PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

La formación de capitales y la planificación

El análisis anterior desemboca en un problema genérico de los pueblos atrasados: el peligroso círculo vicioso del bajo capital y del bajo ingreso y, en consecuencia, la escasa generación de ahorro interno, lo que algunos han denominado la trampa del bajo ingreso (“low income trap”). En otras palabras, a bajos niveles de capital físico (infraestructura y capacidad productiva) y un crecimiento acelerado de la población, la generación de ingresos es insuficiente para generar los ahorros necesarios para financiar el desarrollo, perpetuándose los bajos ingresos.
Los países subdesarrollados requieren invertir grandes cantidades de capital para salir del círculo vicioso de la pobreza. En América Latina la tasa de formación fija de capital fue de 16.5% del PIB en los 50s, pasando al 20.9% en la de los 60s, mientras que en los países europeos andaban arriba del 20% en ambas décadas.1
La necesidad de incrementar la tasa del ahorro interno y, por tanto, el promedio de las inversiones, se ha convertido en un factor fundamental en la planeación del desarrollo económico. La cuestión, sin embargo, entraña serios problemas, puesto que elevar el volumen de la inversión significa en América Latina necesariamente tener que reordenar la estructura entera de la economía.
Hay naciones de América Latina que apenas invierten para el crecimiento económico. Así, tenemos que durante los años de 1960 a 1969 el promedio de inversión de Bolivia fue del 14% de su producto interno bruto; de Argentina, del 21% del PIB; de Brasil el 16%; de Chile el 21%; de México el 18%, etc. El resultado de esto es el empobrecimiento continuo y la imposibilidad de aumentar la riqueza por habitante.
En cambio, los coeficientes de inversión en las potencias industriales son, al contrario y por supuesto, muy altos. En la República Federal Alemana fueron en el mismo lapso (1960-69) del 26% de su producto interno bruto; Holanda, del 24%; Francia, del 21%; en promedio los miembros de la Comunidad Económica Europea tuvieron un coeficiente de inversión del 22%. Además, recuérdese que estos pueblos tienen un incremento demográfico muy reducido –esto es, del 0.8% frente al 3% global de América Latina.
Lo anterior demuestra que es necesario aumentar las tasas de ahorro y de inversión de los bajísimos niveles que oscilan entre el 5% y el 8% del producto bruto de la región, a por lo menos un 20% o un 25%.2
No estaría de más mencionar el consumo irracional, es decir, el consumo suntuario y ostentoso, el cual representa un derroche y despilfarro de capital. Si se pudiera canalizar una fracción de dicho gasto a la inversión en mejorar y expandir la infraestructura y la capacidad productiva, los países y poblaciones de la región se beneficiarían inmediatamente. Raúl Prebisch lo ha demostrado con suavidad, pero sin escape posible:
“Los estratos superiores que constituyen más o menos el 5% de la población latinoamericana tienen casi los tres décimos del consumo personal total.
“En el otro extremo social el 50% de la población apenas consume dos décimos de ese total. Y entre ambos grupos, los estratos medios, que abarcan alrededor del 45% de la población, poseen aproximadamente la mitad restante del consumo total.”3
En esta impresionante desproporción en el consumo y añadiendo el ingreso que las capas altas transfieren al exterior para inversiones y atesoramiento, existe una dilatada potencialidad de ahorro que permitiría elevar intensamente el volumen de inversiones e impulsar el ritmo de crecimiento económico.
Para comprobar esto Paúl Prebisch añade:
“Si se redujese el consumo de los estratos superiores en forma tal que no excediese 11 veces al consumo de los inferiores, se podría pasar de una tasa de 1% anual de crecimiento del ingreso por habitante a una tasa de 3%; y si redujese la diferencia a 9 veces, la tasa ascendería al 4% anual y por habitante.”4
A esto suele llamarse revolución.
Todo esto plantea la necesidad de llevar a cabo una reasignación del ingreso al ahorro y a fines productivos. ¿Cómo se puede lograr esto? A través de una reforma fiscal que comprenda los dos lados de la moneda: el ingreso y el gasto público. Esto es una reforma hacendaria integral que considere la captación impositiva y la orientación del gasto e inversión pública. Se requiere un sistema fiscal acorde con las necesidades de crecimiento sostenido y distribución equitativa del ingreso.
