LA TEORÍA DE LA COMPLEJIDAD Y EL CAOS EN LA CIENCIA REGIONAL

Andrés E. Miguel
Julio C. Torres
Pedro Maldonado
Néstor Solís
janos016@gmail.com

SEGUNDA PARTE

La Complejidad en las Regiones de México

CAPÍTULO IV

REGIÓN, COMPETITIVIDAD Y DESÓRDENES EN MÉXICO

Lo mejor de los dados es no jugarlos.
Refrán.

Introducción

El presente Capítulo analiza la relación de los desórdenes con la competitividad y el desarrollo regional de México, en particular en la región Sur-sureste. El supuesto del cual parte es que al inicio del Siglo XXI la competitividad regional de este país aun depende de los factores clásicos del desarrollo regional, y que la relación que la competitividad establece con el desarrollo se manifiesta en un contexto caótico, porque los desórdenes tienden a engancharse tanto a la competitividad como al desarrollo de las regiones, provocando que el impacto de la competitividad y el desarrollo no sea el óptimo esperado. Partiendo de la consideración que la región Sur-sureste mantiene una perdida muy rápida de su competitividad comparativamente con las otras regiones de México, trata de propiciar la reflexión acerca de cuales pueden ser las repercusiones del enganche del caos con la competitividad en el Sur-sureste mexicano con la aplicación del Plan Puebla Panamá en el futuro inmediato.

4.1 La problemática de la relación desarrollo-competitividad en México

Desde el punto de vista económico-social, el desarrollo puede concebirse como el proceso permanente de mejoría en los niveles de bienestar social, alcanzado a partir de una equitativa distribución del ingreso y la erradicación de la pobreza, observándose una mejoría en la alimentación, educación, salud, vivienda, medio ambiente y procuración de justicia en la población.
Cabe señalar que las expectativas creadas por el concepto de "desarrollo" no han encontrado una comprobación plena en las denominadas regiones en "vías de desarrollo" o de "economías emergentes". Por tal motivo, estas regiones aun transitan en busca de los medios o factores para acelerar su desarrollo en esta era de la competitividad. Uno de estos medios considerados lo es el mercado, básicamente a través de los mecanismos de competencia que conlleva.
Al respecto, algunos autores (Rosales 1994) consideran que en el mundo actual de la globalización “no compiten empresas sino sistemas”. La empresa es el nudo crucial de la competitividad y la innovación, pero ella está integrada a una red de vinculaciones que incluye a sus proveedores de bienes y servicios, al sector financiero, al sistema  educacional, tecnológico, energético, de transportes, telecomunicaciones, entre otros, así como la infraestructura y la calidad del sector público y de las relaciones al interior de las propias regiones y empresas.
La competitividad regional puede conceptualizarse como una compleja amalgama conformada por una variedad de factores de tipo demográfico, geográfico, ecológico-ambiental, económico, infraestructura y apoyos públicos regionales, en permanente unidad e interacción. La interrelación de esta diversidad de factores permite a las empresas y regiones ser más competitivas con respecto a otras, pero ¿cuál es la relación entre la competitividad y el desarrollo?, ¿promueve la competitividad el bienestar de los habitantes de la región?, ¿el impacto de la competitividad es verdaderamente favorable para todas las regiones de México?, sobre todo si se toma en cuenta que en algunas regiones de este país, concretamente en el Sur-sureste donde se localizan estados como Oaxaca, Guerrero y Chiapas, indicadores como los de marginación, bienestar e ingreso per cápita confirman que el bajo nivel de desarrollo mantiene una estrecha relación con los más altos niveles de marginación y más bajo bienestar: de las diez entidades con mayor grado de marginación en el país ocho pertenecen a la región Sur-sureste. En Chiapas, Guerrero y Oaxaca el índice de pobreza es superior al 40%, más del doble que el valor medio nacional (OPEDER 2001). Por tal motivo las reflexiones del presente Capítulo se centran en esta región.

