PRESENCIA DE LA ÉTICA MARTIANA EN LA POLÍTICA CUBANA

Raúl Quintana Suárez

 “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”.

El ilimitado caudal presente en el pensamiento ético humanista de José Martí siempre resultara fuente inspiradora para muchos estudiosos de su pensamiento. Este construyó, con su propia vida como ejemplo,  normas de conducta  a seguir,  no en los marcos formales, muy cercanos siempre  a una doble moral, sino insertas en la concientización y la cotidiana práctica.
Para el Apóstol…“…ser bueno es el único modo de ser dichoso” (22) dado que…“… el hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre” (23).
 Resulta imprescindible para el Maestro el situar al hombre como centro de sus reflexiones de lo que dimana su profundo humanismo.   El respeto a la individualidad y  a las   diversas culturas, criterios e  intereses personales constituye el fundamento de lo que pudiéramos denominar su humanismo ético. La eticidad en Martí no es avasalladora ni discriminatoria. No se limita a declaraciones manipuladoras, generalmente encubridoras de falsas libertades y derechos, ni reconoce verdades a medias, falseadoras de la verdad real y necesaria, que atenten contra el inviolable  principio del derecho incuestionable  de cada hombre a pensar con cabeza propia. Por ende, la educación, en su sentido más amplio, debe estar encaminada a sembrar en el individuo el reconocimiento y el pleno ejercicio de  expresar, valorar y razonar con juicio y cordura desde una óptica  de entera honestidad, solidaridad y virtud,  sobre cualquier aspecto de la actividad humana, como único privilegio personal, muy distante del liberalismo sojuzgado a intereses de privilegiadas minorías, impuesto por el capitalismo, en tránsito al imperialismo, típico de su época.  Rechaza por ello cualquier intento monopolizador de pensamiento que intente subordinar la inteligencia humana a cualquier interés particular de clase, por meritorio que este sea. No obstante, Martí comprendió, con su visión trascendente, la existencia de intereses  clasistas contrapuestos y optó siempre por la defensa de los genuinos derechos de las mayorías, del verdadero pueblo creador de riquezas, materiales o espirituales, lo que le permitió comprender y aún elogiar, la figura de Marx, al conocer de su muerte en 1883, por su defensa de los trabajadores, sin que por ello se le pueda catalogar de marxista, dado que nadie ha podido afirmar, a pesar del elevado número de obras dedicadas a su pensamiento, que conociera con  profundidad de su vida, obra y pensamiento. No obstante las coincidencias entre ambos gigantes del pensamiento en el rumbo ético humanista de sus utopías, resulta revelador. La universalidad de sus sendos pensamientos, los valores implícitos en sus manifestaciones discursivas y prácticas, su defensa insobornable de las mayorías marginadas, los acercan en su grandeza, a su vez que los hacen víctimas de manipulaciones interesadas y amorales de sus propios antípodas ideológicos. Al margen de tales falsos profetas resulta coincidente el pensar y actuar como  marxistas y martianos verdaderos, al margen de contextos epocales  y culturales distintos.
Calibrar la vigencia del ideario martiano, pletórico de valores y cultura, obliga a percibir su continuidad, en nuevas condiciones histórico-concretas, en el pensamiento de Fidel Castro, que lo nutre y prolonga.
 “La Revolución—escribía Martí a Gómez, en fecha tan temprana como el 20 de julio de 1882, desde su exilio neoyorquino—no es un mero estallido de decoro, ni la satisfacción de una costumbre de pelear y mandar, sino una obra detallada y previsora de pensamiento" (24).
Con tan sólo 29 años, el joven visionario iniciaba la tarea tenaz de unir, a las ya reconocidas figuras de la epopeya del 68, ante la previsión de apresuramientos fatales, con la generación de "pinos nuevos", exponentes del relevo generacional imprescindible.
A esa obra previsora de pensamiento exhortaba Fidel Castro, el 13 de marzo de 1962, desde la escalinata universitaria al expresar…“… ¿y qué juventud queremos? ¿queremos una juventud que simplemente se compromete a oír y repetir? ¡No! ¡Queremos una juventud que piense!... "(25).
Esta priorización del papel a desempeñar por la lucha ideológica, en un proceso revolucionario, resulta una prédica constante en ambas personalidades.
Como el Apóstol proclama en su discurso en el Liceo Cubano en Tampa, el 26 de noviembre de 1891…"… o la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con las manos y pensar por si propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás, en fin la pasión por el decoro del hombre…o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos" (26).
A su vez, Fidel Castro exhorta al pueblo, el primero de mayo de 1961, a la perentoriedad de practicar…"…no ideal de papagayos, no ideal de labios afuera, sino del corazón hacia adentro..." (27). O cuando valora,  37 años más tarde, que…"…no basta tener una idea justa, noble, buena; la suerte es que esas ideas justas, nobles y buenas coincidan con el instante en que la humanidad no se salva si tales ideas no se aplican" (28).
La ética humanista martiana centra su interés esencial en una concepción optimista del hombre, como autor y actor del proceso histórico, condicionada a la fe inconmovible en la formación de virtudes y convicciones, forjadora de personalidad y carácter, en sus ilimitadas posibilidades de perfeccionamiento moral. Lo que le permite afirmar que…"…..a pesar de cuanto digan los pesimistas de los hombres, las apostasías son más raras que las grandes firmezas" (29).
Esa aguda percepción de la inagotable espiritualidad humana, fomentadora de sacrificio y entrega, le permitió aglutinar, en medio de banales rencillas y perniciosos recelos, a los veteranos de la contienda anterior, con los pinos nuevos, que ya se empinaban en reclamo de viril protagonismo. Esa misma fe se reedita en Fidel Castro cuando expresa en el acto de inauguración del curso escolar 1997-1998, en Ciudad Escolar Libertad, en La Habana que…"…no me desalientan los ejemplos negativos, por el contrario, me hacen feliz los cientos de miles y los millones de ejemplos positivos que vemos en toda partes…" (30).
Esa lúcida concepción humanista presente en el pensamiento de José Martí y Fidel Castro les permitió a ambos, constituirse en fervientes propugnadores de la unidad revolucionaria, al margen de anexionistas y apátridas. Es por ello que el Apóstol le comunica a Mayía Rodríguez, en carta fechada en New York, el 23 de marzo de 1882 como…"…es en verdad, caso de angustia, para todo corazón patriótico y de remordimiento, después de saber cuanto podemos, la menor dilación en congregarnos, con autoridad y fuerza y respeto, bastantes para juntar los elementos revolucionarios del país…no en nombre de un entusiasmo desvanecido e impotente, sino en el nombre de todos" (31).

