DIVERSIDAD CULTURAL Y MIGRACIÓN. ECONOMÍA, CULTURA, SALUD Y POLÍTICA

María del Carmen Cebada Contreras
Eduardo Fernández

Migración y cambio sociocultural: las relaciones sociales y familiares. María del Carmen Cebada Contreras y Ileana Schmidt Díaz de León

Universidad de Guanajuato Campus León

Resumen

El proceso migratorio de México a Estados Unidos ha sufrido cambios en su composición, patrones y dinámica,  impactando a la vez en las formas de organización familiar y comunal en sus lugares de origen. El interés de esta ponencia es reflexionar el papel que ha jugado este tipo de migración en, o como es influenciada por, las tomas de decisión y formas de relación social y familiar que se establecen entre los migrantes, sus  familias y sus comunidades de origen. En el estado de Guanajuato la emigración hacia Estados Unidos es ya un proceso social e histórico. La reflexión que se hace es con base en lo observado en una comunidad rural del estado de Guanajuato, la cual tiene una  gran tradición migratoria.

La migración como proceso de cambio e interacción social y cultural

La emigración de la población que sale de sus comunidades de origen en el ámbito rural es uno de los fenómenos sociales que, junto con el de urbanización, ha jugado un papel importante en las formas de relacionarse e interactuar de la población, migrante y no migrante, tanto en los lugares de origen como en los lugares de destino. Al menos dos preguntas se hacen presentes en este proceso: ¿Cómo se modifican los vínculos de los migrantes con sus familias y comunidades de origen? y ¿Cómo se vinculan con la sociedad o lugares de llegada?, las que conducen, a su vez, a pensar acerca de la articulación que se da entre aspectos culturales y las diversas formas de integración e interacción social que se van dando durante el proceso migratorio.

Francisco Delich señala al respecto que existe un incremento de la población de origen mexicano (e hispano) en Estados Unidos que sigue manteniendo vínculos con sus familias y comunidades de origen. En las comunidades de origen se observa un descenso de la natalidad, que se suma al envejecimiento de la población y la migración de los jóvenes, lo que redefine el perfil de los problemas de la región y se manifiesta como modificación de sus conductas, división del trabajo y relación de géneros, entre otros impactos significativos (Cfr. Delich 2004:70).
La migración, como proceso social de cambio, altera las tradiciones, las costumbres, los hábitos de consumo, el arraigo al terruño, así como el desarrollo de diversas estrategias y formas de adaptación de la población que está inserta en ella. Asimismo, al carga de significados y sentimiento de pertenencia que portan los hombres y las mujeres migrantes las ponen en juego en los distintos espacios de interacción social y cultural, que dan sentido a los bienes y mensajes que se intercambian. De modo que en las diversas formas de relacionarse en la salida, la llegada, el retorno y en los trayectos, que comprende el proceso migratorio, “coexisten la cultura comunitaria y la cultura como distinción” (García Canclini 2005:14,17). 

Las diversas formas de relación social que se generan en la migración se dan en un contexto de multiculturalidad e interculturalidad, considerados como  dos modos de producción de lo social (García 2005:15). Multiculturalidad supone aceptación de lo heterogéneo, la diversidad de culturas -como una yuxtaposición de etnias o grupos en una ciudad o nación-, subrayando las diferencias y proponiendo políticas relativistas de respeto que a menudo refuerzan la segregación. En cambio, interculturalidad remite a la confrontación y el entrelazamiento, a lo que suceda cuando los grupos entran en relaciones e intercambios; implica que los diferentes son lo que son en relaciones de negociación, conflicto y préstamos recíprocos. (Cfr. García 2005:15).

No obstante, este mismo autor señala que las transformaciones hacen tambalear la multiculturalidad, la coexistencia de grupos en territorios acotados e insuficientes, ante la expansión de mezclas interculturales, se está acabando la distribución estricta de etnias y migrantes en regiones geográficas delimitadas, surge una interculturalidad de pocos límites, a veces agresiva, que desborda las instituciones destinadas a contenerla. De un mundo cultural se pasa a otro intercultural globalizado (Cfr. García 2005:14).

