APRENDIENDO ECONOMÍA CON LOS SIMPSONS

Isaías Covarrubias

2. La crisis financiera y sus consecuencias

Figura 6. Homero hipoteca la casa y la pierde


En el episodio “No más préstamos” (Temporada 20, Nº 12, 2009) la familia Simpson hipoteca su vivienda bajo la modalidad subprime y reciben un segundo crédito que utilizan para financiar una gran fiesta. Un día después de celebrarla, reciben una comunicación anunciándoles que en adelante la hipoteca queda sujeta a un tipo de interés variable en aumento. Los pagos mensuales de la hipoteca por la subida del costo financiero se elevan tanto que caen en morosidad, eventualmente terminan perdiendo su casa, la cual es rematada en una subasta pública y es adquirida por Ned Flanders.

La situación descrita en el episodio es, evidentemente, una parodia de una de las aristas de la crisis financiera que estalló en el invierno del 2007-2008, devenida posteriormente en recesión económica mundial y cuyas consecuencias están lejos de haber desaparecido. Homero obtiene la hipoteca no por sus condiciones de solvencia crediticia, sino por la forma como se estaba gestionando el sistema financiero norteamericano. Como resultado de ello, se generan los desequilibrios que luego se propagarían globalmente.

El sistema financiero de los Estados Unidos, por su desregulación, permitió a los bancos entregar créditos hipotecarios a una gran cantidad de familias de bajos ingresos, para obtener una vivienda y familias de medianos ingresos para financiar fundamentalmente, como en el caso de la familia Simpson, crédito al consumo. En los Estados Unidos este tipo de hipoteca, denominado home equity, fue utilizada ampliamente. Los bancos por su parte asumieron los riesgos de esas hipotecas mediante la puesta en práctica de instrumentos financieros que ocultaban el riesgo verdadero. Estos mecanismos elevaron la participación de las hipotecas subprime en el total de hipotecas de 9% en 1996 a más de 20% en el 2006. 

La justificación para la operatividad de este mecanismo, convertido a la postre en una “burbuja”, fue el aumento sostenido de los precios de la vivienda en los Estados Unidos a la tasa más rápida desde la Segunda Guerra Mundial. A propósito, Krugman y Wells (2011) reseñan que los precios de los bienes raíces, tanto residenciales así como los comerciales, se dispararon durante el periodo 1997-2007 a una tasa de 175% en Estados Unidos, 180% en España, 210% en Gran Bretaña y 240% en Irlanda. Pero la situación se revirtió en el 2008, cuando el precio de las viviendas comenzó a caer abruptamente y surgieron los problemas masivos de impago de las hipotecas, especialmente en Estados Unidos, epicentro de la crisis.

En el invierno de 2008-2009 el estallido de la burbuja financiera se había convertido en una crisis de consecuencias impredecibles. La bolsa de valores se desplomó, los créditos se congelaron, algunos bancos quebraron mientras los más grandes fueron rescatados mediante financiamiento gubernamental. Los problemas financieros en los Estados Unidos no tardaron en alcanzar a Europa. En los momentos más álgidos de la crisis, la economía norteamericana perdía alrededor de 700.000 empleos cada mes y el comercio mundial se restringía a tasa más rápidas que durante la Gran Depresión en 1930. No obstante, hacia el verano del 2009 la economía mundial mostraba signos de una leve recuperación, lo cual continuó durante el 2010, aunque para algunos economistas la amenaza de una nueva crisis, incluso más virulenta todavía está latente (véase Krugman y Wells, 2011). 

Con respecto a las causas de la crisis financiera y su propagación, Blanchard (2009) menciona cuatro condiciones que la alentaron y la exacerbaron: a) la subestimación del riesgo de los nuevos activos, especialmente de los “activos tóxicos”; b) la falta de transparencia de los productos financieros derivados incluidos en los balances de las entidades financieras; c) la interrelación entre estas en el entorno nacional e internacional y d) el elevado apalancamiento de todo el sistema financiero.1

Por su parte, para Bhattacharya (2009), los problemas de asimetría de la información, riesgo moral y conflictos de agente-principal, característicos de los mercados de crédito y de activos, se exacerbaron al no existir contrapesos normativos para el tratamiento de estos problemas, permitiendo el relajamiento de los parámetros de evaluación del riesgo y la proliferación de instrumentos financieros complejos, los cuales ocultaban riesgos subyacentes difíciles de estimar. Que la falla del mercado financiero ha estado asociada estrechamente a las fallas en la regulación lo revela el hecho de que se permitiera una acumulación significativa de endeudamiento por parte de las instituciones bancarias y se soslayara el control sobre los fondos de inversión.

