PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

La industria

El proceso de desarrollo industrial en América Latina ha sido diferente entre los países, derivado esto de las condiciones especiales y de las circunstancias históricas particulares de cada país; pero este curso –aunque diferente– se dio bajo características similares: de rápido crecimiento demográfico, urbanización acelerada, gran desigualdad en la distribución del ingreso, lento crecimiento del sector agrícola, penetración del capital extranjero, violentas fluctuaciones en el comercio exterior, falta de planes de desarrollo, etc. A ello se agrega que el proceso de industrialización aparece siempre determinado por la necesidad de sustituir importaciones. Esa sustitución se presenta en los países latinoamericanos como una necesidad imperiosa y como el principal estímulo a la industrialización.
El proceso de suplir importaciones ha acelerado la industrialización en América Latina hasta que, en los últimos años, la marcha muestra síntomas de debilitamiento, principalmente en los países que fueron pioneros en el campo de la industrialización. El curso de sustitución implicó, en la mayoría de las naciones, elevadas tasas de expansión, para poder atender a una demanda que hasta entonces se satisfacía con productos importados. Como es sabido, este proceso tiende a debilitarse en cuanto se llena la oportunidad inicial y se pasa a depender del aumento del ingreso y de la incorporación de nuevas capas sociales como consumidores efectivos de manufacturas. Esta evolución, desde luego, se ha registrado en grado y modalidad diferente de acuerdo con las circunstancias particulares de cada país; los pueblos de América Latina muestran grandes variaciones entre sí, como se ha dicho.
El desarrollo industrial no programado y la sustitución de importaciones, no efectuada con criterios selectivos, o bajo condiciones de competencia, contaron en América Latina con la protección arancelaria. De esta forma surgieron empresas ineficaces, con cierto grado de monopolio. Los empresarios, adormecidos por los éxitos económicos tan fácilmente obtenidos, descuidan en algunos casos la renovación de su maquinaria y en otros la selección de ella, resultando que algunas fábricas tienen equipos obsoletos y anticuados, en contradicción con otras dentro del mismo país que tienen tecnologías altamente capitalizadas. Todo ello se traduce en altos costos, agravados al no poder usarse plenamente la capacidad instalada.
Hay un consenso general que el proteccionismo exagerado se traduce, muchas veces, en los altos niveles de costos y de precios de los productos manufacturados en la región. Esto a su vez determina un bajo consumo nacional y graves dificultades para competir en el exterior. En tal virtud, algunos gobiernos han dictado medidas para contrarrestar esto. México hizo público el aviso de que aquellas empresas que produzcan sin eficacia no podrán gozar de la defensa que restringe la importación y que sólo se alentará a las que estén en condiciones de competir internacionalmente.
Sin embargo, el proteccionismo se sigue otorgando sin considerar la ventaja comparativa de establecer dicha industria en el país. Una buena medida de política económica apoya a una industria que se daría bajo condiciones de libre competencia, pero no la de proteger a una que va en contra de las leyes del mercado. El apoyo público debe considerar las posibilidades de disponer de materias primas y bienes de origen nacional. De lo contrario, si bien desciende la importación de bienes finales, aumenta la demanda de partes y refacciones fabricadas en el exterior. Otro aspecto de este problema es que el auxilio se ha seguido dando sin distinción de la nacionalidad de la empresa: en tal virtud, algunas compañías extranjeras gozan del amparo oficial, con el claro resultado de monopolizar más el mercado, frustrando los intereses de los empresarios nacionales por participar en esa rama.
Ante esto se impone la necesidad de revisar los mecanismos proteccionistas. Hay que hacerlos más flexibles, de manera que se conviertan en un instrumento efectivo de promoción de empresas nacionales, que estimulen, en ciertos casos, la creación de nuevas industrias y, en otros, el mejoramiento de la productividad de las ya establecidas. Es decir, habrá que aplicar el criterio de la protección selectiva: no tratar de sustituir toda importación ni proteger cualquier clase de industria.
