SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Un concepto de revolución: “dar la vuelta a la tortilla”.-

 

Hemos dado una vuelta larga. Hemos dado un largo paseo alrededor del socialismo, del comunismo y de los trabajadores.

Comenzamos con unas consideraciones sobre los primeros pasos del movimiento obrero en los países europeos y hemos llegado a nuestros días, cuando el movimiento obrero se concreta en dos realidades. De un lado los partidos comunistas y sus organizaciones, en los países en que ocupan el gobierno (República Popular China, Cuba, Vietnam). De otro lado los partidos comunistas y partidos socialistas que forman lo que se llama la socialdemocracia. En este último grupo consideramos que hay que contar también los partidos comunistas que gobernaban en Rusia (con la Unión Soviética) y los llamados países del este (Chequia, Eslovaquia, Hungría, Polonia, etc, que también tenían gobiernos comunistas.)

En eso ha desembocado, por el momento, el conjunto de ensayos, intentos, idas y venidas, de los movimientos de los trabajadores y sus organizaciones, en la defensa de sus intereses.

En nuestro país, a grandes trazos, las principales organizaciones de los trabajadores se pueden alinear con la corriente socialdemócrata europea; los principales partidos y sindicatos que pueden considerarse como el actual movimiento obrero europeo se consideran socialdemócratas. El Partido Socialista Obrero Español, el Partido Comunista de España, los demás componentes de Izquierda Unida, Esquerra Republicana de Catalunya, Iniciativa Verds de Catalunya, el Bloque Nacionalista Galego, los sindicatos de Comisiones Obreras, Unión General de Trabajadores, Unión Sindical Obrera, son formaciones socialdemócratas. De manera que algunos sindicatos de representación e implantación limitada, y algún partido de implantación más limitada, son la única excepción a este dominio de la socialdemocracia en las organizaciones de los trabajadores en nuestro país.

Conociendo ya, de una manera bastante precisa, en qué consiste la socialdemocracia, cuál es su práctica y cuál su objetivo a corto y largo plazo, parece necesario hacerse algunas preguntas sobre el recorrido al que nos hemos referido, y más concretamente a algunas cuestiones que al parecer se han ido descolgando por el camino.

Por ejemplo, la revolución. Hasta los años 50 del siglo XX no se podía oír ni leer la intervención de un representante obrero, sin que cada 10 palabras no apareciera la palabra revolución o revolucionario. Hoy, en el movimiento organizado de los trabajadores europeos, esa palabra ha desaparecido, más aún, ese concepto ha desaparecido.

Otro ejemplo, igualmente la palabra obrero era referencia constante en las intervenciones de representantes sindicales o de partidos obreros. Hoy se ha sustituido por “trabajadores y trabajadoras” o “compañeros y compañeras”. Ha desaparecido la palabra obrero y el concepto de obrero.

Han ido desapareciendo las expresiones “liberación”, “emancipación”, “acabar con la explotación de clase”, etc.

Nos quedamos sólo con la primera cuestión, porque seguramente encierra también en su interior a las demás. ¿Qué debía entender por revolución el movimiento obrero en sus primeras apariciones en el escenario público?

En el siglo XIX hubo diversas escaramuzas, pero lo más brillante a los ojos de los obreros, fue la toma por las armas de la ciudad de París. Se hicieron fuertes, rodeados por el ejército y durante un tiempo organizaron su vida a su manera, a la manera de los obreros. Fue la famosa Comuna, la mayor gesta realizada hasta entonces por los obreros, y un ejemplo para ellos, de lo que harían un día en Francia entera, en Europa y en el mundo entero.

La idea más sencilla, pero con más fuerza, de la revolución, la empleaban los jornaleros andaluces en los años finales del siglo XIX, y primeros del XX. “Darle la vuelta a la tortilla “, decían.

La revolución, según esta manera de verla, consistía en poner arriba lo que estaba abajo y abajo lo que estaba arriba. Pero, no se complicaba la idea, sino que los “pobres pasaban a ser ricos y los ricos,  pobres”. Esta versión, lo que tenía de simple, tenía de luminosa. Para unos mineros, para unos jornaleros del campo, para unos obreros de una fábrica, en aquellos años, en aquellas circunstancias, el solo pensamiento de que eso pudiese ocurrir, les aparecía como un horizonte de esperanza y les animaba a unirse a las organizaciones obreras que los llevarían a cabo.

La idea, esta idea sencilla, permaneció en el pensamiento de los trabajadores y sus organizaciones, prácticamente hasta que desembocaron en el camino socialdemócrata.

Sin embargo, numerosos dirigentes del movimiento obrero, y estudiosos e intelectuales preocupados por estos problemas fueron dando formas más concretas y elaboradas a aquella primera, tan elemental.

La toma violenta del Estado, pasó a ser el eje central por el que pasaría cualquier revolución. Eso quiere decir hacerse con la dirección del ejército; desde esta posición de fuerza, hacerse con la dirección del gobierno, y desde estos dos centros, hacerse con la dirección de la economía.

