SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Anarquistas, socialistas y comunistas en los comienzos de las organizaciones obreras.-

 

Los trabajadores en general, y los obreros en particular, han sido los más interesados en el  comunismo y sus problemas.

Los grupos y organizaciones comunistas y socialistas han sido, principalmente, las que han estudiado, promovido, explicado, difundido, practicado el comunismo.

A lo largo del siglo XIX el socialismo y el comunismo han sido motivo de estudio, discusión, y con su nombre se han emprendido y se han dirigido gran parte de las luchas obreras.

A partir de los años 20 del siglo XX se ha empezado a distinguir entre las ideas socialistas y las ideas comunistas. Al principio en forma poco clara, pero a medida que tomaba forma el movimiento obrero en toda Europa, se difundían por una parte los grupos, sindicatos y partidos socialistas, y por otra parte los comunistas.

En la segunda mitad del siglo XX los socialistas (su pensamiento, su organización y su práctica en la sociedad) se han diferenciado de los comunistas.

Los gobiernos y los partidos políticos que les dan soporte en el Parlamento, en la República Popular China, Vietnam, Cuba, Corea del Norte, son comunistas; y los gobiernos y partidos que los apoyan en Alemania, Reino Unido (Inglaterra), son socialistas.

           En la medida en que las ideas socialistas fueros conocidas y hechas propias por buena parte del movimiento obrero, pasaron a formar parte del mismo, junto a otras ideas y otras practicas, como son las procedentes del movimiento anarquista.

En la España de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, ambos movimientos, socialista y anarquista, orientaban la mente y guiaban la acción de las organizaciones obreras que han protagonizado la respuesta de los trabajadores a su mala situación en el trabajo. Dependiendo de las regiones  y de la época, estos movimientos, anarquismo y socialismo, han llevado la dirección de las luchas obreras en nuestro país.

Tanto el movimiento anarquista como el socialista han tenido su origen fuera de España, y se han introducido en el país en forma de ideas y prácticas (forma de actuación) que han ido tomando cuerpo en organizaciones y programas, imprecisos en un principio y mejor definidos y arraigados a medida que su puesta en práctica las afinaba u obligaba a corregir y mejorar su dirección. Las ideas generales y los programas recibidos iban adaptándose a las condiciones particulares de nuestro país, a las condiciones concretas del trabajo aquí, y fruto de esa aplicación son las organizaciones que nacen, se desarrollan y llegan, las más importantes de ellas, hasta nuestros días: la U.G.T. (Unión General de Trabajadores), la C.N.T.(Confederación Nacional del Trabajo), P.S.O.E (Partido Socialista Obrero Español), P.C.E. (Partido Comunista de España). Unas formas quedan por el camino como la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica), otras llegan transformadas (C.N.T.), otras aparecen con nombre y estilo nuevo CC.OO. (Comisiones Obreras). Estas organizaciones obreras no eran apoyadas en su día por el conjunto de los trabajadores del país, las de ahora tampoco lo son, pero el empuje y la inteligencia puestos en su actuaciones, y el resultado de las mismas, sí que afectan a todos los trabajadores. En ese sentido, el movimiento obrero y el conjunto de sus organizaciones, siempre han estado y están en el área de los intereses del conjunto de los trabajadores, aunque solo una minoría participe activamente en ellas.

 

Los anarquistas tienen en el movimiento obrero español un lugar de primer orden.

Proceden de diversos grupos muy activos que operan en varios países europeos y que, junto con socialistas y comunistas, en los años centrales del siglo XIX, aparecen formando la Asociación Internacional de Trabajadores, de la que posteriormente dejan de formar parte. Sus ideas, y sobre todo su aplicación a la práctica, los van separando progresivamente de la práctica socialista-comunista.

Los grupos anarquistas que se van creando en España encuentran su mejor encaje en Cataluña y Andalucía.

Sus ideas son sencillas y claras. Sus líderes son honestos y desinteresados, normalmente obreros manuales. Recorrían los talleres y los campos sin más equipaje que sus ideas y su ilusión, siendo siempre para los trabajadores un compañero más. Los intelectuales que formaban parte de este movimiento han sido siempre, igualmente apasionados de la sencillez y la generosidad. Siempre han tenido como herramientas de su trabajo la educación, la instrucción, la acción directa, es decir, la participación directa de los propios trabajadores en la implantación de sus ideales.

