SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

El periodo de transición. Sus problemas.-

 

Lo que acabamos de decir, es aplicable al sistema capitalista, y a lo que conocemos del sistema comunista.

En el sistema capitalista en pleno funcionamiento, como lo conocemos ahora, sabemos cómo el capitalista reproduce y aumenta, acumula, progresivamente su capital, y sabemos de dónde brota ese aumento, ese nuevo capital. Sin embargo, no nos consta, no sabemos, no tiene interés, conocer el origen del primer capital, del capital con el que cada capitalista inicia su función (si lo ha robado, si lo ha heredado, si procede de su ahorro). El sistema, el estudio del sistema, lo que nos muestra es cómo se comporta el capital una vez se pone a funcionar; lo anterior, no pertenece al sistema, queda al margen de sus leyes.

Marx estudió, con profundidad, el funcionamiento de la producción capitalista, y pasó y repasó sobre las normas que la rigen.

Sin embargo, cuando se ocupa del origen del capital, de los orígenes del sistema, lo coloca, a este estudio, en un apartado especial, al que llama “la acumulación originaria”. No se trata en él de la historia del capital, sino de su prehistoria. No se trata de cómo un capitalista aumenta su capital, sino de cómo un comerciante, que ha acumulado dinero comerciando, empieza a utilizar este dinero como capital; de cómo un arrendatario, encargado de las tierras de un noble, acaba utilizando éstas, junto con el dinero que ha ahorrado, como capital; de cómo un prestamista, un joyero, un armador de barcos, con el dinero que acumulan en su actividad (que no es aún capitalista) comienzan a adquirir medios de trabajo, a contratar trabajadores, y a funcionar, ahora ya sí, como capitalistas.

¿Cuál era la utilidad del estudio de esta etapa pre-capitalista (antes del capitalismo)?

La principal, se diría, que es la observación de Marx, de que los sistemas de organización del trabajo, que son la base de la organización de la sociedad, se suceden unos a otros, a lo largo de la historia de la humanidad, de tal forma que, no aparece el nuevo, hasta que en el seno del viejo no se dan las condiciones que permiten su aparición y su poder de sostenibilidad, de reproducción.

Otra sería, que entre sistema y sistema, hay una larga fase, en que las reglas de funcionamiento del viejo comienzan a ser puestas en cuestión, discutidas, mientras que las del nuevo, aún no aparecen muy definidas.

Y otra utilidad, ésta comprendida en las anteriores, pero más concreta, que nos diría más o menos lo siguiente.

Si los comienzos del capitalismo, no siguen exactamente las reglas del capitalismo, de manera que se llega al primer proceso de trabajo capitalista, a través de medios no capitalistas; eso quiere decir que, igualmente, a los primeros procesos de trabajo que podamos llamar comunistas, se llegará por, o a través, de métodos no comunistas.

¿Cuándo podremos decir que estamos ante un proceso de trabajo comunista?

¿Cuándo se pudo decir que estábamos ya ante un proceso de trabajo nuevo, el proceso de trabajo capitalista, y no un proceso de trabajo servil o artesano?

Se trata, evidentemente, de un cambio apreciable, en los elementos que intervienen, y en las relaciones que se establecen entre sí.

Cambio apreciable quiere decir, cambio visible, claro, evidente. De manera que las primeras experiencias, pocas, y no muy claras todavía, no se considerarían en un primer momento como algo nuevo.

Solo cuando el peso de lo producido con el nuevo sistema, empezó a pesar sobre el conjunto de la producción, y particularmente del mercado; sólo entonces, los principales agentes del viejo sistema, vuelven sus ojos a la nueva realidad.

Los trabajadores, ya obreros, son contratados y despedidos, según las necesidades cambiantes del momento; el pago, a cambio del trabajo, el salario, se calcula contando de antemano con que quedará un remanente, después de hacer frente a todos los costes; si no es así, no se inicia la actividad, o si se ha iniciado, se suspende o se extingue. El nuevo sistema no tiene la finalidad, como el antiguo de conservar y disfrutar de la riqueza por parte de su poseedor, sino de aumentarla y acumularla sin más límite que el que venga impuesto por el propio sistema.

Estos son datos visibles de que estamos ante un nuevo proceso de trabajo. Si cumple sus objetivos, principalmente de enriquecer a su promotor, se multiplicará efectivamente.

Solo cuando el peso de lo producido por estos nuevos procesos, comienza a mostrar su superioridad sobre los anteriores, empezará a no ser un conjunto nuevo de procesos, sino un sistema de procesos que se enlazan y combinan entre sí, formando un todo. Este nuevo sistema de producción, moldeará, reordenará las instituciones, para adaptarlas a la nueva realidad. Y entonces, se llegó a lo que es un nuevo sistema de ordenación del trabajo y de la sociedad. Un sistema que se impone al anterior y lo domina (lo pone a su servicio), y para así crear, e imponer sus propias reglas en la producción y en la ordenación de todo el aparato institucional.