Multiculturalidad e interculturalidad están presentes en los desplazamientos, en los intercambios económicos y en las relaciones que se constituyen durante el proceso migratorio; siendo más notorio en la llegada al lugar de destino en el que deben adaptarse, y en el retorno a la comunidad de origen en donde desarrollan ciertas prácticas1 y tipos de consumo aprendidos en los lugares de destino.
Si bien, en la migración, la ausencia y la separación física y geográfica resaltan, en un primer momento, el debilitamiento de la relaciones familiares e intergeneracionales en el grupo doméstico, y en sus formas de  integración y de participación en la comunidad; en otro momento, se observa que estas relaciones familiares, intergeneracionales y comunitarias son reconstituidas y adaptadas a las nuevas condiciones, e “incorporan incluso elementos culturales que fueron adquiridos por los migrantes en las sociedades de destino y que los portan a su retorno o visita en sus propias comunidades de origen” (Blanco 2000:25). Igualmente, el envío de remesas, que realizan los migrantes con destino a sus familias, es un comportamiento socialmente legítimo. Es un comportamiento económico pero con raíz cultural. El mecanismo es financiero pero la motivación es el ejercicio de un valor, la solidaridad (Delich 2004:68). De manera que la emigración no destruye los lazos familiares, más bien establece un continuum entre el origen y el arribo que obliga a un análisis de las conductas sociales crecientemente transnacional y transdisciplinario. Asimismo, la emigración tampoco resiente la identidad nacional y mantiene inalterables los derechos de la ciudadanía en relación con el Estado-nación (Cfr. Delich 2004:70).
La diferencia es de escala e intensidad. Unos y otros siguen interconectados, no sólo por el dinero sino por mensajes afectivos, información en las dos direcciones, frustraciones y proyectos más o menos comunes (García 2005:18). Asimismo, se considera que la experiencia migratoria que adquieren los hombres y las mujeres migrantes juega a favor o en contra de las formas de organización de la producción, de las estrategias de subsistencia, de las formas de gestión de recursos o de acceso a programas sociales, productivos o de desarrollo comunitario, así como en las relaciones familiares y posición que se guarda en la familia.

Nestor García Canclini hace la siguiente reflexión:

Hasta hace 15 años, las naciones tenían culturas más o menos autocontenidas, con ejes ideológicos definidos y perseverantes, que regían la mayor parte de la organización económica y las costumbres cotidianas. Los migrantes lo procesaban con una matriz nacional de significados. Pero cuando las economías pasaron a depender de un sistema transnacional las fronteras culturales e ideológicas se desvanecen (García 2005:16)

Por su parte Francisco Delich señala que:

La incorporación en el lugar de llegada se caracteriza porque se reproduce la relación social de origen: periféricos en su sociedad de origen, se mantienen periféricos en la sociedad de arribo (Delich 2004:70)

El contenido de estos párrafos nos muestran la complejidad del proceso migratorio en cuanto a los procesos de integración social o adaptación y las distintas estrategias que tienen que desarrollar los migrantes.

Las relaciones familiares y sociales en contexto de Migración internacional

La migración en comunidades rurales sigue siendo uno de los principales recursos dentro de las estrategias de sobrevivencia de las familias campesinas. El envío de remesas desde Estados Unidos se hace por los parientes (el esposo, los hijos, las hijas, hermanos) que emigraron, trabajan y viven allá. El contexto de separación prolongada e indefinida ha llevado a la redefinición de sus relaciones familiares, tanto con los que se van como entre los que se quedan. En el ámbito de la comunidad también se hace notorio este proceso de emigración-retorno de la gente en la modificación de los patrones demográficos y composición de la población, siendo característico la pérdida de población económicamente activa. A este respecto Arias (2009:263) señala que “la sobrevivencia rural ya no depende de la propiedad usufructuada o heredada, sino de los logros del trabajo desterritorializado”. Sin embargo, ante esta situación los grupos domésticos y las comunidades han tenido que desplegar estrategias para mantener las relaciones con los ausentes a la vez que existe el interés de los migrantes por mantener la casa, por pagar las fiestas y regresar para celebrarlas, o de regresar aunque sea de manera temporal y tener un lugar donde poder estar (Cfr. Arias 2009:266, 267).

