ENFERMEDAD MENTAL Y PSICOLOGÍA: UNA HISTORIA COMPARTIDA EN EL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE SANTIAGO DE CUBA

Yunior Hernández Cardet (CV)
jcardet@ucm.hlg.sld.cu

1.1.2 Propuesta de historia crítica para el campo de la ciencia psicológica: una realidad a considerar.

Que en el año 1958 el pensamiento de José Ortega y Gasset se moviera a considerar la historia como el sistema de las experiencias humanas que forman una cadena inexorable y única, sentó las bases para una diferenciación cualitativa de la tradición histórica imperante. Lo que a juicio de muchos se ha ido definiendo como tradición historiográfica y que en la actualidad se percibe como la historia y la metodología del campo de la historia, en los marcos de la psicología viene ofreciendo hace algún tiempo un nuevo rostro: el enfoque de la historicidad crítica abanderado por Kurth Danziger. Esta perspectiva ofrece a la ciencia psicológica los postulados que Annales definiera para la historia en sentido general.

La historia crítica es una alternativa a la visión positivista y “natural” de los acontecimientos, lo cual se explica de la siguiente forma. Durante siglos ha existido como idea que la psicología encuentra exclusivamente sus objetos en el mundo material y “… aunque una visión más subjetiva del naturalismo supone que tales objetos se hallan no en la naturaleza objetiva, sino en la mente de las figuras históricas específicas…“(Danziger, 1984, p.3) ninguna de estas concepciones resultan saludables para el desarrollo científico .
            
La primera vertiente iguala historia a cronología, transformándose aquella en una crónica de cómo determinados descubridores develaron ciertos objetos, mientras la segunda -en tanto defiende que los objetos se les "ocurren" a los individuos- desprecia el papel de la actividad humana en el surgimiento de los mismos.

Las formas tradicionales en que ha sido asumida la sucesión histórica garantizan muchas veces pérdida a la actividad constructiva que subyace al fenómeno. Danziger al respecto interroga “… ¿qué procesos están implicados en el surgimiento de patrones nuevos, no sólo de la actividad teórica, sino más precisamente de la actividad práctica e institucional? ¿Cómo cambian a lo largo de la historia las relaciones entre estas actividades, y cómo adquieren su estatuto de marcos epistémicos, esto es, como marcos que generan productos con valor de conocimiento psicológico?; ¿Cómo median estas situaciones entre un contexto social más amplio y el contenido del conocimiento psicológico?…“(Danziger, 1984, p.4).

A decir del investigador sudafricano estas cuestionamientos encuentran canalización sólo en y a través del enfoque histórico crítico, el cual legitima, entre otras, que las ideas se deben analizar desde el principio como construcciones humanas, producidas por agentes sociales en condiciones históricas específicas, ya que al realizar una interpretación de este tipo se interrelacionan los objetos y construcciones como productos de la historia con la actividad que los erige.

Destaca a la par una nueva dimensión para los individuos que conforman la historia, anteriormente estos eran considerados héroes mitológicos, figuras celebratorias a razón de que los logros llegaban a la historia de la voz y mano de ellos mismos, agarrados con tal fuerza que a pesar de las restantes influencias se declaraban como únicos autores y actores de los hechos. Ahora se habla de un sujeto colectivo, de un nivel transindividual como fuente de actividad y no como mera fuente de influencia.
No es pretensión de este enfoque desinteresarse definitivamente en cuanto a si las respuestas a los problemas históricos pueden encontrarse en acciones e intenciones específicas de individuos históricos concretos, pero tiene a bien considerarlos mejor cuales puntos de partida, que como enunciados finales de la investigación. “El análisis histórico crítico no puede detenerse cuando pone de manifiesto la representación de problemas específicos por parte de actores históricos individuales, sino que debe utilizar estas representaciones como indicios para llegar a la problemática subyacente.” (Danziger, 1984, p.7).

