ENFERMEDAD MENTAL Y PSICOLOGÍA: UNA HISTORIA COMPARTIDA EN EL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE SANTIAGO DE CUBA

Yunior Hernández Cardet (CV)
jcardet@ucm.hlg.sld.cu

Epígrafe 2.4. Los frutos  de la interacción con el objeto de investigación.

De la construcción a la apertura. (Años 1980-1990).

Toda vez que se habla de concepción se asume que en algún punto, “muy destacado” por cierto, aparezca recogida una definición relativamente acabada sobre el fenómeno en cuestión; desde una perspectiva personal ésta tendencia reduce al máximo el concepto transformándolo de proceso a estado. En nuestro caso particular, la psicología ha contribuido a desligarnos de tal tendencia, por tanto es poco probable que en las interpretaciones que siguen se halle un párrafo que resuma la concepción de enfermedad mental que rectoró el período.

Nuestras intenciones están encaminadas a valorar el hacer psicológico en la institución en consonancia con las concepciones clínicas y psicoterapéuticas que sobre enfermo y enfermedad mentales se poseían, ganando en claridad sobre ellas, pero nunca ofreciéndolas como concepto que sirva para traspolarse tanto a otras investigaciones como para emplearse cual emblema del pensamiento psicológico en el período.

¿Cuál es el universo de la salud/enfermedad mentales que se respira en el hospital una vez llegados los psicólogos? ¿En qué medida contribuyeron ellos a legitimarlo o a transformarlo?, son interrogantes que dan inicio a nuestras valoraciones.

Es descrito el período como un espacio de construcción de posiciones científicas, de legitimar a la ciencia en un estatuto que la distinguiera también como profesión; en relación a esto aluden “… eran momentos de defendernos y defender al paciente con el arsenal de saberes que poseíamos a fin de deconstruir las tendencias que ubicaban a la psicología como complemento de la psiquiatría y a sus profesionales como los oradores verborréicos que se relacionaban bien con los psiquiatras en la medida que le servían como psicometristas…”.

Esto viene a informar tanto de la visión/misión asignadas a la psicología, la posición de poder imperante en los psiquiatras, como a “dibujar” las direcciones en los planes de acción, tendentes a desmitificar las concepciones instituidas. Resultó beneficiosa la formación Pavloviana recibida en la academia, en tanto posibilitó un lenguaje común con la mayoría profesional y la necesidad/posibilidad de superar los obstáculos justamente donde se erigían.

Desde el punto de vista diagnóstico se empleaban como métodos esenciales la entrevista y la observación a manos de los psiquiatras, mientras que los psicólogos realizaban la psicometría propiamente dicha. Los criterios para determinar un trastorno mental se movían a la búsqueda del grado de pérdida del vínculo con la realidad, la ausencia de recursos personales para interactuar con el medio y con los coetáneos, así como los niveles de desorientación auto y alopsíquica. Se enfatizaba también en el nivel de congruencia de las acciones del sujeto enfermo más con lo normado socialmente, que con las características histórico/culturales y contextuales que distinguen su personalidad.

Se empleaban con mucha frecuencia las pruebas proyectivas y el Roschar como ejemplo modelo, teniendo la perspectiva cuantitativa un valor superior a la cualitativa, esto es, el interés se movía más a lo que pudiera aportar literalmente la técnica que a su interpretación vivencial y fenomenológica, a partir de ello se incurría en una evaluación parcial del sujeto situando a este en una posición más objetal que humana.

Los psicólogos contribuyeron a la modificación paulatina de estas visiones pues lejos de sentirse limitados con su casi exclusiva función diagnóstica aprovecharon el espacio para elaborar informes psicológicos vs psicométricos, con lo cual se gestaba una idea de cambio, de lograr independencia e identidad como comunidad de profesionales y de ofrecer una posición justa para el enfermo.

