DIÁLOGOS SOBRE PARTICIPACIÓN SOCIAL Y TOLERANCIA COMO FUNDAMENTOS DEL ESTADO CONSTITUCIONAL DEMOCRÁTICO

Mario Jesús Aguilar Camacho
Ricardo Contreras Soto

LA LEY IMPROBABLE Y EXPULSIÓN RADICAL DE LA LEY: APORTES SOBRE UN DEBATE EN TORNO A CONSTRUCCIÓN DE SUBJETIVAD DEL ADOLESCENTE Y LA IMPUTABILIDAD DEL MISMO

Alejandro Klein
Universidad de Guanajuato

Resumen:

Estoy interesado en pensar acerca de un asunto urgente: el desarrollo de la personalidad adolescente desde un nuevo contexto socio-cultural (neoliberalismo).
Mi hipótesis desarrolla la idea de que los jóvenes tienen que enfrentar escasas o nulas oportunidades de trabajo y educación en su cotidianeidad y como resultado, sus vidas se vuelven una lucha de supervivencia.
Esto es por qué el adolescente no es capaz de experimentar un normal proceso de crecimiento. Este es el período social y subjetivo que denomino de “adolescentes sin adolescencia”, envolviendo conductas de riesgo, abuso de drogas, etc. Desde allí ya no es posible decir que el joven está “fuera” de la ley o es un joven “transgresor”, sino que se establecen nuevas formas sociales de la ley, la transgresión y las formas del chivo expiatorio.

Palabras clave: neoliberalismo, adolescencia, supervivencia.

La adolescencia como una construcción social

Si consideramos la adolescencia como una construcción social quisiera señalar que la misma siempre aparece inseparable de la transgresión (Klein, 2002). Ley-adolescencia-transgresión fueron desde el siglo XVII (aproximadamente) una combinatoria sumamente compleja, que por motivos que señalaré enseguida, parece pasar por un momento de agotamiento. De allí que adelanto el funesto error de suponer que hay grupos de adolescentes “desclasados” que viven fuera de la ley. No es así, viven en otra ley, como en realidad muchos otros grupos sociales, en relación, entre otros motivos, a una sociedad o un Estado que se muestra desfalleciente en sostener una ley general y respetable (Lewkowicz, 2004).
Permítaseme realizar algunas breves reflexiones desde el imaginario social que enlaza violencia y adolescencia. La sociedad, desde la modernidad, parece haber sostenido imágenes sociales del adolescente complejas tanto como ambiguas. A grandes rasgos y simplificando, plantearía dos grandes grupos de este imaginario social que se refieren al adolescente entre la homeostasis y lo anti-homeostático. Hablaré especialmente de este último en este trabajo que se relaciona con la primera imagen del adolescente en la modernidad: el masturbador (Barrán, 1991) (hoy: el consumidor de pasta base). Así podemos suponer que en ella se sintetiza el terror de un mundo en peligro de derrumbe. Desde esta óptica y retomando una metáfora biologicista podría pensarse que a la imagen de la sociedad como organismo abarcante o protector se opone en negativo un adolescente como germen- virus invasor, capaz de fragilizar basamentos sociales o hacerse cómplice de la entrada en acción de fuerzas disolutas y corruptas (Klein, 2002). De esta manera temer por el adolescente es temer –quizás con la mejor buena fe- por el destino de la sociedad. Y de la misma manera, educar –disciplinar –controlar al adolescente es también (supongo que con la misma buena fe) bregar por una sociedad mejor y más civilizada.
En su obra “La criminalité dans l’a adolescence. Causes et remèdes de’un mal social actuel” (Alcan,1909) Duprat señala que el adolescente es un “vagabundo nato”, ser inestable que emprende “fugas análogas a las de los histéricos y los epilépticos incapaces de resistirse a la impulsión de los viajes (...) El adolescente tiene su propia patología: por ejemplo, la hebefrenia, definida como “una necesidad de actuar, que entraña el desdén ante cualquier obstáculo, ante cualquier riesgo” y que impulsa al crimen”( Ariès-Duby,T 7:1990,p. 169). Hoy día, no pocos dirán, en una lectura aggiornada, que el adolescente es un “drogadicto nato “o un “violento nato”, de tal manera que siempre es más fácil exclamar: “¿!qué pasa con estos (malditos) adolescentes?!”, que preguntarse: “¿!qué pasa con esta (injusta-incomprensible) sociedad?!”. De esta manera a la imagen sediciosa de Duprat, agregaría hoy en día dos figuras que hasta cierto punto actualizan las ya referidas:
- La del adolescente que vaga por las calles, cerveza en mano, pronto a pedir limosna, como capaz de delinquir o de prostituirse. Capaz de todo porque ya no tiene nada que perder. Potencial criminal y peligro ambulante se lo percibe como un adolescente ya corrupto, entregado al vicio y la locura, consumidor de pasta base, del que se reclaman enérgicas medidas policiales y sanitarias.
- El adolescente que aún contando con un marco familiar e institucional, es percibido como vago, irresponsable, incapaz de acción y reacción. No estudia, está todo el día en la cama, está horas sumido en la computadora e internet. Se reclama para el mismo terapia, normas, padres vigorosos.

