EL NACIONAL REFORMISMO EN PINAR DEL RÍO ENTRE 1944 Y 1952

Pedro Luis González Cruz

Capítulo. I

El Nacional Reformismo en Cuba

Contexto Internacional y Latinoamericano en que surge el Nacional Reformismo.

La gestión gubernamental del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) habría de desarrollarse en las circunstancias internacionales complejas que sucedieron a la II Guerra Mundial.

Al concluir este conflicto en 1945, el sistema de relaciones políticas, económicas y sociales entre las diferentes naciones y comunidades experimentaría notables cambios. El esfuerzo de la Humanidad por acabar con el azote del Fascismo europeo y asiático había colocado en primer plano la ascendencia del Socialismo y la pujanza de aquellas fuerzas progresistas que también luchaban por la liberación de las áreas neocoloniales y coloniales. Favorecidas por el avance del Ejército Rojo fueron integrándose a la opción socialista una serie de países de Europa oriental y Asia, para conformar lo que se denominaría Sistema Socialista Mundial.

El orden imperialista por su parte, era ahora encabezado por EEUU, el gran beneficiario de la Guerra, convertido en una superpotencia económica y militar, que trazaría una política exterior dirigida de un lado a consolidar su hegemonía mundial, mediante el ejercicio de su supremacía financiera sobre las demás potencias y del otro a asumir la condición de gendarme internacional a la cabeza de la ofensiva imperialista contra el Socialismo.

En Julio de 1944 en la localidad de Bretton Woods, el gobierno norteamericano había establecido algunos de los pilares fundamentales de la futura expansión económica. Los acuerdos firmados allí transformaron el dólar en patrón monetario internacional. Además en este lugar se aprobaron  la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la celebración de una conferencia comercial que daría lugar aun Acuerdo General de Aranceles y Comercio (AGAC), instrumentos esenciales ambos de la prepotencia económica de Washington en la etapa posbélica.1

Los resortes de la nueva expansión norteamericana del período, se encontraban en las propias peculiaridades, del desarrollo alcanzado por su economía en la primera mitad de la década del 40.

Eran los tiempos en que el Secretario de Comercio Henry Wallace, preconizaba la doctrina de la “nueva frontera”, como solución a la saturación interna. 2.

No existían dudas, entonces, de que el gran problema de la reconversión de una economía de tiempo de guerra, a una de tiempo de paz había que hacerlo en corto plazo o sobrevendría el caos financiero y la recesión.

El presidente norteamericano Harry S. Truman hizo convencer en su administración los preceptos de la “nueva frontera”, los terrores de amplios sectores de la oligarquía financiera de una recesión de consecuencias imprevisibles y el rechazo a la expansión del Socialismo.

Su decisión de emplear todo el poderío necesario (recordar el chantaje atómico tras Hiroshima y Nagasaki) contra el bloque Socialista matizó la diplomacia de EEUU de la posguerra.

En 1947 el presidente Truman daba a conocer su famosa doctrina, la cual desencadenaba un proceso lleno de tensiones en el plano de las relaciones internacionales, asunto que obviamente estaba conectado con la venta de enormes excedentes militares de la pasada guerra. Así los primeros brotes de lo que sería la Guerra Fría, nacían también como urgentes demandas de la economía norteamericana.

A mediados de 1947 se iniciaba el Plan Marshall que dirigía una astronómica cifra de ayuda a numerosas naciones de Europa Occidental, con el fin de crear un clima financiero favorable en las economías de esta región, beneficiosa a las exportaciones norteamericanas y evitar la expansión del Socialismo.

Este era el comienzo de la gran avalancha de capitales norteamericano sobre Europa Occidental y por lo tanto de la instrumentación de su liderazgo. Tales avances se irían complementando con una serie de pactos militares que establecerían un verdadero anillo de fuego alrededor del recién creado bloque Socialista.

En el continente americano los aíres gélidos de la Guerra Fría arribaron tempranamente. Ya antes de concluir la guerra en febrero de 1945, EEUU auspició la Conferencia Panamericana de México (conocida también como de Chapultepec) en la cual dejó traslucir sus propósitos imperialistas de controlar el bloque de países latinoamericanos, para lograr la superioridad imprescindible, que más adelante, una vez creada la Organización de Naciones Unidas (ONU), sería utilizado de soporte de toda su política exterior.