Al respecto exponen “…debíamos ser cuidadosos pues se hacía una lectura casi lineal de los resultados que arrojaban las pruebas y eso conllevaba al etiqueteo del paciente (…) aunque tuvimos resistencia incluso entre los mismos psicometristas ya viciados con el proceder (aplica, cuantifica e informa), con astucia fuimos moviendo el fenómeno a lo más provechoso que pudiera resultar para el paciente (…) eran momentos en los que se trataban enfermedades, no enfermos y estábamos convencidos que necesitábamos modificar eso…”

Esto da cuenta, por una parte, de una tendencia estadística, imperante a estimar lo normal como promedio y lo anormal como desviación y de otra el nivel de conciencia crítica que germinaba en los profesionales. Lo cual tributó a redimensionar diagnóstico e intervención a partir de maneras peculiares de accionar, que si no se perciben con nitidez hasta entrada la segunda mitad de la década, marcan el punto de partida.

Resulta notable la implementación de mucha tecnología psicológica, comprensible en un alto número de métodos e instrumentos diagnósticos, lo que potenció que la visión psicométrica y cuantitativista comenzara a dejar de ser central, unido al tipo de interpretación que se efectuó. El esfuerzo se dirigió a mirar al enfermo mental a través del prisma del contexto histórico, social y cultural y no desde la óptica de sus propias alteraciones, ahondando en sus vivencias, en sus espacios comunitarios, para lo cual se sirvieron del trabajo social y de los recursos/habilidades asumidos en la formación académica.

“No se tenía más encuentro con la familia que el momento en que traían al paciente, por lo que una de nuestras primeras tareas fue acercarla al hospital, tanto para ganar en rigor diagnóstico como para acceder al mundo interno del sujeto y colaborar con su recuperación…”.

Este comentario ilustra la labor psicológica en cuanto a redescubrir la persona que existe en el paciente, lo cual se sostiene además con la disciplina que se estableció para entregar un informe diagnóstico. Un número significativo de estos eran revisados por los psicólogos en aras de corregir la tendencia descriptiva imperante. Aunque no puede decirse que eran corroborados en su totalidad, más que hacerlo con los que iban a trascender –díganse los casos que habían cometido delitos, los que a petición del psiquiatra necesitaban valoración psicológica y los que iban a discusión diagnóstica-, eran seleccionados ciertos informes “al azar” y se sometían a valoración.

Ello condujo a que los diagnósticos psicológicos comenzaran a distinguirse, no tan centrados en la perspectiva neurofisiológica y neuroanatómica, el psicólogo sobre la descripción sintomatológica presentaba las esferas conservadas del psiquismo, destacando posibles vías de acceso para el accionar terapéutico.
Debían en parte esta habilidad a la formación recibida en la academia, la cual abogaba por una conjugación de lo recogido en las técnicas con los criterios clínicos, la cual fue complementada con literatura conocida en la práctica como es el caso de “Propedéutica y Clínica Psiquiátricas” de Armando Córdova Castro y colaboradores, “Psicología Médica” de José A. Bustamante, por citar algunas. Sin embargo el mejor mérito, tanto de la acción como de los textos, es que tributaron a “sacar a la luz” el componente humano en el paciente.

Al primer autor le corresponde además la introducción de la noción de comunidad terapéutica, en la cual se abogaba porque las actividades administrativas y de índole cotidianas en la institución se realizaran en directa interrelación con el paciente, lo cual condujo a mejorar los servicios y las instalaciones hospitalarias, pero no las visiones hacia el sujeto enfermo, todo lo contrario.

“… los psiquiatras querían creer que podían obtenerse resultados con las propuestas de Córdova Castro, pero veían la nueva dinámica hospitalaria que se gestó a partir de esta propuesta más como un freno a la acción interventiva que con finalidades terapéuticas, (…) en parte tenían razón pues las características del paciente trastocaban muchas cosas, pero a mediano plazo se comenzaron a experimentar mejoras y cambios de opiniones. Si Orlandini no hubiera iniciado toda esa revolución el más lacerado hubiese sido el paciente.”

El comentario anterior viene a reforzar la idea de que los manejos interventivos con el paciente psiquiátrico eran limitados; la psicoterapia, por ejemplo, era poco empleada y estaba en manos de los psiquiatras exclusivamente. En las discusiones de caso -que junto al diagnóstico constituían los únicos modos de actuación psicológica- el sujeto era colocado en la posición de alguien a quien se consideraba enfermo por lo cual había que ganar en claridad sintomatológica, a fin de clasificar nosológicamente y establecer una conducta a seguir. Eran momentos donde las particularidades de la personalidad no eran asumidas con el rigor requerido y muchas de las vivencias que respondían a formas de internalizar la realidad social se consideraban típicas del estado morboso.

