SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Los procesos de trabajo, delante; las instituciones, detrás.-

Tomar posesión de los medios del trabajo, se presentó a los bolcheviques como un acto heroico, histórico, violento, enardecedor de muchedumbres, en la propia Rusia, y en el mundo entero.

            Tomar posesión viene a significar como convertirte en el amo, propietario de la materialidad de la empresa, de sus frutos y director de los procesos de trabajo.

            Los bolcheviques, los comunistas rusos pensaron que el personal no estaba preparado para tamaña responsabilidad, y seguramente pensaron con toda razón.

            Pensaron, igualmente, que el partido sí estaba preparado para ello. Y el partido se convirtió en el amo de la producción.

            Desde ese momento, el acto inicial del proceso de  trabajo por cuenta propia, resultó viciado.

            Desconocer la extraordinaria potencia del saber empresarial, es igual de grave que desconocer el extraordinario empobrecimiento  del saber del trabajador por cuenta ajena.

            Desconocer el larguísimo proceso de compenetración y ajuste entre los intereses del gran capital y las siempre escurridizas administraciones civiles, militares, religiosas, culturales y políticas, es igual de grave que desconocer el tremendo alejamiento del trabajador respecto a estos instrumentos de poder.

            Creer que los trabajadores iban a sustituir a los empresarios en el primer acto de toma de posesión de los medios de trabajo, no se lo podían creer ni los más ardientes de los dirigentes bolcheviques. Por eso optaron por sustituirlos por el Partido (aunque en su nombre).

            Creer que un partido político podía sustituir a los empresarios y a los trabajadores, resultó, al fin y al cabo, una falta de percepción de la realidad.

            El final lo hemos visto. Ni el partido supo ser un partido. Ni los nuevos empresarios saben ser empresarios. Y lo peor, los trabajadores no tienen confianza ni en ellos mismos.

            El enfoque heroico y espectacular del primer paso en la toma de posesión por parte de los trabajadores de los medios de trabajo, es propio de los militares o de un partido político. Sólo en ese supuesto, en el de un vuelco espectacular, alguien tan alejado de las tareas de la producción como militares o políticos, puede tomar el papel de protagonista.

            En los casos históricos, reales, en que partido comunista y fuerzas armadas han intentado este papel protagonista en este terreno, tarde o temprano han tenido que ceder un papel que en ningún  caso les corresponde. Por muy comunistas que sean el partido bolchevique, el partido comunista chino, el cubano, el polaco, etc. etc. etc., junto con sus fuerzas armadas correspondientes, lo que no pueden hacer es convertirse en trabajadores de la producción, puesto que en ese mismo acto dejaban de ser partido y ejército.

            Si lo que caracterizaba al primer paso en el camino del socialismo o comunismo es la toma de posesión de los medios de trabajo por parte de los propios trabajadores; en el periodo histórico que estamos considerando (los dos últimos siglos), ningún partido comunista de los que han gobernado o aún están gobernando, ni siquiera han intentado iniciar ese camino.

            Y es que, tanto los  partidos políticos, como los ejércitos modernos (permanentes y altamente tecnificados), han sido ideados y creados, como instituciones al servicio de la implantación y el desarrollo del trabajo por cuenta ajena.

            Disponer de un partido político y de unas fuerzas armadas que lo aúpen al gobierno y lo apoyen, es un camino propio de los que “ya” disponen de los medios de trabajo. Son sus medios de defensa, son sus medios de reproducción y perpetuación. Los comunistas triunfantes (los partidos), no han hecho, otra cosa que imitar los modos e instrumentos capitalistas.

            Cuando los trabajadores, ellos mismos, controlen los medios materiales de sus procesos colectivos, los frutos de esos procesos, y su dirección técnica, encargarán las tareas que faciliten su fácil y segura reproducción, a unas instituciones adecuadas a este fin.