Las relaciones familiares tienen la capacidad no sólo de producir cultura sino también de reproducir elementos culturales macrosociales, los cuales son interpretados y asimilados según las idiosincrasias propias de quienes componen el grupo y protagonizan la vida familiar; se conforma como ámbito de creación de símbolos, de formas de convivencia y estilos de vida a la vez que son productos específicos de la dinámica de la interacción2 intrafamiliar e interfamiliar. Presentan un determinado tipo de solidaridad que envuelve a las personas en unas relaciones sociales totales y permanentes, que se opone a las relaciones contractuales. Están permeadas por normas, valores, percepciones atadas a símbolos y representaciones que circulan y se intercambian tanto a nivel del hogar campesino como a nivel de la comunidad. La convivencia cotidiana de las familias o grupos domésticos campesinos sobrepasa el ámbito más restringido de la convivencia familiar, remite a sus redes de relaciones a nivel de la comunidad, que contextualiza el espectro más amplio de las relaciones familiares, las cuales incorporan rasgos que son comunes a las familias campesinas, pero cuyas acciones generan modalidades distintas de relaciones familiares que las diferencia. (Cfr. Salles 1998; Valenzuela 1998:17; Salles 1991)

El análisis de la familia inscritos en un campo de producción sociocultural más amplio se enmarca en los espacios de mediación entre las prácticas y representaciones íntimas o cotidianas con las que se construyen tanto los mundos de vida como los sistémicos o institucionales, reproduciendo también diversos elementos culturales derivados de la clase social de pertenencia o la condición étnica. Una manera de plantear los atributos del marco relacional familiar es por medio del análisis, en términos de Bourdieu (1979), de las prácticas (reproductivas, de convivencia entre géneros y generaciones) que se despliegan en el ambiente familiar, pudiendo traer implícitas situaciones de violencia (simbólica o no) y su función en la conformación de los habitus, los que a su vez inciden, reproducen y transforman la organización familiar y los campos en los que se mueven. (Cfr. Valenzuela 1998; Salles 1991).

La emigración internacional en el estado de Guanajuato

El estado de Guanajuato registra en el año 2010 una población total de 5,486,372 habitantes de los cuales el 48.1% (2,639,425) son hombres y el 51.9% (2,846,947) son mujeres. Según el censo de población 2010, la entidad registra un total de población migrante de 119 706 habitantes, según el lugar de residencia cinco años antes reportado, de los cuales el 84.3% (100 952) son hombres y el 15.7% (18 754) son mujeres (Cuadro 2). Del total de población migrante el 71.9% es emigrante internacional, y el 27.8% es migrante internacional de retorno.
La distribución de la emigración por sexo muestra que el 71.8% de los hombres son emigrantes internacionales y los migrantes de retorno internacional representan el 28%; para las mujeres se registra un 72.7% de mujeres emigrantes internacionales y un 26.8% son mujeres migrantes de retorno internacional.

Del total de migrantes de retorno en Guanajuato, el 84.7% llega a la misma vivienda, el 6.8% llega a otro lugar y el 8.9% no especifica. Esta misma tendencia se observa tanto para hombres como para mujeres.

Estos porcentajes están por arriba de la media nacional que registra como emigrantes internacionales el 65% el total, el 64.5% para hombres y el 66.5% para mujeres (Cuadro 1). Incluso es mayor con respecto a los porcentajes registrados para los estados de Michoacán (70.1%, 69.2% y 73%) y Jalisco (60.2, 58.3 y 64.6). La población migrante de retorno internacional para la media nacional se reporta un 31.5% para el toral, 32.5% para hombres y  28.8% para mujeres.
La duración media del retorno es de 18.9 meses para el estado de Guanajuato y de 19.5 meses el promedio nacional.

