ENFERMEDAD MENTAL Y PSICOLOGÍA: UNA HISTORIA COMPARTIDA EN EL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE SANTIAGO DE CUBA

Yunior Hernández Cardet (CV)
jcardet@ucm.hlg.sld.cu

Epígrafe 1.2 Enfermedad Mental. Abordaje desde una perspectiva histórica.

Variados son los problemas en los que la humanidad, históricamente, ha recogido sus temores y flagelos: las guerras, la miseria y las enfermedades mentales, por citar sólo algunos. Los primeros en correspondencia con las sociedades que han adquirido un nivel de soberanía donde la humanización y la filantropía se legitiman, se han minimizado e incluso desaparecido. El último, sin embargo, ofrece índices de debut/permanencia valiosos y su frecuencia se hace puntual en aquellas culturas donde el desarrollo socioeconómico ha adquirido altos niveles.

Ello condiciona que sean muchas las explicaciones que se han adjudicado a tal fenómeno, como variadas también las disciplinas y metódicas que se encargan de estudiarlo. Actualmente resulta complejo definir que se entiende por enfermedad mental, ante todo por el matiz que han ganado las ciencias sociales y las concepciones histórico-cultural y biopsicosocial en  la evolución humana.

Esta definición ha logrado desligarse de los juicios que desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, le atribuían valores mágicos, demonológicos, religiosos y a partir de la evolución de tendencias científicas en las sociedades, su diagnóstico y tratamiento pasó de manos hechiceras y sacerdotales a las de la medicina.

Constituyen ejemplo de ellas los aportes de Philippe Pinel (1745-1826), médico francés considerado el fundador de la psiquiatría moderna. Sus contribuciones más significativas a esta especialidad son: el intento de analizar y categorizar los síntomas y su aplicación al “tratamiento moral”. Pinel describió los síntomas y el curso de las enfermedades mentales de manera muy simple, pero con gran claridad, lo que ofreció cientificidad a la ciencia y una búsqueda más exacta de las causas de las enfermedades.

De acuerdo con las ideas de Pinel el “tratamiento moral” se basaba en el concepto de salud mental de Aristóteles, es decir, en el equilibrio de las pasiones -palabra que en la literatura del siglo XVIII correspondía al uso actual de la palabra emociones-. Anticipándose a las posteriores tendencias del funcionamiento psicosomático, las pasiones (emociones) se consideraban el nexo entre la mente y el cuerpo.

Las concepciones de Freud (1856-1939) y Kraepelin (1856-1926) conforman otro ejemplo en esta dirección. El primero aportó en su teoría psicoanalítica -a pesar del carácter biologicista que poseía-, la primera intención en revalorizar lo psíquico y atribuirle la importancia que corresponde en el estado de salud y en el desarrollo de la enfermedad. El segundo valoró especialmente la investigación clínica, por sobre la especulación teórica y la anatomía patológica, dando especial valor al estudio del curso completo de la enfermedad.

Sin embargo el tratamiento de estas afecciones no se ha mantenido adscrito a la medicina, con las distintas revoluciones científico/técnicas acaecidas, el diagnóstico e intervención de los trastornos mentales pasó a ser objeto de estudio de la psiquiatría, como rama de las ciencias médicas, y posteriormente -a manera de puente- se estableció un lazo con otras disciplinas que han influenciado significativamente estos estudios.

Es cierto que para muchos psicólogos la sola alusión al término Psiquiatría, despierta inquietudes y controversias, pero resulta necesario remitirnos a esa disciplina, pues fue pionera en el tratamiento a esta temática, además entendemos la utilidad de un enfoque multidisciplinario que enriquece las valoraciones para definir el objeto, y que habiéndolo hecho, concibe y respeta los límites propios y ajenos, distinguiéndolos mejor como bordes que delimitan espacios de actuación particulares que como meras fronteras.

La psiquiatría ha sido la última de las disciplinas médicas que ha adquirido su estatuto epistémico. Hace apenas siglo y medio se debate en el tratamiento de los trastornos mentales, superando cualitativamente los sesgos que iniciados en la antigüedad y reforzados con Virchow la excluían de toda intervención científica.