            Como no se tiene experiencia histórica en este sentido, no es posible tener una visión clara sobre este proceso, pero, ilustrados por la transición, desde la sociedad medieval a la capitalista, se pueden señalar algunas indicaciones.

            Habría que distinguir, como hace Marx, un primer periodo o fase, en que en el seno del sistema reinante, empiezan a emerger e ir consolidandose los elementos del nuevo sistema que nace.

            Serían, de un lado, el nuevo trabajador “libre” que acude a las ciudades, una vez disuelto el ligamen, el vínculo que lo ataba a su señor. De otro lado, la acumulación en manos de mercaderes, usureros, casas de préstamos, encargados de la gestión de grandes fincas de los nobles, de cantidades de dinero necesarias para contratar a marineros, mineros, jornaleros agrícolas, artesanos en las nuevas ciudades.

            Estos nuevos elementos dibujan ya una relación de trabajo distinta, pero todavía no forma una estructura dominante. En consecuencia, ni hay partidos políticos, ni ejército permanente, es decir, no se está aún en el sistema capitalista.

            Es la fase que Marx llama de la acumulación originaria.

            De ella podemos aprender que el nacimiento y desarrollo de los elementos que componen el nuevo proceso de trabajo colectivo por cuenta propia, aunque dibujan ya una estructura nueva, no se encuentran aún en un entorno creado por la estructura misma para su mejor maduración y desarrollo. Por lo tanto, a medida que éste avanza (maduración y desarrollo), las instituciones necesarias irán tomando forma.

            En cualquier caso, sí se pueden establecer con suficiente claridad las consideraciones siguientes.

            Las instituciones generales del capitalismo, lo que llamamos el Estado, son el molde del trabajo por cuenta ajena. Sin embargo, los elementos nuevos, los procesos de trabajo colectivo por cuenta propia, habrán de utilizarlas para crecer y desarrollarse entre ellas.

            En particular, las instituciones que en el sistema del trabajo por cuenta ajena, los trabajadores las consideran como propias (partidos políticos considerados como obreros -P.S.O.E., P.C.-, sindicatos -CC.OO., U.G.T, etc.-, y otras organizaciones) son propias “en el sistema del capital”. Es decir, existen porque la relación de trabajo es por cuenta ajena. Existen porque si el dueño de todo es el empresario, el trabajador ha de tener un representante que negocie y defienda sus intereses en una relación tan descompensada.

            Porque el capital manda en la empresa, existen los sindicatos. Porque el capital manda en las condiciones generales de reproducción (Banca, Defensa, Educación, Justicia), existen los partidos políticos.

            No se trataría, por tanto, de mejorar partidos y sindicatos obreros, de hacerlos más radicales, más exigentes, más auténticos; sino de no necesitarlos, tal como existen, porque la relación de trabajo ha cambiado.

            Si en la empresa no manda el capital, el sindicato, tal como existe, no es necesario. Ha de convertirse en otra cosa o desaparecer.

            Si en la reproducción general (Parlamento) no manda el capital, esa institución ha de convertirse en otra cosa.

            Procesos lentos, si se quiere, pero por lentos, no menos claros. Este tipo de desajustes entre relación de trabajo e instituciones cuando la relación de trabajo cambia, los podemos observar en procesos reales actuales.

            Cuando el partido bolchevique desplaza y sustituye a los propietarios rusos en al relación de trabajo, los sindicatos rusos cambian su propia esencia, y es porque los trabajadores no tienen enfrente al empresario, sino a un partido político, que, además, dice que es el representante de los trabajadores. Lenin tuvo muchas dificultades en encontrar a estos sindicatos una tarea propia de un sindicato.

            En nuestro país, en estos momentos, en una cooperativa de producción, donde los trabajadores son los propios dueños de los medios de trabajo, no tiene sentido la existencia de un sindicato, y la razón es que no hay un empresario como contraparte.