 

 

 En la fase de ensayo de lo que aún no se sabe si llegará a cuajar en un nuevo sistema, mueren una cantidad de intentos, que no llegan a madurar.

La propia práctica se encarga de hacer rectificar, o incluso desistir de continuar un nuevo proyecto que no resiste esta dura prueba.

Hemos visto cómo, por ejemplo, el comunismo ruso, ha acabado desistiendo de su importante intento, girando al final hacia los raíles del capitalismo.

Los nuevos procesos de trabajo, ya no eran exactamente capitalistas. Las explotaciones agrarias colectivas, así como los grandes combinados industriales, sometidos en su ordenación a un plan, se coordinaban todos en un plan general, encaminado a la consecución de las mejores condiciones de trabajo y vida de obreros campesinos y trabajadores en general.

La prueba de la práctica exigía, como sabemos, la sostenibilidad. Y la sostenibilidad exige, un grado de productividad en los procesos de trabajo, que permita, como mínimo, soportar los gastos de las instituciones que reproduzcan esos procesos de trabajo. Y decimos como mínimo, porque es la prueba que exige la organización de todos los países del mundo (la O.N.U., Organización de las Naciones Unidas), para considerar a ese conjunto de procesos de trabajo, con las instituciones que les dan soporte, un Estado, un nuevo Estado. Si no llega a ese nivel, se considera un ensayo de sostenibilidad inviable, incapaz de reproducirse.

La Unión Soviética, consiguió, con un nuevo tipo de procesos de trabajo, ese mínimo de sostenibilidad. Se consideró, y fue considerado,


como un Estado, con una forma distinta de ordenación del trabajo, de la producción, y, por tanto, de su ordenación institucional.

El acoplamiento de las instituciones a la producción, que es lo que permite la reproducción, en la Unión Soviética, dejó de funcionar. Y esa es la prueba (del algodón, se dice) indisimulable de que el sistema de producción ensayado no es sostenible.

Razones teóricas las hay para explicar la no sostenibilidad del comunismo soviético, pero la sentencia de la práctica es demoledora. El trabajo, ordenado en la forma que se intentó, y apoyada, esta forma, en  las instituciones que se tuvo a bien organizar y costear, no llega a cuajar un nuevo sistema de trabajar. Eso no es un sistema comunista de trabajo. Mejor admitirlo, y aprender del ensayo, todo cuanto sirva para perfilar mejor el objetivo buscado, y el método o camino que se siguió.

El capitalismo, lo que ahora llamamos capitalismo, también tuvo un largo periodo de ensayo. No nació como un sistema, sino que acabó organizándose como un sistema.

Sus orígenes, ya lo hemos visto, no provienen, ni tienen nada que ver con el sistema en que luego se organiza.

Pero los primeros elementos que luego compondrán el sistema, encierran ya, como una simiente, las características esenciales de ese futuro sistema.

La primera rueda del mecanismo capitalista que comienza a funcionar es un proceso de trabajo, con las características, novedosas para su tiempo, que ya hemos repetido. El primer recorrido de sus diversos ciclos, pone ya en funcionamiento los apoyos necesarios en forma de instituciones. Los continuos recorridos de las diversas fases, acaban dibujando un auténtico sistema de procesos de trabajo capitalistas que, promueven para su mejor reproducción el correspondiente sistema institucional.

Se ha ido, como vemos, de lo simple y material, como es un proceso de trabajo, a lo complejo e inmaterial, como es el programa de un partido; es decir, de lo material a la idea, de lo simple a lo complejo. Podría decirse, que este proceso lo ideó y dirigió una mente marxista. Y es el proceso del montaje y consolidación del sistema capitalista.

Si analizamos el ensayo soviético hacia el comunismo, observaremos el camino contrario. El grupo de Lenin, que alcanzó la dirección del aparato productivo y del aparato institucional en la Unión Soviética, no comenzó su camino en la producción; no comenzó ensayando un nuevo proceso de trabajo, comprobando su funcionamiento, como hicieron los capitalistas. Por el contrario, el punto de partida más significativo de los seguidos hasta alcanzar el poder, fue la fundación de una revista, como foco, alrededor del cual, se fuera creando el marco de ideas que sirvió de guía al nacimiento del partido comunista ruso.

Se partió de la idea, se partió de la institución, y se desembocó, se tomó tierra, en la producción.

El partido, una institución, organizó, ordenó, los procesos de trabajo.

En el capitalismo ocurrió al revés, la producción organizó las instituciones (el partido, los partidos) en la forma más conveniente para reproducir sus procesos de trabajo.

