las de consumo, transformar los sistemas educativos y eliminar las actividades estériles. En suma, América Latina puede planificar su crecimiento en base a la ciencia; pero para ello es necesaria la educación como instrumento revolucionario del desarrollo y del cambio.
El problema no termina con la invención y aplicación de técnicas, sino de una cadencia o regularidad con la cual unos productos o procedimientos nuevos son difundidos en el conjunto de la economía del país. En otras palabras es la organización de la investigación científica, el mejor camino para lograr óptimas decisiones. Es aquí donde se plantean las metas de la ciencia y de la técnica: el ¿qué? y el ¿para qué?
En conclusión, solamente con base en un incremento de la productividad, sustentada en una tecnología propia, será posible aumentar los índices de desarrollo en América Latina y sólo a través de la integración económica latinoamericana podrán estos países estar en condiciones, si no de acortar, sí de detener el ensanchamiento del déficit tecnológico que los separa del mundo industrializado.
La necesidad de una tecnología propia para una integración adecuada es una nueva exigencia –inaplazable–nacida de la situación presente de Iberoamérica y es clave de su futuro. Olvidar esas circunstancias es jugar al desarrollo sin tener en cuenta sus verdaderas dimensiones.


1 Comercio Exterior (mayo de 1968), p. 435 y El Día, febrero 6 de 1969.

2 El Día, diciembre 14 de 1967.

3 El Día, octubre 7 de 1968.

4 Ibid., noviembre 12 de 1968.

5 U. Thant, “Informe a la Asamblea General sobre el éxodo de personal calificado de los países en desarrollo”, El Día, noviembre 28 de 1968.

6Aproximación del autor.

7 El Día, noviembre 13 de 1968.

8 Citado en El Día, noviembre 12 de 1968.

9 Sugerencia de U. Thant, en su informe presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. El Día, noviembre 26 de 1968.

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