PLANTEAMIENTO DE LA NECESIDAD DEL CAMBIO ESTRUCTURAL EN AMÉRICA LATINA

Luis Gutiérrez Santos

A dormir El crecimiento económico y el crecimiento demográfico

América Latina presenta una de las más rápidas aceleraciones demográficas que haya conocido la historia de la humanidad. En efecto, la tasa de incremento anual de la región parece fluctuar alrededor del 3% –es decir, un promedio muy superior al de Europa Occidental, que se limita sólo al 0.8%.
No existe ninguna duda de que esta explosión demográfica estrangula muchas posibilidades de mejorar el nivel de vida de las grandes mayorías de América Latina. Tampoco hay que perder de vista que una región que crece demográficamente al ritmo del 3% doblará su población en 23 años. Así, se calcula que para el año 2001 esta zona contará con poco más de 600 millones de habitantes y con un crecimiento demográfico de 12 millones de seres humanos por año.1 Latinoamérica, bajo las condiciones actuales, no está preparada para afrontar las graves contingencias que, le depara el futuro y si las cosas no cambian, se encontrará en plena crisis, sin posibilidad alguna de organizarse en forma justa y eficiente y peligrosamente invertebrada,
Calculando que –increíblemente– sólo la mitad de la población tendrá, a principios del siglo XXI, estándares de vida suficientes para cubrir sus necesidades, entonces 300 millones de latinoamericanos vivirán en una situación bastante precaria, pues habrá que darles empleo, creando nuevas fuentes de trabajo, lo cual, a ese ritmo de crecimiento poblacional y bajo el statu quo actual, (es sencillamente imposible.
Se considera que para 1970, la población mundial será de 3,600 millones y la fuerza de trabajo de uno, 1,510 millones. Consecuentemente, se esperará que más de 280 millones de personas se incorporen al trabajo activo: 226 millones en las regiones menos desarrolladas y 56 millones en las industrializadas. En cuanto a los, países atrasados, este incremento se distribuye en la siguiente forma: 173 millones en Asia, 32 en África y 29 millones en América Latina. En lo que corresponde a Latinoamérica, habrá un subempleo de alrededor del 45% de la población activa en 1970. Esos trabajadores con sus familias representarán, cuando menos, 127 millones de personas de las 283.3 millones que se calculan para 1970.2
Aun cuando lo anterior es rigurosa y dramáticamente cierto, vale la pena tomar en cuenta otro dato esencial: que cuando se crecía a un nivel demográfico mucho más bajo y las endemias y las enfermedades asolaban al Tercer Mundo, tampoco se había logrado el desarrollo, porque esa perspectiva de cambio no había sido contemplada por las clases dominantes nacionales o por los grupos monopolísticos extranjeros. Al contrario, el dilema entre crecimiento económico y crecimiento demográfico ha comenzado a ser el resultado de la indiferencia de las élites directivas de los países del mundo para tomar conciencia de que la marginalización y el hambre de grandes conglomerados nacionales o internacionales era una injusticia intolerable. La hipótesis de que el problema se solucionaría con obtener un decrecimiento de la tasa poblacional se ha convertido, por tanto, en una panacea que parece disculpar de otros esfuerzos.
Las ideas neomalthusianas han vuelto a cobrar auge en la década en curso; sus partidarios propugnan el control masivo de la natalidad, aplicado mediante la coacción moral y material a los pueblos subdesarrollados, como sucedáneo de las medidas verdaderamente profundas que se requieren para dar solución a los problemas del desarrollo. Estos adeptos, miembros de los países de alto poder económico y político y de las clases que detentan el poder en el seno de cada país, están asustados de que las mayorías adquieran conciencia de, su situación real. Se percatan de que los pueblos subdesarrollados o en desarrollo de Asia, África y América Latina crecen a una velocidad asombrosa y que ese mismo crecimiento, al complicar los problemas materiales, incrementa las posibilidades de que esa masa desesperada exija un trato equitativo y más justo en otra forma que débiles favores, cansada de esperar inútilmente que sus problemas sean resueltos.
La ceguera que impide apreciar soluciones justas al problema como son la mejor distribución de los ingresos, el aumento de la producción de alimentos mediante técnicas y recursos que hoy se aplican a perfeccionar los medios de destrucción, etc., tiene su origen en la codicia de los que todo lo tienen y que quieren aún más, sin importarles si con ello hunden en la miseria a otros pueblos menos favorecidos.3
No alterando la importancia que tiene en sí la explotación demográfica, conviene que también se tome en cuenta otro hecho: el desarrollo puede establecerse sobre un área con fuerte densidad demográfica por kilómetro cuadrado y no sólo al contrario. Partiendo desde este punto de vista, América Latina sigue siendo, todavía un continente vacío, con alrededor de 11 personas por kilómetro cuadrado en tanto que la densidad es superior a los 250 habitantes por kilómetro cuadrado en la República Federal Alemana y en Japón y aún mayor en otras áreas industriales europeas. La densidad nacional por kilómetro cuadrado de los países latinoamericanos, aunque tienen un enorme promedio demográfico, sigue siendo mínima: 8.3 en Argentina; 3.5 en Bolivia: 10.2 en el Brasil; 16.8 en Colombia; 29.7 en Chile.