El proceso de formación del capitalismo, su desarrollo y maduración, seguirá una tendencia de encajonamiento y conducción de las instituciones por parte de la producción.

Y el proceso de desarrollo del comunismo ruso, seguiría una tendencia de encajonamiento y conducción de la economía por parte de las instituciones. Exactamente un camino opuesto.

 

Si la magia consiste en pretender la obtención  de resultados contrarios a las leyes naturales, a través de artes o ciencias ocultas, mediante ciertos actos y palabras; el comunismo, desde sus primeros pasos, ha tenido algo de mágico; y parte de su encanto ha debido consistir en la falta de proporción entre los medios de que disponía y las brillantes metas que se pretendía alcanzar; es decir, en su magia.

Pensar, pretender, y hacer creer, que los obreros y los campesinos, acabarán dominando la producción y controlando las instituciones, siempre que tengan como guía, protector y maestro, al partido comunista, tiene algo de magia, tiene algo de ciencia oculta.

A la presente, en la Unión Soviética, no se estaba en esa vía, en ese camino, cuando obreros y campesinos dijeron ¡Basta! En China, Cuba, Corea, Vietnam, tampoco se marcha por esa vía. Obreros y campesinos mejoran en sus condiciones de trabajo y de vida (donde eso sea así), pero, en multitud de países, también mejoran sin que les guíe el partido comunista.

Esta magia, o ciencia oculta, tiene que ver con el papel de Mesías -salvador- que se atribuye este partido; sin que quede claro, de dónde arranca tanta sabiduría y tanta seguridad, dado que en la práctica histórica sus resultados no son brillantes.

El punto de arranque de su propuesta ya es muy débil. El partido es una institución, por tanto, su lugar no es la producción. Y es en la producción donde el trabajador organiza, o le organizan, el trabajo.

Al capitalista, ni le organizó, ni le organiza su empresa el partido. El partido le prestará los apoyos que precise, en el lugar y en la forma que él indicará. La iniciativa y la dirección en el trabajo, la lleva el empresario.

De forma paralela cuando un grupo de trabajadores emprende un proceso de trabajo, bajo su propia iniciativa, y bajo dirección y responsabilidad propia (una cooperativa, por ejemplo), no precisa ningún partido guía, ni salvador, ni mesiánico. La tarea que tienen delante, organizar su propio trabajo, no tiene nada de ciencia oculta, ni de magia. Se trata de aprender y practicar todo lo que los empresarios han aprendido y practicado en un par de siglos. No es lo mismo realizar el trabajo que a uno le ordenan y dirigen, que ordenarlo entre los propios trabajadores. No es lo mismo cobrar el salario e irse a casa, que preparar y tirar adelante las iniciativas de la propia empresa.

Al Partido Comunista de España, y al P.S.O.E (puesto que tuvieron el mismo origen), se les presenta en esta cuestión una doble vía; que, hay que entender, que una no  excluye a la otra.

Una sería la que recorren en la actualidad. Son dos partidos socialdemócratas, que tienen como misión principal, y casi única, compartir con los partidos de los empresarios, la creación, inspiración y dirección de las diversas instituciones que aseguran y, en su caso, mejoran, la reproducción de las relaciones de trabajo que se establecen entre obreros y empresarios. Un aparato institucional ágil y bien equipado, repercute, sin duda, en el bienestar general, es decir, de los empresarios y de los obreros.

Se trata, en todo caso, de una función de perfeccionamiento del sistema, en la que, por esta misma razón, no caben mesianismos, ni magias, ni ciencias ocultas. Se trata, principalmente, de que obreros y campesinos, trabajen y vivan mejor.

Esto último lo lleva mejor el partido socialista que el comunista, dónde, de vez en cuando, alguno de sus dirigentes pretende dar la sensación de que no forman parte de un sistema que, por otra parte, dicen detestar. Un coletazo, seguramente.

La otra vía, compatible con la anterior, consistiría en prestar parte de sus aparatos, para ponerlos a disposición de las necesidades institucionales de la nueva forma de producir (procesos de trabajo colectivos por cuenta propia).

Esta nueva función comportaría una parcial reconversión, mejor dicho, una profunda reconversión parcial, de parte del aparato del partido; ya que, difícilmente se conseguiría que el conjunto del aparato, del partido, se ocupara, al mismo tiempo, de la reproducción de la relación de trabajo capitalista, y de la reproducción del nuevo sistema del trabajo en común. No es que sean unas labores incompatibles, pero, lo cierto es que responden a objetivos y sistemas distintos.

En cualquier caso, difícilmente se encontrará una institución mejor preparada para las nuevas funciones. Ambos partidos tienen como base a los trabajadores; y el origen de ambos, repetimos, tienen mucho que ver con el intento de autoorganización de los trabajadores.

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