Esta disciplina se define como  “…la rama de las ciencias médicas que tiene por objetivo fundamental el estudio del proceso salud-enfermedad mental. Las características de este proceso hacen que tenga un carácter social e interdisciplinario. Participa en la investigación de las posibles causas de la enfermedad mental; diagnostica, previene y trata dichos trastornos, así como rehabilita al paciente psiquiátrico y promueve la salud mental.” (Barrientos de Llano, 1989, p.14).

Dentro del ámbito de la ciencia psicológica existen también disciplinas que abordan esta temática (salud/enfermedad mental), son ejemplos de ella, la psicología de la salud, la psicopatología y la psicología clínica que además se conciben como referentes para analizar dicha relación.

La anterior definición ofrece los elementos -al menos pioneros- para el abordaje de las enfermedades mentales en el que cobra distinción el continuo salud-enfermedad mental. Aunque la presente investigación se ha propuesto el análisis del segundo de los polos para adentrarse en él precisa explicarlo desde el propio entramado en que se presenta, ya que ambos estados son apenas rostros de un mismo fenómeno, esto es, la vida psíquica del individuo, y no elementos antagónicos como hasta hace algunos años se consideró.

Los elementos para definir y categorizar un trastorno mental se obtienen a partir de los criterios de normalidad/anormalidad que plantea la ciencia psicológica y psiquiátrica; los mismos legitiman modos de ver/hacer la práctica profesional respecto al problema de la salud/enfermedad. Es entendida la primera como “normalidad” y la segunda como desviación -“anormalidad”- de dicho patrón, comportándose una y otra como criterios culturales. A decir de Barrientos de Llano (1989) dicha relación carga una cultura simbólica de la sociedad no pudiendo acaecer aislada de ella.

Las definiciones de normalidad y anormalidad consideradas actualmente son el resultado de la sistematización y presentación maduras de los criterios que otrora definieran figuras como Hipócrates , Galeno , Pinel, Charcot , Freud, Watson, Rogers, y que se han hecho patentes en las voces de Kaplan, Barrientos de Llano, González Menéndez, y Alonso Álvarez.

Aunque en la actualidad se legitiman, cada vez más, procederes eclécticos en el diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales con la pretensión de ganar en calidad científica y humana, han existido teorías, sistemas de pensamiento, que resultan emblemáticos y han distinguido modelos para el abordaje de esta problemática, conforman ejemplo de ello el modelo psicoanalítico, el conductista y el humanista.

“En la teoría psicoanalítica se plantea que no existe la normalidad, o bien se establece un caso ideal como modelo inalcanzable. Sin embargo en ella podemos encontrar un criterio práctico donde la enfermedad se define por el destino que corresponde a cierta cantidad de energía (libido), es ese porcentaje de energía lo que delimita lo sano y lo enfermo. “(Senegaglia, Lasi & Lagunas, 1994, p.6)

Para este enfoque, la existencia de una vida psíquica inconsciente, el valor y la naturaleza de las experiencias primeras (infantiles) de la vida, las vicisitudes del desarrollo pulsional, sexual (erótico-amoroso) y agresivo, y el control logrado sobre el nivel de angustia por medio de los mecanismos de defensa, son los factores que -de acuerdo a sus postulados teóricos- determinarán la psicopatología del sujeto.

Freud consideró que “…los elementos de tensión, -la angustia como ejemplo modelo- forman parte de la vida cotidiana y en grados tolerables y bien manejados por los mecanismos normales de defensa, resultan útiles para la conducta productiva del sujeto. Es sólo cuando, en virtud de sucesos actuales, se movilizan y reactualizan conflictos inconscientes reprimidos, que se eleva el nivel de angustia interno, amenazando el equilibrio psicológico. Ante ello, el Yo utilizará mecanismos de defensa más poderosos y, por ende, más anormales” (Perales, 1992, p.3).

El conductismo, por su parte, interpreta todo trastorno psíquico como una alteración de la conducta generada por la adquisición de hábitos desadaptativos, esto es, hábitos que fracasan en lograr el ajuste del organismo a la situación real que enfrenta. Los llamados síntomas (mecanismos de defensa anormales para el psicoanálisis), son denominados aquí, conductas o respuestas organísmicas desadaptativas y no son expresión de la enfermedad sino que son ella misma, siendo el tema central de su análisis. Queda por tanto explicado el comportamiento anormal -la enfermedad- como un mal aprendizaje, siendo equivalente la curación a la desaparición de las conductas anormales.