Los adolescentes violentos

Si nos ponemos a analizar como aparecen los adolescentes violentos en diarios, revista y editoriales, observamos antes que nada, que se adscribe a estos jóvenes un nivel de barbarie y la capacidad de una violencia tan salvaje, innecesaria y gratuita, que es inútil profundizar en sus posibles componentes (Klein, 2003). Lo que se impone es aislar a estos sujetos de la sociedad, sugiriendo que estos jóvenes son tan peligrosos, que su libertad bien podría llevar a la sociedad a un estado de barbarie irreversible. Curiosa situación: se les termina por otorgar tales “poderes”, que es como que la sociedad queda frente a ellos postrada, indemne, desprotegida. La referencia a metáforas de género (la sociedad es una doncella “violada” y “maltratada”), no hace sino agudizar la maldad de estos “insanos”.
Sin embargo, y no deja de ser contradictorio, la sociedad sabe muy bien qué hacer, ya que se nos informa que estos menores son “atrapados” rápidamente por la policía. Sin duda el disciplinamiento actúa eficazmente. En definitiva, que lo mejor que se puede hacer es internar a los infractores en “hogares” del Estado o en “institutos” de reclusión. La respuesta es la institucionalización excesiva. En nombre del miedo a la violencia se autorizan prácticas de control, ¡que terminan siendo más violentas aún! Sin embargo, creo que lo que está sucediendo es que en definitiva no se entiende lo que pasa. Hay enunciación sí de teorías: el alcohol, las drogas, pero da la impresión de que son una amalgama de teorías que no convencen totalmente. De alguna manera el desamparo que sufren los adolescentes tiene su similar en lo desamparado que se siente el mundo adulto frente a la violencia de los jóvenes. La misma se impone como algo incomprensible, inentendible, impensable. Y esto también genera violencia. El mundo adulto reacciona a la violencia de los jóvenes con violencia, porque no la entienden.
Una consecuencia de esto es que hay un sutil pasaje del hacer actos violentos a tener una identidad violenta. Los jóvenes sin duda cometen actos de violencia, pero la identidad desde la que se transforman en “jóvenes violentos”, les viene proporcionada por el imaginario social. “Jóvenes violentos” es una forma en que la violencia de estos jóvenes toma un sentido en tanto se le asigna una identidad y por tanto un sujeto que la porta. Es una forma de “psicologizar” la violencia Es también una forma de orden social, porque la violencia que ejercen los jóvenes no queda como algo absurdo, extraño, impensable, sino que queda integrado a una lógica que tiene que ver con lo juvenil. “Estos jóvenes no pueden ser sino violentos”- se dice implícitamente-,“ porque tal es su naturaleza y tal es su identidad.”
Se trata de una situación paradojal, porque cuando estos jóvenes se identifican con esos enunciados estereotipados, se sienten habilitados a ser violentos porque se transforman justamente en “jóvenes violentos”, operando un mecanismo de enunciados auto-identificatorios. Por mi parte ensayaría otras explicaciones que espero permitan contribuir al tema. Antes que nada lo siguiente: vivimos en una sociedad neoliberal que ya no alberga sino que desampara, decretando el fin de derechos sociales imprescindibles (Klein, 2006). Es el momento en que ya no se puede sostener un imaginario de derechos “naturales” ya que los derechos escasean, se fragilizan o desaparece la “expectativa” de poder recibirlos. Surge así la figura del “inintegrable” (Castel, 1997). Y ciertamente algunos de estos jóvenes –desde esta realidad social- son “inintegrables” por más reclusión a que se los someta.
Es una situación de catástrofe social que no es simplemente “pérdida” de situaciones consolidadas, es también y simultáneamente la consolidación de nuevas formas de interacción societaria. Desde esta perspectiva la violencia cotidiana podría pensarse como un recurso de re-amparo (basado en la presencia de la fuerza) frente al desamparo (basado en la ausencia de credibilidad y sustento social). De esta manera se busca sentir que se controla la amenaza externa de lo desamparante transformado en algo interno más manejable. Pero si la violencia se consolida es porque las estructuras dialógicas, racionales y justas propias de la modernidad keynesiana ceden frente a una ley que genera la sensación de que está endeudada. O hace poco, o es lenta o nunca llega. Pero no nos satisface.

Anulación del principio de la relación racional entre ley y la transgresión.