El núcleo duro de estos ideales ha consistido siempre en conseguir que los trabajadores se liberen de las condiciones de trabajo que les vienen impuestas, y por extensión de las formas de pensar  y de vivir, asimismo impuestas.

Con la misma claridad y sencillez identificaban a los responsables de crear y mantener los obstáculos que impiden el avance de sus ideales: los patronos, los banqueros, los curas, los militares (y sus servidores).

La idea, o ideal, de una sociedad de trabajadores hermanados, en la que sobraran todas las categorías de personas que acabamos de citar, prende con facilidad en los obreros, desde los talleres industriales de Cataluña hasta los jornaleros más olvidados de Andalucía y del resto del país.

Para sacar adelante estos ideales los anarquistas han utilizado las armas habituales en este tipo de tarea. Desde la huelga para mejorar condiciones concretas de trabajo (salario, jornada), hasta la huelga política con finalidad más ambiciosa (cambiar a una autoridad particularmente dura, debilitar un gobierno). Se han organizado en agrupaciones locales, en organizaciones por sectores, en sindicatos, asociaciones; si bien, han sido muy reacios a participar en organizaciones políticas, no obstante han tenido ocasionalmente algún Ministro en el Gobierno del país.

Herederos de este importante componente del movimiento obrero español son, el actual sindicato C.N.T., (en sus diversas ramas y denominaciones), diversos círculos y grupos de pensamiento, y sobre todo, lo que más nos interesa en este estudio sobre el comunismo: la levadura de los ideales anarquistas, del pensamiento libertario, que permanece diluida, formando parte del imaginario de los trabajadores españoles. Con frecuencia las organizaciones comunistas se han enfrentado con éste poderoso continente ideológico, unas veces en forma de choques incluso violentos, otras por haberse engendrado éste en el propio seno de las organizaciones comunistas.

 

Los socialistas, nacidos en los mismos ambientes que los anarquistas y, compartiendo con ellos, tanto el tronco común de sus ideales como el protagonismo en la dirección del movimiento obrero europeo, unos y otros se han ido diferenciando, sobre todo en el camino a seguir para conseguir el cumplimiento en la realidad de esos ideales compartidos.

La diferencia más reconocible a lo largo de la práctica real de ambos movimientos ha sido una cierta tendencia de los socialistas a disputar al enemigo la dirección de la sociedad en su propio terreno, en los propios órganos de la dirección de la sociedad (el Estado); en tanto que los anarquistas se han inclinado por la destrucción, por la supresión de dichos órganos, facilitando así la ordenación de la sociedad por parte de los trabajadores mismos.

Esto explica que los socialistas, desde el principio de su actuación en el movimiento obrero, han ido creando una respuesta propia a los problemas de los trabajadores con respecto a los órganos oficiales de la sociedad (el Parlamento, el Gobierno, los Tribunales, el Ejército). Esta respuesta se ha centrado en la creación de un partido político, es decir, un instrumento capaz de introducirse en los órganos mencionados, controlarlos y dirigir su acción a la consecución de los ideales de los trabajadores. Los anarquistas, por su parte, nunca confiaron en que este camino socialista pudiera tener buen fin.

 

En el imaginario comunista (conjunto de imágenes y representaciones, de ideas y de ideales) hay una primera etapa, lejana y prácticamente olvidada, en que se concibe el camino comunista como la implantación de pequeñas comunidades en las que todas las necesidades del grupo son atendidas por los propios miembros del mismo. La  puesta en común de los medios de trabajo y del trabajo mismo para atender las necesidades individuales y comunes, aparecen como la realización de la sociedad más perfecta posible. Montando este tipo de comunidades ejemplares se suponía que el resto de la sociedad podría seguir el camino señalado. En Inglaterra y Francia llegaron a adquirir una cierta resonancia este tipo de iniciativas, si bien nunca representaron ningún peligro para el orden de la sociedad existente. Hay que considerar que estas iniciativas tenían por promotor normalmente a un rico empresario bienpensante.

En el movimiento obrero moderno, las organizaciones anarquistas y socialistas tienen desde su origen un esquema, en su ideario y en su acción real, en el que aparece con toda claridad un enemigo a quien enfrentarse y a quien combatir: el patrón, el amo.