La propagación de la crisis fue el resultado de la “mundialización de las finanzas”, la cual tiene dos componentes principales: a) el aumento sostenido, solo ralentizado por shocks negativos, de los flujos financieros a nivel global y b) la integración de los más importantes mercados financieros del mundo junto con el auge adquirido por los llamados “mercados emergentes”.

El movimiento de capitales a nivel mundial alcanzó una cifra cercana a los 200 billones de dólares en el 2007, para luego decaer abruptamente durante 2008 y 2009, recuperándose levemente durante el 2010. La magnitud y el impacto potencial de estos flujos se pueden visualizar al compararlos con los flujos de comercio mundial, de una cifra aproximada de 14 billones de dólares en el 2007, con lo cual los flujos financieros los superaron 14 veces. Están representados en activos de renta fija y variable como bonos de deuda, acciones de compañías, deuda externa de gobiernos, remesas, divisas, IED y son mucho mayores si se considera el flujo correspondiente a los derivados, los cuales, según algunos cálculos, reflejan un movimiento de capitales de entre 500 y 600 billones de dólares anuales, alrededor de 10 veces más grande que el PIB mundial.2

A la par del significativo aumento de estos flujos, se produjo la integración de los mercados financieros. La integración se potenció en la medida que tuvo efecto la desregulación del sistema, el aumento de las necesidades de financiamiento para las operaciones de producción y gestión financiera de las empresas, especialmente las firmas globales, el incremento de las necesidades de financiamiento de los gobiernos, los procesos de integración monetaria, como los de la UE en torno al euro y la alineación de los regímenes de tipo de cambio de las economías más importantes en un esquema flexible. Por otro lado, el desarrollo de las TIC logró proporcionar una plataforma muy dinámica y fluida para esta integración.

La inestabilidad de los flujos financieros comenzó a manifestarse en la medida que tendieron a localizarse en economías que prometían ganancias rápidas de corto plazo, pero con un sustrato de problemas económicos, a menudo soslayados o no suficientemente percibidos como riesgosos por los inversionistas. En principio, la volatilidad afectó especialmente a los mercados emergentes, como lo reflejaron las crisis financieras de los noventa y principios de este siglo. Pero, como ha quedado claro con la crisis financiera iniciada en los Estados Unidos, el sistema financiero puede desequilibrarse en las naciones desarrolladas, con consecuencias más graves y duraderas.3

En el estallido y posterior propagación de la crisis cabe destacar además que sus efectos fueron y han sido muy desiguales cuando se toman países o regiones particularmente. Según lo revela un documento del FMI (2008), los bancos de Estados Unidos y de Europa experimentaron un 57% y un 39% respectivamente de las pérdidas financieras por deuda titulizada de origen estadounidense, lo cual explica el agotamiento simultáneo de la liquidez en los mercados interbancarios europeos y norteamericanos.

Por el contrario, las instituciones asiáticas sólo absorbieron el 4% de estas pérdidas. Analizando el caso de la India, Panagariya (2009) ha sostenido que los bancos e instituciones financieras de este país, debido a las regulaciones y controles gubernamentales existentes, lograron permanecer muy al margen de la trampa en que se convirtió la inversión en activos tóxicos, lo cual significó que su sistema financiero no se afectara de manera importante. De un total aproximado de 500.000 millones de dólares que posee en activos financieros el país asiático, apenas alrededor de 1.000 millones de dólares (0,2%) fue invertido en dichos activos.

No obstante, en alguna medida, baja o importante, la crisis afectó a la mayor parte de los países desarrollados y en desarrollo debido a el alcance y profundidad de la interdependencia económica mundial. Para Streeten (2001), la interdependencia es una expresión de cómo las políticas unilaterales adoptadas por un país relativas al tipo de cambio, las políticas arancelarias y para-arancelarias, las medidas regulatorias, las finanzas o el medio ambiente, pueden tener efectos negativos o beneficiosos para otros países, surgiendo así un abanico de naciones relativamente dependiente de otras, que experimentan un mayor costo para sus economías cuando se alteran las condiciones de sus relaciones comerciales y financieras.