Punto importante ya que si nos ponemos a pensar quien es el culpable del desastre neoliberal (todo el mundo hoy en día habla del desastre neoliberal) resulta que no hay culpables. Sólo hay víctimas, por tanto se facilita la impunidad como modelo de transgresión de la ley. Hay que aceptar y no cuestionar las cosas; es la ley de la obediencia debida. La interdicción simbólica empieza a tambalear y si el neoliberalismo genera una subversión de la ley creo que no es porque se anule la ley, sino porque se anula el principio de la relación racional entre ley y la transgresión.
Por otro lado si la violencia se torna una forma de vida para estos jóvenes es porque los mismos ya no se sienten parte de la sociedad. Sometidos a procesos de des-ciudadanización (Fraga, 2003), la transgresión de la ley ya no es transgresión sino cuestión de supervivencia.
La ley ya no es un referente que cubre y protege a todos, destituida de su lugar de resguardo. Ya no hay cultura de diálogo sino una temática de fuerza que tiene que ver con la idea de que desde la corrupción o la sospecha de corrupción, se rompe la idea de confianza. La ley se basa en la confianza. La desconfianza paranoica en el otro, es también desconfianza paranoica en la ley. Y es también la desconfianza de que los problemas sociales se soluciones con políticas sociales. Lo que lleva a suponer que se arreglan con políticas de fuerza.
Muchos de estos jóvenes están atravesados por rituales terribles que se explican desde una sociedad desde la que sobrevivimos y no simplemente vivimos. Muchos de estos rituales se acercan a lo que H. Freud (Frankel, 2002) llamó “identificación con el agresor”: me transformo en mi propio agresor para que la agresividad pase de un efecto pasivo a uno activo y –punto fundamental- para anticiparme a lo que vendrá.
De esta manera y progresivamente, enormes grupos de jóvenes que son marginados de los sistemas de enseñanza, del trabajo y en general de los derechos de ciudadanía incorporan la violencia como forma de subjetividad. Situación que me permite afirmar que los llamados adolescentes transgresores no son tales. Y no lo son porque no hay transgresión. Y no hay transgresión porque no hay registro ni presencia de ley. Sólo podemos hablar de transgresión desde un registro o marco previo de la ley que en este caso no ser verifica. Por el contrario sugiero hablar de “extrañeza” con la ley, “extrañeza radical” que se expresa en que la ley está mutada como uso de la fuerza, predominando formas de la corrupción como violencia y prepoteo.
En realidad la transgresión es la ley y no una corrupción de la ley (Birman, 2001). Por eso, los jóvenes desde un lugar de chivos expiatorios ya no entran dentro de la ley. Ya no hay ley segura y estable, sino procesos de estigmatización que anulan los espacios de ciudadanía.
Desde esta reflexión sugiero que pensemos detenidamente el candente tema de bajar la edad de los jóvenes para que sean sometidos al código penal adulto. Desde mi punto de vista el asunto de bajar la edad de imputabilidad es francamente absurdo. Ya que la vida de estos jóvenes y de tantas personas en nuestra sociedad ya no moldea o acomoda desde el registro de la ley. La ley ya no marca ni instituye subjetividad. Y la verdad es que la transgresión tampoco instituye subjetividad, porque sólo podemos pensar la transgresión en relación con la ley. Desde el agotamiento de la figura de la ley se agota su figura inversa, la transgresión. Por eso señalo que no son jóvenes en transgresión, porque ya no hay transgresión desde la sociedad neoliberal.
A estos jóvenes no les concierne ni la ley ni la transgresión, porque esos términos remiten a un tipo de sociedad que se rige por el lazo social como forma de contrato social (Lewkowicz, 2004). Ley y transgresión tienen que ver con un tipo de sociedad propio de la modernidad keynesiana o welfare state, que se asienta en la consolidación de un porvenir, la elaboración de un futuro y las necesarias garantías para que los mismos se puedan realizar. Sociedad que como ya señalé preconiza al estudio y al trabajo como medios válidos y socialmente reconocidos para atravesar el porvenir, construyendo un futuro.
Pero en esta sociedad neoliberal (o mejor dicho, post-neoliberal) uno de los elementos esencial que substituye a una sociedad que socializa desde el lazo social, es una sociedad que socializa desde la “destitución del porvenir”. Una de sus consecuencias es la retracción o el desconcierto de las políticas públicas, la indiferencia como elemento central y la criminalización de la pobreza (Klein, 2006).
Como indiqué la cotidianeidad del joven pasa a constituirse en términos de “supervivencia“, enfrentados a escasas o nulas oportunidades de educación y/o trabajo. Esto se acompaña en las figuras familiares de un agotamiento en la capacidad de tolerancia, que denomino “estructura de padres agobiados” (Klein, 2006).

