PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

La irracionalidad y la anti-producción

A falta de palabras y medios racionales para el convencimiento favorable, siempre existe la guerra o la presión de carácter bélico. El problema del rearme constituye hoy uno de los mejores ejemplos de la estupidez humana y del despilfarro de recursos para la “anti-producción”. Se asegura que un día Paul Valery, interrogado sobre el portento de su obra literaria y su significación final, respondió así: “No he querido hacer otra cosa que un divorcio”. “¿Cómo?” le preguntó extrañado un buen burgués. “!Sí!, el divorcio entre la poesía y la estupidez. Pero no lo he conseguido”.
El problema en otra dimensión continúa –sólo que a la estupidez se une la barbarie humana. Se considera que los gastos militares anuales del mundo consumen más del 7% del producto mundial bruto. En 1962, estos gastos fueron de 120,000 millones de dólares, llegando a ser en 1968 alrededor de 182,000 millones de dólares.1 Si se tiene en cuenta que el PNB de la República Federal Alemana fue de 130,000 millones de dólares en 1968, se puede obtener una idea somera, pero válida, para medir la significación de este tremendo desperdicio mundial.
Para formarse una idea más clara sobre este impresionante hecho, considérese que entre 1964 y 1968 el crecimiento económico global de las naciones subió en un 9%, mientras que sus presupuestos militares o armamentistas aumentaron en el mismo período en un 16%. Los gastos militares fueron en 1967 casi el doble que los dedicados a la educación pública y tres veces más altos que aquellos que tuvieron como meta la salud mundial;2 el desembolso mundial del rearme corresponde a los ingresos de unos mil millones de hombres de América Latina, Oriente Medio y Asia del Sudeste.3
Claro está, sin lugar a duda, que la población del mundo se la puede pasar sin instrucción y sin salud, como lo prueba el conocido hecho de la miseria humana de 2 mil millones de habitantes –de los cuales 300 millones son niños que están condenados a no tener un crecimiento ni un desarrollo normal. Obvio es señalar que en numerosas dictaduras se considera al estudiante y al intelectual como un “enemigo”.
Las erogaciones militares globales del mundo están concentradas en un 90% en los países miembros de las dos grandes alianzas militares: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia.4 Del lado de la OTAN están a la cabeza los Estados Unidos con un presupuesto de defensa próximo a los 80,000 millones de dólares en 1968,5 y del otro lado, la URSS, a la que se le calculan dichos egresos de alrededor de 36,500 millones de dólares en el mismo año.6
La magnitud de estas cifras dilata hasta lo infinito un problema capital: ¿qué significaría el desarme, realmente, para las naciones que están comprometidas actualmente en esta inmensa y desatinada carrera bélica? La contestación a esa interrogante configura en cierta medida el futuro, pues es en esencia la que determina en cierto grado el poder de decisión. En otras palabras, ¿qué sucederá con el desarme en unas economías donde la guerra es parte primordial de su estructura económica?
Efectivamente, en el caso de los Estados Unidos, alrededor del 10.3% de la fuerza laboral activa (incluyendo los soldados) trabaja en organizaciones de la defensa o industrias relacionadas con ella.7 Es claro que esta cifra se elevaría si se considerasen otras industrias proveedoras de los insumos necesarios para la producción de armas. Posiblemente se situaría entre el 15% y el 20%.8
Los gastos militares por habitante exceden a los 129 dólares en la Unión Soviética y en Estados Unidos son de 346 dólares.9 Hay en el mundo más de 100 millones de seres humanos movilizados o trabajando en el rearme, en tanto que el 70% de los científicos del mundo han sido integrados en el complejo militar-industrial.10 Bajo estas circunstancias el desarme traería la desaparición de ciertas industrias o, por lo menos, su modificación, poniendo en práctica reformas tendientes a la racionalización de la producción en el seno de cada país. Empero, parece ser que esta acción no se va a llevar a cabo, pues existe una disociación práctica entre la construcción del mundo y un futuro más conveniente a la colectividad humana.
En cuanto a los países en vías de desarrollo, los egresos militares en 1965 fueron de 18,000 millones de dólares, cifra irracional si se consideran sus condiciones generales de atraso y si se presupone que estos dispendios –lejos de disminuir– se han estado elevando en un promedio de 2,000 millones de dólares anuales,11 por lo que se calcula una suma de alrededor de 26,000 millones de dólares para 1969.
En lo que respecta a América Latina, los presupuestos bélicos de la zona pasaron de 1,549 millones de dólares en 1961 a 1,890 millones de dólares en 1967,12 o sea, un incremento del 22%. Claro está –y quede dicho –que no todos los países iberoamericanos están en este caso. Algunos han incrementado sus presupuestos de una manera más notable y otros casi no lo han hecho: el 62% en el Perú; el 57% en el Brasil; el 61% en Paraguay; el 45% en Colombia; el 43% en Nicaragua y el 42% en Bolivia.13 No está de más decir que en algunos estados estos presupuestos consumen prácticamente casi la mitad del crecimiento anual de su producto nacional.
Los gastos latinoamericanos de tipo militar suponen poco menos del 3% del producto bruto de la región (2.4% en 196514), que si bien se compara con los que dedican a ese mismo fin las potencias industriales, entre el 5% al 10%, no viene a ser una cifra alta. Pero, si eso es verdad, no menos cierto sería que, considerando sus verdaderas potencialidades de desarrollo, los desembolsos de la región pueden considerarse muy elevados. Baste advertir que entre noviembre de 1967 y septiembre de 1968 el Brasil ha comprado armas en los Estados Unidos por valor de 112.2 millones de dólares –lo que equivale al 7% de sus exportaciones que ya están gravadas, por concepto de la deuda pública exterior, en casi el 40%.15
En algunos países, donde el incremento económico es muy débil, la mayor parte de esos nuevos gastos presupuestarios de carácter militar se suelen efectuar contra las inversiones sociales. Se puede citar el caso de Argentina, en donde entre 1962 y 1968 esas partidas últimas –las sociales– han disminuido del 19% al 14% en los presupuestos generales de erogaciones. En dichos estados que no tienen el ahorro adecuado para mayores niveles de inversión, donde el sector público carece de la fuerza necesaria para restringir el consumo suntuario e irracional y de elevar las inversiones sociales e industriales, el aumento de los egresos armamentistas no hace más que incrementar sus crisis internas.
A los gastos que cada nación hace, se añade la ayuda militar norteamericana. Esta asistencia fue de 98.8 millones de dólares en el curso de 1967 y la calculada para 1968 fue, en líneas generales, del mismo monto.16 Ello representaba, aproximadamente, el 6% del total del derroche militar latinoamericano. Para tomar una prueba concreta veamos, por ejemplo, los desembolsos militares de la región en diversos conceptos comparativos y totales:
Cuadro 5: Gastos Militares Latinoamericanos en 196517


