SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Las instituciones se van adaptando a las dimensiones y necesidades de la producción.-


Las instituciones, a medida que la producción se amplia y se multiplican sus productos, se van adaptando a estas nuevas dimensiones y necesidades.

La producción se ensancha y se complica. Y ese mismo movimiento siguen las instituciones.

De un monarca (que no era más que uno de los señores-nobles), con su corte, y unas docenas de nobles, y eclesiásticos, con sus respectivos servidores, pasamos a toda una ordenada y jerarquizada administración en nuestras sociedades actuales.

Los sencillos procesos de trabajo de los campesinos y los artesanos, se convierten en las empresas transnacionales con procesos de trabajo que se enlazan a través de varios países y con una masiva aplicación de los principios científicos.

Para hacer frente al inmenso desarrollo de la producción, las instituciones se han multiplicado en número, y sobre todo, en su desarrollo interno.

El sencillo aparato represivo del señor-noble (las leyes , las dictaba él, o su compañero, el rey; el juez era él mismo, y disponía de unos grupos armados para apresar a los que violaban el orden y ajusticiarlos en su caso ejecutando la sentencia de su señor), se convierte en nuestra asamblea parlamentaria y su órgano ejecutivo –el gobierno-, apoyados en un ordenado ejército de funcionarios civiles y militares, cumplidores de las órdenes que reciben, los jueces se encargan de decidir si se incumplieron o no las ordenes escritas de los señores parlamentarios.

El nervio central de las instituciones medievales que acabamos de ver, era el de obligar a los trabajadores a entregar a los señores nobles y a la Iglesia, una parte del producto de su trabajo.

Esto se conseguía mediante la coacción (amenaza) de los grupos armados organizados y pagados por los señores-nobles. El terror a estos grupos armados que no tenían otro control que el de su amo, hacía que la entrega de los productos de su trabajo fuese hecha por campesinos y artesanos con la apariencia de una pacífica aceptación.

La Iglesia, todopoderosa colaboradora de los señores-nobles, era a su vez una más en recibir parte del producto arrebatado a los trabajadores. La recibía, bien directamente de los trabajadores (los llamados diezmos y primicias), o bien a través de los señores, como pago al servicio que les prestaban. La Iglesia era la encargada de convencer a los trabajadores de su deber de entregar parte del producto de su trabajo a los señores, y en general de bendecir, como obra de Dios, el orden existente en la sociedad.

Por si el convencimiento de sus sermones no funcionaba, siempre estaban preparadas las bandas armadas del señor-noble para hacer cumplir el orden querido por Dios.

De la cantidad de producto arrebatada a los trabajadores españoles, por citar un ejemplo, dan cuenta los castillos, los palacios y las catedrales que siembran nuestra geografía. Productos desviados de su destino, que no hubiese sido otro que el consumo de los propios creadores del mismo, los trabajadores, que de esta forma, con estos medios, se vieron privados del mismo.

Hemos de observar, por ser de gran utilidad para nuestro estudio, que los señores-nobles y la Iglesia, no juegan ningún papel de importancia en la producción propiamente dicha. Se limitan a vigilar desde el exterior a través de sus servidores, que se trabaja, que se produce y que se entrega la parte de los productos que ellos han establecido. Por ese motivo, la razón que presentan para que se le entregue una parte del producto de una actividad en la que no han intervenido, no tiene relación con esa actividad productora, sino que es una razón exterior a ella. Se trata de la pura fuerza, revestida normalmente de las  explicaciones y justificaciones inventadas por la Iglesia.

No se trata de ninguna especialidad de nuestra Iglesia Católica, ya que en otros lugares y en tiempos distintos, se ha actuado de forma análoga. Las pirámides de Egipto, los palacios y jardines de Babilonia y las residencias de los Marajás de la India, por no citar los alcázares de los reyes árabes en España, nos están recordando la inmensa cantidad de horas de trabajo robadas a los trabajadores para delicia y recreo de sus señores. La justificación siempre es la misma, los dioses así lo quieren, y si no te convence la Iglesia correspondiente –hindú, musulmana, cristiana,- te decidirá el discurso elemental de la fuerza. Las dos instituciones siempre: los cuerpos armados, de una parte, y los cuerpos de los sabios – con sus razones-, de

 

El paso de este esquema de funcionamiento de la producción material al nuevo esquema central de nuestras sociedades actuales, se produce en un largo espacio de tiempo, y de una forma muy irregular según la geografía europea.

Los dos esquemas, el de la servidumbre y el del asalariado o capitalista, tienen en común lo esencial. Al menos así lo es desde el punto de vista del trabajador. Al siervo le arrebatan parte del producto de su trabajo, y al asalariado también. Para el trabajador, eso es lo esencial.