Una economía de mercado es inherentemente inestable, sujeta a fluctuaciones abruptas y a ciclos de corto, mediano y largo plazo. Un buen sistema fiscal le brinda estabilidad y certidumbre para que: a) el país pueda competir, b) las empresas puedan producir y generar empleos, c) las personas tengan ingresos dignos y d) haya estabilidad de precios. La meta de cualquier gobierno democrático es mejorar y defender el bienestar económico de su población, por lo que tratará de introducir las políticas e instrumentos fiscales necesarios para remover los obstáculos y lastres al crecimiento económico sostenido.
La reforma fiscal integral debe enmarcarse en un plan económico nacional que abarque todos los sectores, los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) y los tres órdenes de gobierno (ejecutivo, legislativo y judicial). El plan debe tomar en cuenta los fenómenos económicos resultantes del trato entre los países de América Latina y las naciones desarrolladas y enfocar la atención a los intereses comunes de Latinoamérica –es decir, hacia la integración económica– y la única forma para lograr esto es mediante la vigorosa intervención de los gobiernos, mediante reformas estructurales.
El instrumental que permita satisfacer la meta indispensable de una acumulación de capital acelerada para romper del circulo vicioso de la pobreza, debe responder a un diagnóstico de la situación actual de cada país, del estado de la concentración de la riqueza, de la utilización de los recursos productivos y principalmente los potenciales; marcar alternativas para la utilización óptima de dichos recursos; debe “señalar en forma clara y precisa la participación y responsabilidad de los diferentes sectores productivos de la economía y sus interrelaciones para alcanzar el objetivo deseado”.5
La planificación del desarrollo y el mejoramiento de los niveles de vida de los pueblos atrasados se plantean en la actualidad como problemas políticos, que se deben analizar dentro del panorama actual; esto es, las posibilidades de superar la creciente brecha entre las “tenencias” y las “carencias”.6 Esta realidad básica tiene dos facetas fundamentales: por un lado el impresionante crecimiento de la capacidad productiva en algunos países y, consecuentemente, de la riqueza y el poderío como resultado del avance de la ciencia y la tecnología; por el otro, la gran dualidad existente entre el elenco de países ricos y poderosos y los subdesarrollados. Esta dicotomía tiende a ampliarse y de hecho así ha sucedido.7
Es imposible permitir el libre juego de las fuerzas económicas, sociales y políticas, pues únicamente convertirán en más fuertes a las potencias industriales, mientras que las naciones atrasadas se sumirían más en la miseria. La forma de impedirlo, aunque sea en parte, es la planeación dirigida hacia la integración económica de los países indoibéricos. Es muy difícil salir del área de influencia a la cual pertenece América Latina, pero se puede lograr un desarrollo básicamente independiente si se mueven los resortes de la planeación y la integración en forma apropiada.
El problema no es tan sencillo. Es bastante más amplio y complejo pero proviene de un mismo fondo: las disparidades económicas y sociales del mundo actual que trascienden al trato entre las naciones y dentro de los mismos países. Comprendiendo esta verdad, se podrán tomar medidas para acortar el camino del desarrollo y éstas no pueden ser otras que un plan económico racional tendiente a un latinoamericanismo económico.
Los intentos de planificación en América Latina se puede afirmar que se iniciaron en 1961, en Punta del Este, Uruguay, en la conferencia de mandatarios de América. Los beneficios de la planificación se propusieron en esta reunión, ante los progresos del empleo de la llamada planificación “indicativa” en Europa Occidental y, sobre todo, porque el triunfo de la revolución cubana presionaba a hacer algo para mejorar las condiciones de las masas y de esta manera evitar otro posible estallido revolucionario. Al margen de ello, estuvo también presente el reconocimiento general de que el mecanismo tradicional de los precios era incapaz de impulsar el desarrollo económico con la rapidez necesaria.
