SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

La experiencia rusa no contempló la profunda “miseria” del “trabajo obrero”.-

 

La pregunta sería si el socialismo, si el camino al comunismo, pasa necesariamente por el desmontaje, pieza a pieza, del “aparato” que montó, como pieza maestra de la producción, el capitalismo: la empresa capitalista.

Los comunistas rusos no se encontraron con las condiciones que hubiesen permitido este camino. Tampoco lo intentaron. Se inclinaron más bien porque el protagonismo en la producción, y su reproducción, lo acaparara el Estado. Un Estado de los trabajadores (de los obreros, los campesinos y los soldados).

Si el Estado no es otra cosa que el conjunto de organismos, de instituciones, que crean y organizan quienes dirigen la producción, para asegurar su reproducción, los comunistas rusos, y concretamente los dirigentes del partido comunista, acabaron dirigiendo ambas cosas, la producción y el Estado.

En estas circunstancias, los papeles se entrecruzan, las funciones se desdibujan, y  el propio Lenin ya advertía que los obreros ya no eran obreros, ni el Estado era un Estado como los demás. La dirección de la empresa ya no era un capitalista, y los propios sindicatos obreros dudaban de cúal era su papel.

No era ésta la situación en la que había nacido y se había desarrollado el movimiento obrero, europeo y mundial. Y en esta extraña situación, empezaron a perder sentido, o a cambiar de significación, el conjunto de conceptos que servían de base a la teoría (al conocimiento) y a la actuación del movimiento obrero europeo.

El movimiento obrero se llama así porque tiene como base a los obreros. Y el trabajo obrero ya hemos visto que no es otra cosa que la forma en que se trabaja para un capitalista. Y esta forma de trabajar se ha ido asentando, perfeccionando, profundizando en sus rasgos esenciales: la ganancia se extrae, utilizando como instrumento, la exclusiva en el conocimiento técnico utilizado, y en los resortes del mando.

Esto tiene como efecto principal el vaciado profundo de competencia, responsabilidad y sabiduría en los trabajadores, convirtiéndolos en obreros. Es decir, la cara opuesta de la competencia, la sabiduría, la responsabilidad: el capital.

Esto, en la experiencia rusa, se convirtió en otra cosa. Su problema central derivó hacia la organización de la producción en forma colectiva, planificada y dirigida por el Estado (con la particularidad que hemos comentado sobre el papel fantasmal de un Estado que ejerce todas las funciones). En esta organización, los obreros nunca encontraron el lugar que correspondía a sus proyectos propios. Y cuando el experimento acabó, pudieron comprobar en la práctica, que nunca estuvieron en el camino que los llevara a dejar de ser obreros. Consiguiendo controlar el Estado a través de su partido; poniendo toda la producción bajo la dirección de éste, y tratando de encajar toda la actividad productiva en los moldes de un plan, se creyeron haber puesto los raíles del camino que les llevaba directamente al comunismo. Lenin y los gobiernos que él dirigió, tuvieron muy serias dudas de que así fuera.

No obstante, las indicaciones que el movimiento obrero tenía al respecto, no se apartaban mucho de estas líneas del proyecto. La conquista del Estado, la toma de posesión de los medios de producción, y la planificación de la economía, habían sido la “cartilla” que habían leído todos los socialistas-comunistas, llegando esta tradición (en formas ya algo desdibujadas) hasta Allende en Chile, Miterrand en Francia, Castro en Cuba.

Todos ellos tuvieron ocasión de comprobar que estos rasgos del socialismo no eran fórmulas concretas para aplicar directamente, sino indicaciones que en algún lugar del camino aparecerán, acreditando que no se erró en su recorrido; o que se erró, y hay que tomar otra trocha para llegar al mismo lugar que se pretendía.

Lenin, y el comité que con él dirigía el partido y el Gobierno, pronto comprendieron que estas señales servirían para acreditar que se transitaba por el camino correcto, pero no daban ninguna receta sobre la forma de hacer el recorrido. Esto último había que improvisarlo. Y así lo hicieron. Y recorrieron el camino hacia adelante y hacia atrás, varias veces. Por ejemplo, nunca supieron cómo planificarían la producción agraria cuando la mayor parte de las tierras productivas estaban en manos de los campesinos (en manos privadas) medios y los pequeños campesinos, que eran aliados suyos en la revolución.

Por ejemplo, después de cuatro o cinco años de revolución, reconocen que con el Estado nuevo que han montado (al que llegan a llamar “trasto” y “monstruo inútil”) no es posible gestionar ni planificar las empresas públicas, hasta el punto de admitir en público si no sería preferible partir de cero.

Lenin repite una y otra vez que se está recorriendo un camino nuevo, y que los nuevos pasos hay que darlos con valentía, porque si nos equivocamos, habremos aprendido que ése no era el camino, y así es como se avanza, decía.

Lenin buscaba la forma en que llegaría a la toma de posesión de los medios de trabajo por parte de los trabajadores, como seña de identidad del socialismo. Que la forma provisional tuviera que ser a través del Estado y que la planificación fuese también estatal, podían no ser sino instrumentos que llevarían a formas más ajustadas a sus objetivos.

Se trataba, por tanto, de una experiencia, y de ella se había de aprender para seguir avanzando en los objetivos socialistas.

Muerto Lenin, Stalin cambió el rumbo.
Stalin cambió los pasos de tanteo por los pasos en firme. Visto que el objetivo socialista de que los obreros tomen a su cargo, controlen, los medios de trabajo es una operación que encierra muchas dificultades; visto que la pequeña producción era un obstáculo al rápido crecimiento de la productividad, y que sus pequeñas dimensiones y su gran número dificultan su coordinación; Stalin entiende que lo que no hagan los trabajadores por sí mismos directamente, lo hará el Estado en su nombre.

Y así, valiéndose de los resortes de fuerza del Estado, agrupa de forma obligatoria todas las parcelas campesinas en grandes granjas colectivas, y junto con toda la industria, encaja toda la actividad productiva en los estrechos marcos de un plan cuyas cifras de producción deben ser estrictamente cumplidas.

El aumento de la producción deberá permitir alcanzar niveles parecidos al de los más adelantados países capitalistas. Con la importante diferencia de que aquí todo ello tiene como finalidad el mayor bienestar de los obreros.

Durante muchos años trabajaron los obreros rusos en esta creencia. Durante muchos años, trabajando y mejorando sus niveles de educación, sanidad, alimentación, vivienda, etc. Durante muchos años, trabajando como obreros, olvidando que toda la aventura socialista se inició para dejar de ser obreros.

Durante el tiempo que duró la experiencia rusa, la mayor parte de los obreros, o al menos buena parte de los obreros, y en todo caso, los obreros comunistas, tuvieron por buena la idea de que el Estado, dirigiendo la economía en la forma planificada en que lo hacía, y no teniendo otra meta que su bienestar, lograría alcanzar un nivel de abundancia de bienes materiales (alimentos, electricidad, vivienda, muebles, vestido, calzado, etc.) para toda la población, que se acercaría mucho al pensamiento que se tenía sobre el comunismo.

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