REMOVIENDO LAS ESTANCADAS AGUAS DEL TURISMO

Francisco Muñoz de Escalona
mescalafuen@telefonica.net

36 Para una historia de las guías turísticas (II)

Parece fuera de duda que las modernas guías turísticas aparecieron hacia finales del siglo XIX, la época en la que el turismo comenzó a masificarse. Sí: se masifica ya entonces. Porque, si lo comparamos con años posteriores y los turistas eran entonces más ricos que en años futuros, lo cierto es que se puede decir que el turismo era ya más masivo que antes aunque menos que después.

Estamos, pues, en la singular época que los franceses llamaron fin-de-siècle, aquella en la que París se convirtió en la Cité Lumière, la Ciudad de la Luz, la ciudad más moderna del mundo después de la profunda remodelación del barón Haussman. París se convirtió en el escaparate de la moda, escenario de sucesivas Exposiciones Universales organizadas por Grandville siguiendo el modelo de la Exposición de Londres de 1851.

En el siglo XIX, las fiestas se convirtieron en vacaciones: semanas o mese fuera del lugar de residencia. Cada vez había la gente que podía disfrutar de tiempo libre de obligaciones (le loisir) para realizar actividades culturales, deportivas y recreativas, las que hasta hacía poco estuvieron reservadas a una exigua minoría (la clase ociosa de Veblen). El cuarto de siglo que precede a 1914 tuvo lugar un progreso espectacular gracias a los espectaculares incrementos en la riqueza por las sucesivas revoluciones industriales en Europa y América. El turismo era ya una actividad frecuente entre las clases urbanas durante la Restauración francesa. El diccionario Littrè definía el turismo en 1876 como viajes de tiempo libre por curiosidad o por el mero placer de viajar. Incluso por el placer de decir que se había viajado. Porque el turismo era una actividad que confería estatus social.

El escritor Alphonse Daudet reflejó perfectamente esta época en sus escritos, a veces de forma un tanto caricaturesca y distanciante por medio de una crítica veladamente ácida. Daudet cita las guías de turismo. Y lo hace en la segunda entrega de su saga novelesca, la protagonizada por Tartarín, titulada Tartarín en los Alpes. Empieza la novela con esta frase:

“El diez de agosto de 1880, a la maravillosa hora en que se pone el sol en los Alpes, tan calurosamente cantada por las Guías Joanne Baedeker, una niebla amarillenta y opaca, complicada con una tormenta de nieve en volutas blancas, envolvía la cima del Rigi (Regina montium), y a ese hotel gigantesco que constituye una visión extraordinaria en el árido paisaje de las cumbres, ese Rigi-Kulm, todo de vidrio como un observatorio y macizo como una ciudadela, donde se hospeda durante un día y una noche la multitud de turistas adoradores del sol”

(Recomiendo su lectura. Les gustará, sin duda, y lo pasarán bien con la caracterización de aquellos primeros turistas de masas, los aficionados a las excursiones por parajes nevados  en el primer destino turístico del mundo en el que se había convertido Suiza).

Comprobará, pues, el lector de la novela que, ya a fines del XIX, había muchos turistas (viajeros que consumían una estancia pasajera en sitios como los Alpes) y que también había turismo tanto en los Alpes como en otros lugares porque proliferaban los servicios facilitadores: hoteles, restaurantes, guías acompañantes en excursiones y también, claro está, había una oferta destacada de guías de turismo ya que para entonces la imprenta había alcanzado cotas muy altas de desarrollo. Si había mucha gente que ansiaba hacer turismo había una gran demanda de guías. Daudet cita la guía editada por Baedeker pero ya entonces había también otras, entre las que cabe citar las editadas por Meyer en Alemania y por Murray en Inglaterra.

