SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Las instituciones tapan, “velan” al propio trabajador.-

 

Decíamos que son dos acciones combinadas, con el mismo objetivo: el enmascaramiento de la realidad central del trabajo, de los trabajadores.

            La primera la acabamos de ver. Los trabajadores no existen. Existe “la producción”.

            La segunda, no hace más que profundizar los efectos de la primera, y siempre en combinación con ella.

            Las formas más comunes de esta ocultación se corresponden con planteamientos como éstos:

 

 

            La visión general que saca un trabajador de estos planteamientos vendría a ser: al margen de que hay que trabajar, y trabajar mucho (aumentar el pastel), el asunto central es que “luego”, “fuera ya de la producción”, hay que repartirlo bien (justicia, reparto justo, bienestar general).

            El Estado, las instituciones, pasan a ocupar toda la pantalla. Procure usted, señor ciudadano, votar bien, a un partido que forme un Gobierno que obligue a los empresarios a pagar salarios justos, a conseguir seguridad e higiene en el trabajo, vacaciones, jornadas razonables; en una palabra: “trabajo decente”.

            Lo importante, en definitiva, (no nos engañemos) es conseguir un trabajo “decente”, una buena educación, una sanidad eficiente, unas buenas pensiones, y una paz y orden público seguro.

            Y “todo esto” quien lo da y lo asegura son las instituciones.

            Y las instituciones las mueven, las manejan los partidos políticos, es decir, otras instituciones.

            Las instituciones borran de la pantalla al trabajo. De tal manera, que cuando aparece como noticia, es porque no existe, porque no hay trabajo, es decir, aparece por el revés, en forma de desempleo.

            Los Gobiernos, los Ayuntamientos, las Diputaciones, y los partidos que los manejan, son los que “llevan” a un país a la abundancia o a la pobreza: el Partido Comunista en China, el Presidente Bush en E.E.U.U., Casto en Cuba, etc. Los trabajadores han desaparecido… de la pantalla.

            Se trata, evidentemente, de una ocultación, de un enmascaramiento. Nadie niega la realidad -faltaría más-, simplemente se la enmascara.

            La máscara está delante, tapando la realidad, que no desaparece, simplemente no se identifica a primera vista.

            La máscara, en este caso, son las instituciones, la realidad es un trabajo, unos trabajadores, a los que se les ha privado de toda responsabilidad y decisión en la dirección de sus procesos de trabajo; y esa dirección y responsabilidad se la ha apropiado el empresario o el partido, según hablemos de un caso -E.E.U.U., la Unión Europea- u otro -China, Cuba-.

            Y ¿por qué esta ocultación, este enmascaramiento? Lo que habíamos visto hasta ahora es que la producción es la realidad más profunda, y las instituciones no son sino los instrumentos que ella utiliza para su mejor desarrollo, para su reproducción, y por tanto son realidades, digamos, de segundo grado.

            ¿Por qué, entonces, ocultar este orden de importancia? ¿Por qué ese empeño de colocarnos a las instituciones delante, a dos dedos de nuestra vista, que no nos dejan ver lo que hay detrás, lo que ellas tapan?

            Eso viene de antiguo. Ni la Nobleza, ni la Iglesia, ni la Realeza, ni las Universidades, ni los Monasterios, han tenido nunca el menor interés en mostrar, en explicar que toda su riqueza y esplendor no era otra cosa que el producto arrancado a los campesinos, artesanos, marineros, mineros. Te ponían la institución tan cerca, tan encima, tan amenazante, que se convertía en una máscara opaca, que tapaba toda otra realidad.

            El proceso de trabajo por cuenta ajena, en nuestros días, equipa con tantos poderes al empresario, que lo hace absoluto protagonista de la producción, reduciendo a los obreros, a sus trabajadores, a meros ejecutores obedientes.

            Tal posición de los trabajadores en la producción, no soporta una consideración serena por su parte. Hay que buscar, o bien otra forma de organizar el trabajo (el socialismo, por ejemplo), o enmascarar un despojo tan descarado de los trabajadores.

            La pantalla utilizada ha sido bastante efectiva; hasta el punto que la han aceptado las organizaciones más importantes de los trabajadores (partidos y sindicatos).

            No ha sido ni fácil, ni rápido el montaje.

            La organización del trabajo, se deja en manos de los empresarios. Estos se dotan de los instrumentos que mejor pueden asegurar la reproducción de estos procesos. Y en esos instrumentos se aseguran su absoluto dominio sobre los mismos, de tal manera que si se produjese un fallo, se disponga de los poderes suficientes para corregirlo y seguir en la misma posición de dominio.

            Es el aparato institucional dibujado en la Constitución (Corona, Parlamento, Gobierno, Administración, Tribunales, Partidos, Sindicatos, etc.); en la práctica, y por su propio juego, irreversible.

            Justificación de este aparato ante los trabajadores. Son ustedes ciudadanos, los que votan a sus partidos, éstos aprueban el texto de la Constitución, que se somete a referéndum de todos los ciudadanos. El órgano más importante es el Parlamento, que lo maneja el partido o partidos que van ganando las sucesivas elecciones.

            Puesto en funcionamiento este mecanismo, produce automáticamente el efecto deseado. Los obreros, vestidos de ciudadanos, votan y participan así en la actividad del mismo. Este es el efecto justificación (no le gusta el partido en el Gobierno, vote a otro).