Cuadro 1

ESTADOS UNIDOS MEXICANOS
POBLACIÓN MIGRANTE INTERNACIONAL Y DE RETORNO 2010

 

Total

Hombres

Mujeres

Total

1 112 273

832 441

279 832

Emigrante

65.03%

64.52%

66.55%

Retorno

31.53%

32.45%

28.79%

-Misma vivienda

83.4%

84.18%

80.82%

-Otro lugar

8.25%

7.50%

10.75%

-No especifica

8.34%

8.32%

8.43%

No especificado

3.44%

3.03%

4.66%

Fuente: INEGI. Censo de Población y Vivienda 2010

 

Cuadro 2
GUANAJUATO
POBLACIÓN MIGRANTE INTERNACIONAL Y DE RETORNO 2010

 

Total

Hombres

Mujeres

Total

119 706

100 952

18 754

Emigrante

71.92%

71.77%

72.70%

Retorno

27.77%

27.96%

26.75%

-Misma vivienda

85.38%

85.96%

82.10%

-Otro lugar

5.72%

5.19%

8.67%

-No especifica

8.90%

8.84%

9.23%

No especificado

0.32%

0.27%

0.55%

Fuente: INEGI. Censo de Población y Vivienda 2010

La experiencia migratoria y las relaciones familiares en el ámbito comunitario

San Cristóbal es una pequeña comunidad ejidal cuya zona urbana ha crecido, de 32 viviendas en 1934 a 91 viviendas en 2010. La población en el año 2000 era de 296 habitantes y creció en un 12% en el 2010 al registrar una población de 334 habitantes, de los cuales el 45.5% son hombres y el 54.5% son mujeres. En promedio son 3.67 miembros por vivienda, se encuentra aproximadamente a 5 kilómetros de Huanímaro, la cabecera municipal, se localiza al suroeste del estado de Guanajuato, forma parte del distrito de riego 011. En 1992 se construye la carretera que cruza el poblado y lo divide en dos. Es una comunidad tradicionalmente migratoria, cuyos antecedentes parten básicamente en la década de 1940 con el establecimiento de oficinas del Programa Bracero en esta zona que se conjunta con el proceso de expulsión de mano de obra campesina como efecto de la aplicación del programa de modernización agrícola en la región. Ejidatarios de este poblado se registraron en dicho programa y se fueron a trabajar a Estados Unidos. Cuando llegó a término el programa, continuaron yendo a trabajar a Estados Unidos, gracias a la experiencia obtenida y vínculos que establecieron con sus ‘patrones’. La mayoría de los entrevistados fueron hombres, pues las mujeres tenían más restricciones de índole familiar para hacerlo, el padre no les otorga el ‘permiso’ para emigrar. Las mujeres migrantes entrevistadas, habían salido bajo tres circunstancias: cuando iban acompañadas de un pariente femenino adulto con residencia en Estados Unidos; cuando el migrante jefe de familia consigue su residencia en Estados Unidos y se lleva a su familia o cuando la joven se casa con un migrante y éste decide llevársela con él a Estados Unidos. La población masculina que sale es cada vez más joven, 16 años en promedio en comparación con las generaciones antecesoras que lo hacían a los 24 años en promedio. Las mujeres que emigran a Estados Unidos lo hacen en promedio entre los 18 y 20 años.
En San Cristóbal se pueden distinguir los siguientes vínculos de los migrantes con respecto a la tierra: migrantes con tierra, ejidatarios o pequeños propietarios; migrantes hijos de ejidatarios con derechos sucesorios y migrantes hijos de ejidatarios sin derechos sucesorios o migrantes sin tierra. Existe una relación estrecha entre la forma en que se ha llevado a cabo la sucesión de derechos agrarios de los padres a los hijos y por las decisiones de los propios sucesores vinculadas con la dinámica migratoria que los caracteriza: adquirir tierras mediante su compra ya sea para acceder a ella o para incrementar las propias, o bien darlas en renta, trabajarlas a medias o vender los derechos.

