MUJERES EN EL MEDIO RURAL: CONFLICTOS TRADICIONALES, PRÁCTICAS EMERGENTES Y HORIZONTES

Irma Lorena Acosta Reveles (Coord.)

IV. No es lo mismo ser papá y mamá, que sólo mamá

En este apartado se presentan los resultados de la investigación de campo referentes a las condiciones familiares de las mujeres de migrantes, se describe cómo la mujer se hace cargo de su familia ante la ausencia de éste y cuáles son las modificaciones de sus roles, así como el grado de autonomía que ejercen y cómo viven el proceso de reintegración del migrante y la partida de los hijos a Estados Unidos.

a) Condiciones previas a la migración

Antes del fenómeno migratorio de los esposos y a excepción del caso de Carmen, las familias de las entrevistadas eran hogares nucleares con hijos, mientras que el de Carmen era extenso, ya que vivían con sus suegros y en esa casa convivían tres generaciones, los nietos, el hijo y su esposa con los abuelos.
Se podría decir que el caso de Carmen es particular, ya que las demás entrevistadas tenían 10, 12, 14 y 16 años de casadas al momento de la primer partida de su esposo y ella sólo tenía dos años de vivir con él, no se habían casado. Los hijos mayores de todas las entrevistadas se encontraron en la adolescencia.

b) Mujeres de madera y acero

Al partir el esposo, algunas de las entrevistadas además de tomar las riendas de su familia en la comunidad, también tuvieron que lidiar con el malestar de su familia o la de su esposo por la partida de éste, sin mencionar su postura ante dicha actividad migratoria, fuera por “el temor de que algo malo le ocurriera” o el miedo a que decidiera no regresar al encontrar en Estados Unidos a otra mujer.
Aurora durante la entrevista mencionó que “le daba miedo que al llegar allá se olvidara de sus hijos y de ella” y por eso no estuvo de acuerdo con la partida de su esposo, quien durante un mes valoró la posibilidad de irse y tomó la decisión sin consultarla. Por otra parte, Aurora no tuvo el apoyo de su familia mientras su esposo estaba en el Norte porque no viven en la comunidad, en contraste se sintió “cobijada” por sus suegros.
Su suegra, en ocasiones se iba a dormir a su casa para hacerles compañía y Aurora veía esto con agrado, pues no se sentía tan sola; sin embargo también señaló que a veces sólo la acobardaba más, pues terminaban las dos juntas llorando la ausencia del migrante.
Para Carmen, era positiva la partida de su esposa, pues anhelaban mejorar sus condiciones económicas, tener una casa propia y adquirir un vehículo, esas eran sus expectativas y durante seis meses estuvieron platicando el tema hasta que tomaron juntos la decisión de que el esposo migraría. A pesar de vivir en casa de sus suegros, ella indicó que en realidad no tenía su apoyo, “su cuñada y su suegra eran malas con sus hijos y tal vez podía soportar el mal trato hacia ella; pero le molestaba mucho que no se portaran bien con sus hijos”, por ello, al morir sus padres, su esposo le dijo que se mudara a esa casa y cuidara también de sus hermanos huérfanos.
Después de 3 años, Carmen sintió un poco más de libertad, al no tener que estarle pidiendo parecer a sus suegros por cada cosa que hacía, ya que al mudarse a casa de sus padres sintió que en ese momento se había adueñado de un espacio propio, a pesar de no tener las escrituras a su nombre.
En contraste, el esposo de Dolores tomó la decisión en una semana, aunque ella relató que había sido de común acuerdo, pues ambos deseaban mejorar sus condiciones económicas; a pesar de ello aceptó que en el fondo tenía miedo de que no regresara y tampoco se sintió apoyada, pues su familia estaba en Estados Unidos y sus suegros nunca la aceptaron.
Por su parte, para Emilia las cosas fueron más simples, ella estaba convencida por completo de que era buena la migración de su marido aún cuando él no se lo consultó, ni tuvieron mucho tiempo para platicarlo, ya que un día llegaron por la mañana a invitarlo al Norte, por la tarde estaba haciendo la maleta y en la noche se estaba despidiendo porque ya se marchaba.
El apoyo que recibió al estar sola con sus hijos fue de su familia, ya que sus suegros, a pesar de tener los medios, siempre le cobraban los favores a su esposo en cuanto hablaban con él, entonces prefería no pedirles nada.
Quien no sabía qué era lo que había ocurrido al inicio fue Flor, porque su esposo sólo le avisó que iba a Zacatecas y no regresó, hasta después de unos días se comunicó con ella para decirle que ya estaba en Estados Unidos, por ende todos, tanto su familia como su suegro estaban molestos por la forma de irse, por lo mismo no recibió apoyo de parte de su familia política,  pues al estar tan enojados por lo que había hecho él se alejó e incluso intentó separar a Flor de su esposo.
Al respecto mencionó que uno de sus hijos había ido a ver a su abuelo y le comentó que su padre le enviaba saludos, el abuelo lo único que le dijo fue “para qué me manda saludar, no quiero saber nada de él, lo que en verdad quiero es que se quede allá y no regrese”.