El período se caracterizó por un diagnóstico abundante de esquizofrenia y desde el punto de vista terapéutico el empleo de psicofármacos y terapia electroconvulsiva (TECA) rectoró; la finalidad del tratamiento se dirigía a aliviar síntomas y compensar al paciente a fin de lograr su adaptabilidad a la institución; transcurrido cierto tiempo y habiendo sido suprimida la sintomatología “aparatosa” el paciente egresaba con altas probabilidades de regresar.

Esto tiene su base en que la relación terapéutica concebía apenas los dos modos de actuación anteriormente descritos, limitándose el conocimiento de la subjetividad humana y las posibilidades de intervenir en ella a fin de espaciar los brotes morbosos. En este sentido la siguiente expresión resulta argumentativa: “…a los psiquiatras les costó un poco de tiempo descubrir que ahondando en el psiquismo del paciente se armaban de recursos para sanearlo y evitar su pronto regreso al hospital; es cierto que ante trastornos de este tipo no hablamos de curación, pero se podían potenciar zonas que coadyuvaran a su estabilización”.

En esta dirección los psicólogos, a pesar de la relación de poder que existía, ocuparon espacios y produjeron ciertas transformaciones, por ejemplo primero con sus diagnósticos que rompieron la línea cadenciosa signos, síntomas, síndrome, entidad y ofrecieron una panorámica de las esferas que se conservaban en el psiquismo y de lo que podía hacerse. Funcionaron cual agentes de cambio desde la posición crítica desplegada al hacer psiquiátrico y atendiendo a que resultaba nocivo “nadar contracorriente”, la dedicación estuvo más a cambiar el pensamiento imperante desde lo científico, desde el discurso de la ciencia, que desde la pura práctica.

Es en el año 1989 con la fundación de la Clínica del Neurótico por los doctores Reynaldo Villarreal y Hermilio Vidal que se asume con disciplina el accionar psicoterapéutico y se rompe con el mito de que en el hospital sólo ingresaban pacientes psicóticos cuyo pronóstico era generalmente desfavorable. Se impulsó la superación de las visiones que hacia el enfermo mental se concentraban en los grados de desestructuración personológica, la caracterización in situ del cuadro morboso, la poca estimación del contexto cultural y fenomenológico de las vivencias y el matiz biológico de la terapéutica.

Esto es una inflexión importante que a la vez se convierte en un reto, pues no sólo “aligera” las barreras que los psicólogos desde su llegada intentaban superar, sino que da cuenta de ciertas conquistas como comunidad y de la necesidad de reforzar el hacer y el saber.

 

 

Nuevas dimensiones frente a retos y amenazas. (Años 1990-2000).

Aunque el siguiente comentario fue expuesto por uno de los protagonistas de este ejercicio, es saber compartido por el resto de ellos que “… los años ’90 representan un momento tanto de auge, como de declive para el hospital y para los que allí estábamos...”. De aquí se pudiera considerar la siguiente interrogante, ¿en qué medida los momentos que refiere el profesional, ofrecieron a la psicología el marco propicio para continuar erigiéndose y aportar al tratamiento del enfermo mental?

Una recapitulación a la mirada que se le daba al enfermo mental, el hospital la debe en buena medida a la labor que se desplegó en la Clínica del Neurótico; fundada meses atrás, al arribar esta década los procesos organizativos y de adiestramiento habían concluido en lo esencial. El trabajo se dirigió a la reinserción social de la persona, el propio diagnóstico venía dando cuenta de ello.

En él los psicólogos perseguían una interpretación exhaustiva de los elementos subjetivos de la personalidad; aunque el paciente generalmente llegaba con una valoración -que podía haber sido realizada en la institución o en el área de salud- la misma era reconsiderada, cuya finalidad no radicaba en cuestionar su veracidad, sino en penetrar la dinámica del trastorno.