En la práctica, en todos los países donde el partido comunista ha gobernado, se ha seguido ese camino, y parece lógico que así fuese. Para llegar al gobierno por la vía de la violencia, había necesariamente que pasar por el enfrentamiento con el ejército que le daba soporte. Vencido este obstáculo, en unos casos en forma bastante rápida, como en la Unión Soviética, en otros después de una larga lucha (Vietnam, China Popular), y una vez instalados en la dirección del gobierno, la toma de posesión de las fábricas, las grandes fincas, las minas, los grandes medios de transporte, los Bancos, etc. , era el paso inmediato.

Ciertamente, así ocurrió en la práctica. Pero antes de que ocurriera en la práctica, la idea estaba en la cabeza; en la cabeza de los obreros, y en la cabeza de los dirigentes de sus organizaciones. De la simple idea de dar la vuelta a la tortilla, se fue pasando a la forma de hacerlo. Esta idea, fue intensa y extensamente discutida en los círculos obreros y en los círculos intelectuales. Se hablaba y discutía de ello en el campo, en las fábricas, en las tabernas, en los folletos, en los libros, en los discursos, en las reuniones. Era un objetivo, un proyecto, una meta.

En los primeros ensayos para llevar esta idea  a la práctica en los países europeos, apareció entre el movimiento obrero una honda división, que podríamos describir de la siguiente manera. Unos partidos obreros entendieron la idea de la toma del Gobierno como la hemos descrito, y serían los partidos comunistas, y otros partidos obreros entendieron que la entrada en el gobierno podría conseguirse sin recurrir a la violencia y serían los partidos socialistas.

En esta coyuntura, con ocasión de esta división en el movimiento obrero (en los años veinte del siglo XX), comenzó a perfilarse más la idea que sobre la revolución tenían unos y otros.

Ambos bandos pensaban que había que darle la vuelta a la tortilla; y en lo que diferían era en la forma de hacerlo.

Pues bien, en la práctica real, en la historia, ambos han llegado al Gobierno por la vía que cada uno proponía y ambos han tratado de dar la vuelta a la tortilla.

Ya hemos visto lo que en la práctica ocurrió, pero nos interesa pararnos un momento en la idea que sobre la revolución tenían unos y otros.

En la mente sencilla de un obrero, en los comienzos del movimiento obrero en nuestro país, la tortilla era la riqueza y el mando, y quien le daría la vuelta sería la unión, la voluntad y la lucha de todos los obreros. Para sus dirigentes la tortilla era la producción, y la sartén con la que se le daría la vuelta, sería el Estado. Había que coger la sartén por el mango (el ejército), y darle la vuelta, pensaban los dirigentes comunistas; o bien, coger la sartén (el Estado) y darle la vuelta, según los socialistas.

En lo que estaban todos de acuerdo es en que había tortilla (la riqueza, la producción), y una sartén (el Estado, la fuerza), y que, con la una se podía dar la vuelta a la otra.

La práctica, la historia, se ha encargado de corregir severamente esta visión. Ni en la Unión Soviética, ni en Cuba, ni en China, ha ocurrido nada que se parezca a la idea representada por una tortilla dando la vuelta. Si en estos países ha mejorado la condición material en la vida de sus ciudadanos y en particular de los trabajadores, nada hace pensar que se encuentran en la posición que anteriormente ocupaban los poderosos de su país, es decir, no se ha dado la vuelta a la situación anterior, en que los obreros estaban abajo y se ha llegado a la situación actual en que ellos se encuentren arriba. Ellos, los obreros, se encontraban en la parte de debajo de la tortilla, y después de la revolución, se encuentran en la parte de abajo de la  tortilla. La práctica ha demostrado que lo de “dar la vuelta a la situación” era una idea, una imagen, que no respondía a ninguna realidad. Ninguna revolución existente ha dado “la vuelta” a la situación existente que encontró. En todo caso la habrá cambiado, pero sin darle la vuelta.

Y la idea, la imagen de una cosa, como sabemos es el reflejo en nuestra mente de una realidad. Y la idea primitiva que los obreros tenían de la revolución no respondía, como se ha podido comprobar, a ninguna realidad social. La realidad social funciona de otra manera.

Desechada en la práctica esta idea primera de la revolución, fue siendo sustituida por otra menos ambiciosa, ya no se trataría de poner lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, sino de hacer un cambio rápido y profundo, que liberaría a los obreros de las condiciones de dependencia y sumisión en que prestan su trabajo. Los intentos llevados a la práctica, en uno y otro campo del movimiento obrero europeo y mundial, no han tenido, en ningún caso otro efecto, que conseguir, cuando han tenido éxito, unas mejores condiciones salariales o sanitarias y educativas para los obreros, pero no lo pretendido, es decir, la liberación de la condición de dependencia y sumisión en su trabajo.

Dada esta experiencia, en las organizaciones obreras, tanto socialistas como comunistas se ha abandonado la palabra y el concepto de revolución. En la mente de los trabajadores y de sus dirigentes, este concepto no responde a ninguna realidad presente ni futura previsible. Lo que los americanos llaman su revolución ( su proceso de independencia, 1783) y los franceses la suya (1.789), no tenían nada que ver con los obreros, se trataba de un ajuste brusco en las instituciones representativas de los propietarios, los militares (los altos jefes, naturalmente),  y los altos funcionarios al servicio de los anteriores. Sí que fue un cambio rápido en las instituciones, por eso le deben llamar revolución, pero nada o muy poco, se reflejaron una y otra en la situación de dependencia de los trabajadores. Estas revoluciones no se referían a los obreros.

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