A propósito de esta interdependencia, Blanchard (2008; 2009) ha señalado que algunos países, como Alemania, estaban muy expuestos a los efectos de la crisis, dado que, sorpresivamente, algunos bancos regionales alemanes tenían un alto grado de exposición al crédito hipotecario de elevado riesgo de los Estados Unidos. Por otro lado, sin tener parte en las condiciones del sistema financiero que dieron origen a la crisis, muchos países sufrieron el cese repentino de los flujos de capital, acompañado de presiones sobre el tipo de cambio y trastornos de su propio sistema financiero.

Esta aseveración la corroboran Pisani-Ferry y Santos (2009), al documentar que la drástica reducción de los flujos netos de capital privado, los cuales experimentaron una caída de alrededor de 80% en el 2009 respecto a su valor en el 2007, afectó especialmente a los países en desarrollo. La frenada abrupta de las entradas de capital impactó con mayor virulencia particularmente a las economías de Europa Central y del Este.

Por su parte, la crisis financiera, transmutada en recesión económica mundial, se manifestó a través de varios canales de transmisión, siendo uno característico el drástico racionamiento del crédito, lo cual afectó el desempeño de miles de empresas en todo el mundo dependientes del financiamiento internacional. Otro canal transmisor fue la significativa caída del gasto de consumo privado en los más importantes países desarrollados.

Con respecto a la disminución del consumo, es un hecho que la burbuja financiera estadounidense antes de su estallido había venido incubando parte de la crisis, manifestándose desde hacía varios años en la aceleración hasta niveles insostenibles del gasto de consumo privado, el cual llegó a ser 72% del PIB del 2007, con un alto componente de este gasto en importaciones; al mismo tiempo, la deuda familiar se incrementó al 134% del ingreso personal disponible y la tasa de ahorro disminuyó hasta niveles muy bajos.

La caída del apalancamiento financiero y del gasto en consumo privado, como efecto del racionamiento del crédito y de la liquidez, está correlacionada con el impacto negativo reflejado en la caída de los flujos de importación y exportación, de los flujos de IED y de los flujos de remesas enviados por los trabajadores migrantes en los países ricos hacia sus países de origen, generalmente países pobres, algunos de los cuales dependen de forma  importante de estos flujos de remesas.

Los flujos de remesas internacionales a países en desarrollo fueron sensibles a los efectos de la crisis, pero la realidad es que parecen estar recuperados y siguen constituyendo un flujo financiero con un impacto importante en algunos de ellos, bien sea por el tamaño de éstos, bien sea por el alto peso relativo que tienen en las economías de algunas naciones pobres.

Siguiendo el análisis que hacen al respecto Mohapatra, Ratha y Silwal (2010), los flujos de remesas alcanzaron 336.000 millones de dólares en el 2008, sufriendo una disminución de 5,5% para el 2009, donde alcanzaron la cifra de 307.000 millones de dólares. Durante 2010, los flujos de remesas a países en desarrollo se elevaron hasta los 325.000 millones de dólares, para un incremento de 6% con respecto al 2009. Se estima que el crecimiento de las remesas en el 2011 sea de 6,2% en el 2011 y de 8,1% en el 2012, año en el que alcanzarán la cifra de 374.000 millones de dólares.

Los autores remarcan la importancia que han adquirido las remesas en la economía de algunas naciones en desarrollo. Dos países: India y China captaron en el 2010 más de 100.000 millones de dólares de estos flujos, alrededor de una tercera parte de los mismos (55.000 millones y 51.000 millones de dólares respectivamente). Por su parte, México y Filipinas captaron más de 20.000 millones de dólares cada uno (23.000 y 21.000 millones de dólares respectivamente). Entre los países pobres donde las remesas constituyen un flujo de ingresos muy relevante, medido como porcentaje respecto al PIB, se cuentan Lesotho (25% de su PIB), Nepal (23%), Líbano (21%), Honduras (19%) y El Salvador (16% de su PIB).