Los criterios teóricos, para identificar un trastorno mental, se erigían a partir más del cómo se habían desestructurado los procesos psíquicos y sus condicionantes, que de la caracterización del trastorno a partir de sus manifestaciones. Se apreciaban las formas de establecer relaciones con los otros, el nivel de adaptabilidad al entorno y la manera en que se ajustaban sus conductas a lo socialmente aceptado. Destaca el interés prestado a las formas particulares del sujeto de internalizar la realidad, como un indicador de madurez profesional a nivel de la comunidad y la orientación/amplitud del conjunto de motivos.

La intervención destacaba el papel protagónico de la persona y sus posibilidades de sanación, desde el diálogo gestado entre el personal médico y paramédico hasta las actividades de servicio perseguían un fin terapéutico; “…hubo disciplina lo mismo con la selección del personal como con su permanencia en el servicio, (…) ya que hasta la moza de limpieza tenía, al nivel de sus posibilidades, una labor terapéutica…”.

La técnica que se implementó respondía a una propuesta del Dr. Hiram Castro-López la cual perseguía una transformación de los elementos internos de la dinámica neurótica, o sea, partía de la idea de que el sujeto en interrelación con el medio efectúa aprendizajes que van estructurando predisposiciones, las cuales van a determinar, de forma inconsciente, sus actitudes y buena parte de sus conductas, incluidas las expresiones sintomáticas.

El trabajo se realizaba de forma grupal no sólo como sugerencia de la técnica sino de cara a ganar en diálogo con el comportamiento social; “…la vida transcurre en colectividades, así que ayudarlos a superar el evento debía estar en correspondencia con el tipo de funcionamiento que se gestaba en los contextos hacia donde iban a regresar y en los cuales se manifestaban una parte importante de sus quejas y dificultades…”. Se estaba entonces legitimando la naturaleza social del sujeto y la necesidad de dar valor a la relación dialéctica entre ambos (sujeto/sociedad), para optimizar acciones y resultados.

El accionar interventivo rompió con la tendencia de “atacar” al síntoma y se enfocó a ahondar en lo que lo facilitaba; “…en ese distanciamiento con el síntoma se reforzaba de una parte la condición humana de la persona, no tan centrados en su estado morboso facilitábamos que se autopercibiera como sujeto atravesando por una situación especial y no tan absortos en la etiqueta enfermedad mental la estábamos abordando igual, de hecho mejor (…), la práctica nos demostró que centrados en la sintomatología demorábamos más en aliviarla que bordeándola…”.

Esta es una producción propia de la comunidad, es una manera de proceder que pudo ser tomada de algún autor pero había conciencia de ello y en consecuencia una manera propia de actuar. Lo que favoreció la interrelación de visiones profesionales, optimizándose el tratamiento al enfermo y permeando la relación de poder imperante en los psiquiatras.

Los psicólogos contaron con espacio ideal para accionar, adiestrados por psiquiatras como Vidal, Lamar y Boris cuya influencia resultó constructiva, en la medida que representaban profesionales con profundo compromiso científico y respeto por el paciente, el diálogo fluyó con menor rigidez. En este sentido la participación conjunta de los miembros de la comunidad de profesionales en la institución (psiquiatras y psicólogos), es concebida a nuestro juicio como un proceso de negociación de significado. Negociación que implica una interacción continua, de logro gradual, el proceso de dar y recibir, pues los significados no existen en los sujetos mismos, ni en el medio que les rodea, sino en la relación dinámica de los sujetos con ese medio.

A raíz de ello se extendió la demanda psicológica a los servicios de Toxicomanía y la Unidad Legal. En el primero se empleó una modalidad de la técnica de modificación de predisposiciones (TMP) iniciada con neuróticos; en el segundo la realidad fue notable, se realizaba por primera vez a manos de psicólogos psicoterapia para psicóticos. 

La unidad existía desde la década anterior pero la actuación entonces era exclusivamente diagnóstica, con alta tendencia psicométrica y complementaria a la evaluación psiquiátrica, sin embargo aunque la presencia allí seguía siendo pensada para el diagnóstico, se comenzaron a emplear recursos psicoterapéuticos y dinámicas grupales con la intención de romper la inercia en la que estaba inmerso ese tipo de paciente.