El turismo era ya, sin duda, una realidad palpable mucho años antes de lo que pontificó Dumazedier. Tanto que Daudet se inspiró en esta realidad para escribir la citada novela, una de las más celebradas de su producción. El turismo estaba ya tan instalado en el mundo desarrollado como consecuencia de la revolución industrial que se prestaba, como digo, a ser caricaturizado con el sarcasmo y la gracia con que lo hizo Daudet, algo que es, sin duda un indicador muy fiable de su presencia y de su creciente significación social.

A principios del siglo XX muchos países europeos y hasta algunos africanos, americanos y asiáticos habían sido objeto de la atención de la editorial Baedeker. Véase el catálogo de las Guides Baedeker hacia 1914, el año que estalló la Grand Guèrre, muchas de las cuales contaban con numerosas ediciones:

Alemania. Berlín y sus alrededores
El Rin, de la frontera suiza a la frontera holandesa
Inglaterra, Gales y Escocia
Londres y sus alrededores
Austria-Hungría
Bélgica y Luxemburgo
Canadá
Constantinopla y Asia Menor
Dinamarca
Egipto y Sudán
España y Portugal
París y sus alrededores
El Noreste de Francia
El Noroeste de Francia
El Sudeste de Francia
El Sudoeste de Francia
Las Ardenas, Borgoña, Lorena y los Vosgos
Artois, Bretaña, Flandes, el Loira, Normandía y Picardía
Las Chevennes, Córcega, La Dauphine, el país Lyonés, Provenza, Ródano y Savoya
Auvernia, Dordoña, Gironda y Pirineos
La India (Ceilán, Birmania, Malaisia y Java)
Italia Septentrional
Italia Central y Roma
Italia Meridional y Sicilia
Italia de los Alpes a Nápoles
El Mediterráneo (Puertos y rutas marítimas incluyendo Madeira, Canarias, la costa de Marruecos, Argelia y Túnez)
Palestina y Siria (con las principales rutas de Mesopotamia y Babilonia)
Rusia, con Teherán, Port Arthur y Pekin
Suecia y Finlandia
Noruega
Suiza, con las partes que limitan con Savoya e Italia

Dispongo de una nutrida colección de antiguas guías pero me voy a referir con cierto detalle a laguía de Alemania, editada en Leipzig por Karl Baedeker en 1914 en lengua francesa. Se trata de la 14ª edición revisada y puesta al día con 43 mapas y 112 planos y 563 páginas de apretada letra impresa. Lo primero que se encuentra el usuario es una tabla de cambio de unas monedas en otras (marcos, francos, rublos, coronas austriacas, florines, libras y dólares) con la que se pone de manifiesto la generalización que habían logrado alcanzar los flujos turísticos a principios del siglo XX. En seguida se incluye un mapa desplegable escala 1:2.750.000 que marca las fronteras del Imperio Alemán con especificación de las principales ciudades según su población. En el prefacio se declara enfáticamente que la guía “debe ser ante todo un manual práctico que permita ver con seguridad y rapidez las principales ciudades y comarcas alemanas”.

La guía se divide en cinco partes. Los mapas y planos que enriquecen la edición fueron debidamente actualizados. Objeto de espacial atención son los datos sobre hoteles y restaurantes pero sin especificar los precios para evitar cualquier sombra de publicidad comercial. El editor advierte curándose en salud que “no pretendemos ser infalibles en la información debido a los frecuentes cambios que puede experimentar” y ruega a los lectores comunicar por escrito al editor los posibles errores que puedan encontrar en la guía.

Once son las materias objeto de información: lengua, moneda y gastos de viaje, pasaporte y aduanas, hora, ferrocarriles, fiacres, hoteles y pensiones, restaurantes, cafés y venta de tabaco, correos, telégrafos y teléfonos, nociones historia, nociones de geografía, principales curiosidades sobre el país, deportes (ciclismo y automovilismo) Le siguen las descripciones pormenorizadas de las diferentes regiones de Alemania con especificación de ciudades, monumentos, costas, bosques, ríos, balnearios, etc.