Entre otros problemas se podría referir a que la industrialización no ha creado suficientes fuentes de trabajo, en relación al crecimiento de la fuerza trabajadora. Esto se debe al insuficiente crecimiento del sector industrial y a la importación de técnicas de producción que no han sido siempre las más ajustadas a la realidad latinoamericana.
La concentración industrial causa notables desequilibrios regionales. Esto se debe a la falta de una planificación del sector manufacturero, ya que las medidas aisladas de promoción regional no han sido capaces de contrarrestar las ventajas de las economías externas que ofrecían las áreas metropolitanas. La aglomeración de empresas fabriles en un espacio insuficiente ocasiona pérdidas económicas, dificultades en los transportes, envilecimiento de la atmósfera, etc.
Se acepta que todavía no se ha avanzado lo suficiente por el camino de la industrialización en América Latina. En efecto, el sector industrial aporta en la presente década alrededor del 24% del producto bruto de la región y ocupa no menos del 14% de la población activa.1 Además, la economía latinoamericana ha mostrado un menor dinamismo en el sector manufacturero y un mayor nivel en la actividad agropecuaria. El sector agropecuario y el minero (incluyendo la extracción petrolera) avanzaron a un ritmo promedio de 4% en el período 1960.65, estancándose en 1966 y creciendo un 5.5% y un 8.5% en 1967, respectivamente. La industria manufacturera, que creció a una tasa promedio anual del 5.7% k 1960 a 1965, pasó al 6.4% en 1966 para descender al 3.6% en 1967.2
Otro elemento de fundamental importancia es la política que se sigue con respecto a las empresas extranjeras que operan en el sector industrial, la cual no se diferencia a la seguida frente a los inversionistas nacionales. Los inversionistas industriales extranjeros, para evitar perder ese mercado ante el proteccionismo de los países de la zona, han llevado a cabo inversiones dentro de la región. Estas no siempre crean nuevas fuentes de trabajo, sino que se dirigen a la adquisición de compañías latinoamericanas ya instaladas. A este fenómeno ha dado en llamársele la “extranjerización de empresas nacionales”. No se trata esto de un hecho nuevo, pero suscita preocupación el que se esté expandiendo rápidamente en los tres últimos años. Aquí, la contribución de capital y tecnología se puede considerar insignificante, pues ya son industrias establecidas, muchas de las cuales corresponden a negocios tradicionales. Esto significa que, aparte del escape hacia el exterior de los recursos en divisas generadas en los países latinoamericanos, la inversión extranjera en estos casos deja de representar una adición neta a la capacidad productiva o nuevos aportes tecnológicos y limita sensiblemente las posibilidades de formación y ampliación de una clase empresarial autóctona.
Ante esto los gobiernos de la región deben adoptar una política de inversiones extranjeras más adecuada a la realidad. Las empresas extranjeras nacieron en mercados competitivos, por lo que no requieren protección pública. Los consumidores no deberían de pagar más por estos productos que si fueran libremente importados.
Los inversionistas extranjeros son bienvenidos siempre que creen nuevas empresas y trabajos, pero si entran a actividades existentes adquiriendo empresas nacionales, no deben de contar con protección arancelaria. Aparte, con criterios de reciprocidad, hay que limitar la participación de las empresas extranjeras en aquellas actividades que ya estén funcionando y que se consideran de importancia nacional en el país de la nacionalidad de los inversionistas y en el país receptor.
De lo anterior se infiere que la estrategia industrial latinoamericana que tendrá que ponerse en práctica para acelerar el desarrollo económico zonal, aparte de tomar en cuenta lo antes mencionado, deberá asimismo estar encaminada a aumentar los consumos nacionales y regionales, el desarrollo de una nueva etapa en la sustitución de importaciones –esta vez a nivel regional– y a la realización de la integración industrial en todo cuanto este proceso significa, poniendo especial énfasis en el peligro que representa la proliferación de industrias verticales extranjeras.


1 Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Informe del Simposio Latinoamericano de Industrialización (Santiago de Chile, 14 a de marzo de 1966), p. 9.

2 Datos tomados de Comercio Exterior (mayo de 1968), pp. 414-15.

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