La historia crítica asume que los preceptos tradicionales pierden, ipso facto, todo su valor positivista, ya que el objetivo de la disciplina “… entraña un intento consciente de evitar dar por sentados los prejuicios actuales y usarlos como parámetro ahistórico según el cual se debe juzgar el pasado. “ (Harris, 1980, citado en Danziger, 1984, p. 2), o sea, haciendo nuestras -sin espacio al escepticismo- todas las valoraciones que se defienden en el presente, estamos apenas defendiendo una continuidad de la cual desconocemos su contenido intrínseco, pues habiendo sido incluso fruto de intenciones no tradicionales o acumulativas ¿cómo seremos capaces de saberlo sino a través de un análisis que remueva las bases, que penetre incluso hasta sus mismos cimientos?, posible ello sólo a partir de un estudio crítico.

La vertiente crítica estima que "…es un problema precisamente lo que se aceptaba sin reparos desde el punto de vista tradicional, esto es, los objetos (…) no se dan en la naturaleza como materias dadas, sino que son el producto de una construcción humana (...). Si se toma con seriedad la idea de que todos los objetos (…) son creados por el hombre, se desprende que su historia es en último análisis la historia de su construcción”. (Danziger, 1984, p.3).

Sin embargo toda nueva concepción de historia crítica es a la vez crítica a ella porque siendo de otro modo legitima, en el mejor de los casos, la continuidad hechológica y el movimiento inercial. Para lo cual Danziger propone que la actitud crítica se extienda no sólo a las autoridades tradicionales y a los puntos de vista del investigador, sino también a la disciplina misma, lo que hace de esta un fenómeno más cercanamente tangible.

Compartimos con este historiador que el objeto de estudio de esta vertiente histórica lejos de cuerpos inertes está conformado por actividades humanas, en la que los aspectos individuales y sociales son inseparables. De tal modo, en este entrecruzamiento entre lo individual y lo social en el campo de la historia de la ciencia, viene a producirse también el necesario vínculo entre los problemas específicos de la ciencia -la psicología en nuestro caso-, la problemática más general de la que forma parte, y el contexto en el cual tanto el problema concreto como la problemática que lo engloba, se han ido desarrollando. Tal y como esta situación se le presenta a la ciencia psicológica, y por ende, a los profesionales que se desempeñan en este campo, el vínculo entre estos tres elementos se convierte en un mecanismo natural a partir del cual nuestra ciencia opera. 

El problema, por muy ambiciosos que sean los intentos tanto del individuo como de la concepción histórica, es siempre de tipo específico y se enmarca dentro de un espacio mucho más amplio -al que podemos denominar problemática- donde se definen imágenes, esquemas, métodos, insertos ambos en el entramado social. Esta dialéctica posibilita de una parte un marco para el resarcimiento del problema y de otra abre puertas a la crisis, garantizando en última instancia nuevos contextos y problemáticas.

Compartimos entonces que “…la ciencia funciona no a partir de teorías u observaciones, sino de problemas…” (Popper, 1972, citado en Danziger, 1984, p.7), aunque consideramos más oportuno emplear el término problemática a razón de que este contiene a los problemas como fenómenos específicos y matiza la visión interpretativa del historiador crítico de una manera más amplia y profunda.

Sin embargo, la problemática no es propiedad de un único individuo -aunque este puede definir e incluso presentar a la comunidad científica los problemas específicos que ella posee-, sino resultado de una ardua interacción social en la que la problemática se configura aspecto de la vida, deviene actividades y objetos constituyentes y formas en las que los individuos se comunican sobre situaciones compartidas; por lo que “… en última instancia no son los actores individuales los que funcionan como sujetos históricos, sino los grupos que comparten una misma problemática. En otras palabras, para operar la historia crítica en sentido fuerte tiene que concebir, de alguna manera a los sujetos colectivos. Esto no significa que debe dejar de lado a los sujetos individuales, sino que se debe intentar ir más allá de este nivel hasta hallar la formación general de la que el individuo es un caso.”(Danziger, 1984, p. 7-8).