4.2 El concepto de competitividad regional

La “región” es un sistema complejo delimitado natural o artificialmente, conformado por una diversidad de "espacios" de tipo económico, social, cultural y ambiental en interacción. La "competitividad" es resultado de la convivencia o interacción de elementos y aspectos heterogéneos, y la interacción entre ellos puede ser “armónica” o “caótica”.
La visión armónica del desarrollo regional descarta o considera en un segundo nivel los desórdenes que puede ocasionar la competencia o los intentos por lograr la competitividad deseada, pues interpreta el comportamiento regional a partir del principio de las “ventajas comparativas y la especialización regional” de David Ricardo, principio que expresa que la especialización en los tipos de producción para los cuales las regiones tienen una ventaja comparativa fundada en el mejor aprovechamiento de sus recursos, puede resultar en ingresos mayores para todos los que participan en el comercio. Este es el argumento clásico para el libre comercio entre las regiones y entre las naciones. Tales ventajas pueden ser resultado de la acumulación de los recursos humanos o de capital (manufacturas e infraestructura), tales como mano de obra especializada, edificios industriales, sistemas de transportación, redes de comunicación, sistemas educativos, industrias tecnológicamente desarrolladas, etcétera. La idea subyacente en este principio es que la “especialización” con los diferentes tipos de producción para los cuales los lugares poseen una ventaja comparativa, puede producir un aumento de la riqueza para las regiones involucradas. En caso de desarrollarse, esta visón supone que la competitividad tendría un impacto favorable o armónico en la región donde se manifieste.
Los cambios observados a partir de la década de los ochenta en el contexto internacional, están caracterizados por el fenómeno de la globalización de la economía, y por consiguiente, “en este mundo globalizado no se compite bajo el esquema tradicional de empresa versus empresa, sino en uno nuevo de cadena empresarial versus cadena empresarial, cluster versus cluster, región, versus región, país versus país” (Villareal y Villareral 2002). Teniendo como aspectos sobresalientes la apertura de las economías, la intensificación del uso de la tecnología de la información en los procesos productivos, la mayor calificación de los recursos humanos, así como el desarrollo de los encadenamientos mercantiles, se generan una serie de impactos regionales y locales. En este sentido, Yoguel (2000) postula “que las ventajas comparativas de los países, regiones y agentes no se derivan necesariamente de su dotación factorial, sino también de factores intangibles que se construyen a partir del desarrollo de competencias endógenas y de la articulación con otros agentes”.

Para comprender la significación de la competitividad, es conveniente analizar algunas concepciones que han surgido a últimas fechas. En este sentido, una de las primeras definiciones de competitividad es la Scott y Lodge (1985), quienes señalan que la “competitividad de una nación es un asunto de la estrategia económica y que la teoría de las ventajas comparativas ya no se puede considerar adecuada como una base para el diagnóstico y la determinación de políticas” (citado en López,1999). Porter (1990) define la competitividad como la producción de bienes y servicios de mayor calidad y de menor precio que los competidores domésticos e internacionales, manifestándose en crecientes beneficios para los habitantes de una nación al mantener y aumentar los ingresos reales.
La CEPAL (1992) considera que la competitividad internacional requiere de una transformación productiva basada en la creciente difusión e incorporación del progreso técnico al proceso productivo. El progreso técnico es el factor que posibilita el crecimiento con equidad, y da viabilidad a la convergencia de la competitividad con la sustentabilidad ambiental. La incorporación del progreso técnico al proceso productivo requiere fortalecer la infraestructura tecnológica, la base empresarial y la calidad de los recursos humanos; requiere asimismo políticas que faciliten el aprendizaje tecnológico y la articulación productiva, y reconozcan el carácter sistémico de la competitividad. Por consiguiente, es de suponerse que se ha estado gestando el cambio del paradigma de competitividad pasando de las “ventajas comparativas” a las “ventajas competitivas” de las industrias y regiones.
Porter (1985) establece la diferenciación entre “ventajas comparativas” y “ventajas competitivas” en países e industrias. La teoría de las ventajas comparativas tiene como objeto de análisis a los países y regiones, enfatizando su estudio en aspectos económicos, descuidando elementos específicos de la estructura de producción y organización internas de las empresas y las propias regiones. Las “ventajas comparativas” promueven en las regiones las actividades con abundancia de recursos para producir con costos y precios menores a sus competidores, sugiriéndoles participar competitivamente en el mercado. Hoy en día, la dinámica de la actividad de las empresas y las regiones en el mercado y en el contexto internacional está más en función de su velocidad de innovación, esto es, del número de nuevos productos introducidos por unidad de tiempo y de la rapidez de imitación de las innovaciones de los países extranjeros (Loyola y Schettino 1994), así como en el mejoramiento tecnológico, y en su capacidad de acceso a los recursos públicos y privados.
Otro enfoque de la competitividad es el que las organizaciones o países en el mundo globalizado se identifican frecuentemente con el incremento de la parte del mercado de exportación o un alto retorno de la inversión que proporciona el mercado interno de sus economías. Por tanto, el éxito en la competitividad en los mercados globales depende de la innovación a través de la producción de nuevos productos y servicios, sin embargo, su sostenibilidad a largo plazo depende también de los aspectos organizacionales, de la cooperación entre instituciones (proveedores, consumidores, universidades, bancos, instituciones de transferencia y otros).

La Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE, 1992) define la competitividad como “el grado en el cual un país, bajo condiciones de mercados libres y justas, puede producir bienes y servicios que superen el test de los mercados internacionales, incrementando en forma sostenida los ingresos reales de su población”. La competitividad estructural analizada por la OCDE (1992) se refiere a la especialización de la economía, la innovación tecnológica, la calidad de las redes de distribución y los factores de localización (host) todo lo cual constituye el estado de suministro de bienes y servicios (Hatzichronoglou 1996). La competitividad así entendida tiende a mejorar el desarrollo de las economías, en particular el desarrollo de una región (López 1999).

