PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

El mundo inmediato: la integración

En la hora presente el pueblo latinoamericano debe pensar en términos de una América Latina unida, superando nacionalismos estrechos o exclusivos para formar una conciencia supranacional que permita una integración real. En ese orden de cosas las lecciones más elocuentes son, por un lado, el que está brindando Europa, que venciendo los chauvinismos, odios y tradiciones generados por las guerras pasadas, aúna esfuerzos y constituye con seis de sus más importantes potencias un Mercado Común; por el otro lado, no menos significativo es el ejemplo de los países socialistas en el Consejo de Asistencia Económica Mutua (COMECON).
No se subestiman las dificultades que encontraría América Indo-ibérica en tal empresa y la magnitud y los escollos del camino por recorrer, pero es de preocupar que los pocos intentos hasta ahora llevados a cabo no hayan reportado los frutos esperados. Más aún, conviene anotar que aunque muchos llamen la atención sobre los obstáculos al progreso de la integración, hoy muy pocos ponen en duda que Iberoamérica no tiene otra alternativa que integrarse, en este mundo actual de grandes polarizaciones multinacionales y de enormes oportunidades y desafíos, para aprovechar al formidable venero del avance tecnológico, lograr un desarrollo económico más independiente y obtener condiciones más equitativas en sus tratos económicos.
En la conferencia de Presidentes de América que tuvo lugar en Punta del Este, Uruguay, en abril de 1967, se decidió crear un mercado común – esto es, una unidad económica con todos los países de la región latinoamericana para que cada uno de los miembros produjera aquello para lo que mejor estuviese capacitado, de mejor calidad y a bajos precios y en base a un mercado más amplio que el nacional. Sin embargo, desde la Declaración de los Presidentes Americanos, nada de verdad importante se ha hecho que pueda facilitar el cumplimiento del programa trazado hacia el Mercado Común Latinoamericano, que debería estar sustancialmente en funcionamiento en un plazo no mayor de quince años.
Al Mercado Común Latinoamericano se llegaría a través de los organismos de integración ya establecidos – según la Declaración de Presidentes de América. Estos organismos eran la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) y el Mercado Común Centroamericano (MCC).
El funcionamiento de la ALALC se ha caracterizado por la lentitud de su desarrollo y los obstáculos aparentemente insalvables que ha encontrado a su paso. Se han logrado avances en materia de intercambio, pero al relacionar estos adelantos con el comercio global de los países miembros, se observa que la significación de los incrementos disminuye grandemente. En efecto, la compra-venta intrazonal no alcanzó el 9% del total de su intercambio con el exterior en 1965, en tanto que ya en los años posteriores a la II Guerra Mundial, las transacciones comerciales entre los países que hoy constituyen la Asociación había llegado a representar el 10% del total de las exportaciones de la zona.1
El MCC se puede decir que ha avanzado más, con respecto a la ALALC; sin embargo, también ha confrontado tropiezos enormes. En efecto, la formación de la zona de libre comercio prevista para el 4 de junio de 1966 no ha sido completada. En la formación del arancel externo común se ha tropezado con obstáculos similares; las dificultades de balanza de pagos a que se enfrentan los países miembros son tremendas; los problemas suscitados con los países de menor desarrollo, como Honduras y Nicaragua, se han ido agravando (aunque el de Honduras ya se resolvió en principio); y, por último, podríamos citar la población del área, que en conjunto es de alrededor de 13 millones de habitantes, la cual es muy reducida para proyectar el desarrollo de nuevas industrias que abastezcan la región, basadas precisamente en el mercado conjunto.
En función de lo anterior, han surgido en los últimos tiempos dentro de América Latina grupos subregionales, sobre todo que afectan a la ALALC. Aparte del MCC, está el grupo andino (Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Chile), que ha decidido formar su propio mercado; luego, las negociaciones recientemente aceleradas entre Argentina y Brasil en el marca de la “Comisión Especial Brasileño-Argentina de Coordinación”.
Considerando estos acontecimientos, parece ser que de los 16 posibles participantes en un futuro mercado latinoamericano, 13 están organizándose conforme a tres mecanismos subregionales, quedando al margen México, Uruguay y Paraguay. Dado que los dos últimos países son apéndices de las economías de Argentina y Brasil y en cualquier momento podrían asociarse, el único país que se encuentra sin ninguna liga directa es México.2 Debido a esto México necesita apurar a la Asociación a la cual pertenece, hacer un gran esfuerzo para ayudarla a salir de su estancamiento, el cual impulsa a los distintos grupos hacia los arreglos subregionales.