Los migrantes se mueven en dos espacios geográficos y sociales distintos: el lugar de residencia y trabajo en Estados Unidos y su comunidad de origen. Por esta lejanía los migrantes figuran como ajenos a sus comunidades y a sus familias, no obstante, se observa un vínculo entre las acciones y decisiones que emprenden los migrantes con las dinámicas familiares y comunidades de origen y con respecto a la tierra. La comunicación vía teléfono, los videos, los celulares y en algunos casos el internet, están jugando un papel importante entre los que se quedan y los que se van, y son los medios por los cuales fluye información en ambos sentidos. Los ejidatarios que salieron a trabajar a Estados Unidos a una edad mayor de 20 años y estaban casados mostraban un interés por regresar a su lugar de origen, los envíos de dinero eran con el fin de construir su casa, comprar animales, comprar más tierras o establecer algún negocio, mientras que los que se fueron siendo más jóvenes, entre 13 y 16 años de edad, rara vez comentaban querer regresar a vivir a su comunidad de origen. Sin embargo, se han dado casos en que migrantes de esta generación, residentes en Estados Unidos, están enviando a sus hijos a vivir un tiempo con los abuelos o los tíos en las comunidades de origen, lo que implica ciertos arreglos familiares.

A continuación se relatan algunas prácticas con respecto a la relación de migrantes con la tierra:

 Juan nació en 1932, a los 22 años se fue de bracero, era ejidatario, casado, con 12 hectáreas en posesión y el solar urbano. Para la administración de lo concerniente a  la tierra dejó como encargada a ‘su esposa’, por medio del uso del teléfono se comunicaba con su esposa, ésta le daba información y él le daba instrucciones al respecto, pero en la práctica era el hermano de Juan quien llevaba a cabo las labores agrícolas. Juan se quedó en Estados Unidos porque el patrón le consiguió el  permiso para trabajar (“la grin”). Ahora está jubilado, por lo que tiene que ir cada seis meses a E.U. y quedarse al menos tres meses para no perder su derecho a la  pensión. Durante su periodo de migrante y conforme crecieron sus hijos (4 hombres, 5 mujeres), él tomó la decisión de repartir la parcela por igual entre los cuatro hijos hombres, pues decía “Las mujeres se van a casar y lo  pueden hacer con uno que tenga tierra o que la pueda comprar”. Juan ejemplifica la migración de primera generación.
Román de 40 años de edad, salió a los 24 años a trabajar a Estados Unidos, estaba casado y tenía dos hijos. Recién casados vivieron en casa de sus suegros y después se fueron a vivir con los padres de Román. En el momento de la entrevista tenía seis hijos (2 hombres, 4 mujeres) y como su padre ya les había repartido la tierra, pudo construir su casa. Tenía en posesión 4 hectáreas heredadas del padre junto con otros dos hermanos. En reunión con su padre y sus hermanos tomaron el acuerdo de que el hermano que no quiso emigrar fuera el que administrara y trabajara las tierras de todos pero bajo la dirección del padre. Por medio de los envíos de dinero que hacía a su esposa especificaba la cantidad que se debían destinar para los gastos de su familia y los que se tenían que dar al papá o al hermano para los gastos de la parcela. En sus planes estaba el llevarse a sus dos hijos hombres a trabajar a Estados Unidos y a quienes iba a dejar la tierra. A Román se le puede considerar como migrante de segunda generación.

