DIVERSIDAD CULTURAL: RESISTENCIAS Y ENTUERTOS

Leif Korsbaek
Héctor Ruiz Rueda
Ricardo Contreras Soto

 

Nómadas

En dicha área, como en el resto de nuestro continente, la evidencia material acerca de estos pueblos se caracteriza por su dispersión en el medio geográfico, así como por la leve huella que imprime en éste; la explotación que hacen de los recursos de subsistencia es extensiva y no intensiva. Su nomadismo implica movilidad espacial cíclica, en consonancia con el flujo de recursos alimenticios, esto es, en virtud de la migración de especies de aves y otros animales; de los ciclos de las plantas que son recolectadas; de las variaciones estacionales del clima, etc.

Durante siglos, los europeos fueron incapaces de explicar su pasado prehistórico fuera de los esquemas mágico-religiosos. Solamente en la época de la conquista y del establecimiento del régimen colonial pudieron constatar que muchos de los artefactos (neolíticos) hallados en su continente correspondían por su función a los instrumentos de piedra que las sociedades indígenas del Continente Americano empleaban cotidianamente. De manera involuntaria estaban empleando un recurso lógico que hoy se considera plenamente justificado como método heurístico en la historia y la antropología: la analogía etnográfica. Los colonialistas europeos pudieron explicar su pasado prehistórico a través de la observación y comparación de culturas indígenas vivas: a través de la analogía etnográfica. Casos históricos también han servido como recursos explicativos. El imperio romano y el azteca, como ejemplos ampliamente historiados, muestran el uso de estrategias de ejercicio del poder político que permiten explicar un patrón de asentamientos como el observable en el fenómeno de los patios hundidos del Bajío, donde podría observarse un sistema jerárquico de asentamientos pequeños y medianos, ordenados de modo nuclear en torno de sitios rectores de gran envergadura. ¿Cómo pueden inferirse aspectos políticos y sociales de un patrón de asentamientos? La investidura sacerdotal y la emulación arquitectónica constituirían, en parte, la respuesta al fenómeno de los estilos arquitectónicos como el patio hundido del Bajío en el Clásico y Epiclásico, así como al hecho de su jerarquización, observable en la magnitud y riqueza diferenciales entre los sitios de la misma tradición en esta región.

Régimen social y modo de vida

He mencionado aspectos de la economía de las sociedades, así como rasgos de su estructura social, que entre otros constituyen el régimen en el que viven los grupos humanos. Éste es parte de una realidad objetiva, preexistente al sujeto, el cual en la antigüedad generalmente no podía percibirla de manera consciente, como una realidad existencial concreta. El individuo no necesariamente es consciente de fenómenos de gran escala, como la economía en su conjunto o la estructura social. El modo de vida, por otro lado, es un concepto que, a diferencia del de régimen, es de menor escala y permite observar la vida cotidiana de los pueblos. En él se revelan aspectos culturales identitarios, como los modismos lingüísticos o las maneras de conducirse ante otros. Es en esta perspectiva que el sujeto participa algo más conscientemente de las actividades prioritarias, como las domésticas, que le permiten satisfacer las necesidades de alimento, sueño, reproducción, etcétera. Pero entre las necesidades prioritarias se encuentran asimismo las de tipo ideológico, como las sociales o religiosas, que poseen determinados rituales, a manera de códigos conductuales. Por ejemplo, la etiqueta en el saludo o la consideración de los espacios privados o públicos, la participación en el ritual religioso doméstico o público.

Los cazadores recolectores

Conocemos a los cazadores y recolectores antiguos por su cultura material, que es el conjunto de evidencias sobre su vida cotidiana. Su estudio representa dificultades específicas, dada la dispersión de esa huella como consecuencia de su condición nómada. Régimen. Su economía cazadora y recolectora significa, en términos de la observación arqueológica, que los marcadores de su actividad son refugios estacionales en cuevas, en las que han dejado huella de actividades diversas, como la caza, el consumo de alimentos, la elaboración de herramientas y las manifestaciones simbólicas (pintura rupestre y petrograbados). Esta huella es homogénea, en el sentido de que no se registran marcadores de diferenciación social como tumbas ricas y pobres. Estas sociedades estaban estructuradas en grandes bandas emparentadas de algunos cientos de individuos, que compartían, además de una economía, ciertos rasgos ideológicos y lingüísticos.

No obstante, lo más común eran las microbandas de entre dos y cinco miembros, que se dispersaban en el medio geográfico siguiendo la fauna útil y recolectando las plantas y minerales necesarios. Las microbandas debieron reunirse periódicamente para efectuar el intercambio de bienes necesario para mantener el equilibrio alimentario, además de mantener los lazos de solidaridad y reproducción social. Modo de vida. Primeramente es preciso reconocer que, en esta escala, la fenomenología de las sociedades antiguas es escasamente conocida por nosotros. Cuando nos referimos a las cuevas como escenario doméstico de los cazadores recolectores estamos hablando de solamente uno de los tipos posibles de su vivienda. Las microbandas, de alta movilidad, también elaboraban diestramente refugios abiertos mediante enramadas que les permitían monitorear sus objetivos: los animales en torno de los abrevaderos o de los bancos de hierba fresca; las trampas elaboradas y dispuestas en sitios estratégicos. Estos refugios son absolutamente efímeros y como tales no dejan huella para el registro arqueológico; es mediante la analogía etnográfica que comprendemos su existencia como realidad histórica y su importante función. Pero sobre todo tenemos nociones de tales refugios por otro tipo de huella: los restos que registramos de material lítico, producto de la elaboración y retoque de instrumentos líticos. Son los mal llamados talleres. En realidad cualquier sitio puede emplearse como "taller", si existen las condiciones mínimas, como algunos minutos para el reposo, una sombra a la cual descansar, o a la cual permanecer alerta mientras se reabastecían de piedras como proyectiles de la honda, o mientras reparaban sus flechas rotas, o retocaban sus cuchillos y navajas de pedernal u obsidiana, etcétera, puesto que en estas tareas todos eran diestros y no había trabajo especializado que pudiera satisfacer estas necesidades. Por el contrario, cada sujeto era autosuficiente en materia de conocimiento de materiales y técnica de tallado. En las cuevas, donde se crea una especie de micromundo, pueden conservarse fosilizadas algunas heces fecales o coprolitos, huesos con huellas de corte de navaja o cuchillo y dispuestos en patrones de dispersión que sugieren procesos de descuartizamiento, consumo y desecho. Igualmente conservan evidencia de cocción, cuando la hubo. Incluso las cuevas pueden conservar algunos enterramientos humanos. En éstos, como dije arriba, no se perciben marcadores de estatus. Podemos suponer que lo que predominó fue una realidad más vinculada a espacios de vida cotidiana que no permitieron que la huella de su modo de vida sobreviviera a la prueba del tiempo.

 

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