SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

La primera célula de la producción socialista.-

 

Una cooperativa de producción (como forma comunista de trabajar) ha de arrancar su existencia, desde las condiciones creadas, mantenidas, y desarrolladas en toda la producción por el capitalismo. Como hizo el capitalismo, a su vez, arrancando de las condiciones medievales, entre las que se abrió paso.

Exigir demasiada pureza comunista hoy, a una cooperativa europea, sería como haber pedido verdadero funcionamiento típico capitalista a una empresa capitalista en el siglo XVII.

El capitalismo, el régimen del capital, funciona con su forma y ritmo propio, cuando se ha impuesto como dominante en toda la producción.

Para llegar a este punto, ha necesitado crear, mantener, conservar, las instituciones que le han permitido ir reproduciéndose. En este proceso de reproducción, no solo son precisas las instituciones que creen las condiciones necesarias, sino, al mismo tiempo, la lógica decadencia y pérdida de influencia de las viejas instituciones, correspondientes a otras formas de trabajo.

Este juego de correspondencia entre formas de trabajar e instituciones, hace que, cuando la forma de trabajar no sea una sola, haya, una dominante y otras dominadas. Por ejemplo, en estos momentos en nuestro país, podemos distinguir, la forma capitalista (colectiva por cuenta ajena), la forma de trabajo individual (por cuenta propia), y la forma socialista (colectiva por cuenta propia); en que la forma dominante es la capitalista, y las formas dominadas, la de trabajo individual y la forma cooperativa.

Y, según vimos, en estos casos, las instituciones, como grandes paraguas, sirven de instrumento de reproducción a todas ellas, pero guardando siempre como interés principal, el de la forma dominante.

Esto, presentado así, podría hacer pensar en una cierta facilidad en la vida y desarrollo de las formas dominadas. Lo cierto es que esta aparente condescendencia de la forma dominante, tiene como base y fundamento el hecho mismo del dominio propio y el correspondiente sometimiento de la forma dominante. Esta es la forma de convivencia: el mantenimiento del dominio del capital.

Los campesinos y las cooperativas europeas en la actualidad, son un magnífico colchón donde los movimientos violentos del capital encuentran unos buenos amortiguadores. No estorbando, en absoluto, su reproducción, no está en su interés la desaparición de estas formas no capitalistas de producir, de tal manera que, en buena medida, el capital financia el mantenimiento de parte del campesinado, ya que su rápida desaparición plantearía problemas al conjunto que él domina (despoblación del campo, conservación del medio ambiente, amontonamiento en las ciudades, etc.)

Entre las dos formas dominadas, hay por lo tanto, una gran diferencia. El campesinado y el artesanado, formas de trabajo muy antiguas, solo pueden sobrevivir (o vivir espléndidamente, según los casos – piénsese en algunos joyeros, pintores, orfebres -), a la sombra de otra forma dominante, hoy día el capitalismo.

Sin embargo, la otra forma dominada, el cooperativismo, no tiene la enorme limitación que para la anterior representa su baja productividad. Por el contrario, la posibilidad de utilización a gran escala de las ventajas que proporcionan la cooperación y la aplicación masiva de los principios científicos a los procesos productivos, o en general, a los procesos de trabajo, hace del cooperativismo el rival más peligroso para el dominio del capital.

En principio, y según hemos considerado anteriormente, las instituciones que el capital utiliza actualmente para su reproducción, no representan un obstáculo importante, en el camino inicial de las formas de trabajo cooperativo, como se puede apreciar en la existencia de algunas empresas de este tipo, que en nada se diferencian, en cuanto a su reproducción a escala ampliada (crecimiento), o en cuanto a su diversificación de actividades y sectores (industrial, agrícola, educación, banca), de las empresas capitalistas presentes en los mismos sectores.

Es, no obstante, en el sector de la comercialización donde han adquirido un mayor desarrollo (tanto agrupando a compradores como a vendedores), llegando en algunos sectores de la misma a representar un papel muy importante en la reproducción del propio capital.

 

El trabajo en cooperación se concreta, toma cuerpo, en diversas formas. Hemos hablado de las cooperativas, pero también hay las sociedades laborales (anónimas, de responsabilidad limitada), y otras formas intermedias.

El nombre y las formas concretas tienen menos importancia que el  esquema en el que se incluyen todas ellas: los medios de trabajo y el producto son propiedad de los mismos trabajadores.

