ESTUDIOS DE LOS PROCESOS INTERCULTURALES: COMUNIDAD, REDES, CONSTRUCCIONES MEDIÁTICAS, EXPERIENCIAS ORGANIZATIVAS, PROCESOS DE CONSTRUCCIÓN Y HUMANISMO

Ezequiel Hernández Rodríguez
Ricardo Contreras Soto
Rubén Ramírez Arellano

4. Nuevos pueblos, nuevo cristianismo

Entre la comunidad cristiana original descrita en los Hechos de los Apóstoles y la institución de las comunidades indígenas en Nueva España por parte de misioneros y juristas españoles, mediaron no sólo casi 1600 años, sino también otras experiencias y construcciones ideológicas, a las que creemos necesario hacer referencia, por encontrar en ellas elementos que pueden ayudarnos a comprender el origen de algunas prácticas culturales todavía vigentes en las comunidades indígenas actuales. En particular nos interesan aspectos relacionados con el origen y la organización de la vida monástica y la vivencia de ciertas “virtudes” en la vida comunitaria.       
Debemos hacer referencia así al origen y las reglas de vida comunal de los cristianos que aparecen por primera vez hacia el 300 d.C. en los primeros monasterios cristianos en Egipto, así como el paradigma de vida monacal que rige durante 600 años a las órdenes religiosas a partir de la imposición de la regla de San Benito de Nursia en el año 545.
Coincidimos con Martínez, cuando asegura que “Algunas de esas normas están presentes en la utopía, posiblemente fruto de la experiencia de los propios autores, como ocurre en el caso de Moro, quien vivió dos años entre los cartujos” (2006, p. 5) y, por ello mismo, añadimos nosotros, también en las comunidades indígenas coloniales. En particular, creemos ver relación entre éstas y los siguientes aspectos de las comunidades monacales: una estructura piramidal, aunque con elementos de “democracia”; el aislamiento respecto de una sociedad más general que se rechaza por decadente o por profana; la construcción de sistemas sociales originales y distintos de los existentes; la propiedad comunal de los bienes materiales; el principio de justicia social; el ser colectivo por encima del individual, y el ascetismo, la obediencia a la autoridad (colectiva o no), el respeto y la humildad como virtudes necesarias para la sobrevivencia del cuerpo social.
En los autores que se han ocupado de la obra de Quiroga es recurrente encontrar su concepción acerca de los indígenas y sus costumbres, por eso no nos detendremos en este aspecto, sino para recordar que Quiroga creyó ver en ello la posibilidad de establecer en este Nuevo Mundo las utopías cristianas, en vista de que como lo sostiene en su Información en Derecho (cit. en Ceballos, 2005, p. 45-46), “Hay tanto y tan buen metal de gente en esta tierra, y tan blanda la cera y tan rasa la tabla y tan nueva la vasija…(que) yo no dudo sino que haciendo apartados así los dichos pueblos para estas plantas nuevas en nuevos casados, se podría de aquestos tales, con el recaudo que dicho tengo, y que en ello se podría tener. E yo me ofrezco con la ayuda de Dios a poner plantar (sic) un género de cristianos a las derechas como todos debíamos ser y Dios manda que seamos y por ventura como los de la primitiva Iglesia”.  Así, en las intenciones de Quiroga podemos ver cristalizado el sueño que Lacarriére encuentra presente en distintos momentos históricos: “Los romanos durante los primeros siglos de nuera Era tendrán su Egipto, como el siglo XVI tuvo sus Indias occidentales y el XIX su Polinesia: tierras paradisíacas donde se cristalizaba esa amargura inconsciente y esa nostalgia de la inocencia que experimentan las civilizaciones en las épocas de éxitos materiales y de conquista” (1964: p. 47).
Es evidente que la concepción que Quiroga tiene de los indios y su temperamento y costumbres le permiten soñar con la construcción de una sociedad según el modelo de la Utopía de Tomás Moro. Esta sociedad ofrecería la posibilidad de una reforma política y eclesiástica propia de una corriente de pensamiento que, frente al distanciamiento europeo del cristianismo original, trató de rescatar y reorientar al catolicismo en un humanismo renacentista no despojado de la idea de Dios. Su descripción de los indios y su analogía con la Edad Dorada de Samosata (en cuyo Saturninos asegura Quiroga que Moro se inspiró) nos hacen ver una cultura distante de la europea, aquélla impregnada por la ambición y apego a los bienes materiales y la riqueza, en lo que Quiroga ve un estado corrompido y un mal ejemplo para los indios, y ésta, por el contrario, cargada de virtudes (humildad, mansedumbre, simplicidad, desapego de lo material). Podemos pensar que esta imagen que Quiroga se crea de los indios es bastante realista, en vista de que así como reconoce y ensalza las virtudes, señala también que el desapego de lo material, el contentarse con lo de hoy y la despreocupación por el mañana,  los llevan a “no ser industriosos ni dados al trabajo; y así, parecen perezosos [y por esto] …había que impulsarlos a trabajar con laboriosidad, pero sin hacerles perder su desapego de las cosas materiales y su desdén por las riquezas” (Beuchot, 2005, p. 24).