Además de Baedeker alcanzaron una gran difusión las Guides Bleus, editadas por Hachette (París) y por Muyriead (Londres). De ellas citaré la Guía de Italia, editada en dos volúmenes con la colaboración del Touring Club de Italia. El primer volumen está dedicado a De los Alpes a Roma y el segundo a Roma. En el prefacio, el editor reconoce que Italia es el país que más llama la atención, los sueños y los deseos de los turistas. Y como la ya citada de Baedeker, especifica: “Esta guía tiene por objeto ayudar al viajero a encontrar con rapidez lo que más se adapta a sus gustos y servirle de acompañamiento a fin de ofrecerle explicaciones breves, claras y precisas”

Un tercer grupo de guías voy a citar, las editadas por el Ente Nazionale per le Industrie Turistiche (ENIT) creado por la Italia de Mussolini en los años treinta del siglo XX. Concretamente la guía de Italia Central y Roma, de 1943, en español. Forma parte de un plan en el que figuraba la dedicada a Italia Septentrional y la dedicada a la Italia Meridional. Se conciben las tres como guías rápidas pretendiendo “dar orientaciones esenciales acerca de los itinerarios y breves indicaciones respecto a cuanto es digno de llamar la atención del turista” para el que aspiran a “ser compañeras atentas y útiles de los primeros extranjeros que, al restablecerse la paz” visiten Italia.

Nótese que las guías del ENIT como todas las demás, se dirigen a los extranjeros, una característica que no debo dejar pasar sin comentar. Y es que en aquellos años no había más turismo que el internacional. Tuvieron que pasar bastantes años para que los desplazamientos de ida y vuelta realizados dentro del país del turista fueran incluidos dentro del turismo. Sorprendentemente, hoy el turismo interior supera en muchos países, concretamente en España, al turismo exterior

La atenta lectura de las guías aporta una excelente y detallada visión de la evolución del turismo en la época en la que fueron editadas. Se advierte que en los años que estoy citando lo que había era un turismo básicamente cultural acompañado por el turismo de cura en balnearios termales. Era así todavía en los años centrales del siglo siguiente lo que queda reflejado en la afirmación que hicieron los suizos Hunziker y Krapf en 1942 de que el turismo había que estudiarlo desde la sociología en general y desde la sociología de la cultura en particular.

Después de la Segunda Guerra Mundial el turismo se diversifica extraordinariamente para dar cabida a tantas actividades que puede decirse que no queda excluida ninguna, ni siquiera las actividades de negocio. Hoy hay guías dedicadas a monumentos concretos, a museos de excelencia, a actividades deportivas o de aventura, etc. Si se echa un vistazo a los anaqueles de una buena librería y ve que en uno de ellos pone “turismo” lo más seguro es que no haya en él otra cosa que guías.

¿Y qué decir de las guías de turismo digitales? La red de redes está plagada de ellas en todas sus versiones, tamaños y calidades. Las hay que explican cómo llegar a cualquier lugar con especificación de su ubicación en el mapa, los medios de transporte disponibles, los alojamientos existentes, los monumentos más destacados que son de visita “obligada”, los eventos que en él se celebran y, por si fuera poco, cómo efectuar un reserva. Lo mismo acontece con los medios de comunicación digitales, los cuales, como los convencionales, ofrecen guías de todo tipo a sus lectores sin precio adicional.

Por eso me sorprende que no se hayan hecho las necesarias investigaciones encaminadas a estudiar detenidamente las guías de turismo: para conocer su origen, su evolución, sus técnicas, sus variedades y sus destinatarios, sin olvidar el número, capacidad y forma de actuar de las empresas editoriales que las producen. Cuando tantos recursos se dedican al estudio de otros temas con menos enjundia no se entiende que su marginación aun no se haya tratado de corregir. Parece que los investigadores aun no se han percatado ni por asomo de que un profundo conocimiento de las guías desde sus inicios a la actualidad arrojaría una luz preciosa sobre la evolución del turismo a lo largo de su historia.

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