Estos planes de desarrollo debían servir para cuantificar, jerarquizar y coordinar los objetivos fundamentales, para obtener mayor ayuda financiera externa, armonizar los esfuerzos nacionales a escala continental, etc. A pesar de esto, la práctica de la planificación en América Latina ha dejado, desde un principio, mucho que desear. Lo que pareció fácil en aquel entonces se convirtió en una teoría de muy difícil aplicación a la realidad. A tal efecto dice Alonso Aguilar Monteverde:
“No existían planes integrales sino meros programas de inversión pública; algunos planes partían de proyectos concretos y de intentos de programación sectorial; no siempre se precisaba la forma en que habrían de financiarse las inversiones; faltaba claridad y precisión en las metas y mecanismos para seguir la pista al cumplimiento o, en su caso, incumplimiento del plan.”8
De ello se saca que la planificación latinoamericana ha sido ineficaz para atenuar los efectos del atraso y para lograr mayor fuerza política. Ha sido incapaz hasta la fecha por qué no ha tendido a modificar las estructuras económicas inestables y dependientes, llevar a cabo la reforma agraria integral, etc. Parece ser que únicamente fueron programaciones, en lugar de planes y “con el objeto manifiesto de negociar créditos exteriores”.9
De acuerdo con lo antes dicho, para que la planificación tenga éxito, debe involucrar la máxima iniciativa y la mayor participación de todo el pueblo de cada país, esto es, necesita de la aceptación de la mayoría de los sectores donde se va a aplicar con carácter obligatorio. Se precisa su vigilancia real en cada etapa del proceso de producción y distribución de bienes y servicios y su capacidad para hacer las correcciones necesarias y –lo más fundamental– ha menester lograr que se produzca el cambio ya impostergable de la situación actual.
Los latinoamericanos deben pugnar para que se lleven a cabo las reformas estructurales, porque la riqueza que su trabajo hace posible sea para beneficio de todos los que la generan y no esperar recibir muestras de altruismo de una minoría que monopoliza los recursos de la sociedad. Es imperativo exigir el derecho a un sistema de oportunidades similares. Sólo se disminuirán los grandes males latinoamericanos del hambre, el bajo nivel educativo, la insuficiente capacitación de la mano de obra, del desperdicio de tiempo y de recursos escasos, mejorando la gobernabilidad y evitando las inversiones extranjeras leoninas, las innecesarias, las necesarias pero excesivamente costosas, las improductivas por largos períodos, con elevados gastos en divisas por falta de sincronización en su formulación, ejecución y puesta en marcha; y la acaparación del ingreso y del consumo. Lo anterior deberá estar comprendido en el marco de planes regionales bien meditados y coordinados dentro del plan nacional de desarrollo, que obedezca en última instancia a un plan general de América Latina tendiente a la integración económica total, a un banco central y a una moneda única.
Semejantes planes y metas requerirán de disciplina, dinamismo en las regiones y en los países, audacia en materia social, racionalización en el uso de los recursos y de los medios, pero sobre todo: voluntad política. Estas son algunas de las exigencias a que deberán responder los gobiernos latinoamericanos y que se les deben de recordar obstinadamente. La historia juzgará a cada gobierno de la región en torno al objetivo de la integración total como el medio más factible para lograr el mejoramiento sostenido del bienestar latinoamericano.


1 Datos de Oxford University, “The Montevideo-Oxford Latin American Economic History Database”.

2 La Unión Soviética implantó la política que se llamó de “cinturón apretado”, en la cual todos pasaron algo de hambre durante el tiempo que llevó al país a desarrollarse, mientras que el producto nacional bruto se reinvertía, en vez de que se lo comiera la gente.

3 Citado en El Día, noviembre 4 de 1968.

4 Ídem.

5 Alfredo Navarrete, “La planeación regional”, conferencia dada en las Jornadas Industriales en Guadalajara, Jalisco, agosto 12 de 1967.

6 Términos empleados por Ignacy Sachs en Obstáculos al desarrollo y planificación (México, 1967), p. 13, provenientes del inglés, the haves and the have nots.

7 Ver de Jawarharlal Nehru, “India Today and Tomorrow”. AICC Economic Review (marzo 15 de 1959).

8 Alonso Aguilar Monteverde, Teoría y política del desarrollo latinoamericano (México, 1967), p. 197.

9 Ídem.

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