SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Los primeros pasos están dados.-

 

Habría que empezar recordando que alguien ha iniciado ya el camino. Alrededor de medio millón de trabajadores en nuestro país desarrollan su actividad en procesos de trabajo colectivos por cuenta propia. Trabajar en cooperación, colectivamente, con medios propios, significa haber prescindido del empresario -propietario- director.

            Estos compañeros, ya han emprendido el camino.

            La pregunta, por lo tanto, quizás no estaba bien formulada.

            Se empieza por donde ellos han empezado.

            Se empieza por donde empezaron los capitalistas.

            Se monta un proceso colectivo de trabajo (en este caso por cuenta propia), y contando con la tecnología media del sector, y por tanto, con la productividad media, se acude al mercado con la producción obtenida.

            No ocurre ningún cataclismo, ni se nota nada extraordinario en el mercado.

            Los ciclos sucesivos de la reproducción del proceso, sí que harán aparecer en la superficie los cambios que han ocurrido en el interior de la producción.

            Estos cambios, sin embargo, pueden no haberse interpretado correctamente. Quiere decir esto que, aflorados, surgidos, en el seno de un sistema distinto al propio, se les ha encuadrado en dicho sistema, desfigurando así su propio significado, o adjudicándole un sentido distinto del propio.

            Esto hace que la labor (¿cómo se empieza?, ¿por dónde se empieza?) se presente particularmente borrosa.

            En primer lugar: cómo hacer.

            En segundo lugar: a quien nos referimos, quién es quien tiene que hacer.

            Dedicamos unas líneas a la segunda cuestión, y luego vemos más despacio ambas y por su orden.

            Recordamos otra vez que tratamos de un sistema nuevo, que surge, pero partimos de otro que en estos momentos domina toda la realidad de nuestro entorno.

            Hablamos del socialismo que apenas asoma la cabeza, pero lo observamos desde nuestra realidad capitalista.

            Nosotros, todos los socialistas y comunistas europeos, tenemos asumido (nos parece que tiene que ser así), que a los trabajadores se les “libera”, “se les ayuda” a salir de su situación, de su mala situación. Esta es la idea.

            ¿Quién es el liberador, el emancipador, el agente de la operación emancipatoria?

            Los más espiritualistas dicen que ellos mismos, que los trabajadores se liberan a sí mismos. Esto es una propuesta de brocha gorda. Y quien la hace debía explicar despacio cómo lo harán, por dónde empezarán y por dónde seguirán. De todas formas, quien así opina está harto de redentores y de libertadores. Seguramente saben lo que se dicen, pero deberían decirlo y plantear los objetivos a alcanzar en el camino.

            Dejando a los espiritualistas, lo lógico es que los más prácticos elijan los instrumentos que encuentran a mano: las organizaciones obreras, los sindicatos y los partidos obreros.

            Y a este respecto, debemos recordar, que estos instrumentos se han creado y afinado en su larga práctica para “luchar” (en realidad para colaborar) contra el capital, no para trabajar en el montaje del socialismo.

            Luego volveremos sobre este asunto.

            Lo haga quien lo haga, cómo se ha de hacer.

            El trabajador colectivo del proceso de trabajo por cuenta ajena, funciona en el seno de un aparato montado a sus espaldas y cuyo objetivo diario es aumentar la ganancia del empresario.

            La reproducción (el funcionamiento continuado) de este aparato viene asegurado por un aparato institucional, cuya finalidad esencial es la cómoda reproducción del aparato productivo.

            Señaladas en el proceso de trabajo las funciones de los trabajadores (alejamiento de las decisiones, separación de la propiedad de los medios y los frutos de su trabajo) centradas en la ejecución de las órdenes y en la obediencia a los mandatos; en las instituciones no encontrará sino la confirmación de este reparto de las tareas.

            La repetición de los procesos de trabajo, su reproducción, apoyados y encuadrados en la actividad institucional (Parlamento, Gobierno, Administraciones, Partidos Políticos, Sindicatos), no ofrecen, en su sistema de funcionamiento, oportunidad alguna a la tarea de construcción del socialismo.

            En la producción por cuenta ajena, en sus procesos de trabajo, no cabe el menor elemento útil en la construcción del socialismo.

            En las instituciones reproductoras del sistema de producción por cuenta ajena, no encontramos el menor elemento de apoyo en el camino del socialismo.

            El sistema productivo capitalista está hecho exclusivamente para producir ganancia, y su aparato institucional, para apoyar este objetivo.

            Por lo tanto, en principio, los elementos y sus relaciones (obrero y empresario; propiedad y dirección técnica del segundo y ejecución y obediencia del otro), en el primer escalón; las instituciones esenciales creadas expresamente para acorazarlo y custodiarlo, en el segundo escalón; y las costumbres, hábitos mentales, la cultura, que crean ambos en su larga reproducción, en el tercer escalón; en principio, decimos, no aportan ninguna utilidad en la construcción del socialismo.

            Y sí contaminan y desdibujan la teoría y la práctica socialista.

            De tal manera es así, que desde esas estructuras citadas, se imposibilita el tránsito a las estructuras socialista.

            Hemos visto que el obrero colectivo, no es otra cosa que una forma concreta de trabajador (hay otras, como por ejemplo el campesino o el artesano), para ser más exactos es la forma concreta que adopta el trabajador cuando lo contrata el capitalista. Pues bien, el tipo de relaciones que establece con el capital, lo “inutilizan” para avanzar hacia el socialismo.

            El obrero trabaja, existe como tal obrero, en el sótano del edificio que compone la sociedad capitalista. El panorama que contempla desde este lugar, la realidad que le rodea, le inutiliza para pensar, entender, y menos, comenzar a construir el socialismo.

            Y es inútil sacarlo del sótano y llevarlo al primer piso, donde habitan las instituciones, o al segundo piso donde vive la cultura. Es inútil, porque en cuanto sale del sótano, deja de ser obrero, y se convierte en ciudadano; y como ciudadano, como público, puede ver, ahora sí, todo el edificio, y todo el entorno del edificio. Y puede solazarse, instruirse, educarse, culturizarse, cultivar sus aficiones, participar en el mundo de las instituciones culturales, políticas… a la mañana siguiente: al sótano, a obedecer, a ejecutar lo que han ideado y planteado otros. Y así… ¡Siempre!, siempre que siga siendo obrero.

            Las instituciones están creadas y funcionan con la finalidad de mantener, preservar ese orden: el sótano (con su propio orden), y las instituciones con el suyo.

            Por pura higiene mental, hay que repetirlo cien veces, como los niños en la escuela: el Partido Socialista y el Partido Comunista, junto con nuestros Tribunales, nuestro Parlamento, nuestro Gobierno, nuestras Patronales, nuestros Sindicatos, nuestras Fuerzas Armadas, nuestras Escuelas de niños, Institutos, Universidades, Iglesia Católica, Protestante, Judía, Islámica… todas las instituciones relevantes, que cuentan para algo, están de acuerdo en la existencia del sótano y el orden que reina en su interior.

            Ellas no serán, en consecuencia, y como es natural, el motor del cambio hacia el socialismo.

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