Amén de la influencia que una de las personalidades (Vidal) del gremio psiquiátrico institucional pudo ejercer, la apertura a nuevos modos de actuación para el profesional de la psicología se constituyó a partir de la necesidad demostrada por este, desde el ejercicio diagnóstico, de acometer acciones profundas en el psiquismo para potenciar la óptima rehabilitación del sujeto enfermo. Y de los resultados psicoterapéuticos obtenidos en la Clínica del Neurótico, donde el psicólogo progresivamente fue ganando espacio.

“Los psiquiatras tenían conocimiento basto del proceso salud/enfermedad mental, mientras que los psicólogos estábamos preparados para dar cuenta de la estructuración de la subjetividad y de cómo toda psicopatología tiene allí, la clave de sus orígenes y de las posibilidades de remitirse…”. El hacer psicológico se había enfocado a eso, de forma que abrirse la oportunidad de intervenir fue de alguna manera el reconocimiento de la psicología y de sus profesionales, como algo más que complemento.

Es propio del período el empleo de la musicoterapia como sistema terapéutico; iniciada con pacientes de la Unidad Legal y extendida a neuróticos, sirvió para distinguir a la institución pues sólo se empleaba de tal modo en ella, dando muestra de producciones locales como comunidad de práctica.

Todo esto contribuyó a soportar el bache que el conocido Período Especial produjo, perceptible en un éxodo casi masivo de profesionales y la difícil situación socioeconómica que se implantó, lo cual sacudió la dinámica institucional. “…esos ´92-´93 fueron años de un solo psicólogo y un alza en los ingresos; por suerte quienes nos antecedieron habían realizado un trabajo fortísimo, sobre todo B. quien incorporó una visión patopsicológica.

Era asombroso todo el estrés social que imperaba y cómo muchos fuimos capaces de liberarnos bastante de eso, hoy no soy capaz de decir qué métodos empleábamos, debió haber sido el deseo de no dejar hundir tanto esfuerzo…”

La dinámica social vigente impuso retos al profesional pues aumentaron, tanto en número como en complejidad, los diagnósticos de trastornos neuróticos y los peritajes en la Unidad Legal, mientras que por otro lado los recursos mermaban, sin embargo favoreció lecturas vivenciales y fenoménicas en la persona del enfermo mental, por encima de las exclusivamente psicopatológicas.

La sistematización del diagnóstico patopsicológico conformó un recurso útil, en la medida que legitimó el valor de la herramienta y el saber de los psicólogos asociado a su implementación, desde el hacer. Elevó el compromiso profesional a partir de la demanda que suscitaba, las posibilidades que abría a la terapia y de la posición en que situaba al sujeto enfermo, todo lo cual resultó congruente con las nuevas tendencias teóricas tenidas en cuenta para definir la enfermedad mental.

El grueso de los pacientes psicóticos no experimentó el mismo tipo de tratamiento, la psiquiatría que había declarado la perspectiva del triple empuje -cuya finalidad estribaba en la complementareidad del tratamiento biológico, la psicoterapia y la ergoterapia-, empleaba apenas la primera y última partes de la triada.

Existía aún un nivel promedio de resistencia entre los profesionales de la psiquiatría para involucrar el fenómeno psicótico a la psicoterapia y el servicio de psicología pudo hacer poco al respecto, a razón de dificultades con los recursos humanos. Es entre fines del ´97 e inicios del ´98 que se produce una inflexión en este sentido, pues se incorporan profesionales egresados de la Universidad de Oriente y realizan acciones terapéuticas no como sistema propiamente, pero a partir del empleo de ciertos recursos se retoman las tres dimensiones antes descritas.

La nueva generación de psicólogos arriba con una perspectiva muy humanista y consiguientemente actúa. La distribución por salas tributó a disciplinar la intervención y sus resultados mostraban la necesidad/posibilidad de la psicoterapia con psicóticos, que eran los pacientes que hasta el momento estaban alejados de cualquier tipo de intervención que no fuera la biológica.

