SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

La justificación del orden social capitalista.-

 

Hemos sostenido que el orden de una sociedad, la manera como se ordenan sus distintos elementos, viene dado por la forma como se ordena su producción. Y hemos visto que, en definitiva, ordenar la producción es ordenar el trabajo.

Hemos visto que ordena el trabajo quien dispone de los medios con los que se trabaja.

Lo sabe un campesino, un artesano, que ordena su propio trabajo, porque los medios con que lo ejerce son de su propiedad.

Lo sabe un empresario, que ordena el trabajo de los obreros, porque los medios con que lo realizan son de la propiedad del primero.

En las sociedades europeas actuales, el trabajo, la producción, la ordena el dueño del capital.

Y la reproducción, viene asegurada, por el mismo dueño del capital, a través de las instituciones, a las cuales dirige por medio de los partidos políticos, normalmente.

La producción y su reproducción, enlazadas, dan el perfil característico de cada sociedad.

Este perfil característico de la sociedad actual, europea, española, para su desarrollo (reproducción) pacífico, en el seno de la normalidad, necesita ser presentado como el más justo, el más armónico, el más conveniente; el más ajustado a las ideas de solidaridad, justicia, progreso, protección del arte, la belleza, defensa del más desvalido.

Y estas lindezas, se han de decir, se han de atribuir, al conjunto.

Como esto resulta muy fuerte; como eso no se lo traga ni un niño pequeño; se añade enseguida: “dadas las circunstancias por las que pasamos”.

Estas circunstancias son: la crisis del petróleo, la sequía, la herencia de la guerra (la que sea), la globalización, la crisis del textil (de los astilleros, de las acerías, de la agricultura, de la pesca) de la competencia de Marruecos, de China, del egoísmo de los Estados (cuanto más ricos, más egoístas.)

Si no fuera por esa circunstancia, o esas circunstancias, nuestro orden social, sería todas las lindezas que hemos dicho. O expresado de otra forma: dentro de lo que acabe... la organización del partido que gobierna, es todo eso que acabamos de decir.

Las instituciones, en su conjunto, tienen la difícil tarea, en nuestro caso de mantener, de reproducir, la producción en forma de trabajo por cuenta ajena. Esto quiere decir, mantener al obrero, lejos de los lugares donde se decide; y esto vale para la producción y para la reproducción.

Para sujetar en esas condiciones a un colectivo numeroso, y que es además el que ejecuta todas las tareas de la producción, vitales, como hemos visto, para la existencia misma de la sociedad, se ha de hacer un trabajo muy fino.

Se ha de disponer, en primer lugar, de una institución (o varias) compuesta de unos aparatos de fuerza contundentes (quiere decir que golpea con daño o que produce gran impresión en el ánimo, convenciéndolo). Estos aparatos son los guardianes que aseguran el normal funcionamiento de la producción y de las instituciones que la encuadran, reproduciéndola.

Es el ejército, sus hermanos menores (los cuerpos policiales) y todo el aparato complementario (Tribunales, cárceles).

Estos aparatos de fuerza real, y por eso contundente, permanecen escondidos, camuflados, excepto en momentos en que aparece como posible el peligro de cambio no querido, no buscado, por la producción. En esos momentos, aparecen en toda su pureza: son aparatos para matar, para aniquilar.

Mientras tanto, permanecen escondidos. No obstante, y para estar disponibles en cualquier momento, han de entrenar y mantener en forma, su elemento humano y su costosísimo instrumental. De vez en cuando, nos recuerdan su existencia y función, mediante los correspondientes alardes o exhibiciones.

Este aparato es costoso, costosísimo, pero la producción, quien manda en la producción, lo estima absolutamente necesario. Tan poca confianza tiene en la eficacia y viabilidad de la producción en la forma que la tienen montada.

En cualquier caso, la fuerza física, como medio de mantenimiento y reproducción de la producción, actúa diariamente (policía, sentencias, cárceles, detenciones); quien aparece normalmente agazapado es el inmenso aparato que respalda la actuación de este aparato menor de actuación diaria, el Ejército.