1. La ausencia masculina y el rol femenino

La mayoría de los esposos de las entrevistadas viajó a Estados Unidos en dos ocasiones, a excepción del de Flor quien sólo lo hizo una vez y el de Dolores, quien migró en 4 ocasiones.
La variación de las emigraciones abarca desde los 6 meses a los 3 años sin regresar a la comunidad de origen y a causa del fenómeno migratorio no se modificaron las estructuras familiares, sólo en el caso de Carmen que a los tres años se fue a vivir con sus hermanos al quedar huérfanos.
Por lo anterior, se puede decir que las demás entrevistadas conservaron su estructura de familia nuclear, sólo cambió de manera relativa la jefatura, al dejar de ser masculina y volverse femenina, aunque fuese limitada, ya que al preguntarles quién era la persona que tomaba las decisiones, señalaron que en primer instancia ellas, aunque le tomaban parecer o le daban un reporte a su esposo.
En cuanto a la modificación de las tareas desempeñadas, quienes tenían esposo con tierras o animales tuvieron que hacerse cargo de ello mientras regresaba su marido, estar pendiente de los ciclos agrícolas y de manera similar con los animales, llevarlos a pastorear y proveerlos de agua, además de continuar con sus labores domésticas y cuidado de sus hijos.
Para Carmen, la migración de su esposo no tuvo en realidad un efecto secundario en cuanto a sus actividades, dijo que seguían igual, ya que sólo se hacía cargo de sus hijos, “la cuestión era que sentía toda la responsabilidad de ellos y la angustia que uno estaba muy delicado”.
Uno de los comentarios de Dolores fue que el cambio experimentado radicaba en que ahora tenía toda la responsabilidad de sus hijos y del cuidado de sus tierras. En ese sentido, Flor dijo que “era más compromiso, por hacerle de papá y de mamá, pues no era lo mismo ser sólo mamá, porque ahora además tenía que hacerse cargo de los animales de su esposo”. Lo mismo para Aurora, su vida diaria en ausencia de su esposo “era preocupante, pues tenía que estar pendiente de todo”.
Para las entrevistadas, las ausencias de sus maridos también eran pesadas por las suspicacias y chismes generados en la comunidad, aunado a las ideas de algunas de sus suegras de que buscarían otro hombre para reemplazar a su esposo ausente, por ello todas sin excepción procuraban que al salir de la comunidad las acompañara alguno de sus hijos mayores, como garantía de su buen comportamiento.
Las únicas que además eran acompañadas por sus suegras fueron Carmen, pues creían que tenía otra pareja, que a decir de la entrevistada no era cierto y Aurora, quien se sentía cómoda con la presencia de ella, pues llevaban una relación cordial y “era mejor andar las dos, ella me acompañaba”.