El International Institute for Management Development (IMD 1997) define la competitividad como “la capacidad que tiene un país o una empresa para, proporcionalmente, generar más riqueza que sus competidores en mercados internacionales”. La Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL) considera que “la competitividad auténtica debe estar basada en la incorporación de la tecnología y el uso renovable de los recursos naturales, concepción que contrasta con la competitividad espúrea que se basa en la explotación de los recursos humanos y naturales”. Con base de estas definiciones se deducen dos aspectos: 1) que la competitividad se asocia a diferentes áreas geográficas, sean empresas, industrias o, en un nivel más amplio, países o regiones; 2) la competitividad está muy asociada al concepto de productividad, en el sentido que un mayor rendimiento de los recursos naturales, la mano de obra y del capital es un camino indispensable, aunque no necesariamente suficiente para lograr que un país o región logre aumentar su competitividad (Ministerio del Interior 2000).
Para Porter (1990) “el único concepto significativo de la competitividad en el ámbito nacional parece ser la productividad. El principal objetivo de una nación es proporcionar un nivel de vida alto y creciente a sus ciudadanos. La habilidad para lograr eso depende de la productividad con la cual son empleada la fuerza de trabajo y el capital de un país”. La competitividad depende, hoy en día, cada vez menos de la disminución de costos en función de la abundancia de los recursos productivos, y cada vez en mayor medida en el conocimiento (científico, tecnológico, los sistemas de información), y en la gestión de la tecnología (tecnología del producto, del proceso productivo, del proceso organizativo). Por tanto, la competitividad se basa cada vez menos en las “ventajas comparativas” y más en las “ventajas competitivas”, éstas se generan al interior de las empresas y las regiones que las cobijan (Rosales 1991).
Loyola y Schettino (1994) se preguntan ¿por qué algunos países consiguen ser más competitivos que otros? La respuesta a esta pregunta se encuentra en un Capítulo titulado “La ventaja competitiva de las Naciones” de Michael Porter (1990) en el cual el autor señala que la “prosperidad de una nación se crea no se hereda”. En este sentido, la competitividad de una nación depende de la capacidad de su industria de innovarse y ponerse al día, y de acuerdo al pensamiento predominante, los costos laborales, las tasas de interés, las tasas de intercambio y las economías de escala son los más importantes determinantes de la competitividad.

Tomando en cuenta que las acciones emprendidas por unas empresas exitosas no necesariamente se difunden en el comportamiento de las otras empresas, se requiere un concepto más dinámico, la ‘competitividad sistémica’, en el cual se pueden observar actividades intra e interempresariales y con instituciones de apoyo como indicadores de la competitividad. En este último aspecto adquiere importancia la región. Desde esta perspectiva, la competitividad puede definirse como “la capacidad de las regiones para alcanzar los niveles de crecimiento sustentables en el tiempo” (Ministerio del Interior 2000).
La “competitividad regional” también puede entenderse como la capacidad de una región para adelantar a otras regiones en el acceso al conocimiento y tecnología, a los recursos públicos y privados (materiales y financieros), así como al mercado para la venta de sus productos o la adquisición de recursos naturales y materias primas. La región que en un momento consigue adelantar a las demás, genera un aumento de su desarrollo, mejora su accesos a los recursos públicos y privados, y asimismo logra una presencia un poco más segura en el mercado, lo cual le permite, hacerse durante cierto tiempo de mayores recursos privados y públicos, reinvirtiéndolos con la perspectiva de obtener nuevas ventajas, que necesitará para mantenerse o avanzar en su posición en el contexto regional (Lengnick 1992). Estas ventajas pueden provenir inicialmente de la presencia de los factores clásicos del desarrollo en las regiones más competitivas.
Desde una perspectiva global, México es el país mas abierto del mundo, pues mantiene acuerdos de libre comercio con 31 países en tres continentes y presenta un índice de apertura al exterior de 70%, pero paradójicamente es uno de los países menos competitivos, al ocupar el numero 43 dentro de los 59 países en el reporte global de competitividad 2000. Esto indica que los pilares que soportan el crecimiento a mediano plazo han perdido solidez y sustentabilidad con respecto a los otros países (Villareal y Villarreal 2002).

En este sentido, algunos procesos de desarrollo regional integral como el plan Puebla-Panamá (PPP) tienden a articular una visión estratégica de integración productiva que supone a la región como una ampliación de la base productiva, para generar economías de aglomeración (complementación de factores y recursos por el lado de la oferta) que requiere el desarrollo regional, a la vez que una integración comercial, a la cual interesa el desarrollo de nuevos mercados con respecto a nuestros países vecinos. En este sentido, la competitividad dependerá de los factores clásicos del desarrollo regional, tales como la infraestructura, transportes, apoyos públicos, etcétera; que en el corto y mediano plazos posea el Sur-sureste. Por consiguiente, conviene reflexionar lo que al respecto propone la teoría clásica regional sobre la competitividad; y también lo que la “metodología de la complejidad” puede aportar al considerar los desórdenes como posibles “atractores de caos” que tienden a dificultar que la competitividad y el desarrollo generen un impacto favorable en el territorio.

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