Se percibió un incremento en la consulta de literatura “…casi nunca la  misma con la que habíamos sino formados en la carrera, pues esta apenas te asoma las habilidades y una vez en la práctica necesitas madurarlas…”. Fue superada la tendencia a revisar textos psiquiátricos pues “...resultaban dogmáticos, tenían una alta carga semiológica, descriptiva, no valoraban la dinámica de los procesos que se van desestructurando, limitándose a lo biológico (...) mientras que  los textos de Calviño, Roca Perara, Rogers pasaron a ser nuestros referentes…”

Esto da cuenta de que la psicología no sólo a nivel local estaba gestando cambios; la inclinación a consultar bibliografía producida en la nación, es muestra de un sentimiento identitario y es congruente con la necesidad de estimar el proceso psicopatológico en relación con las coyunturas socio-culturales del contexto, o sea, se comenzaba a pensar/tratar un sujeto enfermo que si bien no se desliga de los criterios, compartidos para su definición por la comunidad internacional de profesionales, contiene peculiaridades de su medio y a partir de ellas se expresa.

Frente a miradas que seguían estimando la visión/acción biológicas en la psiquiatría la psicología se comportó humanista, enfocó la percepción del hospital como sitio de tránsito y al paciente como persona que merece atención desde su singularidad. La rehabilitación y la reinserción sociales fueron perspectivas destacadas a partir de sistemas diagnósticos y terapéuticos que dirigidos a conjugar los elementos clínicos y culturales distinguieron la naturaleza humana y social del sujeto enfermo.

De cómo la justificación conlleva a la inercia. (Años 2000-2009).

Este período tiene una connotación no precisamente constructiva desde la posición en que se situó al enfermo y la que el profesional que lo abordaba asumió respecto a él, lo cual puede remitir tanto a críticas violentas, como a intentos peyorativos. Paralelamente puede parecer que nuestras intenciones investigativas se difuminan con la crítica; pero estimamos que, en tanto es un momento de verdadera crisis para el hacer psicológico en la institución, es necesario ofrecer valoraciones -algunas un poco toscas- que susciten nuevamente el compromiso y desarticulen la inercia.

Es cierto que se perciben como fuentes generadoras de crisis la falta de continuidad que el hacer psicológico experimentó en un determinado momento, a consecuencia del nuevo éxodo de profesionales, y el matiz tenso que aún contenía el ambiente social. Pero resulta justo presentar que, al menos inicialmente, el accionar psicológico encontró modos de actuación productivos.

El cambio de milenio halla al tratamiento hospitalario en una posición saludable. Se continuó trabajando en las directrices que distinguieron al decenio anterior y se reforzó la terapéutica con los pacientes psicóticos; como resultado de la incorporación de profesionales se realizaron distribuciones de estos por las salas, contribuyéndose así a continuar implementándose recursos terapéuticos en los espacios donde hasta el momento la intervención biológica primaba.

La musicoterapia incorporada a estos servicios ofreció logros puntuales, perceptibles tanto en la disminución de la estancia del paciente en la institución, como en el espacio entre sus brotes morbosos. Respecto a este fenómeno fueron presentados informes en eventos locales y nacionales promoviéndose su empleo en otras instituciones del país. Lo cual demuestra los niveles de disciplina alcanzados en la sistematicidad de la técnica por la comunidad de práctica, el valor de la herramienta y la madurez del pensamiento y la acción psicológicos.

“… no se trataba de poner música y reflexionar al respecto, era un proceso cuidadoso; desde la selección de las composiciones -donde debíamos estudiar lo mismo el sonido que los textos-, hasta los locales y la ejecución eran concebidos con detenimiento. Contamos con la colaboración de muchos, incluso pacientes que tenían conocimientos al respecto, se pareció un poco a la época en que Orlandini aprovechó las habilidades pictóricas de algunos pacientes para ambientar el hospital…”

Los años 2001-2003 representan una ruptura en el tratamiento hacia el enfermo mental; a partir del retiro del grueso de los psicólogos de la institución (de aproximadamente siete quedan sólo dos) y del Dr. Vidal de la Clínica del Neurótico se replanteó la labor psicológica. Era preciso que dichos profesionales continuaran la tarea iniciada en el servicio pues respondía de una parte a intereses sociales y de otra a amplias demandas de salud.