José de 45 años de edad, salió a los 20 años a trabajar hacia Estados Unidos, estaba recién casado, la esposa se quedó ‘encargada’ con los padres de José, pues ya estaba embarazada. En Estados Unidos vivía con otros cuatro migrantes hombres, alquilando un cuarto para ahorrar los gastos de la renta; entre ellos que se ponían de acuerdo para que un día a la semana hicieran el aseo de la vivienda, cada uno lavaba su ropa y se preparaba sus alimentos. Esto “lo sufrí para poder ahorrar lo más que pudiera, logré enviar el dinero suficiente para poder comprar una parcela que me vendió una viuda y construir mi casa, aparte de los gastos de la familia”. Continuó enviando dinero para que la esposa comprara animales y pagara por los trabajos de la parcela, trabajador que José contrataba cuando venía a visitar a su familia en el mes de diciembre. Tenía la perspectiva de que la parcela y los animales formaran el patrimonio que les iba a dejar a sus cinco hijos (3 mujeres, 2 hombres). Se le puede considerar migrante de segunda generación.
Se observa que el emigrante ejidatario, a pesar de su ausencia física en la comunidad, tiene una fuerte capacidad de decisión en lo concerniente a la tierra y a las actividades que tienen que ver con ella. Pero también se da en las decisiones importantes para la familia, como el permiso para que las hijas sigan estudiando.
En cuanto a la relación que como migrantes mantienen con la esposa e hijos se ejemplifica con los siguientes extractos de las entrevistas:

Juan: Cuando estaba trabajando podía venir cada año, en las fiestas de diciembre, me quedaba dos meses (fines de noviembre a fines de enero). “Procuraba dejar embarazada a mi mujer, para evitar habladurías”. Cuando estaban chicos mis nueve hijos “tenía la impresión de que no me querían, que sólo me saludaban porque sabían que soy su padre, pero la verdad es que no los conocía ni me conocían, no había ese cariño de padre e hijo”. Por eso cada que venía a visitarlos, me daba miedo regresar por el temor al rechazo de mis hijos y me decía “de qué sirve trabajar como lo hago y enviarles dinero si cuando vengo mis hijos no me quieren ni me respetan como padre”. Decidí venir cada seis meses para convivir un poco más con ellos o llevármelos a Estados Unidos. La tierra se las repartí porque era mi obligación como padre, principalmente con los hombres, y que ellos decidan que van a hacer con ella.
Roman: A mi esposa la dejé viviendo con mis padres y se la encargada a mis suegros. El dinero lo enviaba primero a su mamá para que ella lo distribuyera entre lo que se necesita para cultivar la tierra, comprar animales, comprar terreno y empezar a construir su casa. Con el tiempo su esposa e hijos se fueron a vivir a su casa y los envíos de dinero se los hacía a la esposa.
Esposa de Román: Cuando nos casamos, nos quedamos a vivir un tiempo con mis papás, pero cuando se fue a Estados Unidos a trabajar, me llevó a vivir en casa de mis suegros. La señora cocinaba pero yo tenía que ayudar en el quehacer de la casa, lavar la ropa y planchar. Yo ya no podía salir con mis amigas porque ya estaba casada. Conforme fueron naciendo mis hijos, yo les preparaba los alimentos y la señora me pedía que le ayudara también en la cocina. Yo le decía a mi esposo que quería mi casa, y mi suegra también me apoyó y fue así como enviaba dinero para juntar y comprar el terreno, para construir un cuarto y nos pudimos cambiar; posteriormente fuimos mejorando la casa. Lo relacionado con la parcela lo veían mi suegro y mis cuñados.
Una situación a resaltar es la de Josefa, una mujer de 45 años, soltera, la tercera de 11 hermanos. Comentaba que “desde que yo recuerdo cuando mi papá regresaba y se volvía a ir, mi mamá se enfermaba y yo tenía que hacerme cargo de mis hermanos y de la casa. No pude terminar de estudiar la primaria, no tenía amigas ni tiempo para pensar en novios, además de que casi todos los hombres se van a Estados Unidos, casi no hay hombres aquí y somos muchas mujeres”. “Desde que tenía 20 años me empezaron a decir ‘cotorra’, porque ya se me estaba pasando la edad de casarme, se me pasó y no me casé. Pero estoy a gusto porque mis hermanos y sus hijos me quieren y me cuidan”. Mi papá le dejó la tierra a uno de mis hermanos, el que no quiso ir a Estados Unidos, pues mis otros hermanos nada más terminaban la secundaria y ya querían irse para allá.