Los países latinoamericanos se encuentran, por tanto, ante dos vertientes del problema que conviene, examinar en un mismo plano y no como hechos absolutamente aislados. Hay países desarrollados con altas densidades y con bajas. Las naciones europeas y Japón de elevada densidad de población por kilómetro cuadrado tienen una larga historia como naciones que les ha permitido consolidar las bases institucionales y culturales indispensables para el desarrollo. Los nuevos países de coeficientes semejantes a los latinoamericanos: Australia y Nueva Zelandia, con poco menos de dos personas por kilómetro cuadrado; Estados Unidos y Canadá, con 22 y 3 personas por kilómetro cuadrado, respectivamente,4 también tuvieron una historia, aunque más corta que los países de Europa y Japón, que les permitió una unión cultural de identidad y adoptar modelos europeos de desarrollo sin los lastres históricos con los que tuvieron que lidiar los europeos y japoneses, permitiéndoles un desarrollo más acelerado.
El desarrollo económico no está en contradicción con el crecimiento demográfico; es más, se presenta como un problema que tiene forzosamente que resolverse aprovechando sus lados positivos: el capital humano (que debe ser utilizado y transformado para su completa y total capacidad) y la expansión real por territorios cuyos recursos y posibilidades no han sido explotados adecuadamente. En la región latinoamericana existe una relación favorable de hombre a recursos y una dilatada capacidad potencial de absorción de mayor población y fuerza de trabajo.
El problema demográfico existe, pero no en contradicción abierta con el desenvolvimiento económico. El aumento acelerado de los nacimientos disminuye la significación de muchos indicadores que podrían ser relativamente satisfactorios en su apreciación absoluta. En esta forma se puede asegurar categóricamente que la alta tasa de crecimiento obliga a un desarrollo más rápido que en el pasado.
En América Latina sólo el 33% de la población integra la clase trabajadora; en cambio, en los pueblos desarrollados esa cifra asciende a un 45%. En el caso de México, sólo el 29% de la población forma la fuerza de trabajo. Del total de dicha fuerza en los países atrasados, un gran porcentaje se dedica a las actividades primarias (especialmente la agricultura) y a los servicios no calificados o primitivos, tales como criados, boleros, mariachis, ciertos burócratas, vendedores ambulantes, cuidadores de coches, etc.
De todas maneras, lo que se trata de evidenciar en este apartado es que el crecimiento demográfico no cierra el camino a un desarrollo económico estable. En cambio, sí agudiza un desarrollo no equilibrado ni sostenido. El problema de la explotación demográfica es un síntoma de fenómenos económicos y sociales más complicados y no la causa de ellos. El incremento poblacional no origina el subdesarrollo, sino al revés: la miseria y la ignorancia provocan la explosión demográfica. “Una de las razones para la crecida natalidad del Tercer Mundo es el costo relativamente bajo del individuo. Esto permite que; no existan grandes exigencias sanitarias ni posibilidades; de una educación sólida y completa y por tanto, costosas”.5
En América Latina el hecho de que la juventud predomine en la población es resultado de las altas tasas; de crecimiento demográfico. Se calcula que del total de la población el 40% es menor de 15 años. Esta parte de los habitantes es la que sufre en términos reales el hambre, la insalubridad, la falta de educación, etc., ello debido a las injusticias internacionales y nacionales, a la dicotomía económica basada, además, en la tiranía sostenida por la fuerza, en el temor a las nuevas inversiones y a la tibieza en el proceso del desarrollo industrial ante presiones internacionales.


1 Naciones Unidas, Perspectivas de la población mundial ( 1967) , p. 142.

2 Cálculos del autor en base a datos tomados de Perspectivas de la población mundial, p. 142.

3 Había codicia en los intereses de los une Malthus se convirtió en defensor: aquéllos que ante la desocupación provocada por la revolución industrial no veían otro camino que limitar la posibilidad de que los ejércitos de proletarios siguieran creciendo ilimitadamente. Un stock razonable de mano de obra les parecía conveniente, pues millones de seres humanos hundidos en el hambre y la desesperación eran material inflamable que ponía en peligro las ganancias, elevadas gracias a la introducción de los últimos descubrimientos técnicos y la estructura misma de aquella sociedad cada vez más feliz y próspera en sus capas altas.

4 Perspectivas de la población mundial, p. 26.

5 Y. Lacoste, Los países subdesarrollados, citado en El Día, abril 4 de 1969.

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