La interpretación fenoménica no debe desestimar que la condición de ser social se adquiere sólo bajos condiciones histórico-culturales compartidas, donde el entorno personal se traduce en espacio colectivo, transindividualmente hablando, la realidad en singular se legitima propiedad en plural sólo por la probabilidad de una empresa y repertorio compartidos. Danziger concibe respetuosamente esta perspectiva y al igual que Vygotski (1997) estima que a través de ella puede comprenderse, explicarse y transformarse la realidad objeto de estudio.

El pensamiento del historiador sudafricano se entrecruza significativamente con el de Corral (2003), quien considera necesario un tipo de historia entendida como cadena de sentidos, intenciones y significados, que realizadas en el tiempo generan consecuencias que afectan el presente y diseñan caminos futuros, en los marcos de una práctica profesional donde psicólogos y psicólogas ponen empeño a fin de producir soluciones ante las demandas del entorno.

El arsenal de saberes que la ciencia lega a las subjetividades colectivas y que hereda también de ellas se constituye a través de prácticas discursivas, las cuales se generan en determinados contextos y a partir de ciertas epistemologías; por lo que, a decir de Danziger (1984), un enfoque crítico debe considerar entre sus metódicas la valoración del discurso como unidad semántica de sentidos y significados.

El discurso ofrece la posibilidad de comprender el mundo subjetivo de quienes lo producen, vivenciar la realidad sin máscaras e incluso escudriñar en las premisas que sustentan la relación sujeto/evento, esto es, a través de dicho fenómeno los acontecimientos se muestran tal cual acaecieron, pues son resultado en parte de la referencia viva de los autores (actores históricos, si se quiere) y aluden por otra a intereses y dimensiones de la comunidad de práctica donde se producen.

El análisis interpretativo y la elaboración históricas pueden ser posibles como resultado de la rectificación de errores. En tales circunstancias el discurso reviste una importancia medular, pues favorece que los acontecimientos pasados se actualicen  en el lenguaje como entramado de sentidos y significados vividos, distingue una diferenciación de tipo interpretativa entre discursar y conversar, y abre puertas a nuevas explicaciones fenoménicas, a la vez que conforma peldaño primero en la escalada crítica.

Al discurso podemos entenderlo desde diversas posiciones, las más tradicionales lo relacionan con una modalidad retórica del lenguaje donde aquel desempeña una función monológica y las relaciones de comunicación se dan unidireccionalmente, caracterizándolo la falta de retroalimentación entre los participantes. Otra acepción lo contempla más lingüística e incluso sociolingüísticamente destacándolo como diálogo, conversación, lo que implica diferencias en el rol que ocupan emisor y receptor en cuanto a la construcción del discurso y el uso de la palabra.

Una tercera tesis lo considera como producto del pensar y el espacio donde discurre la polémica relativa a la primacía del pensamiento vs lenguaje y viceversa, siendo definido en esta dirección como “… el conjunto de estructuras semánticas que organizan el sentido y cuya finalidad pragmática es comunicar al otro y confirmar el sí mismo”. (Villegas, 1993, citado en Sánchez, 2007, p.6).

Es pertinente reiterar que en los marcos de esta investigación el análisis del discurso se dirige al estudio de los significados que se renuevan en el lenguaje, así como la relación entre este y las circunstancias en el que se producen, por lo que estamos en condiciones de establecer diferencias en cuanto a la exégesis de la conversación y el acto discursivo.

Mientras que la primera posición alude a la dinámica en las estrategias de interacción social, la segunda estudia los componentes semióticos y pragmáticos que encuentran en él su forma de expresión, esto es, los significados y sentidos que se corporeizan en el discurso, a partir de circunstancias específicas a las cuales reflejan.

Para el estudio de cualquier fenómeno que contemple al discurso como una herramienta de acceso al campo, es preciso al menos realizar un bosquejo de la relación lenguaje-pensamiento, pues aunque compartimos con Foucault (2003) la idea de que el discurso es un sistema de representación y nos referimos a él como una forma de representarnos el conocimiento de algo, de un aspecto específico de un momento histórico en particular, reconocemos que es el lenguaje como sistema de signos que se apoya y sirve de la palabra para funcionar, el que lo hace posible. “El pensamiento encuentra en la palabra la indispensable envoltura material en la cual y sólo a través de la cual deviene realidad inmediata para otras personas y para nosotros mismos.” (Petrosvky, 2003, citado en Sánchez, 2007, p.6).

