SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

El segundo escalón: las instituciones.-

Metidos en el segundo escalón, donde se prepara, donde se da nacimiento y forma, al conjunto de instrumentos que materializan la reproducción de los procesos de trabajo, hemos de orientarnos en su seno. Para los obreros, hay que repetirlo muchas veces, es un mundo casi completamente desconocido. En el cual, por lo tanto, hay que empezar orientándose. Orientarse en medio de un paisaje significa buscar el oriente, por donde sale el sol. Y a partir de ahí, uno sabe dónde está el poniente, por donde se pone; el norte y el sur. No es mucho saber, pero ya es algo.

Para un obrero, buscar el norte en el mundo, para él desconocido, de las instituciones, significa moverse casi por instinto.

Y se ha de mover por instinto, por falta de conocimiento.

Demos medio paso atrás. Habrá que ir muy despacio.

El obrero que ha entrado en el primer escalón, empieza en ese momento a dejar de ser obrero. Y a no trabajar por cuenta de un empresario. No obstante, sigue desenvolviéndose en una producción, impulsada y regulada por el capital. Su actividad sigue navegando por los canales por los que se desenvuelve el capital. Al principio empezará a ser consciente de que no hay empresario que lo pueda despedir. Más tarde advertirá que, realmente, las ganancias no se las lleva nadie distinto de los trabajadores. Y poco a poco acabará comprendiendo que se encuentra en una nueva situación. Comprenderá que ya no es un obrero.

Pero, mientras tanto, le ocurrirá como a quién se baja del tren; que, de momento, el paisaje sigue moviéndose hacia atrás.

Identificado todavía en la producción como un obrero, en el segundo escalón, en el mundo de las instituciones, es también tratado como uno más. Ya hemos dicho que el grueso del aparato institucional sirve igual a la reproducción del proceso de trabajo por cuenta ajena y al del que lo hace por cuenta propia. Las instituciones propias de cada uno en particular (el despido, en uno, la ley de Cooperativas, en otro), tienen mucho menor peso en su reproducción que las que les son comunes.

El gran aparato institucional, lo que llamamos el Estado, refleja en su organización y funcionamiento, la realidad concreta de las relaciones productivas de trabajo, de las formas de organizarse el trabajo. En nuestro caso, refleja el mando, la dirección del capital.

Por lo tanto, en ellas aparecerá el obrero, como un elemento sin movimiento propio, sino sometido a los impulsos, a los ritmos, a los objetivos del capital.

En el grueso de las instituciones del Estado (Parlamento, Gobierno, Tribunales, Administración Civil y Militar, Iglesia, Partidos Políticos, sindicatos, medios de Comunicación), no aparece ninguna de ellas que sea soporte del proyecto de los obreros. Todas ellas reflejan el trazo profundo de la principal relación en la producción: capital-trabajo.

Capital (sus propietarios), dirigentes; obreros, dirigidos.

Si se “respeta” el funcionamiento del capital, se “respeta” el sometimiento de los obreros. Si se “respeta” el proyecto del capital, no se “respeta” el proyecto de los obreros.

Si el socialismo-comunismo, como proyecto de los obreros, tiene como eje principal, dejar de ser obreros, convirtiéndose en propietarios de los medios con que trabajan y del producto del mismo, el “respeto” al proyecto del capital  (trabajo por cuenta ajena), se convierte en“no respeto” por el proyecto de los obreros (el trabajo por cuenta  propia).

Hemos puesto respeto entre comillas, para resaltar de lo que se trata, para que no pueda haber malentendidos.

Poner la atención, la consideración, la deferencia en una postura, no impide acatar la contraria. Yo acato, acepto, las reglas de funcionamiento de la empresa capitalista en que trabajo, pero mi respeto, mi consideración van hacia la cooperativa en que trabaja mi amigo Miguel. Si tuviera los medios y la posibilidad, convertiría la empresa en que trabajo, en una cooperativa. Mi proyecto, el proyecto que yo prefiero es que el trabajo se preste, en la producción, en forma de cooperativa; mientras tanto, trabajo y acato sus reglas, en una empresa capitalista.

Quien así razona, quien así opina, puede militar en Comisiones Obreras o en U.G.T, en el P.S.O.E o en Izquierda Unida (o el Partido Comunista), y comprenderá que, igual que él, acaten, estas organizaciones, las reglas de funcionamiento   del capital en las empresas. Lo que le puede costar más entender, es que no muestren, constantemente, junto a su acatamiento a las reglas del capital, su profundo respeto y preferencia por el proyecto de los obreros, su gente.

