APUNTES SOBRE DESARROLLO COMUNITARIO

Arizaldo Carvajal Burbano

2. Acerca del desarrollo

El desarrollo de la comunidad hace parte del concepto más amplio, más general y complejo del “desarrollo”.

Sabemos que como cualquier otro concepto, el desarrollo es una construcción social e histórica. Mediante el concepto de “desarrollo” se ha querido decir, a lo largo del tiempo, distintas cosas. Como lo expresan Monreal y Gimeno (1999), “el desarrollo es un producto de la imaginación de unos y otros, una imaginación que siempre es resultado de una historia social, cultural y material. Considerar el desarrollo como una construcción social e histórica es reconocer que es un producto contingente y, por lo tanto, puede ser modificado”.

En esta misma línea Gilbert Rist (2002) también mira el desarrollo como “una construcción de quien lo observa”. Las representaciones que se asocian con él y las prácticas que implica varían radicalmente según se adopte el punto de vista  del “desarrollador”, comprometido en hacer llegar la felicidad a los demás, o el del “desarrollado”, obligado a modificar sus relaciones, sociales y con la naturaleza, para entrar en el mundo nuevo que se le promete.

Hemos dirigido nuestro esfuerzo, en primer lugar, a conseguir el necesario distanciamiento respecto a las connotaciones asociadas al término “desarrollo”, a los  juicios de valor que de él se hacen, sobre todo porque el espectáculo de la miseria y el legítimo deseo de ponerle fin lo  presentan como una panacea.

Por el contrario, nada parece más legítimo a nuestros ojos que sacar a la luz lo que el discurso ha intentado ocultar y tomar posición ante sus consecuencias (Rist, 2002:13-15).

Señala el autor la importancia de la definición de la palabra “desarrollo”. Aunque todos creamos saber de qué hablamos al utilizarla, el consenso favorable que rodea a ese término es el centro de un malentendido que paraliza el debate.

El principal defecto de la mayoría de las pseudodefiniciones del “desarrollo” se debe a que están basadas, por lo general, en la manera en que en una persona (o un conjunto de personas) se presenta (n) las condiciones ideales de la existencia social. Por supuesto que estos mundos imaginarios –cuyas configuraciones varían según las preferencias individuales de quienes las producen- son con frecuencia acogedores y deseables y sería poco grato enfrentarse a quienes sueñan un mundo más justo, en el que las gentes serían felices, vivirán mejor y más tiempo, escaparían a la enfermedad, a la miseria, a la explotación y a la violencia. Esta forma de definir tiene la inmensa ventaja de reunir, sin mucho esfuerzo, un amplio consenso a partir  de valores indiscutibles. No obstante, ¡si el “desarrollo” no es más que un término cómodo para reunir al conjunto de las virtuosas aspiraciones humanas, puede llegarse inmediatamente a la conclusión de que no existe en parte alguna y de que, probablemente, no existirá jamás!
Y, sin embargo, el “desarrollo” existe, en cierta manera, a través de las acciones que legitima las instituciones a las que hace vivir y los signos que atestiguan su presencia (Ibid).

Para el pensamiento común –añade Rist-, la búsqueda de una definición oscila entre dos extremos igualmente difíciles de controlar: por una parte, la expresión del deseo, general sin duda, de vivir una vida mejor, pero que parece ignorar voluntariamente que las modalidades concretas de su realización tropiezan con opciones políticas contradictorias; por otra, la multitud de acciones  -con frecuencia contradictorias ellas también- a las que se considera capaces, a su tiempo, de aumentar el bienestar de la mayoría. La debilidad de estas dos perspectivas deriva de que no permiten identificar al “desarrollo” que aparece en unos casos como un sentimiento subjetivo de “plenitud”, distinto de unas personas a otras, y en otros, como una serie de operaciones de las que nada prueba, a priori, que contribuyan verdaderamente al objetivo anunciado.

Dentro de esta construcción es básica la concepción de la centralidad del sujeto, que se reclama como principio orientador de cualquier proyecto de desarrollo. En este enfoque lo importante es la gente, no las cosas. Durante mucho tiempo el predominio de lo económico y de la visión economicista del desarrollo ha propiciado el olvido de los aspectos humanos, culturales y ambientales que ahora tratan de recuperarse.

Cuando se hace un rastreo sobre la concepción de DESARROLLO encontramos: el desarrollo como proceso histórico, el desarrollo como discurso, el desarrollo como invención, el desarrollo como imaginación, el desarrollo como promesa, el desarrollo como salvación, el desarrollo como narrativa dominante, el desarrollo como patrón “civilizatorio”, el desarrollo como dispositivo para la conquista técnica de la vida, la naturaleza y la cultura, el desarrollo como instrumento para normatizar el mundo (especialmente el tercer mundo) (Carvajal, 2010).