La parte que en el diagnóstico correspondía a los psicólogos comenzó a percibirse de forma tangible en la Unidad Legal, como resultado de la necesaria presencia de la evaluación psicológica para “cerrar” el peritaje y aunque gradualmente, fueron siendo encargadas a psicometría las consideraciones que antes no “perdían de vista” estos profesionales. De cara a ganar en espacio para el entrenamiento y accionar psicoterapéuticos, se empleaban instrumentos psicológicos, en el diagnóstico, a partir de las demandas del psiquiatra.

“Cuando el caso resultaba complejo o no se avanzaba en el diagnóstico se pedía asesoría a psicología, si esta lograba viabilizarlo se consideraba que era objeto suyo, mientras, psicometría y psiquiatría podían encargarse…” A fin de optimizar el tiempo para con un modo de actuación se estaban abriendo puertas a visiones que, complementadas con características institucionales y sociales, fueron reduciendo el accionar profesional.

Además ello tributa a que las características propias del objeto de estudio de la psiquiatría y el alejamiento de la psicología de la actividad diagnóstica, inclinaran los criterios para determinar la enfermedad a lo más tradicional, queremos decir que, se consideran enfermas las personas que rompen su vínculo con la realidad, las que ofreciendo respuestas incompatibles con el tipo de demanda efectuada por el contexto, son incapaces de establecer relaciones óptimas con los otros y con los objetos de la realidad social, por citar algunos.

No estamos legitimando que se hizo un olvido al valor del contexto social y a la naturaleza afectivo-cognitivo-conativo del psiquismo, pero si consideramos que ello no conformó una arista válida, como ocurriera en momentos anteriores. Resulta significativo cómo la misma psicología que había educado a la psiquiatría en aspectos tan complejos como la determinación social de la psiquis, no era capaz en estos momentos de actualizar tales dimensiones y de percibir que el olvido hacia ellas se debía no sólo a la carestía humana, sino a la postura científica que se asumía y en la que ella también se involucraba.

Aunque resultan distintivos del período los adiestramientos realizados a profesionales locales y nacionales respecto a la técnica Roschar y la modalidad de psicoterapia (TMP) que se privilegiaba, lo cual estuvo en buena medida en manos de los psicólogos. Comenzó a incurrirse en un tipo de clasificación -para el trastorno y el enfermo mentales- que se sostenía en el prestigio que la referida técnica diagnóstica posee.

“…no se trataba de echar a un lado el resto de las pruebas, pero cuando un psiquiatra descubría que un psicólogo dominaba Roschar no pedía otra técnica (…) de nuestra parte realizábamos la evaluación siempre complementándola con lo contextual y vivencial, pero a raíz de que fuimos siendo cada vez menos perdimos en sistematización respecto a las consideraciones diagnósticas…”

Más que pérdida en la sistematicidad se percibe dificultad para defender criterios, pues si se tiene claridad en lo que significaba un diagnóstico a partir del Roschar para los psiquiatras y lo que ello representaba para la personalidad en estudio, la situación no reclamaba que los psicólogos se negaran al empleo de la técnica, pero sí a demostrar la existencia de otros instrumentos con altos valores diagnósticos y su consecuente elección según la impresión diagnóstica y lo que se desea explorar.

La presencia del psicólogo se percibe con relativa intensidad en el servicio de Toxicomanía, donde se disciplinó la implementación que de la TMP se había hecho tiempo atrás, estableciéndose redes de apoyo y continuidad terapéuticas con las áreas de salud y los grupos de ayuda mutua. Aunque arguyen que disponían de poco tiempo para sistematizar el resto de las acciones, la pobreza se percibe realmente en la entereza para acometer tales fines.

El paciente en estado psicótico comienza a ser abordado mayoritariamente desde la psiquiatría. Esta cuenta con saberes y prácticas permeadas por la visión psicológica, tangibles en la herencia institucional y en la formación académica. Pero inclina el tratamiento a lo biológico; desproporcionándose nuevamente la triada. Los esfuerzos realizados para desmitificar el pronóstico altamente desfavorable y la primacía absoluta de la terapéutica biológica en pacientes psicóticos se paralizan.