Una tendencia valiosa que surge como consecuencia directa del conductismo está contenida en la perspectiva cognitivo-conductual. Ella se basa en la misma noción de que a un estímulo le sigue una respuesta, pero introduce en este esquema reduccionista un elemento fundamental: la cognición o los procesos cognitivos que se suceden en el organismo que recibe el estímulo y elabora la respuesta.

Su idea básica es que el hombre es un agente activo, no pasivo como en el conductismo, que selecciona, interpreta y actúa ante dichos estímulos poniendo en marcha respuestas cargadas con cierta "intencionalidad". Y además, considera que el psiquismo humano es capaz de emitir respuestas sin necesidad de que esté el estímulo presente, sino con la sola imagen del estímulo, es decir, con la "simbolización" de la realidad.

“Los esquemas o estructuras cognitivas, o sea, las formas en que se organizan los significados, experiencias, referentes al sí mismo, a las personas, los objetos y eventos relacionados con el individuo, son el núcleo fundamental de la enfermedad psíquica donde se contienen creencias y supuestos personales. Dichos trastornos son resultado además de un procesamiento de información inadecuado, donde los resultados de las operaciones cognitivas -conformadas por las imágenes, atribuciones y hasta cierto modo las conductas, las emociones y las manifestaciones corporales- serían en lenguaje clínico, los síntomas.” (Zaldívar, 2004, p.53)

El humanismo, por su parte, a decir de Zaldívar (2004) viene a rescatar la condición singular del individuo y considera que el hombre mentalmente enfermo lo que experimenta es un bloqueo en su tendencia actualizante y su valor único y personal, o sea, la fuerza innata que impulsa al hombre hacia delante, hacia el autodesarrollo y autorrealización y que conforma la fuente motivacional del comportamiento, se encuentra distorsionada por determinados criterios externos de aceptación incondicional.

Por tanto de lo que se trata es de desbloquear estos procedimientos mediante la aplicación o expresión de actitudes terapéuticas básicas que comprenden entre otras, la empatía y la aceptación incondicional por parte del terapeuta y su recepción por el paciente. Se estaría, humanistamente hablando, en presencia de un sujeto psíquicamente enfermo, (los términos propios del enfoque son vulnerable, incongruente) cuando el individuo resulta débil en la integración de sus experiencias, en el sí mismo o autoconcepto y a la hora de movilizar su comportamiento.

Con el Humanismo nos educamos en torno a la autovalía del ser humano y nos favoreció rescatar al mismo de las posiciones mecanicistas, reduccionistas y biologicistas que las dos anteriores tendencias habían legitimado para la vida psíquica.

Zaldívar (2004) expone que a este enfoque le debemos una de las primeras integraciones de metódicas terapéuticas para el tratamiento del sujeto enfermo mental, es ejemplo de ello el enfoque multimodal donde se hace patente la complementación de numerosas estrategias de intervención de naturaleza cognitiva y conductual, así como técnicas de relajación. Aunque es criticable la postura extremadamente existencialista que reclama para el sujeto, así como el empleo del mismo  procedimiento terapéutico para todos los individuos.

Con el Conductismo en tanto, aprendimos que confrontar al sujeto con la situación que le aqueja -de forma sistemática y en correspondencia con la  naturaleza del problema-, puede conformar desde un paliativo hasta una resolución problémica. Ha sido superada la incorrecta tendencia a concebir al ser humano como una máquina (caja negra), donde se desprecia lo congénito en favor de lo puramente adquirido: remitiendo tal perspectiva al síntoma, per se, sin tomar en cuenta la causa.

Esta tendencia “…ofrece la posibilidad de considerar en la anormalidad psíquica (conducta desadaptada) algún grado de alteración en la dinámica de adaptación, funcionamiento e interrelación sociales…” (Zaldívar, 2004, p.53). A la vez que con la corriente cognitivista que deriva de ella se redimensiona una posición activa vs pasiva del sujeto, así como el valor de la cognición, el afecto asociado y el simbolismo en la emisión de las conductas.

