SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

La ordenación capitalista del trabajo, no tendría alternativa.-

 

Esta estructura, esta ordenación del trabajo (el trabajo por cuenta ajena, el trabajo por cuenta del capital), se ha prácticamente universalizado. Es el esquema dominante en la inmensa mayoría de los países del mundo. Y es opinión general, en nuestro país también, que es la mejor y más razonable.

            Y lo que es más notable: es opinión general que no hay otra alternativa practicable.

            No hay, sin embargo, como hemos visto, dificultad alguna, ni de orden práctico, ni de orden teórico, al funcionamiento de otro tipo de estructura, de ordenación del trabajo: aquella compuesta por procesos de trabajo colectivos por cuenta propia.

            En ésta última desaparece el empresario y desaparece también el obrero como tal obrero.

            La sola presentación de esta forma de ordenación del trabajo, provoca un doble efecto: el rechazo del empresario y del obrero.

            El rechazo del empresario tiene toda su lógica: se trata de prescindir de él. No obstante, en nuestro país, en toda Europa, este rechazo no es frontal, simplemente pretenden desconocer, no reconocer, que se trata de “otra” forma de ordenar el trabajo, de otra forma que acabaría con su papel en la producción; miran de reojo y se tranquilizan, viendo que la posible competencia es de orden menor, no es para asustarse.

            Lo que más tranquiliza al empresario, individualmente, es el hecho de contar con sus organizaciones, profesionales y políticas. Al fin y al cabo ellos dominan el conjunto de la producción, y por tanto, controlan igualmente todo el aparato institucional. Esto es un argumento de peso, de mucho peso. Sin embargo, tienen otro argumento para estar tranquilos, otro argumento que enseguida veremos.

            El obrero, hemos dicho, también rechaza la “otra” ordenación del trabajo, la ordenación alternativa.

            Este rechazo del obrero es mucho más complejo.

            Primero, hemos de recordar que el obrero individual no existe, es decir, el trabajo obrero es siempre colectivo, el capital para funcionar precisa equipos completos que muevan el conjunto de sus instalaciones, equipos que van desde el ingeniero hasta el peón, y que a veces pasa de varios miles de trabajadores.

            El amo del capital no tiene enfrente un individuo que se llama obrero; lo que necesita y contrata, es un colectivo técnicamente diversificado, capaz en su conjunto de montar un proceso de trabajo complejo, que desemboca en la obtención de un producto.

            Como los contrata y los despide uno a uno, la relación que se establece, tiene toda la apariencia de ser individual.

            Como el reconocimiento de las capacidades (que se traducen en jerarquía y en salario) se establecen entre empresario y cada obrero, la apariencia es la de situaciones individuales.

            Como la tecnificación de los procesos de trabajo avanza con rapidez, cada vez es mayor la proporción de obreros cualificados.

            Este conjunto de fenómenos hace que se disuelva, se diluya, el concepto de obrero, que pierda su perfil teórico, que se confunda lo principal con lo secundario.

            Las consecuencias prácticas aparecen enseguida. La creencia de que los obreros son solo los manuales, la creencia de que los altos salarios hacen que se deje de ser obrero (aunque se sea manual).

            La creencia, por lo tanto, de que los obreros están desapareciendo en toda Europa.

            La creencia de que los obreros dejaron de existir cuando la tecnificación del aparato productivo, y la alta productividad, permitieron que el obrero se comprara el mismo coche que el amo.

            La creencia de que los verdaderos obreros son hoy en Europa los emigrantes.

            La creencia de que la clase obrera y sus luchas, se han trasladado a Iberoamérica, a Asia y a África.

            Esta pérdida de identificación, teórica y práctica, dificulta extraordinariamente la percepción de la “otra” posible forma de ordenación del trabajo.

            Si no se tiene claro que el soporte material de la producción capitalista es el proceso de trabajo colectivo por cuenta ajena, cualquiera que sea el nivel tecnológico, cualquiera que sea el nivel de la productividad, cualquiera que sea la complejidad del proceso; difícilmente se percibirá que el soporte material del socialismo, de la producción comunista es el proceso colectivo de trabajo por cuenta propia, cualquiera que sea el nivel tecnológico, cualquiera que sea… etc.

