CRITICA FENOMENOLÓGICA A LA EDUCACIÓN INTEGRAL


Raúl Arturo Sánchez Irabú

1.3. El Principio de individualidad

El principio de la individualidad va a tener cierta singularidad en el desarrollo de la posmodernidad porque fundamenta en cierta medida las nuevas tendencias de los proyectos de vida de las personas y consecuentemente de las sociedades neoliberales.

A partir del S. XIX y más aun en el siglo XX se ha realizado un proyecto de moralización que ha perdido ciertamente su carácter confesional, y se ha caracterizado por gente honesta que independientemente de su pertenencia político o religiosa, es invitada al bien común, sobre la base de valores morales compartidos, en el camino del restablecimiento de las costumbre. Sin embargo, este proceso que se da en Europa por el fenómeno de la secularización de la sociedad no se manifiesta de la misma forma en otras partes del mundo.

En América se parte de realidades distintas, aunque el objetivo sigue siendo el mismo; ciertamente la mentalidad cambia, porque quienes hacen el bien desinteresadamente en Europa tienen otra mentalidad, de quienes lo hacen en América, aunque con esta afirmación no quiero generalizar ningún término, sino sólo mencionar que la actividad moral va precedida de factores externo e internos de la persona que hacen que sus actos sean distintos en cuanto a su forma, aunque quizá en cuanto a su materia pueden ser iguales o incluso mayores.

De esta forma Lipovesky menciona que la sociedad liberada del entorno religioso, provoca que la responsabilidad moral humana no se afirme como una y entera, sino que es pensada en una nueva economía de la dependencia profana, de la determinación social y de la desposesión subjetiva (Lipovesky, 2002, pág. 35-36), lo cual reafirma uno de los principios de actuación de la ética del individualismo o subjetivismo, propios de nuestra cultura posmoderna, en donde cada individuo puede pensar y actuar según sus propios principios individuales, y no bajo la perspectiva comunitaria o unitaria.

Panikkar argumenta que el individualismo occidental ha hecho difícil la comprensión de la memoria histórica y hace olvidar con mucha frecuencia, la esclavitud, las guerras coloniales y las actuales, precedidas de la más inmortal la II guerra mundial; y a pesar de ello, sigue existiendo la cultura de los derrotados, porque es parte del principio de la individualidad. (Cfr. PANIKKAR Raimon, 2002, pág. 116.)

Además el principio de individualidad, no se aplica de la misma manera como lo pensaron los modernos, cuando trataron de poner al hombre en el centro de la reflexión humana, superando el término absoluto del trascendente, que en el pensamiento medieval era Dios, sino que sin dejar de ser el mismo ser humano, han trastocado una dimensión que no había sido explotada, que ha sido el área de los sentimientos humanos, como tratando de recuperar esta porción del ser humano e invitarla a ser parte de la experiencia cotidiana.

En este sentido al igual que Nietzsche, los posmodernos se proclaman por esta inestabilidad del hombre, en donde no se encuentran principios estables, sino únicamente los que él mismo va creando y asociando a su propia existencia. Estas características han sido estimuladas y fomentadas por los grandes genios de la publicidad comercial, que han explotado de manera extraordinaria estos recursos, haciendo del individuo, el capital financiero más importante al tratar de explotar toda su dimensión psíquica.

Sin embargo se dan ciertas paradojas en donde por ejemplo, estamos deseosos de reglas justas y equilibradas, pero no renunciamos a nosotros mismos, para ceder a la regulación de nuestra conducta; queremos regulaciones, pero no estamos dispuestos a cumplir las reglas impuestas; apelamos a la responsabilidad, no a la obligación, etc. Estas características son las que nos describen claramente como personas en una cultura posmoderna.

Este tipo de moral se desarrolla en todos los niveles de vida, tanto ricos como pobres están inmersos en este tipo de moral individualista, incapaz de ver más allá de su experiencia personal. Lo mismo sucede en el ámbito educativo, todos los días por la mañana es una lucha incesante con aquellos, que no le toman importancia a las reglas de comportamiento, al llegar tarde, al no llevar el uniforme, al no hacer tareas, en una palabra a la irresponsabilidad ante la norma, que se establece para una mejor convivencia.

En este tipo de características culturales que generan una forma particular de comportamiento, las personas buscan desesperadamente una forma de justificar su comportamiento.

Podríamos decir, que el principio de individualidad inicia en la edad moderna, con el pensamiento de Emanuel Kant. El principio kantiano, sostiene en la Metafísica de las Costumbres, que la persona sólo puede sentirse obligada hacia los demás en la medida en que se obliga al mismo tiempo a sí misma (Kant, 1983, pág. 90). Esta frase hay que entenderla desde los principios de la doctrina kantiana, en donde el mismo Kant justifica como premisa que el hombre por sí mismo es racional y que su voluntad de acción está en relación con el ejercicio de la razón, y que ambas justifican el sentido de la libertad del hombre.

El sentido de la subjetividad kantiana tiene un fundamento en el fin de las acciones del ser humano y no como medios que fundamentan su actuar, por lo que no podríamos considerar del todo que la doctrina kantiana de origen a una moral individualista, sino al contrario a una moral que tiene como fundamento la humanización de la persona a partir de los fines, que son considerados en sí mismos como principios universales y a la vez particulares, pero que evitan sustentar a la persona como un medio.

Sin embargo también hay que reconocer que los imperativos absolutos relativos a uno mismo se disgregan provocando una cultura individualista, que en ningún momento puede justificar todo tipo de prácticas, aunque se basen en consentimiento libre de los sujetos (Lipovesky, 1986, pág. 103.), porque no podemos actuar hacia el otro sin sentirnos obligados hacia nosotros mismos, y viceversa.

En este sentido la moral kantiana puede ser revalorada, pero no ya a partir del ejercicio meramente racional, sino a partir de la conscientizacion, que implica un ejercicio filosófico pero que no procura universalizar todos los principios individuales, sino que retoma parte de la conciencia crítica de las realidades humanas, para descubrir principios que puedan ser convenientes en el comportamiento de las acciones humanas, no de manera lucrativa o parcial sino de manera sustancial a la misma realidad social del ser humano, de manera tal, que su encuentro con la alteridad le haga ser responsable de sus actos, y éstos justifiquen las intenciones internas de la realidad social de los individuos, actuando así por fines internos verdaderos, más que como medios lucrativos o parciales, que no sustentan proyectos de vida válidos para la humanización de las personas, y que puede considerarse como parte de su proceso de integralidad humana.

La educación por sí misma no tiene mucho sentido si no tiene la finalidad de perfeccionar al mismo ser humano. Pero al igual que otras actividades, la educación en nuestra sociedad puede ser desvalorada por no tener un fin al cual se le pueda sacar ventaja.

Por lo que, si la finalidad de la educación, es ser un ejercicio del intelecto, también puede ser considerado como una oportunidad para obtener un mayor número de conocimientos, que ya han sido pensado o que se están generando en ese mismo ejercicio. Es importante que el individuo que actúa estudiando, lo considere más como un bien interno, que dignifica a la persona y le concede el lugar entre otros pensadores.

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