 

Como también, el desarrollo unido a otras acepciones: alteridad, progreso, modernización, modernidad, evolución, cambio social, planificación, calidad de vida, bienestar,  felicidad, práctica (Ibid). El tipo de mirada sobre “el otro”, en cierta medida también nos determina el tipo o modelo de desarrollo para ese “otro”.

José de Souza hace un llamado a ser solidarios. Sostiene que como nunca el imperio cumplió sus promesas de “desarrollar” a los “subdesarrollados” en los últimos 50 años, ahora ya no promete “desarrollo” sino “protección”; “ya no hay beneficios a compartir, sólo riesgos. Indignémonos con este estado de cosas”. A continuación reproduzco un cuadro de Souza (2004:88-89), donde sintetiza los “crímenes del desarrollo”:

 

Conclusión
Aquí yace la “idea de desarrollo”. Sus crímenes han sido:

  • Ser una farsa histórica.
  • Estar erigida sobre mentiras y eufemismos.
  • Prestarse a la hipocresía organizada por el más fuerte.
  • Agudizar los problemas que promete resolver.
  • Privilegiar las economías sobre las sociedades.
  • Servir al crecimiento económico con exclusión social.
  • Someterse al discurso del poder y al derecho del más fuerte.
  • Vender ilusiones individuales y destruir sueños colectivos.
  • Apoyar la construcción de la civilización del tener y no del ser.
  • Aumentar la riqueza y el poder para pocos y la injusticia para muchos.
  • Escuchar el argumento de la fuerza y no la fuerza del argumento.
  • Reestructurar a las sociedades para servir al mercado, y no lo contrario.
  • Fracturar a la humanidad con la falsa dicotomía del “desarrollo-subdesarrollo”.
  • Crear un Estado-red corporativo supranacional –gobierno mundial- donde la autocracia corporativa reemplaza a la democracia representativa.
  • Facilitar la movilidad global del capital y la vulnerabilidad local del trabajo.
  • Transformar al mundo en un mercado sin sociedades ni ciudadanos.
  • Generar huérfanos de la esperanza y prisioneros del desamparo.
  • Ofrecer falsas premisas, falsas promesas y soluciones inadecuadas.
  • Apoyar ideologías de dominación y no utopías de liberación.
  • Ocultar la indeferencia, el egoísmo y la avaricia de pocos ante el sufrimiento de muchos.
  • Promover los intereses de una minoría como si fueran los intereses de la mayoría.
  • Servir más a la violencia y a la guerra que al diálogo y a la paz.
  • Justificar interferencias –invasiones- no invitadas.
  • Viabilizar la descolonización como recolonización por otros medios.
  • Permitir el pasaje del colonialismo imperial al imperialismo sin colonias.
  • Amputar el espíritu colectivo de los pueblos dominados y explotados.
  • Legitimar crueles injusticias del más fuerte sobre los más débiles.
  • Globalizar el individualismo y no la solidaridad.
  • Incumplir sus promesas.

 

Esta “idea” ha sido juzgada y condenada.
Sus injustos crímenes fueron en contra de lo humano, lo social, lo ecológico y lo ético.

Que descanse “en paz”, por la eternidad, sin derecho a resurrección. ¡Amén!

 

Casi siempre los modelos de desarrollo –de cualquier tipo- se hacen aparecer como “promesa”: promesa de una mejor calidad de vida, de un bienestar, de un aumento de ingresos… la promesa del “desarrollo”.

Históricamente, la idea de desarrollo ha sido validada a partir de falsas premisas, falsas promesas y soluciones inadecuadas. A través de regímenes de poder que controlan factores estratégicos de naturaleza material y simbólica, diferentes imperios han subordinado a personas, grupos sociales, comunidades, sociedades, economías, regiones y hasta continentes. Para legitimar las injusticias que emanan de las contradicciones que les son inherentes, estos imperios establecen un discurso hegemónico –para justificar su régimen de poder- del cual emanan reglas, premisas, prácticas sociales, objetos, verdades, realidades, etc., para institucionalizar su “derecho” a la dominación (Souza Silva, 2004:52).

No nos atrevemos a dar una definición precisa –o real- de desarrollo; su mismo carácter de invención lo impide. Coincidimos con Goulet (1999), que se necesita un concepto de desarrollo totalmente diferente, que se derive del interior de los diversos sistemas de valores que abrigan las comunidades vivas.

 

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