Pudiera resultar peyorativo hablar de retroceso inmediato, más es innegable un detenimiento el cual coadyuvó a que las perspectivas de trabajo se empobrecieran; dichos elementos tributaron a que el tratamiento al enfermo mental, el cual  se sostiene actualmente, resulte inferior al que prevaleció en períodos anteriores.
 
“Si bien es cierto que la psiquiatría se encontraba en un momento que valoraba con madurez el triple empuje, lo implementaba deficientemente (…) los psicólogos decíamos querer pero hacíamos poco, a no ser las psicoterapias, que en neuróticos variaron con la salida de Vidal y en la Unidad Legal pasaron a ser ocasionales, no había más (…) esto tiene su origen en la falta de motivación; a raíz de ahí se percibía todo con un matiz oscuro. Es cierto que el estrés que este trabajo genera sumado a las adversas condiciones resultan nocivos, pero los años anteriores dan cuenta de lo se puede hacer incluso con menos, porque si aquí pesaron la lejanía, la alimentación, en otros tiempos hubo que luchar con la rigidez del pensamiento científico, ¿qué crees tú puede ser más difícil?…”

El período marca un descenso en la producción psicológica cuyas consecuencias las experimenta el sujeto enfermo. La institución se caracteriza por una afluencia baja de profesionales y los que lo hacen responden más a intereses de índole social, que a motivaciones propiamente comprometidas con lo humanamente científico.

Los comentarios siguientes dan fe de ello: “…esa fue mi ubicación una vez egresada de la universidad, de forma que no tuve otra opción…”; “…aunque nunca formó parte de mis aspiraciones laborales, desde la carrera me gustaba la clínica y muchos me dijeron que no había un mejor lugar para entrenarme que allí…”; “…uno sale de la universidad con pocas habilidades, (…) lo mejor que puedes hacer es prepararte, porque casi sin notarlo te vas quedando atrás, (…) y en este sentido la clínica resulta idónea…”

De cara a complementar la formación de pregrado los profesionales fueron distanciándose de la finalidad científica -la cual se orienta a penetrar y modificar la realidad a partir de sus propias necesidades, no de los intereses particulares de quienes la interpretan- y se colocaron “de frente” a la práctica intentando nutrirse de ella unilateralmente. El sujeto enfermo representa una posición intermedia en esta relación, a través del cual se conducen las intenciones de entrenamiento del “profesional”, fungiendo también como termómetro en el proceso adiestrativo.

Las valoraciones de los profesionales respecto al período contienen más elementos justificativos que críticos, lo que consideramos refuerza el silencio que la labor psicológica experimenta en la segunda mitad de la década y sobre el cual no percibimos aún una toma de conciencia. La realidad que atañe al enfermo mental en la institución, lo sitúa ante una terapéutica que intenta conjugar las dimensiones biológicas y psicológicas pero cuya implementación resulta insuficiente, fundamentalmente en el nivel psicótico.

El diagnóstico se comporta objetivo desde la dimensión psicopatológica, donde se ha salvaguardado la complementariedad clínica y fenomenológica, perdiéndose sin embargo en el trabajo patopsicológico.

Es realmente contradictorio lo poco que han impactado las posibilidades que se abrieron para la práctica profesional en esta institución en la medida que nos acercamos al presente (del año 2000 hacia acá). La apertura de una carrera de Psicología en nuestra provincia, el aumento de la bibliografía de consulta y de formación especializada y cierta mejoría socioeconómica si se le compara con los años duros de período especial.

Esto expresa que la ciencia y sus aplicaciones, en este caso la práctica profesional de la Psicología, no deben su desarrollo sólo a “buenas” u “oportunas” condiciones socio políticas y económicas: en el período de crisis hubo más producción y la posición de los profesionales digamos fue más activa. ¿Entonces que pasó, las duras condiciones y el fenómeno de la enfermedad mental exigieron más de los profesionales?, ¿o en este período que se acerca al presente (“más cómodo”) , las cosas son más fáciles digamos y en tanto reclaman menos del científico?.

Son interrogantes que queremos dejar propuestas, no sólo para que usted lector se cuestione, mejor para emprender la búsqueda de respuestas en otros estudios y en la práctica misma.

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