SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Los inicios del moderno trabajo obrero.-

Cualquier sociedad, para conservarse, para reproducirse, precisa que una parte de sus miembros se dedique a producir los bienes materiales que permitan esta reproducción física. Esta tarea consiste en, mediante el correspondiente esfuerzo físico y mental (brazos y cabeza), hacer asimilable el medio natural en que vivimos, transformar los elementos que la naturaleza nos ofrece en forma bruta, en productos que se puedan aplicar directamente a nuestras necesidades (alimentos, vestidos, construcciones, medios de transporte, etc.).

Estas tareas, con anterioridad a la revolución industrial (mediados del siglo XIX), venían referidas básicamente a los campesinos y a los artesanos de las ciudades. Y venían efectuadas en forma individual, con medios individuales, organizados individualmente y consumidos también individualmente por la familias (sin perjuicio, claro está, de que una parte del producto obtenido fuese para el amo, el señor feudal o la Iglesia). Tanto la preparación de la tierra, la siembra, la siega, etc. , así como las tareas del carpintero, herrero, picapedrero, sastre, etc., eran habitualmente procesos de trabajo individuales.

El cambio sustancial y relativamente rápido (por eso le llaman “revolución industrial”) consistió en modificar la herramienta, el instrumento de trabajo.

De la hoz a la cosechadora, del carpintero a la fábrica de muebles, hay un trecho, recorrido rápidamente, pero en forma escalonada, con fases intermedias.

Reunidos en una misma nave, carpintero, herrero, tapicero, pintor, ejerciendo cada uno las tareas de su oficio, dan como producto un coche de caballos. Los cambios habidos consisten en que la nave, las materias primas necesarias y el producto final son propiedad de un empresario, que a cambio paga a cada profesional por el trabajo realizado. Se ahorra en local (uno solo para todos los profesionales), iluminación que es común, paso del material de un profesional a otro, etc.

Esta forma de organizar el trabajo (que se llamó la manufactura – hecho a mano-) llevó casi de manera imperceptible a que, con el tiempo, el carpintero, que antes hacía muebles, carpintería de obra, reparación de enseres de madera, etc., se convierte en especialista de una sola tarea, hacer la parte de carpintería en un coche de caballos, y esto les ocurrió a todos los demás trabajadores de oficio, (desprendiéndose, al mismo tiempo, de las herramientas propias de la tareas que no hacían).

Así mismo, los trabajos de todos ellos pasan a realizarse no individualmente, cada uno a su ritmo y cadencia, sino en forma enlazada y combinada entre ellos, con el consiguiente ahorro de tiempo, y la pérdida progresiva de autonomía en la tarea de cada uno. Al perder independencia los trabajos y ser necesaria su concertación, se impone la coordinación y dirección general, que pasa a desempeñar el empresario o un encargado suyo.

Otro tanto ocurre en los demás sectores de la producción material, y de forma significativa en el textil.

En todos ellos el trabajo combinado de los distintos profesionales se contempla como un todo, se descompone analíticamente en sus tareas parciales más sencillas, que ya poco tienen que ver con las que realizaba cada profesional, y para desempeñar cada una de estas sencillas tareas se ponía a unos trabajadores que no precisan de los conocimientos de los oficios anteriores. A partir de aquí, tanto la descomposición en tareas parciales, como su posterior combinación, coordinación y control pasan a ejercerse por el empresario o sus encargados en su nombre.

Descompuestas y descoyuntadas las tareas propias de los viejos oficios, y reducidas a sus movimientos más sencillos (cortar, anudar, empujar, enlazar, rellenar, vaciar, subir, bajar, etc.) las antiguas herramientas empiezan  cambiar de forma y tamaño. Los cuchillos que cortan el tallo del trigo ya no tienen forma de hoz, porque no la sostiene ni la guía ya la mano del trabajador, sino que se alinean en forma adecuada para ser movida mecánicamente al unísono y en la forma más adecuada para conseguir su efecto útil.

La aplicación, al mismo tiempo, de nuevas energías, como el vapor de agua o la electricidad, independiza la herramienta de la fuerza humana como motor, con lo que la herramienta no tiene que guardar la proporción con la potencia del brazo humano (un martillo hidráulico multiplica extraordinariamente su potencia al liberarse de esta limitación), ni a la forma de la mano (con lo que se libera de la limitación no solo de la potencia de ésta, sino también de su habilidad).

Los distintos movimientos sencillos (rotación, elevación, compresión, etc.), propios de las tareas parciales en que se descompone cualquier proceso de trabajo, no dependen, como acabamos de ver, ni de la fuerza del trabajador ni de la destreza de su mano. Las herramientas, acomodadas ya a su  función particular (solo cortar, solo enlazar, solo golpear) y a su nuevo motor, desaparecen de la propia vista y pasan a la barriga de la máquinas, que moviéndolas adecuadamente, combinando sus movimientos, desempeñan con más velocidad, más destreza, más perfección y  cadencia más sostenida, las tareas que antes desempeñaban directamente los trabajadores.

Ni hoces manejadas por los segadores, ni trillos conducidos a mano y arrastrados por animales de tiro, ni horcas para aventar, ni manos y brazos para acarrear y ensacar; una máquina cosechadora y un trabajador que maneja el volante y los pedales, y se encarga de alimentarla para que funcione (que ni es campesino, ni necesita saber demasiado de campo).

La máquina, como ordenación y combinación de herramientas especializadas a las que se aplica una energía poderosa a través de un motor, pasa a convertirse en el medio de trabajo al que ha de dedicar su actividad el trabajador. Un conjunto de máquinas debidamente combinadas componen lo que llamamos una fábrica.

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