 

   Hay, como vemos, diversas razones para que los obreros no encuentren un lugar acogedor en el escenario de las instituciones, en el Estado.

En este conjunto de artilugios, todos y cada uno de ellos, están concebidos, precisamente, para reproducir la principal relación de trabajo en la producción: empresario-obrero.

Por lo tanto, no solamente para que el empresario siga siendo empresario, sino también para que el obrero siga siendo obrero.

Si uno, o un grupo de ellos, dejan de ser, en el seno de la producción, obrero, que no espere una acogida calurosa en el mundo de las instituciones. Este mundo es un reflejo de lo que esencialmente ocurre en la producción. Unos mandan, crean, crecen; otros, los obreros, ni mandan, ni crean, ni crecen (en todo caso, lo necesario para seguir sin mandar, ni crear).

El escenario de las instituciones, es el lugar donde tienen su hogar los valores, los proyectos, las ilusiones, lo sueños, las fantasías (y, añadiríamos, las revoluciones). Es el lugar propio del derecho, la política, las religiones, la ética, la moral, la cultura. El espacio donde toman cuerpo los modelos y las reglas que pretenden guiar la conducta de los obreros. El lugar donde se habla de la libertad, la igualdad, la solidaridad, la justicia, la hermandad.

En este mundo tan aparente de las  instituciones, el obrero nunca se ha encontrado cómodo, siempre ha tenido la sensación de ir con el pie cambiado. Ni más, ni menos que como va en la producción, en el trabajo. En este escenario se juega la misma partida, se representa la misma obra, que en la producción. Su papel, el del obrero, sigue el  mismo guión, el mismo relato: el propietario del capital es quien marca las reglas aquí también.

En la producción, ni se discute: quien dispone de los medios de trabajo, marca las reglas. Así es en Norteamérica, en Europa, y así fue en la Unión Soviética.

Pero, en el mundo de las instituciones, ¿Cómo se logra que el obrero siga sometido como lo está en la producción?

En una dictadura, la cosa es directa, se le paga al dictador para que haga el sometimiento “manu militari”, que como su propio nombre indica, se ejecuta a través de individuos armados (ejército, policía, irregulares, milicias, incontrolados, etc).

En los Estados parlamentarios, constitucionales, liberales, como hoy es norma común en la mayor parte de Europa, el sistema es el siguiente.

La producción, es decir, quien controla la producción, está obligado a organizar la reproducción. La razón es evidente: sin reproducción, no hay producción. Esta regla es tan evidente, como la de que en la producción manda quien dispone de los medios de trabajo. Por lo tanto, no le dedicamos más razonamientos.

No le dedicamos más razonamientos, pero hacemos un fuerte hincapié en este dato, que con muchísima frecuencia queda borrado en un mundo tan bullicioso como el de las instituciones.

Pues bien; si quien manda en la producción es quien ordena la reproducción, tiene todo el sentido que lo haga de forma que su puesto de mando sobre el trabajo, no corra peligro.

¿Y eso, cómo se consigue?
Manteniendo el control de sus gastos de mantenimiento. Si una institución no observa el objetivo central que hemos citado, se le corta la ración. Si insiste, se le retira.

¿Y eso, cómo se hace en la práctica?

Por dos vías.

Una, directa. El capitalista, en persona (suele crear una fundación, pero aún así le da su nombre) paga el funcionamiento de la institución. Juan March, Conde de Fenosa, Corte Inglés, pagan museos, salas de concierto, universidades, escuelas de poesía, de música, etc.

Los bancos, todos, pagan a las organizaciones políticas, particularmente a los partidos políticos, unas cifras esplendorosas de millones, naturalmente para que se porten bien. Y todos, todos, se portan bien, colaborando en el funcionamiento cómodo de la reproducción. Y todos, todos, siguen cobrando.

Este camino directo, en Europa es un poco vergonzante (quiere decir que a los partidos les da un poco de vergüenza- luego se les pasa-), pero en los Estados Unidos, como los dos partidos son del capital, no hay ningún motivo para esconderse o tener vergüenza, y la comunicación-quiere decir, el chorro de  millones- es pública y fluida.

 

A esta vía de mantenimiento de las instituciones que acabamos de ver, se le llama privada.