            Es igualmente automático el efecto enmascaramiento. Empiezan a funcionar las instituciones, y con su acción cubren toda la escena donde se ventilan los intereses de los trabajadores: condiciones de trabajo (salarios, jornada, descansos, seguridad e higiene, seguridad en el puesto de trabajo), condiciones de vida (sanidad, pensiones, educación, ocio). Es decir, el reparto justo de la riqueza, la justa distribución de cargas y beneficios en la sociedad: el bienestar general.

            Para el mejor aseguramiento de que se cumplen los objetivos que se pretenden, periódicamente (cada cuatro años, normalmente), se acude a la ciudadanía, por si es de su preferencia cambiar al equipo que gestiona el funcionamiento de las instituciones, el partido político que ganó las anteriores elecciones.

            No hay, por tanto, otra cosa que discutir. Los problemas fundamentales en el vivir corriente de una sociedad europea o americana actual, son planteados y resueltos en el juego de las instituciones.

 

            El efecto de ocultación o de enmascaramiento no quiere decir que la pantalla, la máscara no sea real.

            Las instituciones (en este caso la pantalla) dibujan el futuro de cualquier joven trabajador en nuestras actuales sociedades.

            En su horizonte se abre una doble escalera.

            Una en el aparato productivo, y otra en los aparatos reproductores (en las instituciones).

            En la primera, los escalones comienzan en el peón, y continúan por el oficial, encargado, técnico medio, ingenieros, letrados, jefes administrativos, jefes de producción, jefes comerciales, directores de áreas, gerentes, directores generales, etc.

            Para cada escalón, las instituciones tienen preparados unos períodos de enseñanza y al final, el correspondiente título. Lo normal es que los títulos, las enseñanzas que acreditan, se corresponden con los oportunos escalones creados, como es lógico, por los empresarios.

            En realidad, como se puede apreciar, se trata, a su vez, de una doble escalera; una en la organización del trabajo, y la otra, como reflejo de ésta, en las instituciones.

            En los aparatos reproductores nos encontramos, también, una doble escala. Una, la del propio aparato, y otra en las instituciones de enseñanza, en que se recibe la enseñanza y el título, que habilita, que acredita la preparación, para el desempeño de cada uno de los grados en la escala. Desde soldado raso a general, en la administración militar; y desde conserje a director general, pasando por los jefes de negociado, de sección y de servicio, en la Administración civil.

            Pues bien, tan reales son las escalas en las empresas, como las escalas en los aparatos reproductores. Y tan reales son unas y otras, como las escalas de sus títulos habilitantes. Reales son todas ellas.

            Lo que ocurre es que el camino que indican las instituciones, en el que ellas son las protagonistas, la meta a la que nos conduce es a la reproducción del proceso de trabajo por cuenta ajena; cuando es precisamente su sustitución lo que se busca en el camino socialista.

            Las instituciones ocultan, enmascaran el lugar dónde el socialismo marxista entiende que está la salida favorable a los trabajadores: en la ordenación del proceso de trabajo por ellos mismos.

            Lo que se oculta: la ordenación que el empresario hace del proceso de trabajo, teniendo como única meta la obtención de la mayor ganancia; la creación y organización de todo el aparato institucional, para conseguir una continua reproducción de ese proceso.

            La pantalla que lo oculta: la meta a conseguir es la obtención del bienestar general; y éste se consigue a través de la acción de las instituciones creadas y regidas, precisamente, para conseguir ese objetivo.

            La trampa: buscar en la trama institucional el camino para ordenar el proceso de trabajo en forma colectiva y por cuenta propia.

            La trampa no es cualquier cosa.

            Hay que pensar que las instituciones obreras europeas, manejan en sus prácticas, en sus actuaciones, todo el instrumental teórico y práctico, que les suministran las instituciones del capital. Aceptando como objetivo común la obtención del bienestar general; aceptando como intocable el proceso colectivo de trabajo por cuenta ajena; y aceptando como método el juego institucional.

            Y, naturalmente, sin presentar ninguna alternativa propia.

            Y esas son las organizaciones obreras, partidos y sindicatos principalmente; hay que contar, para calibrar el peso de la trampa, a la abrumadora presencia de todo el aparato productivo e institucional del capital, con sus escalas jerárquicas que acabamos de ver.

            Lo más efectivo, como trampa, en todos estos aparatos es la ingenuidad, la inocencia, la buena conciencia (por decirlo de alguna manera), con que actúan los individuos que los integran. Un oficial de las fuerzas armadas, un catedrático de la universidad, un cura de pueblo, una ama de casa, un ejecutivo de un banco, el secretario general del P.P., el secretario general del P.S.O.E., de I.U., de U.G.T, de C.C.O.O., el alcalde de un pueblo, un estudiante, cualquiera de ellos, desempeñan su función, en el absoluto convencimiento, de que están actuando correctamente. Y eso quiere decir, que actuando todos correctamente, honradamente, eficientemente, inteligentemente, están ofreciendo como camino ideal, en la vida laboral de los jóvenes, las rutas que señalan las escalas que hemos visto; quedando tapado con estas pantallas, el camino del trabajo en cooperación, la organización socialista del trabajo.

            El camino que las instituciones señalan, ofrecen, a los jóvenes trabajadores para acceder a un puesto de trabajo, no es neutro, no sirve para cualquier tipo de organización de trabajo; ha sido pensado y construido para el proceso de trabajo colectivo por cuenta ajena. Y la jerarquía, los grados en la escala, la definición de los puestos, de las categorías, de los grupos, de los equipos, de las áreas, están señalados e impuestos por el empresario; y las instituciones, en su organización, en su actuación, en sus objetivos, no hacen sino calcar ese orden, esa organización.

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