Presupuestos de defensa (millones de dólares)

% respecto a los presupuestos totales de gastos

% del PIB

% asistencia militar de los Estados Unidos

1,516

13.2

2.4

5.7

Ese es el marco estricto del problema, donde la asistencia militar juega un papel decisivo en determinadas situaciones, puesto que esta ayuda, junto al armamentismo de las naciones atrasadas, sirve para dotar a algunos ejércitos de un nivel bélico per cápita muy superior al de la capacidad de resistencia del equipo civil. En estas circunstancias de objetiva superioridad, no es extraño que algunos de esos ejércitos se comporten como instrumentos de ocupación, produciéndose, a su vez, una paradoja no exenta de dramatismo: en los países desarrollados los servicios armados pueden ser un instrumento más de su política exterior, mientras que en los subdesarrollados terminan por serlo de su política interna.
Referente a los principales proveedores de armas en el mundo, es Estados Unidos, ya sea en razón a la ayuda militar que proporciona, o a su programa de ventas de armas convencionales, quien se ha convertido en la principal fuente de material bélico. Este es un negocio que reditúa fructíferos beneficios: nada más tómese en cuenta que en promedio, de 1961 a 1966, EE. UU. ha donado y vendido alrededor de 3,000 millones de dólares a lo largo del mundo.18
Actualmente este problema se trata, sin más, de un matrimonio oficial entre la industria privada y los gobiernos. El complejo “militar-industrial” constituye la estructura y superestructura de ese enorme y terrible dispositivo que impide el desarme mundial.19
Quizás, como dicen varios círculos de estadounidenses, esas duras críticas, revelaciones de datos y hechos y desmesurados testimonios de coraje moral, sólo puedan darse allí donde existe la libertad. El autor rinde respeto a esa posición, pero no deja de reconocer el incesante avance de un abuso de poder que sobrecoge ya a sus propios protagonistas.
Todo el análisis anterior lleva al punto de comentar lo que significa el rearme a nivel de las dos grandes potencias actuales, pues es gracias a esa carrera desenfrenada iniciada por estos imperios que el problema del rearme a escala global ha adquirido las grotescas dimensiones actuales. Los dos estados están al borde del límite en el que, de proseguir armándose, se encontrarán sin posibilidad de hacer frente a los ingentes problemas económicos y sociales de sus respectivas naciones. Los armamentos con que cuentan los aniquilarían, de ponerse en práctica, en unas cuantas horas, pero ello también supondría el desastre, el holocausto universal. De seguir continuando este proceso, las economías de Estados Unidos y de la URSS padecerían tales graves problemas que, acaso, la guerra caliente les parecería, al fin y a la postre, menos pesarosa.
Se sigue gastando en nuevas armas bacteriológicas (300 millones de dólares anuales en Estados Unidos20) y se tiende a la creación del techo antiatómico –la barrera de los antimisiles. Recientemente el Presidente de los Estados Unidos Richard M. Nixon declaró que se iba a construir el sistema antibalístico denominado “Centinela”, con un costo de alrededor de 7,000 millones de dólares. Ello, como es claro, constituye un nuevo paso en la carrera armamentista.
Pero es obvio que esto conduce a un problema político de fondo, que lleva consigo el destino mismo de la humanidad: ¿cómo van a negociar las dos superpotencias nucleares su statu quo futuro?21 En otras palabras, ¿es pensable que pueda seguirse la carrera infinita del “arma-total-antiarma” sin que se produzca una catástrofe?
Siguiendo a Erich Fromm, para poder llegar al desarme y al entendimiento político como medios para preservar la paz, se necesitan otros pasos necesarios:

  1. el desarme psicológico, el poner fin al odio y la suspicacia histérica entre los dos grandes bloques, que hasta ahora han hecho el pensamiento realista y objetivo muy difícil, si no imposible, de ambos lados;22
  2. la ayuda económica en gran escala –alimentos, capital y cooperación técnica–a los países subdesarrollados, que sólo será posible siempre y cuando la carrera armamentista termine; y
  3. el fortalecimiento y reorganización de las Naciones Unidas, de modo tal que este organismo sea capaz de fiscalizar el desarme internacional y organizar la ayuda económica en gran escala a los países subdesarrollados.23

Suponiendo que se continúa el proceso sin que se presente la catástrofe, entonces ¿cuántos recursos que podrían sacar al mundo de su pobreza actual no se estarían desperdiciando? Se considera que si se destinase el 10% de total del despilfarro militar mundial al problema del atraso, los países en desarrollo podrían superar su miseria. Ahora: ¿qué pasaría si esos gastos se emplearan en su totalidad para la liberación total del ser humano? Sobra la respuesta.
En estas condiciones todo cuanto se diga resulta inocente y carente de valor; sin embargo, existe una verdad: que algo marcha mal dentro de este mundo irracional y que hay que corregirlo antes de que sea tarde. Lección brutalmente irónica y magistralmente paradójica es la del momento actual, de la cual América Latina tiene que sacar varias conclusiones. Cabe decir, para no malgastar palabras, que estas deducciones deben partir de las leyes de la necesidad, tomando en cuenta las formas para atenuar el egoísmo desenfrenado del hombre actual:
“Todos los hombres de buena voluntad, mejor dicho, todos los hombres que amen la vida, deben formar un frente unido en favor de la supervivencia, en pro de la continuación de la vida y la civilización. Con todos los progresos técnicos y científicos que el hombre ha hecho, está obligado a resolver el problema del hambre y la pobreza… Hay tiempo todavía para anticiparse al desarrollo histórico próximo y para cambiar su curso. Pero si no actuamos pronto, perderemos la iniciativa y las circunstancias, las instituciones y las armas por nosotros creadas se impondrán y decidirán nuestro destino.”24


1 El Día, febrero 12 de 1969 y marzo 19 de 1969.

2 Ibid., febrero 12 de 1969.

3 El Día, marzo 10 de 1969.

4 Ibid., marzo 9 de 1969.

5 The 1969 World Almanac, p. 131.

6 La cifra dada a conocer por la URSS es más reducida, pero tomando en cuenta la estructura de la economía soviética, numerosas partidas insertadas en otros departamentos ministeriales u organismos descentralizados pueden ser consideradas gastos de defensa. La aproximación de dicha cantidad se hizo en base a las estimadas en 1967 por el Institute for Strategic Studies (Instituto de Estudios Estratégicos) de Londres. Citado en El Día, febrero 9 de 1968.

7 El Día, marzo 23 de 1969.

8 Aproximación del autor.

9 El Día, marzo 23 de 1969.

10 Ídem.

11 Según la Agencia Federal Norteamericana para el Control de los Armamentos y del Desarme. El Día, enero 30 de 1968.

12 Según el Departmento de Estado de los Estados Unidos. El Día, febrero 24 de 1969.

13 Ídem.

14 Según el Institute for Strategic Studies, Londres. El Día, febrero 8 de 1968.

15 El Día, febrero 8 de 1968.

16 Según el informe número 82-963-0 del Senado Norteamericano, con fecha de octubre 9 de 1967. El Día, febrero 8 de 1968.

17 Según el Institute for Strategic Studies, Londres. El Día, febrero 8 de 1968.

18 Véase de Eugene McCarthy, The Limits of Power (Nueva York, 1967).

19 El Senador Barry Goldwater declaró en Washington, ante el Congreso, en defensa de los planes del Pentágono el 15 de abril de 1969: “Estados Unidos debería agradecer al cielo por la existencia de este complejo militar-industrial, que es la burbuja bajo la cual la nación crece y prospera... El complejo militar-industrial es la armadura que se requiere en un mundo desafortunadamente dividido”. Citado en El Día, abril 16 de 1969.

20 El Día, marzo 6 de 1969.

21 Véase de Hedley Bull, The Control of the Arms Race (Nueva York, 1965) y An End to Arms de Walter Millis (Nueva York, 1965).

22 Este desarme psicológico no significa la renuncia a las convicciones políticas y filosóficas, ni al derecho de criticar otros sistemas. Al contrario, fomenta esa crítica y la afirmación de las convicciones propias, porque ellas no estarán teñidas de odio y no serán empleadas para fomentar el espíritu de guerra.

23 Erich Fromm, ¿Podrá sobrevivir el hombre? (Buenos Aires, 1967), pp. 29-30.

24 Fromm, Op. Cit., p. 297.

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