Por su parte el psicoanálisis es el pionero en destacar la validez de una vida psíquica inconsciente, que frecuentemente escapa al ojo humano pero que es veraz y tangible a partir de ciertos procedimientos y donde están recogidos, algunas veces en forma reprimida, una parte valiosa de las explicaciones a las problemáticas conflictivas actuales.
Le es propia además la búsqueda de la causalidad patológica en etapas anteriores -iniciales- de la vida, esto es, una lectura del presente a partir de revivenciar el pasado sirviéndose de la interpretación de la palabra.
El uso exclusivo de una de estas teorías resulta insuficiente para el estudio -normal/anormal- del psiquismo humano, es preciso un enfoque integrativo, para lo cual la obra de Karl Jaspers resulta un eficaz complemento.

Con Jaspers se establece una nueva forma de describir los modos psíquicos del enfermar pues su psicopatología es “…la investigación de la forma de las vivencias o fenómenos subjetivos típicos en la corriente del vivenciar, describiendo con la mayor pureza las vivencias particulares (el pensar, los sentimientos y emociones, los impulsos, instintos y voliciones y el todo momentáneo del vivenciar…” (Pérez Jáuregui, Jurado & Duek, 1998, p.7).

Ello concuerda con la postura fenomenológica que es su esencia, la cual legitima que los fenómenos deben ser interpretados tal cual acontecen y en el contexto natural donde ocurren. Hace referencia no sólo a la manifestación fenoménica sino a aquello que al mostrarse ofrece lo no patente. “No se trata sólo de un conocimiento causal que explique con certeza desde "fuera" el origen y naturaleza de las vivencias, sino de un conocimiento motivacional que hace comprensibles desde "dentro" el origen de estas vivencias surgiendo de otras vivencias eslabonadas (...). La fenomenología por tanto aporta un intento de comprender al enfermo en su singularidad, en lugar de reducirlo a un compartimento estanco de un sistema de clasificación.” (Pérez Jáuregui, Jurado & Duek, 1998, p.13).

Se hace necesario desde esta perspectiva trascender posiciones para centrarse en lo existencial, esto conlleva un viraje metodológico en el tratamiento mismo del enfermo ya que sólo un análisis detallado de las significaciones reales y concretas respecto a la persona -en situación- en su medio, puede conferir un valor psicopatológico a los acontecimientos que intervienen en la enfermedad mental.

Esta postura no debe ser valorada con el exclusivo matiz teológico, filosófico/fenomenológico y existencialista, que muchos han pretendido. Es un método psicopatológico fundamentado filosóficamente con aportaciones valiosísimas para la práctica y la psicoterapia, entre las que despunta la consideración de conductas y vivencias que pueden ser anómalas sin ser mórbidas, o sea, sin pertenecer al territorio de las enfermedades psicopatológicas.

Ha sabido reconocer lo mejor de tendencias que le preceden y facilita una comprensión de la persona que supera todo reduccionismo abogando porque la investigación psicopatológica debe ocuparse tanto de los actos o formas de las vivencias o fenómenos psíquicos como de los contenidos de las mismas.

Retomando la necesidad integrativa de las visiones parcializadas en cuanto a la normalidad/anormalidad una posición que ha tratado de llevarla a cabo es propuesta por Alonso Álvarez en su libro “Psicodiagnóstico: Selección de lecturas” (2003). El autor ofrece una serie de criterios que permiten establecer una denominación de la normalidad/anormalidad mental como fenómeno, si bien son cuestionables y ofrecen de hecho desventajas, su integración podría ser facilitadora del proceso diagnóstico de la salud o la enfermedad mental. Su uso no debe ser arbitrario y en cada caso debe implicar y reflejar las particularidades de la individualidad en estudio.

Tales criterios son:

 

 

 

 

Estos criterios imponen dificultades para definir la enfermedad mental pues colocan la normalidad psíquica como promedio y sinónimo de salud y la enfermedad como antónimo, como desviación normativa de aquella. Establecen modelos interpretativos  poco permeables de la vida psíquica, desestimándose que “… en la subjetividad humana la relatividad es un elemento en extremo consustancial…” (González Menéndez, 2004, p.86).