            En la República Popular China, en Cuba, lo que en nuestros países capitalistas representa un Parlamento, en esos países tiene una función esencialmente distinta.

            Y es que la relación de trabajo, el tipo de relación de trabajo, es la que exige un tipo de instituciones u otro.

            Y las organizaciones de los trabajadores en nuestro país habrán de ir tomando conciencia, habrán de ir teniendo en cuenta este tipo de consideraciones.

 

            El proceso de cambio de un sistema a otro; la sustitución de una sociedad capitalista por otra socialista, ha de ser, como vemos, un cambio lento y complicado.

            El principal obstáculo para que fuese un proceso transparente y rápido, es la propia esencia del cambio. Es decir, se parte de un sistema firmemente asentado. Se trata de unos procesos de trabajo (que constituyen su base) que han alcanzado una alta productividad, con la consecuencia de una posibilidad de altos salarios, así como permiten un altísimo gasto en instituciones que alcanzan una gran eficiencia.

            Estos poderosísimos aparatos, productivo e institucional, trasladan una sensación muy fuerte de seguridad y de eficiencia; en el sentido de que parecen perfectos, acabados, insustituibles.

            Piénsese en la impresión de irresistible que provoca la poderosísima máquina militar de los Estados Unidos de Norteamérica. O la no menos aplastante maquinaria científico-técnica-cultural de ese país.

            Este enfoque de la cuestión, bastante generalizado, no invita precisamente a pensar en su sustitución.

            Este sistema (proceso de trabajo por cuenta ajena con alta productividad e instituciones bien dotadas -militares, científicas, técnicas, culturales- como reproductoras eficientes de esos procesos de trabajo) ese sistema, digo, abraza y hace suyo al conjunto de la sociedad. Coloca a la sociedad entera, con todos sus componentes, en el surco que previamente él ha trazado. Es un sistema absorbente en su tarea de poner dirección al conjunto de la sociedad.

            Y hemos de pensar que en ese conjunto están las organizaciones de los trabajadores, principalmente partidos políticos y sindicatos.

            Este sistema es, también, un sistema rodado, con una ya larga vida. En ese camino ha ido haciendo “suyas” las organizaciones de los trabajadores. Y esto, sin necesidad de combatirlas, como en un principio, sino haciéndolas caminar por la senda indicada en el propio sistema. Progresar en ese camino, pasa a ser la dirección a seguir por los partidos políticos y los sindicatos de los trabajadores.

            En un sistema con estas características, el cambio, la sustitución por un sistema socialista ha de seguir pautas, caminos, bastante distintos de los que señalaban los partidos y sindicatos de los trabajadores de nuestro país en tiempo pasado.

            El anticapitalismo, presentado como lucha de clases, revolución, toma de la fortaleza del Estado, guerrillas, destrucción del capital, destrucción de la burguesía, etc., ha desaparecido de la práctica de nuestros partidos y sindicatos.

            Sin embargo, esta forma de anticapitalismo ha desaparecido de la práctica política y sindical, sin ser sustituida por otra forma de anticapitalismo. Ha consistido en una simple rendición: ustedes llevan razón; dentro del capitalismo los trabajadores tienen también “su” camino.  

            La palabra rendición, sin embargo, sigue perteneciendo al mismo mundo de la palabra lucha. Son conceptos del pasado, que hoy no responden a la práctica real.

            Por lo tanto, en lugar de rendición, utilizamos el concepto, más cercano a la realidad, de aceptación.

            Con este concepto, reflejo de una realidad, que hemos expresado, se cerraría una fase del socialismo, en nuestro país, y en toda Europa (seguramente en todo el mundo).

            El socialismo ruso no ha funcionado; la socialdemocracia ha aceptado el capitalismo; en consecuencia, el camino emprendido por unos y otros, ha quedado cegado, no era correcto, no era adecuado. Sólo ha quedado el capitalismo.

            La nueva etapa del socialismo marxista, debería arrancar de esta realidad.