Por otra parte, una característica revelada por la crisis financiera y su propagación a la economía real fueron, según algunos analistas, las desacertadas medidas que en el ámbito financiero toma el organismo multilateral encargado de ello, el Fondo Monetario Internacional (FMI), aunado a las deficiencias en la coordinación y la cooperación internacionales en materia financiera y de las políticas macroeconómicas.4

Los críticos de las políticas del FMI resaltan particularmente su responsabilidad en las crisis financieras, al propiciar entre sus recomendaciones la liberación del mercado de capitales de forma prematura y sin la regulación correspondiente, a contracorriente de los argumentos de algunos expertos quienes han señalado la inconveniencia en la práctica de estas medidas. Como lo documenta Foxley (2006) para el caso de Chile, la aplicación de controles a la entrada de capitales de corto plazo forma parte de la explicación del relativo éxito de la economía chilena en afrontar los shocks externos producidos en el mercado de capitales internacional.

Otro fenómeno expuesto por la crisis financiera y la posterior recesión mundial ha sido el relativamente buen desempeño de algunos países emergentes, especialmente el denominado grupo BRIC: Brasil, Rusia, India y China, los cuales lograron sortear los efectos más nocivos de la crisis y se han constituido en la principal referencia de países en franca recuperación de su crecimiento económico. Winters y Yusuf (2008: 10) respecto a China, señalan además que si bien el gigante asiático no es la fuerza dominante de la economía mundial, el apalancamiento del crecimiento que le está imprimiendo al resto de las economías del mundo no tiene precedentes.

Aunque interdependientes de los centros dominantes de la economía, las naciones BRIC y otras más se han convertido, por su propio dinamismo económico, en mercados muy atractivos para la IED y la inversión de cartera. Su participación en el comercio mundial va en aumento y se diversifica hacia amplios sectores productivos, incluyendo los de mayor dinamismo en el comercio mundial, especialmente los de tecnologías de punta, como el desarrollo de software en la India. Rusia es una potencia energética y Brasil está en vías de convertirse. Además, Brasil es un gran exportador de materias primas, lo cual le permite complementar su comercio con países como China.

El gigante asiático ya es la primera economía exportadora a nivel mundial,   cuenta con una estructura de exportaciones bastante diversificada  y tiene una tasa de inversión de aproximadamente el 50% del PIB. Por lo demás, tiene un enorme tamaño de mercado interno, con una clase media en ascenso y una parte de la población rural incorporándose a las ciudades.

No obstante, entre sus debilidades destacan precisamente que el esfuerzo de ahorro de la población, destinado a cubrir la carencia de un adecuado sistema de seguridad social y a sostener la tasa de inversiones, especialmente de las empresas públicas, le resta mucha capacidad de gasto para dinamizar aún más la economía a lo interno. Por lo pronto China ha seguido creciendo a tasas superiores al 8% anual y ya es, según una metodología de estimación, la segunda economía del mundo en tamaño del PIB.
China también se ha venido integrando en una red de producción de bienes y servicios con una buena parte de las industrias de otros países dentro de su área geográfica más cercana, especialmente con naciones del Sureste Asiático, lo cual forma parte de la reconfiguración geográfica de la industria global, la cual ha propiciado el crecimiento y la diversificación de las exportaciones de los países asiáticos y especialmente de la economía china.

La potencia económica de los países BRIC aún no se complementa con una posición influyente del mismo calibre como centros de las finanzas internacionales. Sin embargo, en el caso de la India y China, Winters y Yusuf (2008: 22) señalan que son el primero y el quinto más grandes poseedores de activos de reserva a nivel mundial respectivamente.
En particular, China posee alrededor de 2,4 billones de  activos en moneda extranjera, de los cuales se estima que las dos terceras partes son activos en dólares, especialmente en letras del tesoro norteamericano. Esta deuda de los Estados Unidos con China ha financiado en una buena medida el gasto de consumo norteamericano en los últimos años, particularmente en los años anteriores a la crisis. A su vez, el componente importado de dicho gasto de consumo sostiene en parte las exportaciones chinas. Dicho de otra forma, el déficit comercial de Estados Unidos tiene como contraparte muy cercano al respectivo superávit comercial de China. 