Más adelante en 1947 se hacía patente una de las primeras manifestaciones de Guerra Fría, cuando el 15 de agosto en Río de Janeiro surgió el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR) sustentado por el principio de que “todo ataque militar dirigido contra un Estado americano, constituirá un ataque contra todos los Estados americanos”.

A partir de este instante, la administración norteamericana, fue instrumentando los nuevos mecanismos de control del área latinoamericana.

Continuando la política panamericanista iniciada en siglo XIX, entre marzo y mayo de 1948 tras la 9na Conferencia Interamericana de Bogotá, nacía la Organización de Estados Americanos(OEA), entidad que vino a institucionalizar el sistema de dominación hemisférico por parte de EEUU.

La búsqueda por parte de la administración norteamericana de la apertura de los mercados de los países subdesarrollados, el atizamiento de las tensiones con el recién creado Campo Socialista y el armamentismo de EEUU y sus aliados se intensifican. Con el inicio en 1950 de la Guerra de Corea se habrían de confluir en el mismo teatro los tres propósitos anteriores, amén de que este conflicto venía como anillo al dedo, en tanto constituía un verdadero bálsamo reanimativo de la economía capitalista mundial.

En marzo de 1951 tenía lugar en Washington una reunión de Ministros de Relaciones Exteriores latinoamericanos. En esta ocasión Truman abrió las sesiones pidiendo la colaboración de las naciones americanas para evitar a toda costa la expansión del comunismo internacional. La Guerra Fría se recrudecía. El mundo se colocaba al borde de una III Guerra Mundial. El marcarthismo en el seno de la sociedad norteamericana cobraba numerosas víctimas. Sus influencias cavernarias traspasaban las fronteras de las repúblicas al sur del Río Bravo, alentando a las fuerzas oligárquicas y de derecha, al ejercicio de una política reaccionaria. Se produce entonces una oleada de golpes militares en área encaminados a tronchar las tendencias nacionalistas y reformadoras, que desde años atrás, con una variada gama de matices, pugnaban por afirmarse en diversos países del subcontinente.

Desde los años de penuria que sucedieron a la crisis mundial de 1929, se creó el marco propicio para la emergencia de movimientos políticos vinculados a los intereses de la burguesía industrial en países como Brasil, México y un poco después Argentina. En estas grandes repúblicas donde ya existía un relativo grado de industrialización, las burguesías nacionales emprendieron un proceso de desarrollo, basado en el crecimiento de la producción de amplio consumo en sus mercados internos. Mediante el proteccionismo, los recursos del capitalismo de Estado y la alianza con amplios sectores de la pequeña burguesía, la clase obrera y el campesinado, se propicio un cierto desarrollo económico orientado a la superación de la bancarrota de las economías monoproductoras, a través de la diversificación productiva.

Estos procesos, que por sus características entrañaban enfrentamientos con los intereses imperialistas crearon una atmósfera de nacionalismo, de la cual eran expresión gobiernos como el Lázaro Cárdenas en México y Getulio Vargas en Brasil, que poco a poco se difundieron hacia otros países de América Latina.

El estallido de II Guerra Mundial originó una coyuntura favorable al desarrollo de estos movimientos de corte nacionalista burgués, pero con una marcada orientación populista, expresada en medidas redistributivas de amplio beneficio popular. 3

Con la guerra las exportaciones latinoamericanas se incrementaron sensiblemente, dejando un saldo favorable en las balanzas de pagos de la región, que 1948 la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) estimaba en el orden de los 3 860 millones de dólares.

Los años inmediatos a la posguerra mostraron un auge del nacionalismo burgués latinoamericano, expresado entre otros factores por la apertura de procesos democráticos en países como Guatemala, Venezuela y Costa Rica.

Al examinar el grado de desarrollo de la burguesía industrial latinoamericana en la etapa de posguerra, en un grupo de países (Brasil, México, Argentina, Colombia) se observa un cierto nivel de industrialización mientras que en otro grupo (Perú, Cuba, Venezuela) éste solo comienza a dar sus primeros pasos y un tercer grupo (los países centroamericanos) el proceso de industrialización se inicia al despuntar la década del sesenta, quedando incluso un cuarto grupo de países (Haití, Guyana, Paraguay) en donde la industrialización virtualmente no existe en nuestros días. Esto explica los niveles de desarrollo de la burguesía industrial en los diferentes países latinoamericanos y el grado de autonomía que logra alcanzar con respecto al imperialismo y a la oligarquía agroexportadora.