2. Comunicación

El ámbito de la comunicación con el esposo migrante fue considerado como bueno por la mayoría de las entrevistadas, la única que indicó que le parecía que había sido regular fue Aurora y precisó que lo consideraba así por el hecho de tener que caminar dos horas para llegar a la comunidad de Santa Teresa para utilizar el teléfono que ahí estaba.
Los medios utilizados fueron las cartas y las llamadas telefónicas. Aurora utilizaba las primeras como complemento, pues le incomodaba el estar hablando con su esposo y que las personas que estaban en la caseta haciendo fila para llamar a Estados Unidos escucharan sus conversaciones. En contraste Flor sólo utilizaba las cartas, las cuales las recibía cada quince días o una vez al mes, frecuencia con la que se comunicaban con su marido Dolores y Emilia, mientras que Carmen y Aurora procuraban que fuera cada semana o dos veces por mes.
Los sentimientos al comunicarse eran encontrados para todas las entrevistadas, por una parte la alegría de saber de él, de sentirlo cerca aunque fuera por unos instantes y por el otro la incertidumbre de cuándo podrían tenerlo cerca; preferían verlo a sólo escuchar su voz o leer sus cartas, además del temor a que jamás regresara; por ejemplo a Flor le decían que: “las mujeres de allá son muy fáciles, amarran a los hombres y ya no los dejan volver a casa”.
Las entrevistadas que afirmaron que al hablar con su esposo sentían que podían expresarse libremente con él fueron Carmen y Emilia, la diferencia del resto era que ellas hablaban con su pareja desde la privacidad de su casa y precisamente esa condición era la que hubieran deseado las demás, pues al ir a la caseta, en primera tenían que esperar su turno y después hacerse a la idea de que todas las personas presentes escuchaban sus pláticas.
Los hijos era el tema central de sus conversaciones, cómo estaban, qué les hacía falta; en seguida podía ser su relación o el uso de las remesas, ya fuera que la mujer le rindiera cuentas o que le solicitara recursos a su esposo para algo específico, o en su defecto que él le girara instrucciones sobre alguna de sus propiedades o las siembras.
De acuerdo a las entrevistadas, jamás le ocultaron información a su esposo, ya que afirmaron que le decían todo lo que ocurría en su familia, fueran cosas buenas o malas; por ejemplo, Aurora llegó a contarle que la estaban difamando y había sido acusada de adúltera, para que él no pensara mal de ella y supiera cómo estaban las cosas en Minillas.

 