Uno de los aspectos más relevantes del encuentro de Quiroga con los indígenas fue, a decir de Ceballos, su intento de comprender su cultura y proyectar soluciones acordes con ella; así apreció que era una sociedad totalmente diferente a la europea y como tal debía ser considerada. Esta nueva sociedad debía ofrecer una solución integral y no “remedos de leyes y ordenanzas…” que “…por deshacer una gotera hacen cuatro”. Por ello, propone “fundir la cosa de nuevo” que logre un “muy buen estado que fuese católico y muy útil y provechoso así para lo espiritual como para lo temporal” (Quiroga, cit. en Ceballos, 2005, p. 46). La tarea de la civilización en el Nuevo Mundo había de consistir, según Quiroga, no en la transferencia de la vieja cultura a los pueblos descubiertos, sino en “…elevar éstos, desde su simplicidad natural, a las metas ideales del humanismo y del cristianismo primitivo. El instrumento será la Utopía de Moro, cuyas leyes son las más adecuadas para encauzar esta obra entusiasta de mejoramiento del hombre” (Zavala, 1984, p. 34).  Aunque, la materia prima serían sus propias virtudes, tal como lo asegura el propio Quiroga en su quinta ordenanza, cuando conmina a los habitantes de sus pueblos-hospitales a cumplir con las ordenanzas a fin de quedar a salvo de la “codicia demasiada y desordenada”, reconociendo que en ellos naturalmente parece haber poca codicia, y les insta también a dejar en ellos lo bueno de sus costumbres, señalando particularmente su humildad, obediencia, paciencia y buena simplicidad (cfr. Quiroga).
El humanismo cristiano de la época y Quiroga como parte de él, toman a la Iglesia primitiva como ejemplo de sociedad, según es descrita en el Nuevo Testamento: “La muchedumbre de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. Ninguno de ellos llamaba suyo ninguno de sus bienes, siendo todas las propiedades comunes para todos…En efecto, no había ningún menesteroso entre ellos porque los que entre ellos eran dueños de tierras o de casas, las vendían, y luego llevaban el producto de aquellas ventas a depositarlo a los pies de los apóstoles. Luego se les distribuía a cada uno conforme a la necesidad que tuviera” (Hechos 4,32-35). Ya tratamos de la apreciación que hace Quiroga sobre las virtudes y vicios de los indios; Ceballos refiere que para Quiroga, éstos eran “personas más parecidas a los primeros cristianos que a los europeos: Andando descalzos con el cabello largo sin cosa alguna en la cabeza…a la manera que andaban los Apóstoles” (2005, p. 41), y sueña con ser el autor de un nuevo género de cristianos “a las derechas como todos debíamos ser y Dios manda que seamos y por ventura como los de la primitiva Iglesia” (p. 46).
Esta concepción de una nueva iglesia la cristaliza Quiroga con la fundación en 1532 y 1533 de los dos primeros pueblos-hospitales que llamó de Santa Fe (de México y de Michoacán, respectivamente), para cuyo establecimiento, pone de sus propios recursos y se auxilia de los indígenas, en su calidad de Oidor de la Segunda Audiencia de la Nueva España. Con estas fundaciones, la Utopía de Tomás Moro, se traduce, con algunas modificaciones, en una realidad.
 La propiedad colectiva de los bienes y el espíritu comunitario aparecen como centrales en la organización económica y social de estos pueblos, la obra más importante de Quiroga. Así, en sus Reglas y Ordenanzas de los hospitales de Santa Fe de México y Michoacán, Quiroga establece este espíritu respecto de la propiedad colectiva de la tierra y el resto de los bienes; la educación de los niños; la construcción, edificación y reparación de los edificios; las fiestas comunitarias y la justa distribución de la riqueza social.  A través de ello, busca garantizar la seguridad social para huérfanos, viudas, viejos, desempleados y el aumento de hijos. Legislación, educación, trabajo, organización social y seguridad social son algunos de los aspectos originales de la labor de Quiroga a través de sus pueblos-hospitales.