Volviendo a las dificultades con que han tropezado las líneas trazadas para la integración económica, se puede agregar que el capital extranjero ha planteado un problema a la integración.3 Efectivamente, si la inversión extranjera es objeto de especial atención y está sujeta a determinadas condiciones para salvaguardar la soberanía nacional y la independencia económica de un país subdesarrollado dado, es lógico esperar que en el caso de un conjunto de naciones como la ALALC, que busca como nieta final la elevación de los niveles socioeconómicos de toda la región, se refuerce esta posición defensiva.
La posible existencia de un gran mercado común, integrado por componentes que en el orden productivo y financiero son débiles, constituye un foco de atracción para los grandes centros económicos. Parece que si las condiciones y la política actuales de la integración no se modifican, van a tender a la “sucursalización” acelerada de la región, ya que son, en principio, las empresas subsidiarias de una matriz multinacional en Estados Unidos las que se encuentran en mejores condiciones de planificar sus actividades, con miras a la explotación óptima de una zona de libre comercio y a desplazar de la misma –y aún de los mercados internos– a las empresas latinoamericanas.
Ejemplo inequívoco y aleccionador de esta amenaza es el poderoso Mercado Común Europeo, que pese a estar integrado por grandes potencias económicas, ha tenido que hacer frente a la penetración del capital norteamericano.4
¿Y qué se está haciendo en la América Latina para detener al capital estadounidense? Desafortunadamente, nada. No se han puesto en práctica las medidas concretas que acarrearía su control. Dichas inversiones responden a su interés particular, como es lógico y no en provecho de los países latinoamericanos. Por eso, es importante mantener esta penetración dentro de límites seguros, de tal forma que sea complementario y no determinante. Sin embargo, a los problemas inherentes de la zona, el rival que hay que combatir es muy poderoso. Efectivamente, es un hecho patente que la tercera potencia industrial del mundo, después de los Estados Unidos y la Unión Soviética, resultan ser las compañías norteamericanas implantadas en el extranjero.
Según el Boletín oficial de la Cámara de Comercio Americana, la producción de las fábricas estadounidenses en otros países ascendió en 1967 a esta impresionante suma: 120,000 millones de dólares. Si se toma en cuenta que el producto nacional bruto de la República Federal Alemana puede situarse, en números redondos, en 1967 en unos 115,000 millones de dólares,5 llegamos a la conclusión que existe un inmenso poder centrífugo cuyos caracteres, formas, tensiones y efectos no han sido calculados ni examinados todavía en su totalidad.
De aquí, es necesario que se deba convertir en una preocupación fundamental de los pueblos de América Latina que los sectores fundamentales sean planificados en virtud de las necesidades de la región y no de la estrategia de la tercera potencia industrial del mundo, es decir, de las compañías norteamericanas en el extranjero.
Otro hecho interesante son las quejas de los comerciantes norteamericanos ante los países latinoamericanos por el trato –según ellos– discriminatorio que estiman dan estas naciones a las importaciones procedentes de los Estados Unidos y, como corolario, por el trato preferencial que conceden a los otros estados hermanos, agrupados en un organismo integrador. Estas quejas tienen una clara intención monopolística del comercio exterior de un “país amigo”, que se aparta mucho de lo que deben ser las relaciones comerciales entre dos naciones interesadas en mejorarlas sobre bases sanas.6
La necesidad de prevenir este peligro y hacer compatible la insuficiencia de recursos internos de capital, en el marco de las asociaciones integradoras, con el crecimiento sostenido de la economía regional, fue recalcado por México a través del Secretario de Relaciones Exteriores, Sr. Antonio Carrillo Flores, al analizar el estado que guarda el proceso de integración latinoamericana y las causas del temporal estancamiento de las negociaciones políticas. Advirtió el canciller que:
“Es precisamente la sombra de la participación del capital extrazonal en los beneficios de la integración lo que ha motivado en gran medida el retraso en el cumplimiento del tratado de Montevideo y de los acuerdos de Punta del Este.”7
El aceptar públicamente un problema significa un adelanto, pues da lugar a que se busquen las soluciones. El siguiente paso será poner en marcha las medidas correctivas.
Posiblemente el mayor obstáculo al proceso de integración haya sido la falta de decisión ocasionada por la brecha existente entre los países más pobres y los más avanzados de la región. Ello significa que los gobiernos latinoamericanos no se encuentran preparados psicológicamente para tal empresa. En efecto, las naciones de mayor desarrollo no quieren llevar las cargas adicionales de ayuda a las menos desarrolladas, mientras tengan dentro de sus fronteras vastas zonas de pobreza, donde podría usar recursos adicionales para fomentar su crecimiento económico. Sin embargo y a pesar de ello, estos gobiernos deberían comprender que es necesario dar algo a cambio por la seguridad del mañana; es imperativo decidirse y dar los pasos hacia un latinoamericanismo económico.
En suma, las dificultades a la integración en América Latina provienen de tres fuentes principales:

  1. Los métodos tradicionales de las negociaciones anuales acerca de las listas nacionales de concesiones arancelarias y de las negociaciones trienales, en torno a una lista común, parecen haber obedecido a presiones políticas;
  2. La ALALC y (en menor medida) el MCC, no han conseguido sentar las bases necesarias para un proceso integrador de carácter permanente: la armonización - de cara al exterior- de las políticas comerciales y fiscales (trato al capital extranjero) y un denominador común mínimo de las legislaciones económicas;
  3. Se ha permitido que arraigara el virus del temor de los países más pobres a ser engullidos por los más prósperos del Hemisferio.8

Por todo ello, es fundamental considerar las desigualdades regionales y centrar los objetivos inmediatos de la integración en la concertación de acuerdas productivos, particularmente en relación con las ampliaciones de capacidad productiva en el sector de los bienes básicos de producción, en base a una tecnología propia y a través de empresas, consorcios o trusts estatales o mixtos multinacionales latinoamericanos –es decir, en la planificación multinacional de las actividades industriales básicas existentes y adicionales.9 También es muy importante elaborar una verdadera plataforma política, con capacidad ejecutiva progresiva, que permita abordar con valentía los problemas del subfondo real que son los que impiden el progreso de la integración y de la economía en su conjunto. Pero para ello se necesita la voluntad de hacerlo, es decir, desear la unidad económica.
América Latina necesita de la creación de una posición que tiene que ser de autodefensa de los intereses extranjeros. Esto se puede hacer a través de la propia integración y de medidas colaterales; en esta forma se evitarán que los frutos de la unión económica paulatina no sean para los latinoamericanos y que se frustren los ideales de una América Latina unida y fuerte. Los países de la región no pueden permitirse el lujo de que las naciones industrializadas se dirijan a esta zona a explotar los recursos, para luego esperar, como dádiva de ellos, una cooperación o una ayuda de carácter muy extraño. Hay que crear esa posición de autodefensa que, sin pretender perjudicar a nadie, exija de los demás comprensión y respeto. No existe nada más injusto que la pretensión del rico de sentarse a la mesa puesta por el pobre.


1 Samuel Gorbán, “La ALALC y la realidad económica de América Latina“, Investigación Económica (julio-septiembre de 1965), p. 555.

2 Véase del Banco del País, S. A., ‘México ‘y la integración económica de América Latina“, Comercio Exterior (mayo de 1968), pp. 387-88.

3 Ver de Mauro Jiménez. Lazcano, Integración económica e imperialismo (México, 1968).

4 Véase de Jean-Jacques Servan-Schreiber, Le défi americain (París, 1967).

5 El Día, enero 8 de 1968.

6 “Entre dos amigos sólo uno de ellos es el amigo del otro”, dice un conocido refrán mexicano. Y así lo entienden, al parecer, los Estados Unidos.

7 El Día, febrero 29 de 1969.

8 The Economist para América Latina (mayo 2 de 1969), p. 33.

9 Véase del BID, Factores para la integración latinoamericana (México, 1966), especialmente pp. 1270 y Apéndices B y F.

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