El cambio más importante ocurrido es el aumento de la productividad del trabajo, porque eso permite que, el trabajador que producía 10, pasa a producir 20, y como consecuencia, en lugar de recibir 5, recibe 12. El amo recibe más, y él también. Este es el motor que empuja al amo a buscar ese aumento de la productividad, y abre al trabajador una posibilidad de mejorar su situación. Individualmente puede no cumplirse, pero colectivamente, y a largo plazo, la situación del trabajador mejoró considerablemente (la del amo, más, naturalmente).

En concreto, según los países, se produjo un doble movimiento. De una parte, en las ciudades, las primeras formas de las manufacturas, particularmente la textil, empezaban a necesitar un número de trabajadores inusual  en los antiguos pequeños talleres familiares; igualmente las antiguas fraguas comienzan a fabricar sus productos –herraduras, herramientas para el campo- aprovechando las ventajas del aumento de carbón disponible; las serrerías, los talleres de curtidos, etc., comienzan a necesitar más trabajadores. El taller artesano (el maestro y su aprendiz), comienza  a convertirse en el taller manufacturero.

De otra parte, en el campo, como consecuencia de la demanda de la incipiente manufactura textil, la lana aparece como un producto muy buscado por los manufactureros laneros, lo que incita a los grandes señores a dedicar un mayor cantidad de terreno a la ganadería lanar. En algunos países, Inglaterra por ejemplo, este fenómeno dio lugar a un gran movimiento de siervos licenciados, liberados por los señores, para dedicar la tierra a la ganadería lanar, que acudieron en masa a las ciudades en busca de algún trabajo para poder subsistir, creándose una enorme bolsa de trabajadores disponibles, entre los cuales podrían escoger cómodamente los manufactureros.

Las necesidades de la nuevas manufacturas en las ciudades europeas y el fenómeno del licenciamiento de siervos en el campo, van dando forma a una nueva manera de producir. El trabajador ya no es un siervo (en el taller de manufactura de camisas no necesitan siervas que vivan en el taller, sino trabajadoras que vengan, trabajen y se vayan). Y el amo ya no es un señor-noble, sino el dueño de unos medios de trabajo que ofrece un salario al trabajador por su actividad, y que dirige él o sus encargados todas las operaciones  del taller.

Ya hemos visto en otro lugar cómo nace el capital, y cuales son sus movimientos fundamentales.

Ahora corresponde ver cómo se acomodan las instituciones de una forma de producir a la otra. Si en la producción servil era precisa la fuerza de los grupos armados del señor-noble y las justificaciones de la Iglesia, para que el trabajador entregase, sin nada a cambio, una parte del producto de su trabajo ¿en qué se han convertido aquellos grupos armados y la Iglesia justificadora, al cambiar la forma de reproducirse la producción material?

Las bandas armadas de los señores-nobles y la Iglesia, siguen existiendo en nuestras modernas sociedades y siguen cumpliendo la misma función. Han cambiado, sin embargo, la forma de cumplirla. Han cambiado la forma, porque ha habido cambios en la situación de los trabajadores, pero como estos cambios no se refieren a lo esencial de su relación con los medios de trabajo, la función es esencialmente la misma.

El cambio más importante, lo hemos dicho ya, es el extraordinario aumento de productividad de los trabajadores en la producción material.

Numerosas consecuencias se derivan de este hecho fundamental. Y como acabamos de decir, estas consecuencias hacen cambiar la forma en que la fuerza y el consentimiento hacen que el trabajador entregue parte del producto de su trabajo. Iremos viendo estas consecuencias.

La productividad aumenta, principalmente, porque cambian los medios de trabajo (de la hoz a la cosechadora). Al aumentar la productividad (rendimiento por cada hora de actividad del trabajador), aumenta la producción.

El enorme crecimiento de la producción material, exige un parejo crecimiento de los sectores que permiten la reproducción. Aumentan los comerciantes y el número de trabajadores que emplean. Aumentan los bancos y sus empleados, las compañías de seguros, las comunicaciones (correos, telégrafos), la enseñanza en sus diversos grados y especialidades, los servicios de seguridad.

El crecimiento de los trabajadores de todos estos sectores hace que decir “trabajador” no sea decir “obrero”. El obrero y el empleado en estos sectores, son ambos trabajadores pero no desempeñan la misma función en el conjunto de la sociedad. Uno trabaja en la producción material, y el otro no. El otro puede trabajar en un banco o en la enseñanza o es policía.

Una primera consecuencia es que el movimiento obrero está compuesto por trabajadores de la producción y por trabajadores de sectores bastantes alejados, algunos, de la producción. Y esta composición variada tiene sus efectos en la historia del movimiento (recordemos los tremendos problemas que tuvieron los obreros al tomar el poder el movimiento obrero en la Unión Soviética –los obreros nunca encontraron su lugar en la nueva situación–; recordemos, igualmente, los problemas que encuentran los obreros en la organización y control de nuestros sindicatos y partidos políticos propios).

