SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

El “nuevo” estilo en las investigaciones de Marx.-

 

Estas líneas centrales de las investigaciones de Marx, recogidas la mayor parte en lo que hoy conocemos como “El Capital” representan, y representaron en su día, todo un “estilo” nuevo.

Colocar el trabajo material (el trabajo vulgar) en el centro, en el núcleo a partir del cual se pueden interpretar los procesos sociales (que tienen lugar en una sociedad) que componen el conjunto de lo llamamos nuestra “historia”.

Colocar al trabajo de la producción en el centro de la organización, de la ordenación de la sociedad, y por tanto, como la clave de su comprensión global.

Colocar a los trabajos no directamente productivos (culturales, religiosos, políticos, militares, jurídicos, sanitarios, educativos) en el lugar que les corresponde, es decir, servir de instrumento de apoyo al mejor funcionamiento del trabajo directamente productivo. O lo que es lo mismo, supeditar los trabajos no directamente productivos a las exigencias de la producción.

Todo ello resulta novedoso, sobre todo en sus consecuencias.

En particular, la contemplación del trabajador (persona), del trabajo (actividad), y del producto-resultado (cosa), como tres momentos de un solo proceso, en cuyo proceso el gestor-director es la persona (con el sello profundo que imprime el hecho, también novedoso de que el trabajador ahora es colectivo).

Esta mirada nueva le lleva a profundizar en las condiciones materiales que dificultan la apreciación de la unidad de este proceso (trabajador-trabajo-producto).

Marx coloca la quiebra de esta unidad en el momento en que se generaliza el intercambio de productos del trabajo; es cuando los productos del trabajo se convierten en mercancías.

Un capítulo entero de la obra que citamos lo dedica Marx a lo que él llama el “fetichismo” de la mercancía.

El producto es llevado al mercado por quien lo elaboró; en el momento que es intercambiado se independiza, cobra vida propia y se convierte en una “cosa”; de manera que quien se acerca al mercado lo ve lleno de “cosas”, cosas útiles que él compra precisamente por su utilidad. Este conjunto de cosas que hay en el mercado, ya nadie las ve como el resultado de un trabajo concreto. Se han separado de su origen y circulan como cosas independientes, con vida propia.

Si el intercambio se lleva a cabo a través del dinero, éste que, a su vez, en su origen fue una mercancía (oro sacado de una mina), se une a ellas, en una danza vistosa, llamada Lonja, Bolsa, mercado, Bancos, donde el trabajo representado en todas ellas, y que es el fundamento y origen de su existencia, no aparece por parte alguna.

Si el producto es llevado al mercado por persona distinta de quien lo elaboró (como es el caso en la producción capitalista), de manera que quien aparece como su propietario-vendedor no es quien lo elaboró, la relación entre la mercancía que vemos y su autor, queda completamente escondida.

Estos procesos de ocultación, de enmascaramiento, como vemos, tienen unas bases materiales en las que se apoyan, y a través de las cuales se reproducen.

Una de estas bases es el hecho de que las unidades (lo que llamamos empresas) que forman la producción material son independientes las unas de las otras, y su única relación mutua es la que establecen a través del mercado; de forma que la armonización de ese conjunto (la producción material) solo se hace a través de ese instrumento, el mercado, en el que se enfrentan y se relacionan entre sí las mercancías.

Otra de esas bases o condiciones materiales consiste en que como hemos visto, en el mercado comparece como dueño de la mercancía quien no es su productor, el empresario, el capitalista.

Perseguir la unidad perdida (persona-actividad-producto), apuntaría necesariamente a la desaparición de las condiciones materiales sobre las que se apoya su separación.

Este proceso de recuperación se produciría, además, en un escenario donde han aparecido otras condiciones materiales nuevas y que, por tanto, deberían ser también tenidas en cuenta.

Efectivamente, la productividad del trabajo ha dado un salto espectacular.

Este mismo fenómeno del aumento de la productividad, abre la puerta a una nueva forma de creación de nuevas unidades productivas: la forma cooperativa; en la que los propios trabajadores son propietarios de los medios de trabajo y del producto obtenido, al tiempo que adquieren la posibilidad de convertirse en organizadores y gestores de sus propios procesos colectivos de trabajo.

De otra parte, la dimensión de las nuevas unidades de producción (empresas) permite extraer de la cooperación compleja sus mejores resultados, permitiendo al mismo tiempo, ordenar, controlar mejor la armonización del conjunto (mayores unidades, pero menores en cantidad).

En estas condiciones, la recuperación de la unidad de persona, actividad y producto en los procesos de trabajo, adquiere efectivamente, un cariz, una perspectiva “nueva”.

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