A lo largo de este enfrentamiento (que normalmente se ha conocido como lucha de clases por tratarse de dos grupos en disputa de sus intereses) van tomando conciencia de la existencia de otro actor en la escena. No están solamente, por un lado los trabajadores y sus organizaciones, y los patrones y las suyas por otro, sino que hay un tercer actor: el Estado. O al menos así lo interpretan unos y otros.

Los anarquistas piensan que no se trata de otra cosa que de servidores de los amos, organizados y armados por ellos para que defiendan sus intereses, y que por tanto, se les ha de hacer desaparecer junto con sus amos y financiadores.

Los socialistas, por su parte, no lo han visto siempre así. Es decir, admitiendo que se trata de un conjunto de organismos creados, organizados y mantenidos por los patrones para defender sus intereses frente a los intereses de los trabajadores, no obstante han pensado, y siguen pensando, que ese conjunto de organismos que llamamos Estado puede ser válido si se consigue su control y se le señala como fin la consecución de los intereses de los trabajadores, en lugar de hacerlo a favor de los intereses de los patronos. Se trataría, por tanto, de un instrumento neutro en sí mismo, que se puede utilizar a favor de unos u otros intereses.

En consecuencia, tanto en la identificación del enemigo, como en el lugar y destino que se le asigna a éste en la confrontación, hace diferentes, en su pensamiento y acción, a socialistas y anarquista

 

Llaman las organizaciones de los trabajadores la “lucha”, su lucha, al conjunto de acciones, normalmente colectivas, que estos llevan a cabo para obtener o defender unas condiciones de vida y trabajo que “el enemigo” les niega, o entorpece y dificulta su consecución. La forma de estas luchas ha sido muy variada.

Como principio, y tratándose de actuaciones colectivas, era imprescindible una concertación (acuerdo) mínima, bien previa a su inicio, o  bien alcanzada en el transcurso de las mismas. Justamente para cumplir esta función de acuerdo y concertación fueron apareciendo las organizaciones de los trabajadores, creadas por ellos mismos. La experiencia adquirida en estas interminables batallas es el tesoro más valioso del conjunto de estas organizaciones. De ellas han de obtener la sabiduría y el conocimiento que les permita iluminar el camino y el sentido de su marcha.

Estas organizaciones han encarado sus luchas de distinta forma. Las organizaciones anarquistas, apuntando a la desaparición del enemigo, partiendo de la destrucción de su instrumento de guerra, el Estado. Y los socialitas-comunistas intentando la derrota del enemigo, mediante el asalto y ocupación de su fortaleza, el Estado, y el uso del mismo para la consecución de los intereses de los trabajadores.

Esta distinta orientación se traduce en la forma misma de las propias organizaciones.

Los anarquistas ponen el acento en el ataque frontal a los organismos del Estado, lejos de buscar la forma de penetrarlos y utilizarlos, y al mismo tiempo ponen el mayor empeño en la autoorganización del trabajo, en la creación de órganos que autogestionen (que gobiernen ellos mismos), y así mismo la implantación de una gran central sindical que dispute al enemigo, día a día, las mejores condiciones en la realización y pago del trabajo.

Los socialistas-comunistas se centran, sin embargo, en que sus organizaciones permitan la penetración o la disputa en el dominio de los órganos del Estado.

En el día de hoy la práctica de estos principios, de estos ideales, ha llevado a estas organizaciones a puntos de llegada naturalmente distintos. Los anarquistas, fieles a sus ideas, no tienen presencia en los órganos del Estado de ningún país; mantienen su presencia sindical, si bien no son la fuerza dominante en ningún país europeo; y representan, sin embargo, un ideario brillante y atractivo, presente en no pocos sectores de las juventudes europeas.

Comunistas y socialistas han penetrado y, en no pocos países, dominado, controlado el Estado durante largos periodos de tiempo, manteniendo, al mismo tiempo, una importante presencia sindical.

Estas prácticas diferentes han supuesto, como no podría ser de otra manera, que el enemigo, que era común a todos los obreros organizados en los inicios, aparezca ahora muy desdibujado.

Hasta el punto de que, en determinadas circunstancias, se llegue a considerar como enemigo a algún sector del mismo movimiento obrero.

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