Esta interdependencia entre las dos potencias económicas y en menor medida una interdependencia similar entre China y los países de la eurozona,   ha afectado, afecta y afectará en un futuro el curso de la economía mundial por diversas razones. La primera de ellas es la relativa dependencia del sistema financiero estadounidense de las reservas chinas. A pesar que los instrumentos financieros norteamericanos en los que invierte China son seguros, su rendimiento ha sido muy bajo y corren el riesgo de perder valor en la medida que existe la posibilidad de una depreciación del dólar. Por esta razón, tanto el gobierno chino, que acumula una gran cantidad de reservas, así como los bancos y empresas privadas chinas, se han dado a la tarea de diversificar sus inversiones.

Un componente de esta diversificación es el flujo de IED destinado por China a garantizarse el suministro de materias primas y recursos naturales (petróleo, carbón, cobre, acero, soya) necesarios para mantener la dinámica de su estructura económica basada en las exportaciones. Estas inversiones se han venido realizando sobre todo en países africanos y latinoamericanos poseedores de estos recursos naturales y de las materias primas. Otro componente de esta diversificación ha sido adquirir o intentar adquirir empresas de diferentes sectores industriales en los países desarrollados, lo cual ha generado reacciones políticas en esos países contrarias a esta nueva expansión del poder económico de China.

Otro aspecto revelado por la crisis que ha resultado una sorpresa agradable ha sido el desempeño económico de América Latina, tanto en su capacidad de sortear los efectos más negativos de la recesión económica mundial, así como su posterior recuperación, evidenciado en el crecimiento económico alcanzado en el 2010 de 6,1% y la estimación de un crecimiento de entre 4% y 4,5% para el año 2011, según cálculos de la Cepal.     

El desempeño económico favorable de América Latina en el presente, especialmente de los países suramericanos, tiene el antecedente de lo ocurrido en el lustro 2002-2007 que precedió a la crisis financiera y a la recesión económica mundial, cuando la región pudo aprovechar el boom de la demanda de materias primas y recursos naturales apuntalada por el auge económico de países como China y la India. El escenario de precios en alza para estos productos y una mayor demanda, generó una importante corriente de ingresos que neutralizó hasta cierto punto la tradicional restricción de la región para obtener financiamiento externo, sirviendo a la vez de mecanismo equilibrador de las cuentas fiscales, sin dejar los gobiernos de sostener una política fiscal expansiva, lo cual dinamizó ostensiblemente el crecimiento de las más importantes economías de la región.

El crecimiento se produjo en medio de políticas orientadas hacia el logro de un equilibrio macroeconómico efectivo, reflejado en el bajo nivel relativo de endeudamiento público, bajas tasas de inflación, aumento del nivel de las reservas internacionales y el sostenimiento de tipos de cambio en equilibrio. Al mismo tiempo, la región ganó en la confianza de los inversionistas, convirtiéndose en un ámbito geográfico atractivo para la entrada de capitales, tanto de IED así como de cartera.

No obstante, la crisis financiera tuvo su impacto negativo, especialmente por la caída de las exportaciones, vinculado a su vez a una disminución de los precios de las materias primas y a las restricciones al crédito internacional. En realidad se trató de una situación coyuntural, si se observa que posterior a la caída de -1,9% del PIB regional en el 2009, las más importantes economías de la región retomaron la senda del crecimiento en el 2010 y se espera sigan creciendo en el 2011.

Parte de la explicación de esta rápida recuperación se debe al relativo declive de la relación tradicionalmente dependiente de la dinámica de la economía latinoamericana con la economía de los Estados Unidos, sustituida por una relación económica en ascenso con países como China y la India. El auge del intercambio comercial con China data de hace al menos una década, con un crecimiento promedio de 40% anual. China se ha convertido, dado su alta demanda de energía y de materias primas, incluyendo alimentos para su enrome población de 1.300 millones aproximadamente, en el tercer socio comercial de América Latina, sólo por detrás de Estados Unidos y la UE, estimándose que pronto desplazará a la UE del segundo lugar.