Ese llamado martiano a la unidad de todos los partidarios de la independencia, excluía a autonomistas y anexionistas, acerca de lo cual advertía con extraordinaria lucidez que…"… urge impedir que la guerra caiga bajo la guía de los que pervierten su espíritu….Si la guerra cae en sus manos, si el último esfuerzo del país es abatido por dejarlo ir a esas manos, no sabremos donde esconder nuestras cabezas culpables. Será nuestra la culpa" (32).
Abanderado de la unidad, factor esencial para la propia supervivencia histórica de la Revolución, Fidel Castro proclama el 17 de diciembre de 1960 como…"…todo lo que tienda a dividir al pueblo para hacerle el juego al imperialismo es contrarrevolucionario" (33).
Muchos años más tarde, en su discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre del 2005, éste reflexiona como el hombre…"… entrega la vida por una noble idea, por un principio ético, por un sentido de la dignidad y el honor, aun antes de ser revolucionario, y también decenas de millones de hombres murieron en los campos de batalla en la Primera Guerra Mundial y en otras guerras, enamorados casi de un símbolo, de una bandera que la encontraron bella, un himno que escucharon emocionante, como lo fue La Marsellesa en su época revolucionaria, y después himno del imperio colonial francés.  En nombre de ese imperio colonial y de los repartos del mundo murieron en masa en las trincheras, en la Primera Guerra Mundial, millones de franceses.  Si el hombre es capaz de morir, el único ser que es consciente de entregar la vida voluntariamente, no lucha por instintos, como hay tantos animales que luchan por instinto…pero el ser humano es el único capaz, conscientemente, de pasar por encima de todos los instintos.  El hombre es un ser lleno de instintos, de egoísmos, nace egoísta, la naturaleza le impone eso; la naturaleza le impone los instintos, la educación impone las virtudes; la naturaleza le impone cosas a través de los instintos, el instinto de supervivencia es uno de ellos, que lo pueden conducir a la infamia, mientras por otro lado la conciencia lo puede conducir a los más grandes actos de heroísmo” (34).

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