PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

Las dictaduras y el absurdo

En América Latina, entre 1962 y 1968, once gobiernos legalmente constituidos han sido derribados por golpes de estado militares. Las declaraciones “revolucionarias” de los golpistas, tanto en Brasil y Perú como en la República Argentina, son similares; algunos atacan a los regímenes anteriores de incapaces para solucionar los problemas de la economía y otros los califican de gobiernos vendidos al comunismo. Empero, la mayoría obedecen a dos factores principales: los intereses de los Estados Unidos, estructuras institucionales débiles y la desarticulación de la economía interna. De esta manera los golpes de estado pasan a ser el círculo concéntrico de la ley del más fuerte, en una sociedad que no busca soluciones profundas, sino de respeto a las áreas del poder.
El vínculo que ha unido a los EE. UU. con los militares latinoamericanos ha sido que a ojos de los norteamericanos el sector o grupo que parece más coherente a sus intereses, en la sociedad marginalizada iberoamericana, ha sido el ejército.
A nadie escapa el hecho de que uno de los obstáculos a la superación del atraso latinoamericano son las dictaduras militares. En efecto, son los militares quienes principalmente están en contra de los principios de crecimiento económico, justicia social y libertad humana. Desde este punto de vista, no existe diferencia alguna entre la dictadura y el absurdo. Ambos términos podrían combinarse para expresar un solo concepto: el disparate económico y social. La dictadura militar latinoamericana es un régimen político que se caracteriza por la absorción de todos los poderes por una persona, grupo o minoría y por el establecimiento del despotismo en sus diversas formas, contra la voluntad del pueblo gobernado.
Claro, ha habido y hay dictaduras de militares con tendencias nacionalistas, como fue el caso de Perón en Argentina y del Presidente del Perú, General Juan Velasco Alvarado. Sin embargo, ello no quiere decir que las grandes líneas generales no manifiestan esas características.
En la interesante década de los 60, la situación de los pueblos bajo las dictaduras militares se hace insostenible. Los grupos de derecha, insatisfechos del golpe de fuerza dado, quieren más y más, acentuando así el espíritu intervencionista de las facciones ultra, como fue el caso del Brasil.
Las dictaduras militares no resuelven ningún problema, sino que los agudizan, como ha demostrado dramáticamente la experiencia en los últimos años. A los temas sociales y políticos artificialmente congelados ha venido a sumarse algo más serio: la crisis con la Iglesia, crisis que ha deparado ya la confrontación entre algunos sacerdotes con el gobierno. Este hecho es revelador de la pésima situación de la región, pues las clases oligárquicas y monopolísticas estaban habituadas, por una larga e infortunada tradición de complacencia recíproca, a considerar la religión y sus autoridades como un factor más del poder temporal, del poder establecido, del poder absoluto y del “Derecho Divino”. Este cambio es incitador y tremendo, pues no hay duda de la gran influencia de la fe en América Latina, cuya población constituye el mayor grupo de católicos en el mundo.
Volviendo al absurdo de los dictadores militares, tomemos el caso de Brasil, que llama la atención pues el General Costa e Silva, militar incondicional de los Estados Unidos, se proclamó el “Jefe Supremo de Brasil por derecho y de hecho” y luego agregó “no consentiré nunca que se me prive de esa prerrogativa”.1 Este señor busca exclusivamente su beneficio, a través del poder. Sus limitaciones mentales lo llevan a hacer esas declaraciones que corresponden, por su jerga, a la época medioeval. Es ilógico pensar que gentes así puedan existir en el siglo XX, empero estas personas no van de acuerdo a la lógica, se mueven por impulsos y por bajos sentimientos.
Otro aspecto grave de la situación brasileña es la actuación de los Estados Unidos o, por lo menos, de sus estructuras diplomáticas y de “inteligencia”. Exigen más apoyo a su política internacional, propugnan planes de penetración ideológica en las universidades, etc. Todo el mundo está hoy de acuerdo en que el golpe militar del Brasil contó con el favor tácito de la embajada de Estados Unidos, aunque es justo reconocer que la incapacidad de Goulart y de otros gobernantes pseudo-democráticos facilitó las cosas.
En el conjunto latinoamericano (con sus claras excepciones, México, Costa Rica y Chile a la cabeza) el problema de las dictaduras se agrava, pues aparte de lo ya dicho, tampoco los Estados Unidos tienen y quieren –al menos así parece– una política de alternativa. La asistencia económica no contribuye a aligerar la carga de la mayoría de la población porque, en situaciones críticas, esa ayuda desaparece y se drena por numerosos canales. Algunos estudiosos de la materia han notado que la ayuda económica va de la mano de las prácticas antidemocráticas.
Los diplomáticos estadounidenses, ante las acusaciones de debilidad a los dictadores por la ultra derecha, pierden aparentemente el hilo del asunto y se ven forzados a transigir con los nuevos y cada vez más fuertes pretorianos quienes –a su vez– fuerzan al jefe de estado a nuevas leyes de excepción que, como es lógico, tampoco resuelven nada y, en cambio, sí empeoran las condiciones.
Lo esencial de la dictadura militar no reside en el grado militar, aun cuando de allí derivan sus características y su incapacidad. La esencia reside en el entreguismo integral a los intereses foráneos, a los planes de la metrópoli y a su obediencia ciega no a las leyes de su patria, ni aunque sean normas militares, sino a las órdenes impartidas desde fuera y, en muchos casos –tal es el rodaje consubstancial– ni siquiera dictadas en forma expresa sino presupuestas. El dictador, frente a sus amos, es más papista que el papa. A esas adivinaciones corresponden los excesos de servilismo que algunas veces, por escandalosos, disgustan a los jefes.
En la dictadura de carácter militar se persigue a la inteligencia y a la cultura. Se presentan subproductos como el envío del ejército brasileño a la República Dominicana para que junto al de Estados Unidos se detenga la evolución socioeconómica de esa nación, mientras se convive con la dominación chorreante de sangre de “Papá Doc”, el rey de los “tonton macoutes”, que es “occidental y cristiano”.
Los militares latinoamericanos no hacen otra cosa que seguir la curva dialéctica de las dictaduras sin ideología propia, nacidas sólo por la presión de los sectores oligárquicos, para los cuales la única plataforma socioeconómica y política es la conservación de sus privilegios –cosa, por supuesto, infinitamente insuficiente.
Dentro de este contexto político, América Latina necesita sacudirse a estos “pseudo-gobernantes”, mediante una unión progresiva y constante de sus naciones y de sus idearios. Esto permitirá, en forma dialéctica, aumentar los valores que, en última instancia, determinan el poder de confrontación política, para liberar el crecimiento económico de la dependencia externa y obtener las máximas ventajas que deparan las coyunturas históricas que en los años 60 se están presentando o gestando.


1 Declaración hecha en Río de Janeiro, diciembre 16 de 1968. Citado en El Día, diciembre 17 de 1968.

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