China importa de los países latinoamericanos sobre todo estaño de Bolivia, hierro de Brasil, níquel de Cuba, cobre de Chile y Perú, petróleo de Venezuela, Colombia y Ecuador. Además importa soya y sus derivados, azúcar, pescados y carnes. Por su parte, las naciones de América Latina importan del gigante asiático, productos textiles, bienes de la industria ligera, máquinas y electrodomésticos. Sin embargo, esta complementación comercial no ha sido beneficiosa para todos los países latinoamericanos. En el caso de México, las exportaciones de manufacturas de calidad similar, compiten con desventaja con las chinas, que las produce a precios más competitivos.

De la misma manera, empresas chinas han estado incursionando en el terreno de la IED en América Latina siendo ya uno de los más importantes inversionistas en este ámbito, solo por detrás de por detrás de Estados Unidos y los Países Bajos. Su IED se concentra en los sectores económicos de extracción de recursos naturales y principalmente en Brasil, Argentina y Perú. Por lo demás, en un informe de la Cepal (2011) se estima que la región logró captar 113.000 millones de dólares de IED en el 2010, un incremento de 40% respecto al año 2009, convirtiéndose así en la región de mayor captación de IED en el 2010. Sin embargo, dicha inversión se concentró en seis economías de la región: Brasil, México, Chile, Perú, Colombia y Argentina, las cuales en conjunto lograron captar aproximadamente 90% de la IED total.

Por su parte, a través de diversos estudios e informes se han analizado las  amenazas que para la economía latinoamericana significa apostar por un modelo de crecimiento basado en las exportaciones de materias primas y recursos naturales, favorecido por los shocks externos y el alza continua de los precios para los commodities. La re-primarización de las exportaciones latinoamericanas parece ser una realidad si se observa, como se señala en un informe de Cepal (2010), que mientras en 1999 las materias primas representaban 26,7% del total de exportaciones, en 2009 daban cuenta de 38,8% del total.

Un riesgo para el desempeño económico favorable de la región son los factores externos, pues éstos pueden cambiar de orientación en el futuro, al ser sensibles a situaciones económicas coyunturales, las cuales no responden exclusivamente a determinantes económicos y tienden a ser, por su propia naturaleza, inciertas. Si la región no es capaz de mejorar la calidad de su inserción internacional en los mercados, tendrá restricciones para su crecimiento de largo plazo, pues la expansión de los sectores asociados a los recursos naturales no parece tener la profundidad requerida para contribuir suficientemente a la creación de capacidades tecnológicas, ni al mejoramiento de la competitividad.

Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo corrobora lo señalado, al analizar que  no hay garantías en la región para vislumbrar un crecimiento sostenido, toda vez que el crecimiento basado en los recursos naturales y las materias primas no se complementa con un crecimiento similar de la productividad. América Latina exhibe comparativamente un nivel de productividad y de incremento de la productividad de los más bajos del mundo, lo cual le resta potencial de crecimiento económico. Con un modelo apoyado en la exportación de materias primas y recursos naturales, no se pueden generar con la misma intensidad los vínculos entre capacidad tecnológica, capital humano e innovación, los cuales constituyen la base del aumento de la  productividad, necesaria para el incremento de la competitividad (BID, 2010).

La situación de coyuntura favorable en la economía mundial, que está siendo aprovechada por los países latinoamericanos, puede cambiar de orientación si las principales economías desarrolladas no dan muestras claras de haberse recuperado de la crisis. El panorama no luce nada alentador y existen un cúmulo de opiniones con  visiones disímiles sobre cuáles deberían ser las políticas adecuadas para evitar el riesgo de una recaída de la actividad económica global con sus graves consecuencias.

Por mencionar un trío de ellas, para Blanchard (2009) las políticas contra-cíclicas aplicadas por los gobiernos nacionales para frenar la crisis, especialmente la inyección de liquidez y la absorción de los activos más riesgosos del sistema financiero, solo tendrán un efecto sostenido en la medida que no resulten políticas tomadas unilateralmente, pues dependen tanto de  la reforma de su estructura regulatoria financiera interna, así como de la respectiva reforma de otros países.

El reto, especialmente para los países miembros del G-20, es lograr la coordinación necesaria para crear una nueva arquitectura financiera, con nuevos marcos de regulación y supervisión nacional e internacional que reduzcan los riesgos sistémicos, sin imponer cargas innecesarias ni ahogar la innovación financiera.

