SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

 

 

Tropiezo teórico: el objeto a expropiar por parte del Estado no es una “cosa”.-

 

Si los procesos de trabajo en que eran utilizados los bienes expropiados eran individuales y los ejercía el trabajador profesional de oficio, se lo podían adjudicar individualmente a cada trabajador. Era el caso de los campesinos. Labraban para el propietario, y ahora labran para ellos mismos.

Pero en una fábrica, que era donde estaban los obreros, las cosas no se presentaban de la misma forma. La fábrica se había montado, se había proyectado, a espaldas de los trabajadores. El capitalista y su técnicos conocían al detalle el fundamento económico (por qué fabrican esto y no otra cosa) comercial, administrativo (papeles), relaciones con la competencia. Es decir, y según hemos visto ya , el capital tiende a convertir a todos los trabajadores (excepto a sus ayudantes directos), en obreros, o sea, en trabajadores alejados de las tareas de dirección, desconocedores del  funcionamiento global de la fábrica, y dedicados a tareas concretas que les hacen siempre y en cualquier momento sustituibles por otro obrero.

Aquí el objeto expropiado, la “cosa” arrebatada al propietario, no era manejada por el trabajador, como en el caso del campesino. Un campesino sabe y puede poner en funcionamiento su explotación, sea ya en propiedad o arrendada. Un obrero no sabe ni puede manejar una fábrica; ni un obrero, ni todos los obreros de esa fábrica. A la fábrica sabe ponerla en funcionamiento y puede ponerla en funcionamiento el equipo de técnicos (ingenieros, encargados, técnicos comerciales, juristas, etc.) que dirige y paga el propietario y que son como sus representantes.

La fábrica nació como hija de la manufactura y la manufactura arrancó de los antiguos oficios, en el proceso de formación del capital que ya hemos visto. La división de las tareas que realiza un artesano, él solo, en sus distintos movimientos especiales, para atribuir cada uno de ellos a un trabajador que se especializará en ese solo trabajo, hace perder el oficio a todos ellos. Ahora, el que coordina los trabajos parciales es el verdadero creador del objeto manufacturado (hecho a mano) y éste es siempre el capitalista o un representante suyo.

La adaptación de las herramientas a su nueva tarea especializada, su agrupamiento y combinación por especialidades y la sustitución, en su movimiento, del esfuerzo del trabajador por una energía muy superior, desemboca en la creación y utilización de las máquinas. Y el emplazamiento, distribución, coordinación y combinación en las funciones de las máquinas acaba creando lo que hoy llamamos una fábrica.

Este tremendo vuelco en la ordenación de la producción, es decir, en la forma de trabajar, sorprendentemente no la ha hecho el trabajador.

El señor, dueño de todos los elementos que el esclavo y el siervo necesitaban para, con su trabajo, obtener cuanto éste necesitaba, nunca tuvo el deseo ni la necesidad de entrometerse en los detalles técnicos de la forma en que éstos elaboraban los productos. Sin embargo, en el capitalismo no es así.

El dueño de los talleres, en que se inicia la manufactura, sin la utilización, por lo tanto, de máquinas todavía, comienza a proyectar, planear, innovar, nuevas formas de realizar el trabajo.

Las ventajas de la economía de escala, son los primeros beneficios que el capitalista obtiene como fruto de su iniciativa. Efectivamente, diez sastres trabajando en una nave, rebajan los costes en iluminación, en calefacción, en limpieza, en el transporte de las materias primas.

Y esto no es más que el  comienzo. La especialización en las tareas y la posterior cooperación y coordinación de los trabajos especializados, van otorgando nuevas ventajas al capitalista, que se multiplican con la aplicación de la máquinas, que permiten nuevas especializaciones y nuevas formas de combinación de los trabajos en cooperación.

Todo este largo movimiento, largo y profundo movimiento de transformación del trabajo, ha sido protagonizado, dirigido por el capital.

Con ello ha conseguido, novedades de gran importancia.

Una enorme acumulación de medios de trabajo y de dinero (con el que se pueden adquirir medios de trabajo). Una progresiva centralización de capitales, es decir, multitud de capitales, pequeños, medios o grandes, puestos bajo la dirección de uno de ellos (un gran banco, por ejemplo).

Este recorrido que acabamos de hacer brevemente, nos muestra con claridad, cómo se han ido formando en nuestras sociedades europeas dos polos. Uno, que tiende a poner a su servicio o a orientar en el sentido de sus intereses al resto de la sociedad y lo hace mediante el control, el dominio de la producción, es decir del trabajo. Otro polo, el trabajo, que, sintiéndose soporte de toda la producción (fundamento de toda la sociedad), se siente excluido de toda labor de dirección en la sociedad.

El control, la dirección de la producción, del trabajo, se presenta como el punto central en nuestras sociedades.

Y volvemos al punto, al hilo, por donde íbamos. Los capitalistas rusos han sido apartados de la propiedad, de la dirección de sus empresas; y estábamos en el momento en que el gobierno revolucionario ruso debe decidir a quien entrega esta dirección.

Pero, ahora ya sabemos a quien no se puede entregar esa dirección: a los obreros. Este tipo especial de trabajador ha sido creado por el capitalismo, precisamente para que trabaje de tal forma que no dirija nada. Esto lo han estudiado Marx y Lenin (entre otros muchos), y lo han experimentado los propios obreros miembros del partido comunista. Y Lenin y el partido comunista, sabiendo esto, deben decidir ahora quién dirigirá en adelante las empresas expropiadas donde trabajan los obreros rusos.

De hecho, las empresas industriales pasan a depender de una institución creada por el partido (por el gobierno), y en definitiva su actividad viene encuadrada en los planes que impone el Gobierno. Por lo tanto, el Gobierno (el Estado decían los comunistas), pasa a convertirse en el propietario de las empresas. Y los obreros, todos, pasan a trabajar por cuenta del Estado, si bien les dicen que trabajan para el Estado, pero para “el Estado de los obreros”.

Todos los intentos encaminados a que los obreros rusos dejaran de ser obreros, no parece que al final les hayan convencido: al margen, naturalmente, de los responsables de que esto haya sido así.

 

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