Esa es la semilla del comunismo. De ahí nace, y esa es su enseña. Los trabajadores no tienen que romperse la  cabeza para saber cuando están enfrente de un proceso de trabajo comunista: si es colectivo (más de un trabajador), y si, tanto los medios de trabajo, como el producto que se obtiene, les pertenece a los propios trabajadores.

Así, pero en sentido contrario, se identificaban los primeros procesos de trabajo capitalistas. Si eran colectivos, y tanto los medios de trabajo, como el producto eran propiedad del capitalista, y éste a cambio pagaba un salario a los trabajadores, estábamos ante un nuevo proceso de trabajo que hasta entonces no existía: el trabajo por cuenta de un capitalista.

Desde ese inicio, desde esa semilla, el proceso de trabajo capitalista ha necesitado revestirse de todas las condiciones que permitieran su mejor reproducción, su mejor desarrollo. O, lo que es decir lo mismo, se ha rodeado de las instituciones que mejor aseguran esa reproducción.

Apoyado en esas instituciones, el capital acaba dando forma a todo el entorno en que se mueve, es decir, acaba dando forma y nombre a la sociedad en que se desenvuelve. Acaba formando la sociedad capitalista.

Pues bien, lo que nos enseña esa experiencia es que, si ya tenemos el núcleo, la simiente comunista, el trabajo en cooperación; la tarea de los comunistas no puede ser otra que apoyar y montar todas las instituciones que creen y mantengan las condiciones en que mejor se desarrolle el trabajo en cooperación. El conjunto de los procesos productivos en cooperación y las instituciones que mejor lo desarrollen, lo reproduzcan, será lo que llamaremos la sociedad socialista, o de encaminamiento al comunismo.

Hemos de admitir que el camino seguido por la primera experiencia comunista, el comunismo ruso, no era éste. Los mencheviques, y el propio Lenin, en algún momento, – o al menos eso se desprendía de sus palabras –, en la medida en que partían de la realidad campesina – procesos de trabajo individuales –, eran partidarios de ese camino lento que consistía en acompañarlos en su progresivo agrupamiento y puesta en común de sus medios de trabajo, es decir, en convertir sus trabajos individuales en trabajos socialistas.

En lugar de ese camino de acompañamiento, de apoyo, propio de una institución como es el partido comunista, el partido mismo tomó la dirección del proceso de colectivización, sustituyendo en esa labor a los propios trabajadores, que quedaron apeados de esa función, y convertidos en simples ejecutores de las decisiones y el planeamiento de la dirección.

Esto produce el mismo empobrecimiento en la actividad del trabajador, que el que tuvo lugar, cuando el capitalista, al saltar de los procesos de trabajo individuales de los artesanos a los procesos colectivos de la manufactura y la fábrica, se apodera, se hace cargo, de la iniciativa, de la coordinación, del control en la dirección, convirtiendo a los trabajadores en simples ejecutores, en obreros.

Y ésto lo hace, apoyándose en su condición de propietario de los medios de trabajo.

Porque es el dueño de los medios de trabajo, manda en los trabajadores y se convierte en dueño del producto del trabajo de éstos. Y eso es lo primero que hizo el partido comunista ruso, quitarles la propiedad a los campesinos.

Recordemos que ésta es la primera fase.

En la segunda fase, el capitalista y el partido bolchevique, se convierten en los directores técnicos de los nuevos procesos colectivos de trabajo. Las nuevas modalidades técnicas (las nuevas formas de enlace y combinación de las distintas tareas, la propia división, en tareas nuevas, de los antiguos oficios, la jerarquía – el escalonamiento, la escala – entre ellas, que se traduce en distinto mando y salario, así como la aplicación progresiva – poco a poco, pero continuamente – de los principios de las ciencias a la producción) en los procesos de trabajo pasan a depender exclusivamente de sus decisiones.

De tal manera ha sido ajeno el trabajador a la socialización de su trabajo, que ahora, una cooperativa que comienza, encuentra como modelos de trabajo colectivo, a los dos que acabamos de citar. Con la consecuencia lógica de que, excluido el modelo ruso (por razones que ya no hay que explicar), las categorías, conceptos, modelos, con los que organiza su trabajo, vienen copiados prácticamente de la empresa capitalista.

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