3. La decisión de los hijos de irse al norte

Gloria, Dolores, Jacinta y Emilia vieron partir a sus hijos hacia Estados Unidos, algunas de ellas no han podido volver a verlos, ya sea porque no han arreglado sus papeles o ellos iniciaron una nueva vida allá.
Los hijos de Gloria se marcharon y en ocasiones le enviaban dinero, explicó que se fueron para mejorar sus condiciones económicas, porque veían que algunos vecinos progresaban al irse a Estados Unidos y cuando regresaban lo hacían con una camioneta. Gerardo fue el primero en partir, lo hizo con amigos y un primo; en la segunda ocasión que emigró se llevó a sus hermanos, el destino fue Florida en todas las ocasiones. César, uno de los hermanos de Gerardo tiene cinco años sin volver a Minillas. Cabe mencionar que su padre durante su soltería fue entre cuatro y cinco veces a Florida.
Las remesas eran enviadas cada 15 días a través de Bancomer. Hoy en día Fernando, su hijo más pequeño es quien le manda dinero y se comunica con ella cada semana, de preferencia los domingos, tiene tres años de haberse marchado y no ha vuelto desde entonces.
En el caso de Jacinta, sus dos hijos se fueron, uno volvió y el otro se quedó allá. Enrique al cumplir 20 años se empleó en el campo en Florida y migró con uno de sus primos. Su madre nunca estuvo de acuerdo con su partida. Los envíos de dinero tardaron un año en llegar, pues primero tuvo que pagar su traslado y con esos recursos Jacinta decidió comprarle a su hijo cosas para su nuevo hogar, pues tenía planeado casarse al regresar; no obstante, tres años después, cuando había ahorrado lo suficiente decidió volver a su comunidad y se encontró con la sorpresa de que su novia estaba por casarse con otra persona. Con el tiempo se casó con alguien más y se estableció en Minillas.
Por su parte, Diego su hermano se marchó a los 22 años, su estancia en la Unión Americana fue de un año, también se fue soltero, con el propósito de ahorrar para casarse. Él tardó medio año en iniciar el envío de remesas y las mandaba cada quince días.
En el caso de Dolores, hace dos años que su hijo se fue a Atlanta, cumplió 24 años, se casó y se marchó. Logró arreglar sus papeles; pero no puede visitarla porque aún está pagando el costo de su legalización.
Uno de los hijos de Emilia, Israel, a los 17 años se fue a Florida para mantener a su familia, pues su padre al tener hemiplejia quedó imposibilitado para ser el sostén de la casa. Lo cruzaron las mismas personas que habían migrado con su padre. Israel tiene ocho años de haberse ido y no ha regresado, porque formó una familia allá y ahora tiene otras responsabilidades que cumplir. El apoyo que brindó a sus padres duró cuatro años; tardó ocho meses el primer envío de remesas y las depositaba cada quince días en Bancomer. La comunicación con su mamá era cada semana.
Por su parte, José, el hermano que le seguía, en su primer intento por cruzar la frontera se perdió por ocho días en el desierto y lo atrapó la patrulla fronteriza. No intentó cruzar de nueva cuenta y por su mala experiencia quedaron desalentados sus demás hermanos. Él ahora vive con su esposa, sus padres y sus hermanos menores y es quien mantiene a sus padres.

c) El reintegro del miembro ausente

“Me sentí aliviada” es una frase que las entrevistadas utilizaron para describir el regreso de sus esposos, pues ya no tenían que llevar a cuestas toda la responsabilidad del hogar y el patrimonio familiar, volvían a compartir esa responsabilidad.
La seguridad que provoca la presencia de los migrantes se puede describir hasta cierto punto con las sonrisas que se dibujaban en los rostros de las entrevistadas y la alegría con la que hablaban de ese momento, la reunión familiar.
Por su parte, Dolores y Emilia también manifestaron que el regreso de sus esposos produjo cierto malestar, sobre todo durante los primeros días, pues ya habían perdido la costumbre de tenerlo en la casa.
La relación de Dolores y su pareja se fue enfriando con el paso del tiempo, incluso meses después de su último retorno a Minillas la dejó para irse con otra mujer.
Para Dolores, su esposo cambió mucho a raíz de sus viajes a Estados Unidos, se sintió abandonada, su reclamo era que antes de emigrar él se preocupaba por su familia, por ella, los procuraba; sin embargo, al volver, el dinero que ganaba se lo gastaba con sus amigos y la mayor parte del tiempo estaba con ellos.
Emilia mencionó que fue incómodo el regreso durante los primeros días, pues ella estaba acostumbrada a establecer sus ritmos y actividades diarias y con la presencia de su marido las cosas eran distintas, pues le pedía que fueran a tal o cual parte y ella tenía que dejar de hacer sus cosas para acompañarlo y al regresar continuar sus labores, las cuales se iban acumulando durante el día. No obstante precisó que al transcurrir de las semanas esa incomodidad inicial desapareció y tenerlo en casa se volvió algo cotidiano.

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Por: Miguel Ángel Sámano Rentería y Ramón Rivera Espinosa. (Coordinadores)

Este libro es producto del trabajo desarrollado por un grupo interdisciplinario de investigadores integrantes del Instituto de Investigaciones Socioambientales, Educativas y Humanísticas para el Medio Rural (IISEHMER).
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