Citamos, sólo a manera de ejemplo del espíritu comunitario cristiano de estas ordenanzas, la tercera: “Lo que así de las dichas seis horas de trabajo en común como dicho es, se hubiere, después de así habido y cogido, se reparta entre vosotros todos, y cada uno de vos en particular aeque congrua, cómoda y honestamente, según que cada uno, según su calidad y necesidad, manera, y condición lo haya menester para sí y para su familia, de manera, que ninguno padezca en el hospital necesidad. Cumplido todo esto, y las otras cosas, y costas del Hospital, lo que sobrare de ello se emplee en otras obras pías, y remedio de necesitados, como está dicho  en la segunda Ordenanza arriba, al voto y parecer arriba dichos, y esto como dicho es después de estar remediados congruentemente los dichos indios pobres de él, huérfanos, pupilos, viudos, viudas, viejos, viejas, sanos y enfermos, tullidos, y ciegos del dicho Hospital…pues es lo que a todos nuestra verdadera Religión cristiana nos manda, enseña y amonesta, que hagamos, como está dicho en el principio” (Quiroga).
En relación a los bienes, Quiroga dotó de tierras varios pueblos-hospitales (Sta. Fe de México, de la Laguna –Michoacán- y del Río), algunos de los cuales llegaron hasta fines del s. XIX (1872 Michoacán; 1874 Santa Fe de los Altos), y consiguió que sus habitantes no pagaran diezmos ni tributos y quedaran jurídicamente protegidos de la codicia española (González, 2005, p. 112-113).
A este respecto, es importante señalar que las tierras en propiedad comunal otorgadas a las comunidades indígenas en Nueva España en general, podían ser vendidas por el pueblo, siempre y cuando se justificara su venta (cfr. Piñón, 1984, p. 187). Por el contrario, las tierras comunales y el resto de las propiedades de los pueblos-hospitales de Quiroga eran inenajenables, como lo ordena el Obispo en la cuarta ordenanza: “…de que gocen también como usufructuarios solamente por el tiempo que en el hospital resideren…los cuales huertos y  piezas de tierra dichos se os han de quedar…y procurados solamente el usufructo de ellos como está dicho , y siempre, de manera que cosa alguna que sea raíz, así, de dicho Hospital y Colegio de Santa Fe, no pueda ser enajenable…sin poderse enajenar, ni conmutar, trocar, no cambiar en otra cosa alguna, y sin salir de él en tiempo alguno…” (Quiroga).
El espíritu cristiano de justicia social, entendida a la manera del cristianismo primitivo y del humanismo cristiano renacentista, como ya tratamos, esto es, de la distribución de los bienes según las necesidades de cada uno, y no de su acumulación y codicia, es ordenado por Quiroga en varias de sus Ordenanzas, además de en la tercera que ya citamos. En la misma cuarta ordenanza, el Obispo claramente prohíbe y alerta contra la apropiación privada de lo que debe ser común a los habitantes de los hospitales, previendo que ello sería causa de que la buena obra de dichos hospitales se perdiera, “…apropiándolo cada uno para sí lo que pudiese, y sin cuidado de sus prójimos, como es cosa verosímil sería, y se suele hacer por nuestros pecados, y por falta de semejante policía, y concierto de República, que es procurar lo propio y menospreciar lo común que es de los pobres” (Quiroga).
Asimismo, cuidando de la educación de los niños para esta justicia, ordena en su octava ordenanza que los niños se ejerciten en la agricultura “…pues esto también es doctrina y moral de buenas costumbres…y que lo que así labraren, y beneficiaren, sea para ellos mesmos, que beneficien y cojan todos juntos…y repartan después de cogido todo entre sí…” (Quiroga).
El trabajo en común, con un espíritu colaborativo, se establece en la décimo segunda ordenanza: “que cuando hubiere necesidad de hacer, o reparar alguna familia [el edificio donde habita una], o la Iglesia, o edificio otro, o hacerle de nuevo, todos juntos lo hagáis, y os ayudéis con gran voluntad y animándoos los unos a los otros…” (Quiroga).
Encontramos referencia a este mismo espíritu comunitario en las ordenanzas números 16a (distribución de lo producido en las estancias del campo); 18a (custodia fiel de lo habido en común); 32a (de la donación y repartimiento por todos y "como lo hayais todos, y cada uno por si menester” de lo recogido en común), y 41a (sobre tener una sala común para comer juntos en las fiestas, cuyo gasto se proveerá “del común”).
Como ya dijimos, el programa contenido en sus Ordenanzas es expuesto al Consejo Real por Vasco de Quiroga en 1535 y rechazado por éste como principio del resto de la organización de los pueblos indígenas en la Nueva España.

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