Las valoraciones de Petrosvky y Vygotski se interrelacionan a la hora de valorar la dialéctica entre pensamiento y lenguaje, ya que el primero considera  a la palabra como recurso valioso para el estudio del pensamiento y defiende que en tanto más exhaustiva es una idea, más precisa se expresa escrita u oralmente. El segundo con sus consideraciones semióticas para el estudio de la conciencia,  afirma que toda palabra está provista de un significado y se emplea con una finalidad.

Defiende además que el lenguaje es un sistema mediatizador que favorece la transmisión de valores, creencias, de forma intelectual a los demás y que se vale de la palabra como elemento donde adquieren forma sentidos y significados. Partiendo del hecho que la palabra es la envoltura del significado y es este último el que determina el funcionamiento del sujeto, Vygotski propone un método basado en “… el análisis semántico -el estudio del desarrollo, el funcionamiento y estructura de esta unidad que contiene al pensamiento y al lenguaje interrelacionados-.” (Vygotski, 1966, p.21).

El lenguaje humano es la vía de expresión de un conjunto de contenidos semánticos que son reflejo de particularidades psicológicas individuales, las cuales se van formando en la relación del individuo con el medio, por lo que a la hora de estudiar el discurso hay que tener presente que la relación entre uno y otro -pensamiento y lenguaje- no es uniforme, ni paralela y que el acto de discursar siempre va a conservar dos contenidos: uno manifiesto que hace referencia a aquello que se presenta como expresión, enunciado, y otro latente al cual se tiene acceso a través de la comprensión de la expresión lingüística del sujeto.

En esta dirección el pensamiento de Ortega y Gasset apunta muy coherentemente “… lo que de hecho manifestamos se apoya en innumerables cosas que silenciamos. El lenguaje existe gracias a la posibilidad de la reticencia y lo que, en efecto, enunciamos vive de lo que por sabido se calla…” (Ortega y Gasset, 1958, p. 96).

A la presente investigación le compete la dimensión psicológica del discurso pues la interpretación del mismo conformará herramienta infalible de trabajo, compartimos de este modo con Foucault (2003) que el discurso influencia en cómo las ideas son introducidas en la práctica; que el significado, las prácticas significativas y la producción de conocimiento se realizan a través del propio discurso y que dentro del mismo se edifica el sujeto, de manera que todos los actos discursivos constituyen posiciones del sujeto desde las cuales los segundos dan sentido a los primeros.

Las pretensiones de esta investigación se mueven a elaborar un tipo de historia que salvaguarde lo que subyace en el discurso de los profesionales, desde una óptica en que la apología de acontecimientos y figuras individuales no conforman la médula, en parte porque desde ella se pierde mucho de la esencia, intrínseca a todo evento, y de otra porque las concepciones científicas y el sistema social nuestros favorecen que los logros individuales se “diluyan” en los colectivos.
Proponemos un tipo de historia que se traduzca en cadena de sentidos y significaciones en el tiempo, que nos llega por la voz de sus propios protagonistas y que matizan los caminos presentes y futuros del ejercicio científico, en relación a la Concepción de Enfermedad Mental en el Hospital Psiquiátrico Provincial de Santiago de Cuba.


Destacado filósofo español, entre cuyas obras se destacan: Historia como sistema; En torno a Galileo e Ideas y creencias. Combate, entre otras, la idea eleática del ser (ser idéntico, invariable) y defiende una visión sistémica para la historia.

Tales concepciones lejos de contribuir al desarrollo científico conforman sesgos en él pues remiten no sólo a lo que Roberto Corral  define como tercer problema cardinal a la hora de hacer historia de la ciencia -internalismo/externalismo- sino que impiden la integración metodológica inherente al desarrollo de la ciencia.

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