También está el caso de Rosa una mujer que tenía experiencia como migrante en Estados Unidos. Era la tercera de 4 hermanas, sus hermanas mayores ya estaban casadas. La vivienda de esta familia y las condiciones de precariedad en la que vivían eran notorias en comparación con las viviendas donde había migrantes, generalmente hombres. Se fue con una tía y entró a trabajar a un restaurante en el área de panadería, enviaba dinero a su familia para que mejoraran la vivienda. El primer acondicionamiento fue poner sanitario y regadera en uno de los cuartos. En su primer retorno los ahorros que traía los destinó a la compra de una estufa de gas, de refrigerador y de una aspiradora, aparte del radio-grabadora que trajo de Estados Unidos. Antes de irse por primera vez, ella tenía que poner el nixtamal y llevarlo a moler al molino y ayudar a hacer las tortillas, diariamente. En su primer retorno mencionó que ya compraban las tortillas en la tortillería del pueblo. Además  sentía que sus padres la tomaban en cuenta para tomar decisiones. En las tardes visitaba a sus amigas y regresaba a ver la televisión. La segunda ocasión que regresó a trabajar a Estados Unidos fue para ayudar en los estudios de su hermana menor, pues ella solo terminó los estudios de primaria. El padre tenía una parcela de 2 hectáreas que había recibido como herencia de una parte de los derechos de su padre. Como el señor no tenia hijos varones, nombró como sucesoras de sus derechos a su esposa y a sus dos hijas solteras, entre las que estaba Rosa. Ella sabía manejar tractor pero comentaba que era cosas de hombres y por eso le pedían a los cuñados que se encargaran de las cuestiones de la tierra y que lo trataran con la mamá de Rosa.

Maria: Su esposo (Roberto) es no migrante. Tiene tres hijos hombres, el mayor de 13 años ya  estaba preparándose para ir a Estados Unidos, se iba a ir con unos primos. Cuando se casaron, el esposo se la llevó a vivir a casa de sus padres (suegros de María). El padre del esposo dividió entre sus hijos la parcela, en partes iguales (en promedio tres hectáreas cada uno, de tres), pero como sus hermanos se fueron a trabajar a Estados Unidos él se quedó y cuida las parcelas de sus hermanos quienes le enviaban dinero a la mamá para que sembrara o hiciera los trabajos necesarios y, en ocasiones para que comprara animales. Cuando venían los hermanos migrantes de ‘visita’ es que acordaban lo relacionado con las parcelas y los animales, y su esposo Roberto les entregaba cuentas a sus hermanos, el aval lo daba el ‘padre’ como el jefe de familia. Como los cuñados se habían ido a trabajar a E.U. y después las cuñadas se casaron, ellos se quedaron permanentemente en la casa de sus suegros y allí crecieron sus hijos. María sólo ayudaba en las labores de la casa y del cuidado de los hijos, no participaba ni ayudaba en las actividades agrícolas o cuidado de los animales, a las que sí se incorporaban sus hijos varones desde que tenían 8 años. Ella quería que su hija siguiera estudiando después de la secundaria pero el marido estaba renuente, pues decía que se iba a casar, entonces para qué estudiaba y además como tendría que desplazarse a la cabecera municipal, que es el lugar donde había un tecnológico y escuelas particulares, el padre decía que no porque era muy riesgoso para una mujer salir de la comunidad. 

En la formación de las parejas, se observa que las mujeres recién casadas el esposo migrante la deja bajo el resguardo y vigilancia de sus padres, la esposa es la que sale del hogar paterno para trasladarse con la familia política. Las decisiones las dirige el migrante a su esposa por mediación de la madre. A la larga las esposas presionan para tener su propia vivienda. Cuando esto sucede las remesas se las envían a ella, pero los gastos importantes se consultan con el esposo migrante.