Adolescentes sin adolescencia

La adolescencia como proceso tiene que ver de una u otra manera, con una manera de instaurar una etapa y cierto orden entre pasado y futuro, entre niñez y adultez, entre sexualidad permitida y sexualidad prohibida. Es, de alguna manera, una manera “racional” de resituar distintas variables sociales y personales (Klein, 2003,2004).
Sin embargo, estos jóvenes transmiten un contexto social que tiene que ver con el desorden, lo abrupto, lo violento y lo absurdo. La posibilidad de hacer adolescencia está especialmente limitada (Klein, 2006). Desvalidos social y familiarmente, terminan por estar también desvalidos psíquicamente no pudiendo experimentar lo adolescente en sus vidas.
Es el punto en que lo adolescente manifiesta el fracaso en sus procesos de contención, transformación y elaboración, lo que enfrenta al joven a situaciones de dependencia y estructuras de cuidado del otro que vuelven imposible o muy difícil cursar adolescencia bajo los parámetros del júbilo, el crecimiento y la confrontación generacional.
Ser adolescente se transforma así en un problema y una situación de urgencia, por la cual no se sabe muy bien qué hacer ante el mismo. Lo adolescente queda relegado a ser sumatoria de situaciones y ya no estrictamente período etario. Situación que remite a la hipótesis central de mi investigación: se trata de pensar lo inaudito de un estado de adolescentes sin adolescencia (Klein, 2006). Entonces me parece que estos jóvenes no están des-socializados, por el contrario creo que están híper-adaptados socialmente. Adolescentes sin adolescencia, insertados dentro de un proceso social que habilita un máximo de desciudadanización como expresión (paradojal desde los parámetros de la modernidad keynesiana) de una máxima socialización.
De esta manera no me interesa destacar un inexistente (pues sin duda existen aún adolescentes con adolescencia), sino la consolidación de condiciones que hacen viable este imposible. Imposible teñido de consecuencias y desafíos en lo que hace el trabajo con este grupo etario.
Concomitantemente, la posibilidad de generar una biografía personal (Aulagnier, 1991) y asegurarse un lugar social que les permita procesos creativos de sublimación, pasa a convertirse en una estrategia del día a día. Ya no se trata de vivir para crecer sino de sobrevivir para no caer asesinado.

Estrategias de supervivencia

Esta estrategia de la supervivencia se relaciona a lo que Castels (1997) llama los “inintegrables”. Por eso reitero que desde estos parámetros es inútil decir que estos jóvenes están “fuera” de la ley, porque ya no pueden “entrar” o “volver” a la misma. Tanto como es inútil insistir en medidas educativas y o laborales rehabilitadotas desde una sociedad en la cual, como ya indiqué, aunque educación y trabajo están presentes, ya no son vigentes por un efecto de destitución del porvenir. Desde aquí la estrategia de supervivencia pasa a ser la primera y a veces la única regla, condensada en el enunciado: “Haz lo que sea para sobrevivir” o un . “haz todo o cualquier cosa para sobrevivir”... Desde aquí la estrategia de supervivencia pasa a ser la primera y a veces la única regla.
Esta socialización que se asocia a la necesidad de supervivencia probablemente se relacione con la intolerancia a la frustración y la asunción del presente como momento existencial privilegiado sin catectización del porvenir.
Al mismo tiempo hay que señalar cómo se consolida un cotidiano que se entrelaza a una vivencia general y no cuestionada que denomino de “ catástrofe inminente” o peligro incontrolable que tiñe el imaginario neoliberal (Klein,2006). Tiene que ver con la sensación de que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento pero siempre en el sentido de lo negativo. Desde allí se establecen mecanismos sociales pseudoreparadores, de los que se espera que actúen como contenedores frente a cambios catastróficos que aparecen como inexplicables. En este punto se inserta a los jóvenes dentro de rituales de expiación y sacrificio. Así como ya indiqué los jóvenes violentos aparecen como los responsables de todo lo que está mal, lo que amenaza, lo que genera inquietud.
Pero también es cierto que este mecanismo de chivo expiatorio no descansa. Si no son los jóvenes, son los padres los responsables de lo que se presenta como “caos” social, ya que se indica de forma rigurosa que los mismos ya no inculcan valores, o son abandónicos. Pero también el chivo expiatorio puede ser el Estado, del cual se denuncia que no cumple con sus obligaciones. Pero lo que me interesa destacar es la buena saluda de la que goza el mecanismo del chivo expiatorio. Sin duda se relaciona a una prevalencia de las ideologías duras (Enriquez, 2001), pero al mismo tiempo a la facilidad con que proporciona respuestas a cosas que se han tornado imposible de comprender y pensar.
Desde esta situación, surgen inmensos desafíos de metodología, práctica ética y de teoría. Muchas cosas urgen de ser pensadas, cuestionadas, analizadas. Lo que se asocia al compromiso social y ético del trabajo en el área de la salud mental. Este trabajo busca ofrecer una contribución al respecto.-

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