La otra vía se llama pública. Consiste, fundamentalmente, en que la institución que reparte el dinero que se ha recogido a través de los impuestos, señala unas cantidades anuales para los partidos, con los que estos pagan los gastos de material y de personal que comporta su funcionamiento.

El partido, a su vez, cuando consigue dirigir las instituciones (cuando gana las elecciones), encauza la actuación de éstas, sus inversiones principalmente, en el sentido que señala la consecución de una mejor desenvolvimiento del capital, es decir, del trabajo sometido.

De esta forma, el normal desenvolvimiento de las instituciones, guiadas en su caminar por el partido gobernante, no hace otra cosa que reproducir las condiciones en que mejor se desarrolle el trabajo por cuenta ajena.

Y sin embargo, habíamos dicho que el reino de las instituciones es el escenario en el que viven y se desarrollan los valores, las libertades, la justicia, la solidaridad, la igualdad, el derecho, etc.

¿Cómo se compagina el juego de todos estos valores, actividades, actitudes, proyectos, iniciativas, libres todos ellos; con ese control que hemos visto del capital sobre todas las instituciones?

¿Qué significa la libertad de crear instituciones, y la libertad de éstas en su funcionamiento?

La libertad, la justicia, la solidaridad, la igualdad, la religión, la ética, la moral, la cultura, etc. Son ideas, es decir, imágenes mentales. Estas imágenes no hacen otra cosa que dibujar en nuestra cabeza un tipo de conducta, un tipo de relaciones entre los individuos, que nos parece deseable; en el sentido de que si se siguiesen por la mayoría de los individuos, se acabaría creando un orden, un cierto tipo de orden, por el que, el que piensa de esta manera, siente la mayor predilección.

Estas, ideas, que, naturalmente, son individuales, nacen en la cabeza del  individuo,  no tienen una presencia apreciable en la sociedad, si no toman cuerpo, precisamente, en una institución. Un local, unos medios, unos individuos (un aparato), que permite mostrar la idea, extenderla, inculcarla.

Todas las iglesias, todas las religiones, todos los credos, todas las filosofías, todas las ideas políticas, todas las ideas sociales, todas las ideas altruistas (preocuparse por los otros –altri, en latín-), todas las ideas ecologistas, todas las ideas naturistas, todas las  ideas sobre la dignidad humana; todas ellas, dibujan en la cabeza de quien las mantiene, una manera de ordenar la sociedad, por lo tanto, una manera de relacionarse los miembros de una sociedad.

Para conseguir, totalmente, o parcialmente, la extensión de esa idea, en busca de que pueda concretarse, todas acaban aterrizando en forma de institución. Partidos políticos, instituciones eclesiásticas (parroquias, colegios, fundaciones, asociaciones, obispados, papado, mezquitas, sinagogas, templos, locales de reuniones), Organizaciones No Gubernamentales (O.N.G), asociaciones Civiles, son los instrumentos principales en que se encarnan estas ideas.

En este escenario, exactamente, es en el que reina la libertad.

Todo individuo puede, es libre para, imaginar un orden social a su antojo, enteramente al gusto personal. Ni el más feroz de los dictadores se lo puede prohibir.

Puede imaginar las conductas de las demás, encarriladas en el orden que escoja como, el más justo, el más liberal, el más solidario, el más transparente, el más racional, el más igualitario, el  más dinámico. No hay límite en la exigencia. Es la libertad total, que irá añorando, a medida que esa idea salga de su cabeza al exterior, y empiece a encontrar límites; por ejemplo, la libertad sin límites de la cabeza de otro   individuo que también empieza a sacarla al exterior.

Este choque de ideas, al salir de la cabeza de cada individuo y encontrarse entre sí, aparece como el más vistoso, quizás el más estudiado. A nosotros, en el camino que llevamos, en busca del comunismo, nos interesa más otra vía. Nos interesa más otro tipo de dificultades, que esta libertad total inicial, encuentra en su camino.

Se trata de las dificultades, mejor dicho, de las exigencias impuestas por las necesidades materiales, para la difusión de esa idea. Hemos dicho que la idea toma cuerpo en una institución. Y una institución requiere medios materiales y personales. Si no contamos con ellos, ya podemos decir a nuestra idea que vuelva a entrar en nuestra cabeza, dónde, eso sí, gozará de completa y total libertad.

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