Favorecen además la elaboración de diversos aparatos de clasificaciones de lo cual son muestra el Manual Diagnóstico y Estadístico para Trastornos Mentales (DSM-IV) de la Asociación de Psiquiatras Americanos (APA) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Estos, si bien han conformado una valiosa herramienta de trabajo que posibilita un lenguaje común, desde el punto de vista clínico e investigativo, entre los profesionales de la ciencia psicológica y psiquiátrica a nivel mundial, también violentan las “realidades” de las personas que sufren de un trastorno mental incurriendo en un tipo de clasificación “fría” de dichos trastornos, pues se evade la individualidad de quienes lo poseen.

A nuestro juicio de lo que se trata es de situar en un nivel  no reduccionista y ecológico los conceptos de normalidad y anormalidad psíquica, ya que la ecología humana aboga porque “…tanto la vida psíquica normal como la psicopatológica sólo son concebibles dentro del medio que las engloba y contribuye a darles forma y estructura. La realidad psíquica del hombre se manifiesta a través del grupo humano y es imposible estudiarla sin tener en cuenta este contorno que le es consustancial.” (Ey, Bernard & Brisset 1978, citado en Alonso Cuéllar, Burgos & Martín, 2004, p.64)
               
En esta directriz por lo años ´40 del pasado siglo se inició en Gran Bretaña un movimiento asistencial comunitario cuya idea básica era que el sujeto no debía ser tratado sólo, sino que hay que tratar al conjunto del que forma parte, tomando consciencia de la realidad psicológico-social de la enfermedad mental. Ello contribuyó a reestructurar la asistencia psiquiátrica, en tanto se crearon los primeros hospitales de día y los primeros clubes terapéuticos, y se comporta como valioso aporte en cuanto a la rehabilitación de los enfermos mentales.

Paralelamente sirvió de base para la cristalización de tendencias que luchaban por una reconceptualización de la enfermedad y el enfermo mentales, las cuales fraguaron en una red alternativa a la psiquiatría que se consolidó en los años ´60 y que se ha dado a conocer como Movimiento Antipsiquiátrico. A decir de Fábregas y Calafat (1976, citado en Alonso Cuéllar, Burgos & Martín, 2004) este destacamento defiende varios supuestos que son fruto de la evolución de las aportaciones obtenidas desde Freud hasta Marx.

En aras de plantear coherentemente las bases biopsicosociales-culturales de la enfermedad mental sus legados fundamentales responden a diversos enfoques (fenomenológico-existencial; político-social y ético-sociológico) los cuales Cooper aúna por una parte en la familia como elemento portador y continuador de las contradicciones sociales; por otra en la institución psiquiátrica tradicional como exponente del autoritarismo social y por último en la propia sociedad como germen de todo trastorno psíquico. Este autor propugnó además el compromiso político/gubernamental para el quehacer psiquiátrico.

Aunque actualmente puede darse por superada la etapa antipsiquiátrica, su impacto en la sociedad y en la psiquiatría académica e institucional es evidente; así las reivindicaciones lógicas de esta corriente como la modernización y humanización de los hospitales psiquiátricos, la estructuración de la asistencia, la protección de los derechos de los enfermos mentales, la creación de dispositivos intermedios como hospitales de día y talleres protegidos, han sido asumidos por la psiquiatría y los organismos públicos, aunque su desarrollo varía según los países. 

En palabras de Barrientos de Llano los aportes del movimiento antipsiquiátrico se conectan oportunamente con los de la tendencia jasperiana y la teoría humanista acercándonos a considerar “...la enfermedad mental como una abstracción del pensar científico pues se elabora inicialmente como fruto de la observación empírica de varios casos y de su comparación con otros que no tienen iguales características. Alejándonos de los juicios que la consideran como el antónimo de la salud -y la ausencia por tanto de esta-, haciéndonos verla como una fase diferente en la interacción del individuo con el medio, como resultante en diversos grados de un tipo peculiar de adaptación del sujeto a su contexto. Y nos refuerza la necesidad de hacer una lectura, de este fenómeno social, distinta a la que comúnmente se ha hecho.” (Barrientos de Llano, 1989, p.11).