Un poco menos moderados en sus planteamientos sobre las medidas para salir de la crisis son Krugman y Wells (2011), para quienes el problema sigue siendo fundamentalmente la débil expansión del gasto fiscal y la reducción de impuestos promovida por los gobiernos de los Estados Unidos y los países europeos. Mientras esta situación persista, los resultados esperados serán decepcionantes. Proponen romper la visión conservadora acerca de los peligros de la expansión del gasto fiscal y recomiendan expandirlo aún más, aprovechando que la capacidad de financiamiento de estos gobiernos sigue siendo muy favorable, en la medida que aún mantienen inmejorables condiciones para captar fondos globales.

Por su parte, Stiglitz (2010) es más radical aún en sus apreciaciones y recomendaciones sobre las causas de la crisis, sus consecuencias y lo que hay que hacer para evitar una nueva. En principio, Stiglitz responsabiliza de la desestabilización del mercado financiero mundial a la oleada de desregulación iniciada en los Estados Unidos y Gran Bretaña en los años ochenta, lo cual se convirtió en la práctica en una política a la cual ningún gobierno requerido de captar fondos se podía negar.

Para este autor, respaldados en una visión ideológica que privilegia el “fundamentalismo de mercado” los gobiernos de un gran número de países y los organismos multilaterales, especialmente el FMI, asumieron como dogma la desregulación financiera, sin preocuparse por el exceso de riesgo sistémico que potencialmente encerraba y que se ha desatado con sus graves consecuencias económicas.

Siendo así la situación, Stiglitz aboga por una reforma profunda del sistema financiero, especialmente la vuelta a los controles y a las regulaciones para evitar el exceso de riesgo que se produjo con la desregulación. También señala que, en paralelo a las reformas del sistema financiero, se deben encauzar las políticas públicas con un criterio más amplio y proactivo. A contracorriente de los remedios convencionales, sostiene la necesidad de un nuevo “contrato social” que rescate la responsabilidad social de las empresas, especialmente de los bancos, estimule el ahorro y la inversión productiva y atienda las brechas de desigualdad en la seguridad social de la parte de la sociedad económicamente más débil.

Recapitulando, la crisis financiera tuvo entre sus efectos que muchas familias, como la familia Simpson, perdiera su vivienda al no poder pagar la hipoteca. El efecto agregado de la crisis hipotecaria fue mostrar las debilidades del sistema financiero, provocado por la falta de regulación y la exposición a un riesgo excesivo con la inversión en activos difíciles de valorar de forma transparente. Estas debilidades condujeron a la crisis financiera y derivaron en una recesión económica mundial, al secarse los más importantes canales de crédito al consumo y para la actividad empresarial. Otras  consecuencias se reflejaron en la caída abrupta de las importaciones y de las exportaciones, el aumento del desempleo y un escenario para que en algunos países la crisis se manifestara con virulencia.

La crisis de las subprime demostró que las desregulaciones no son necesariamente beneficiosas en todos los contextos de la actividad económica y financiera. Así, como se discutió supra, la flexibilidad en los trámites para registrar empresas, resolver los casos de empresas en quiebra y facilitar la contratación de trabajadores, benefician el desarrollo de los negocios y de las inversiones; pero la desregulación financiera que permite préstamos y activos sin correspondencia con los riesgos, termina por crear situaciones que se revierten en la pérdida de confianza en el valor de los activos y en la imposibilidad de recuperar los préstamos.

El hecho de que muchas naciones sufrieran el efecto de la crisis financiera, revela la alta interdependencia económica existente en el mundo actual. El diseño de una nueva arquitectura financiera internacional, aunque se base en esta fuerte interdependencia global, parte en realidad de un contexto desventajoso, signado por el bajo nivel de gobernanza mundial y la falta de coordinación de las políticas entre los países y los organismos multilaterales.

La tarea de los países poderosos y los países emergentes, es gestionar el sistema financiero global y sus interconexiones con la economía real para evitar o al menos paliar los efectos más dañinos de futuras crisis. He ahí una tarea prioritaria para la cooperación y la coordinación multilateral entre las naciones desarrolladas, los países en desarrollo y los organismos ad hoc. 

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