Una visión integral de la década del cincuenta muestra un fenómeno común: todos los procesos de industrialización ocurren bajo el control directo del capital imperialista norteamericano.

La débil aunque significativa industrialización que empezó desde finales del siglo XIX en Argentina, México y Brasil y en menor medida en Chile, Colombia y Uruguay, se realizó insertada en el sistema capitalista mundial, como parte del cual aquellos países cumplían una función de exportadores de productos primarios, siendo el sector exportador el centro principal de sus economías. Sin embargo en el caso de los países subdesarrollados latinoamericanos, la industrialización sólo alcanza una independencia relativa, pues aún en sus momentos de mayor nivel de expansión, el sector primario exportador mantiene el carácter de punta, condicionando en última instancia del crecimiento industrial, en la medida en que aquel realiza su gestión económica sobre la base de relaciones de dependencia del sistema capitalista mundial.

Este nacionalismo burgués de contenido reformista y que su tinte populista es específico de las condiciones históricas latinoamericanas, tiene algunas características casi siempre comunes como son:

Todos ellos tuvieron una amplia base de masas.

Las bases sociales más importantes de los movimientos nacional burgués populista, son las capas medias urbanas y los llamados sectores marginales.

Con frecuencia, los movimientos populistas son liderados por figuras carismáticas.

La ideología burguesa, en los movimientos nacional burgués, se representa por medio de un lenguaje reformador del sistema y en ocasiones aparece como una tercera opción frente a la alternativa capitalismo o socialismo.

En los programas políticos y ejecutoria real, casi siempre recibe mayor atención del Gobierno y se le atribuye más importancia al Estado como empleador y redistribuidor de la riqueza.

Las burguesías industriales buscan la consolidación de los intereses propios que no pueden lograr.

Cuando se inicia la subordinación y la integración de las burguesías industriales al capitalismo monopolista, los proyectos nacionales populistas entran en franco declive.

 

El proceso nacional- burgués de corte populista tuvo como base la emergencia y desarrollo de los capitales industriales. Su posibilidad histórica fue consecuencia de una fase específica de la expansión imperialista, caracterizada por la llamada 2da revolución industrial, o sea la producción en gran medida y priorizada de las máquinas de producir máquinas (desarrollo del sector I), al ocupar los países subdesarrollados el papel de suministradores de materias primas, mercado consumidor de manufacturas y de tecnologías obsoletas. Las dos guerras mundiales y la crisis de los años treinta, contribuyeron decisivamente al incremento de la producción industrial en algunos países de la región, como fórmula necesaria y posible de sustitución de una parte de las importaciones.

Las clases dominantes de estos países estuvieron todavía más sometidas al sistema imperialista, en particular al norteamericano. El estancamiento y la crisis permanente fue el rasgo común de esas economías, las cuales no pudieron aprovechar las condiciones internacionales favorables para desarrollar el sector industrial nacional.

De esta manera, en los países latinoamericanos donde las burguesías nacionales pudieron cristalizar, éstas deben debieron someterse, a partir de la década del cincuenta al capital imperialista como única forma de sobrevivir. Mientras en los países en que la clase burguesa industrial no pudo desarrollarse, la posibilidad histórica de lograrlo en forma autónoma, quedó cancelada definitivamente también en esa década.

Desde entonces no hay, ni en unos países ni en otros, base cierta donde fundamentar utopías de desarrollo burgués autónomo. La alternativa histórica se hizo más nítida: capitalismo dependiente del imperialismo, subsidiario de este en su funcionamiento y desarrollo, o socialismo, como única vía posible para alcanzar el desarrollo independiente.

 La experiencia auténtica en Cuba no es ajena a este movimiento continental, aunque el caso cubano se emparentó más con los procesos de Venezuela y Perú, que con los de Brasil, Argentina y México.

La situación de Cuba planteaba exigencias específicas derivadas del monocultivo azucarero, la concentración desmedida del comercio exterior y la extrema debilidad de la industria nativa. Pero también el estado de la balanza de pagos cubanos, se comparaba favorablemente con otros países latinoamericanos e indicaba una concentración de recursos, que con una política apropiada, hubiese ofrecido una firme base de despegue económico. La materialización de dicha posibilidad mucho tendría que ver con la gestión de los gobiernos del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico).         

 

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