Atendiendo a ello Kaplan (1984) arguye que si con Freud se abren puertas a las miradas que abogan porque la interpretación fenoménica se realice de lo patológico a lo normal -cual intento de evitar la unidireccionalidad de la visión científica e incluso de superar las crisis en las que esta se han visto inmersa-, en Vygotski dicha necesidad se legitima como inaplazable.

En esta directriz el psicólogo ruso expone (Vygotski 1997) que la psicología -en aras de conformar un aparato teórico/práctico y metodológico aplicable al problema de lo general vs individual en cuanto a actuación científica-, debe estimar que la posición más saludable no es necesariamente la asunción de la normalidad como prototipo modelo, pues esto ha dependido más de condiciones externas que de la propia naturaleza de la ciencia, y de estas variar, como de hecho ocurre, la psicología del sujeto normal puede ver comprometido su papel rector.

Se trata entonces de “…ir de la patología a la normalidad, explicar y comprender al hombre normal a partir de la patología y no de forma exclusivamente inversa, como se venía haciendo hasta ahora. La clave de la psicología está en la patología; y no porque esta última haya develado y estudiado antes las raíces de la psique, sino porque ésta es la naturaleza interna de los hechos que a su vez condiciona la naturaleza del conocimiento científico sobre esos hechos. Si para la psicología tradicional cualquier persona con una psicopatología es, como objeto de estudio, una persona en mayor o menor grado normal y debe ser definida con respecto a la normalidad, para la nueva ciencia cualquier persona normal puede poseer en mayor o menor grado un componente psicopatológico y debe por tanto ser interpretada como una variante de tal o cual tipo patológico.” (Vygotski, 1997, p.378)

Por consiguiente el reto no sólo consiste en definir la enfermedad mental sino también en poseer una metodología adecuada para que esta definición sea válida, y para que, en un sentido operativo sea diagnosticable, esto es, tomar el trastorno mental desde un encuadre que no obvie una conceptualización de la conducta humana en general.

Aunque González Menéndez (2004) considera que estamos en presencia de un trastorno mental cuando la capacidad del sujeto para reflejar la realidad circundante se encuentra alterada -entiéndase comprometida la participación o influencia del sujeto en la realidad social-. Las alteraciones se evidencian fundamentalmente de forma psíquica, aunque no se desestima la manifestación orgánica, garantizando cambios en el comportamiento que deterioran la adaptabilidad creadora al entorno, las relaciones interpersonales, así como con los objetos del contexto social. Nosotros estimamos meritorio añadir a la anterior definición que a la hora de conceptuar un trastorno mental debe considerarse que las vivencias y las formas singulares de representación de estas por parte de los sujetos ofrecen un valor significativo.

Cada individuo simboliza e internaliza la realidad de un modo peculiar, elemento este que debe ser puntal pues aquí radica una de las diferencias clasificatorias del trastorno mental, o sea, en tanto culturas y modos de simbolizar la realidad la aprehensión del contexto resulta emblemática de cada personalidad, aunque ello no la exime de una expresión mórbida.

Para identificar trastornos de este tipo ha de perseguirse un conocimiento que trascienda lo puramente causal y se inscriba en la exploración motivacional, o sea, que ahonde en las vivencias no sólo con la pretensión de determinar su causa/efecto, sino para ser capaz de explicarlas también como fruto de otras vivencias eslabonadas en la relación afectivo/cognitivo manifiesta al subjetivar la realidad. Las formas de estas vivencias expresarse deben además estimarse en correspondencia con su período de manifestación, la experiencia acumulada y el sustratum que poseen.

Por consiguiente, se asume que toda vez que hablamos de concepción de enfermedad mental estamos haciendo referencia al conjunto de ideas, tendencias y perspectivas que definen dicho objeto y que sirven de guía para la praxis, pudiendo obtenerse a partir de ella un conocimiento más profundo de la realidad que imbrica, dígase en este caso manejo teórico/práctico de la enfermedad y el enfermo mentales. Resultando además conocimiento y producto de este, que resume en posicionamientos superiores los resultados obtenidos; perfeccionando y sistematizando los conceptos “viejos” y formulando otros con carácter novedoso.