            Este hecho de que los obreros y sus organizaciones no identifiquen como “suya” esta “otra” organización del trabajo, es el otro motivo de la tranquilidad para el empresario y sus organizaciones, (habíamos dicho más arriba que el primer motivo de tranquilidad era su abrumador dominio en la producción y en el manejo del aparato institucional).

 

            El dominio en la producción se traduce, a través de la actividad política, en el control del aparato reproductivo institucional, por parte de los empresarios.

            Habíamos dicho más atrás que precisamente en eso consistía el poder. Mandar en la producción “exige” mandar en la reproducción, sin la que aquella no se puede aguantar, no se sostiene., Y el aparato reproductor no es otra cosa que las instituciones.

            Quien tiene el poder, traza las líneas maestras de la “producción” literaria y en general de la “producción” cultural. No sólo porque se trata de un sector (de un sector más) de la producción; sino también porque su núcleo central viene encuadrado en las instituciones.

            El sector productivo, el sector institucional y el sector cultural, constituyen el nervio de la sociedad, de un país. Naturalmente, no se presentan separados, sino perfectamente enlazados, pero como ya dijimos se les puede separar intelectualmente para mejor estudiarlos y conocerlos, como el cuerpo humano y sus diversos componentes.

            En consecuencia, cuando decimos que en nuestro país, la producción está dominada por los procesos de trabajo por cuenta ajena, estamos diciendo que las instituciones vienen controladas por los dueños del aparato productivo; y estamos diciendo que todo el aparato cultural, viene encorsetado por este doble control: el orden de la producción y el orden en las instituciones.

            Hemos de admitir que el discurso oficial, en nuestro país, en toda Europa, en EE.UU., no es ese. El discurso oficial dice que las exigencias de la producción son lo primero, pero que la política está para que el bienestar general sea el norte de cualquier actividad, sea esta productiva o no; y que el saber, el conocimiento y la cultura son la escalera por la que se accede a ese bienestar general, individualizándolo.

            Un poco confuso, como es natural, dado que no se corresponde con la realidad.

            Ese es el discurso oficial, en general.

            El discurso por sectores es más directo, más claro.

            El sector productivo. Los empresarios somos los que creamos riqueza, los que creamos empleo, los que emprendemos nuevas actividades en la línea del progreso, la investigación y el desarrollo.

            El sector institucional. Somos los garantes del orden, el progreso y el bienestar general.

            El sector cultural. Somos la punta de lanza del saber, de la libertad, del humanismo. Somos el ojo vigilante que no permitirá que los otros dos sectores, la Economía y el Estado, estrujen al ciudadano, abusen de él o lo entontezcan con sus patrañas, sus trampas y su eterna corrupción.

            En estas estamos cuando un trabajador comunista o socialista, en nuestro país, en Europa, en nuestros días, se plantea: la meta de nuestro partido comunista o de nuestro partido socialista, no es, evidentemente, conseguir una sociedad comunista; por lo tanto, podríamos hacer como los obreros norteamericanos, confiar en los partidos de los empresarios y prescindir de los partidos comunista y socialista. O también, podríamos hacer como los ingleses, que tienen un partido que se llama del trabajo, pero que plantea los problemas del trabajo como los plantea el partido de los empresarios. O como los italianos y los franceses, que no tienen prácticamente partido comunista, y además votan en la actualidad (Berlusconi y Sarkozy) al partido de los empresarios. O como los alemanes, que forman un gobierno entre el partido de los empresarios y el partido socialista.

¿No hay, pues, posibilidad alguna de montar en Europa, en España, una sociedad comunista?, ¿Está cerrado el camino al comunismo en Europa?

            Esto es, al parecer, lo que opinan nuestros partidos comunista y socialista.
           
            Y, seguramente, no se equivocan.

            Haciendo lo que hacen, siendo lo que son, evidentemente no se equivocan.

Dentro del sistema, y siguiendo las reglas de ese sistema, no se llega a un sistema distinto.

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