La presencia de la fuerza física, como elemento o instrumento utilizado en la ordenación de la reproducción, ha estado y está presente en nuestras sociedades europeas, cualquiera que haya sido la forma en que estuviera organizada la producción.

Nunca, sin embargo, ha bastado este instrumento, aparentemente tan decisivo, para asegurar la reproducción.

Franco, Hitler, Stalin, nunca admitieron que utilizaban la fuerza para mantener un tipo de organización del trabajo, sin añadir, enseguida, que se trataba de defender con ello... una forma de entender la vida, un conjunto de ideales y valores, un proyecto de organización de la sociedad.

Y para hacer valer estos ideales, montaban unas instituciones que, en realidad tenían una doble función. De una parte, servir de instrumento a la reproducción (en la enseñanza, en la sanidad); y de otra, justificar, a la vez, el tipo de organización que se daba al trabajo, y la forma (violenta) con que se defendía esta forma de organización.

En las sociedades democráticas parlamentarias del primer mundo (así llamado por estas mismas sociedades –el segundo, eran los países comunistas, y el tercero los países empobrecidos-), la fuerza física organizada es la viga maestra y el cerrojo, a la vez, de toda la ordenación institucional. La violencia organizada “de diario” , es la trama firme que permite que sobre ella se repitan continuamente los procesos del trabajo material y el funcionamiento  normal de   las demás instituciones; mientras que la gran violencia, asegura con su potencia, que en este funcionamiento no puede haber sobresaltos, no “debe” haber sobresaltos.

Al igual que en las dictaduras, el uso y la amenaza del uso de la violencia, para mantener una determinada manera de organizar el trabajo, exige una explicación de quien ordena el uso de la fuerza.

En nuestras sociedades también se acude a una justificación ideal. En realidad, los valores, los ideales, las metas, no se diferencian mucho de las de las dictaduras, ya que en ambos casos se trata, en general, de fantasías.

La diferencia es, más bien, de método. Cómo se conseguirán esas metas fantásticas. Los dictadores, lo harán ellos y sus fieles, directamente.

Los países de democracia parlamentaria, tienen el siguiente sistema, para conseguir sus metas fantásticas, y para justificar, al mismo tiempo, el uso de la violencia de las instituciones.

Los individuos mayores de edad, periódicamente, pueden elegir  a los miembros de un partido político, para que dirijan las instituciones. Estos partidos van constantemente explicando lo que harán, los objetivos que perseguirán, si consiguen efectivamente dirigir las instituciones.

Previamente, se ha acordado, entre los partidos políticos, y luego se ha sometido a la aprobación popular, las grandes líneas de las instituciones, así como los objetivos a perseguir por las mismas. Todo ello se materializa en lo que se llama la Constitución. Y, en adelante, las instituciones, se han de mover dentro de este marco constitucional.

 

¿En qué consiste lo fantástico, lo irreal, de estos sistemas democráticos y parlamentarios?

Básicamente, en hacer creer que los individuos que votan una Constitución, o posteriormente al partido de su preferencia para que dirija las instituciones, están decidiendo la forma en que considera que debe organizarse la sociedad en que viven.

En hacer creer a los votantes que el partido político que ellos elijan, tiene la capacidad para ordenar la sociedad en cualquiera de las formas que puedan creer oportuna.

De esta manera, la política, adquiere esa dimensión fantástica que, al contacto con la realidad, produce, el cinismo en el político (y quien lo patrocina), y el desinterés progresivo en el votante.

La creencia, el hacer creer, que los partidos deciden los destinos del mundo, el tipo de vida que llevamos en nuestros países, la forma en que se organiza nuestro trabajo, es la fantasía que se utiliza en nuestras democracias parlamentarias, para ocultar, o desdibujar la realidad de que, quien organiza el trabajo es quien dispone de la propiedad, de los medios materiales con que se desarrolla; y éste es a su vez, quien indica la dirección a seguir por las instituciones.

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