Otra importante consecuencia es que la tecnología, es decir, la aplicación de los conocimientos científicos a la producción material y a sus procesos de reproducción, hace de los medios materiales de trabajo, objetos de gran valor (buques, aviones, maquinaria de precisión, instalaciones, naves industriales), así como de sus productos. Ello obliga a un formidable reforzamiento de su defensa y seguridad. Y así se modernizan los registros (de la propiedad, tanto de bienes inmuebles como de los objetos muebles), las notarias y corredurías de comercio (para la rápida y segura circulación de bienes y valores) los juzgados para hacer cumplir todas la normas que sostienen a las instituciones citadas (normas civiles, mercantiles, penales).

Las relaciones en el seno de la producción material, en las empresas del sector productivo, se atienen también, y además de a las citadas normas, a las normas llamadas laborales o de trabajo, dictadas como las anteriores por la institución encargada de esta función en el proceso de reproducción, la asamblea parlamentaria o parlamento.

Protegidos y defendidos por las instituciones citadas la propiedad de los medios de trabajo y su producto, así como la circulación de unos y otro, el funcionamiento como capital de estos, solo requiere los medios institucionales (normas en este caso) que permitan adquirir, disponer de la actividad de los trabajadores necesarios en cada caso para poner en funcionamiento los medios de que ya dispone el empresario.

Y esto lo facilita el conjunto de normas que conocemos como derecho del trabajo. Estas normas en esencia proporcionan al empresario el mando y la dirección del proceso de trabajo (en realidad lo que hacen es reforzarlo y detallarlo, ya que antes de iniciarse la relación de trabajo, el empresario es ya el propietario de toda la instalación y del producto que resulte de la actividad).

También le otorgan la facultad de, no solamente iniciar la relación cuando a él convenga, sino de ponerle fin a la misma (en las mil formas permitidas).

Con estas bazas en la mano, el empresario capitalista solo precisa dominar bien dos variables (dos cuestiones que pueden variar): la duración de la jornada y la cuantía del salario.

Las armas de que dispone el empresario (las instituciones se las proporcionan), y la principal, ser el propietario de “todo” (junto con sus colegas son los propietarios de todo el aparato productivo), le permiten con cierta comodidad imponer estas dos variables, y con ello, controlar el coste de su actividad. O lo que es lo mismo, le permiten operar en unas condiciones que le aseguran obtener (junto con sus colegas) la tasa media de ganancia del capital.

Sus preocupaciones en adelante serán: sólo subirán los salarios si sube la productividad (para seguir, al menos, en las mismas condiciones);  sólo se mantiene la plantilla si la ganancia sigue constante; si se reduce la ganancia se reduce la plantilla hasta la proporción que la asegure; si no es así se cierra la empresa y se inicia nuevamente la actividad en las condiciones citadas, en el mismo sector o en otro que ofrezca las condiciones adecuadas.

Veamos una versión muy resumida de lo dicho últimamente.

Los señores-nobles medievales necesitan someter a su dominio total a las personas de los productores y así obligarlos a entregar parte de lo que producen. Para ello necesitan la ayuda de dos organizaciones. Una, la fuerza armada, para imponer sus decisiones por la violencia. Otra, encargada de obtener el consentimiento. La primera la constituirán los grupos armados al servicio del señor, y la segunda era la Iglesia, con sus obispos, arzobispos, cardenales, órdenes militares, extendidos por todo el territorio y presentes en todo el conjunto de la sociedad de aquel tiempo. El señor y el siervo quedan ligados personalmente, el siervo es una propiedad del señor en la totalidad de su persona y para siempre. La fuerza armada lo impone y la Iglesia explica por qué es así y por qué debe ser así.

El empresario no necesita someter personalmente al trabajador-productor. El empresario y sus colegas, consiguen la propiedad de los medios de trabajo (en su totalidad o en su parte esencial).  Y a partir de ahí, necesitan como el señor-noble, dos instituciones: la de la violencia organizada para defender se propiedad, y la encargada de obtener el consentimiento (de convencer que así es y que así debe de ser).

Esto es así en una primera fase. Pero a partir de finales del siglo XVIII, las cosas cambian en la forma que hemos visto más atrás. Los medios de trabajo comienzan a funcionar como capital. Esto fenómeno se extiende de forma que acaba por dominar la producción.

Con este importante cambio, las instituciones se adaptan y afinan su función. La violencia organizada (ejército, policía, tribunales) solo ha de garantizar la seguridad del capital, y la seguridad en la circulación del mismo (tanto en forma de mercancías como de dinero). Las instituciones encargadas del consentimiento, por su parte, y en forma similar a las medievales, solo se encargan de convencer al trabajador de que este es el  único y mejor sistema de trabajo que existe en el mundo.

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