La psiquiatría se mueve dentro de un amplio campo, en estrecha relación con: la patología médica general, la neurología, con la que comparte una base neurofisiológica cada vez más amplia; la psicología, principalmente en el área de Psicología Médica y Psicopatología Clínica y la Sociología, en la búsqueda de elementos psicopatógenos ambientales y sociales. Todas ellas se diferencian claramente de la psiquiatría, pero todas a su vez, mantienen importantes conexiones con el cuerpo doctrinario de la misma. (Rubí, s/f, p.2)

Rudolf Virchow: (1821-1902) patólogo alemán. Promulgó la ley que lleva su nombre en la cual postula que cada alteración funcional debe ofrecer su correspondiente lesión orgánica. La misma constituyó un paso de avance para la medicina de su tiempo, pues orientó las visión médica hacia la patogénesis de las alteraciones, pero excluyó a los trastornos mentales -y con ellos a la psiquiatría como ciencia que los estudiaba-, pues existían pocas posibilidades de demostrar que dichos trastornos no siempre se acompañan de una base orgánica y mucho menos realizar estudios cerebrales que pudieran dar fe de los que poseyeran tal fundamento.

Hipócrates (460-377 a.C.). El gran pionero griego de la fisiología señaló por primera vez un posible origen natural de los trastornos mentales basándose en la idea de que toda enfermedad tiene su origen en el desequilibrio entre los cuatro humores corporales: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema. Autor de la primera clasificación psicológica de los temperamentos (colérico, sanguíneo, melancólico o flemático) e incluso llegó a diferenciar tres categorías de trastorno mental: manía, melancolía y demencia, ideas que perduraron casi inalteradas hasta el final de la civilización grecorromana. Fue pionero en describir y clasificar racionalmente enfermedades como epilepsia, manía, paranoia, delirio tóxico, psicosis  y otras.

Galeno (130-200 d.C.). Según su opinión, las causas de los “desórdenes mentales” podían ser orgánicas (lesiones, exceso de alcohol, cambios menstruales...) o mentales (miedos, desengaños, angustias...). Además, sostiene que la salud anímica depende del equilibrio entre las partes racional, irracional y sensual del alma. Realizó el último gran esfuerzo por comprender tales trastornos y su tratamiento, antes de que en el mundo occidental se diera paso a una larga etapa de oscurantismo e ignorancia que se prolongaría durante toda la Edad Media.

Jean Martín Charcot (1825-1893) neurólogo francés, diferenció las pacientes con lesiones orgánicas y aquéllas cuyos síntomas eran de origen psicológico o "histérico". Fue también el primero en estudiar la función del trauma psicológico en el origen de la histeria, suponiendo que los recuerdos traumáticos se almacenan en el inconsciente, separados de la conciencia, y dan lugar a los síntomas físicos.

Karl Jaspers (Prusia 1883-Basilea 1969) Aunque de formación médica se doctoró en 1909 con una tesis más psicopatológica que puramente médica. Contemporáneo con Freud y discípulo de Kraepelin, es considerado uno de los más destacados psicopatólogos de todos los tiempos pues es sorprendente su espíritu clínico, su profundidad psicopatológica y una erudición poco frecuente. Abandonó la práctica médica en 1920 y comenzó el desarrollo de una intensa y original concepción psicopatológica con tendencias filosóficas de tipo fenomenológicas.

El primero es (fenomenológico-existencial) donde el proceso sociogénico de la enfermedad mental se analiza como "resultado de la interacción dialéctica entre interior y exterior, subjetivo y objetivo, individuo y familia". La atención de esta corriente se centra en la dinámica familiar como fuente de patología y micromodelo donde se hallan las contradicciones sociales y políticas. El segundo (político-social) tiene como fundamento la obra de Marx, conecta lo individual y lo social, la alienación mental y la alienación social, la enfermedad deja de ser una situación personal para convertirse en el fruto de las contradicciones internas de la estructura social en que aparece. El último enfoque (ético-sociológico) defiende que la enfermedad mental es un mito, una invención de los psiquiatras quienes utilizan la noción de trastorno mental cuyo concepto es científicamente innecesario y socialmente perjudicial.

  David G. Cooper (1931-1986), psiquiatra sudafricano, teórico y líder de la antipsiquiatría junto con R. D. Laing, Thomas Szasz y Michel Foucault. Acuñó el término "antipsiquiatría", situándose en contra de los métodos ortodoxos de la psiquiatría de su tiempo.

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