Reflexiones finales

Esta descripción de las prácticas y arreglos familiares ilustra la complejidad de la familia y la diversidad de relaciones familiares. Permite afirmar que si bien hay una relación entre cambios económicos y cambios socioculturales, esta relación no es tan directa e inmediata, sino que ambos cambios son resultado de procesos sociales e históricos de largo alcance. En función de lo anterior es que se puede entender los cambios y continuidades socioculturales que presentan las familias y sociedades rurales.

La familia ampliada sigue siendo característica en el medio rural, pero como una fase intermedia en el que las remesas se piensan como el recurso para que se pueda dar la separación de la familia más joven. Mientras, se distribuyen responsabilidades de acuerdo al género. Si la familia cuenta con tierra cultivable los hombres son los que aportan su trabajo, en las labores domésticas generalmente son las mujeres, pero cuando se trata de ayudar en ciertas labores agrícolas entran en acción las mujeres e incluso los niños (de 8 años en adelante), se comparten esfuerzos, conocimientos y los productos de ese trabajo.

La tierra sigue teniendo un papel simbólico importante, en la cohesión de la familia, formas de herencia de la tierra y de sucesión de la autoridad, donde la patrilinea funciona como punto nodal desde el cual emana una multiplicidad de relaciones sociales entre los miembros, que abarca desde la producción, el consumo de alimentos y la participación en distintos rituales. Además, como lo señala Robichaux (2008a:62) que cada uno contribuye con su trabajo, en las actividades que realiza, para el mantenimiento del grupo y para adquirir derechos. Ante el posible debilitamiento de las redes establecidas con los familiares y la comunidad por la emigración de miembros de la familia, se han introducido nuevas dinámicas en las relaciones mantenidas con los que se van y los que regresan para situarse en un espacio de interacción más amplio y que ejemplifica las redes de relaciones familiares construidas en ausencia de la coterritorialidad.

Con la migración se da la presencia de un sistema de red de parientes  que funciona en una red de relaciones y asistencia recíproca según líneas bilaterales de parentesco de varias generaciones.

El hogar y familia en la comunidad de origen sigue siendo la base de la cual se establecen las redes de relaciones que van desarrollando entre los migrantes y sus familias. El retorno de los parientes migrantes muestra una tendencia de generaciones jóvenes, muchas veces de nietos, cuyos padres, los mandan para que estudien y crezcan en el ambiente familiar y comunal pues lo consideran como lo mejor para sus hijos. 

Los diversos tipos de relación social (de solidaridad, cooperación, reciprocidad o intercambio)  que se generan durante toda la cadena o red de la migración en la que se incorporan, así como en los procesos de adaptación e integración social tanto en el lugar de llegada como en el lugar de origen están fuertemente influenciados por la multiculturalidad e interculturalidad que contextualizan los espacios sociales en los que se mueven o construyen los migrantes.

El tiempo de permanencia también tiene implicaciones en estos procesos de adaptación e integración. Un mayor tiempo de permanencia en el lugar (aquí y allá) posibilita la instauración de relaciones más compactas y en la cotidianeidad ir construyendo sus redes de relaciones, en el que el grado de confianza marca la cercanía o la distancia social que el migrante  establece en su espacio social, con otros migrantes, con los nativos, con todos aquellos agentes económicos o sujetos sociales que participan en el proceso migratorio.

Finalmente, consideramos que la multiculturalidad la viven los migrantes en mayor medida en los lugares de destino o de llegada y que la interculturalidad se da preferentemente en las comunidades de origen.

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1 En las comunidades de origen los migrantes desarrollan ciertas prácticas que los distinguen o con las que buscan distinguirse: en un tiempo era el contar con una antena parabólica en su vivienda, o el tener televisión de paga; el tipo de vestimenta, o viajar en su ‘troca’ (camioneta) con placa estadounidense o en la participación en las festividades cooperando con ‘dólares’.

2 Interacción familiar normada por situaciones de consenso y conflicto que se generan en el contexto de la producción y distribución del poder; que se da entre sujetos pertenecientes a géneros y generaciones diferentes. (Salles 1991, 1998)

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