            El planteamiento teórico podría ser ahora así:

            El socialismo apunta directamente al trabajo, a los trabajadores. Son la base material primera de cualquier sociedad.

            Las demás bases -instituciones- son subalternas de esta primera.

            El trabajador de la producción material es el objeto central de la teoría socialista.

            A la altura de nuestro siglo, el trabajo material se presenta ordenado, organizado en procesos colectivos de trabajo. El proceso de trabajo individual ha pasado a segundo plano.

            Estos procesos colectivos de trabajo, se presentan alrededor de dos tipos: procesos colectivos de trabajo por cuenta ajena, y procesos colectivos de trabajo por cuenta propia.

            El proceso de trabajo colectivo por cuenta ajena es el tipo de organización del trabajo propio del capitalismo.

            El proceso colectivo de trabajo por cuenta propia es la forma de organización de la producción material, o sea del trabajo, por parte del socialismo.

            El socialismo del primer tercio del siglo XX, tanto el comunismo ruso, como los demás socialismos europeos, se nutrían de estos principios marxistas, como hemos dicho.

            Sin embargo, algo esencial no funcionó.

            Y de ese algo esencial, de su consideración, y estudio, es de donde se debía  partir en esta nueva época del movimiento socialista.

            Ante un atasco teórico, volvemos nuevamente a los estudios de Marx.

            Estudiando las distintas sociedades históricas, Marx nos dice que se las distingue, unas de otras, por la forma en que extraen el excedente del trabajador directo.

            Las antiguas sociedades asiáticas, el esclavismo, la sociedad servil medieval, el capitalismo, tienen todas en común, que una pequeña parte de la sociedad, extrae del trabajador de la producción material, una parte del producto que elabora (el excedente), y de él vive y disfruta. Y tienen de diferente, el mecanismo a través del cual obtienen ese excedente.

            Esto, dicho de una manera tan simple, no debe ocultar la cantidad de trampas que esconde.

            Los hombres más ricos del mundo actual (se trate de los dos norteamericanos, del mejicano, del sultán de Brunei, etc.) jamás aceptarán que ellos extraen ningún excedente de ningún trabajador. La reina de Inglaterra, con su inmensa fortuna y sus palacios, jefa de la Iglesia Anglicana; el Papa, con su inmenso poderío; jamás aceptarán tamaño dislate. Su dinero es “suyo”. Es el sistema. Dentro de este sistema, hay que darles la razón.

            Los sacerdotes de los imperios antiguos, Egipto, Persia; los fundadores de la filosofía europea, Aristóteles, Platón; los hombres de letras de la Edad Media, los nobles, los monasterios. Toda la sabiduría, toda la inteligencia, cuando funciona dentro de un sistema, su tendencia es a no “ver” el propio sistema en que se mueve.

            Las exquisiteces de filósofos, poetas, ilustres eclesiásticos, tienen lugar entre esclavos, siervos y obreros, que proporcionan el excedente con el que ellos viven y piensan.

            Por tanto, lo que Marx dice, a este respecto, hay que estudiarlo y considerarlo al margen de lo que explican los “funcionarios” del propio sistema. Y, ¡ojo!, los partidos políticos y los sindicatos, son “funcionarios” de nuestro sistema. Decimos “funcionario” en el sentido en que dice Marx que cada capitalista se comporta como “funcionario” del capital global.

            Pues bien, siguiendo el hilo, si el secreto más íntimo de una sociedad, de su organización total, hay que buscarlo en el “lugar” que ocupa el trabajador de la producción material, que es a quien se le extrae el excedente, quiere ello decir, que quien está mejor situado para entender esa sociedad, es el propio trabajador de la producción material. Y, así mismo, quien, como Marx, se sitúa en ese “lugar”, para estudiar una sociedad.

            Para un marxista, ese sitio es el norte que permite orientarse cuando se ha extraviado el camino.

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