SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

A manera de resumen. Una primera noción del concepto de “Estado”.-

A la vista de todo ello, llegamos a las consecuencias siguientes.

Las instituciones en nuestro país (y en su entorno europeo) tienen asignadas unas funciones por parte de los dirigentes de la producción material, que consisten básicamente en crear las condiciones que permitan la reproducción de esta producción, con los elementos y las relaciones propias de esa forma concreta de producir.

Para cumplir esas funciones se las dota de los medios necesarios, que normalmente consisten en una entrega de dinero periódico, que la propia institución administra, bien con autonomía amplia, bien bajo la dirección y vigilancia de una institución superior.

Se trata, no de un conjunto de instituciones solamente, sino de un sistema organizado. Se trata de un sistema ordenado por materias (agricultura, obras públicas, seguridad pública, enseñanza, etc.), y por escalones jerárquicos (cuanto más alto el escalón, mayor es el mando, la responsabilidad y el sueldo).

Vistas una a una, cada institución aparece como cumpliendo una función puramente técnica. Los bomberos apagan fuego, los inspectores de Hacienda vigilan que se paguen los impuestos, los militares se adiestran en el manejo de las armas cada vez más complicadas, los curas nos invitan a vivir como ellos dicen, los jueces aplican las leyes, los parlamentarios las hacen, los empleados de prisiones vigilan a los presos, los maestros y profesores enseñan lo que dicen los libros, los policías protegen el orden.

El conjunto de todas ellas sí que apunta en una dirección concreta: la creación y mantenimiento de las condiciones que permiten la pacífica reproducción de la relación que domina la producción material, es decir, el capital (en nuestro caso).

El conjunto de las instituciones, que hemos visto que es un sistema (es decir, todas ellas actúan siguiendo un mismo plan, todas están enlazadas entre sí para alcanzar las finalidades del plan trazado, no va cada una por su lado), tiene una cúpula, un mando superior, y una escalera de jefes que acaban en el ejecutor de las funciones que tenga asignadas la institución.

A las instituciones se les ponen nombres propios. El rey, el Parlamento, el Gobierno, la Administración (los funcionarios) o mejor dicho, las Administraciones (la General, las autonómicas, las locales -Ayuntamientos, Diputaciones-).

Al conjunto de todas las instituciones se les nombra como el Estado.

El Estado, por eso mismo, es el encargado del funcionamiento como un todo del conjunto de la producción material. La producción material con sus complicaciones, como hemos visto (el capital se ha de reproducir en un medio que no es todo él capitalista, sino que hay también productores por cuenta propia).

Además, y como función principal, ha de reproducir al conjunto tan complejo de la producción material. Y a ello dedica el grueso de sus medios (un ejército de funcionarios civiles y militares, con su consiguiente equipamiento e instalaciones).
El propio control y reproducción de los aparatos (conjunto de personas y medios dedicados a un fin –se utiliza la expresión igual que si decimos el aparato digestivo refiriéndonos al cuerpo humano-) utilizados (cuerpo de jueces, cuerpo de la guardia civil, cuerpo de profesores) requiere nuevas instituciones encargadas de esta función (la reproducción y control del conjunto de las instituciones).

Este “mundo” especializado en funciones aparentemente ajenas a la producción, aparece a los ojos de un obrero como algo absolutamente ajeno a sus intereses, y al mismo tiempo algo muy difícil de entender. Sin embargo, existen, se han montado, para él. Sin los obreros, sin la producción material, las instituciones no existirían.

No hay que extrañarse; realidades más cercanas a nosotros, como es el cuerpo humano, nuestro propio cuerpo, lo conocemos muy mal. Si lo queremos conocer tenemos que hacer un esfuerzo de conocimiento distinto del que con su trato diario tenemos, hemos de dar unos pasos “en el camino del conocimiento científico”: Hemos de estudiar anatomía (los elementos del cuerpo humano), fisiología (el movimiento y funcionamiento de éstos) y estos conceptos primeros nos parecen un poco extraños, e incluso innecesarios. Pasa igual con el conocimiento del trabajo y del trabajador. Suena al principio un poco raro que para tener un conocimiento científico (o “en el camino de la ciencia”) de los mismos deben tenerse una nociones de lo que es una institución, y de cual es la función, el papel, del conjunto de las mismas, del Estado. Pero al hacerlo así se nos abre una posibilidad de comprender mejor el papel del trabajador en la sociedad y descubrir al mismo tiempo las posibilidades de conformar esa sociedad a los intereses de quien soporta sus trabajos más duros, los obreros.

Hemos interrumpido el hilo que llevábamos, para hacer hincapié en la estrecha ligazón entre el Estado (el conjunto de las instituciones) y la producción material, es decir, los trabajadores productivos.

Pero esta ligazón hay que descubrirla, porque no aparece a la vista, directamente (igual que ocurre en todas las ciencias, que descubren los movimientos reales de los fenómenos que estudian y que resultan distintos de lo que las apariencias hacían pensar).

El Estado (las instituciones) aparece constantemente ocupado en el funcionamiento interno de las distintas instituciones (oposiciones, concursos, organización del trabajo, sueldo, competencia) y de las relaciones entre ellas (competencias de las Comunidades Autónomas) El lenguaje de las instituciones no es el común de los ciudadanos, sino especializado y oscuro, de forma que, en su conjunto resultan ajenas a los intereses de los trabajadores.

Esta forma, lejana, especializada, oscura, de ser y comportarse el Estado, tiene como efecto unas consecuencias muy importantes para el movimiento obrero.

Al Estado (sus instituciones) lo mueven sus trabajadores, no se mueve solo. Lo hemos visto, un inmenso ejército de funcionarios (militares y civiles) y trabajadores públicos (quiere decir de las Administraciones), arrastran diariamente el carro del Estado. Trabajan a cambio de un sueldo. Pero, como aclaramos más atrás, quien los emplea no es un empresario, no participa directamente en la producción y sobre todo no busca una ganancia. Solo puede gastar en sueldos lo que recibe para ello por parte del Parlamento en la ley de presupuestos. El Parlamento, a su vez, como es una institución también, ha de pagar a sus funcionarios con el dinero que señala el propio Parlamento. Se trata, por lo tanto, de una relación de trabajo distinta de la del obrero, de la del trabajador de la producción material.

Estos trabajadores, los públicos, los de las instituciones (los de todas las instituciones), además de esta característica que los diferencia, tienen otra, a la que nos queríamos referir. La forma especializada, lejana y oscura (semisecreta) de comportarse las instituciones, contagia a los trabajadores que las sirven. Y los contagia en el sentido de que su trabajo es distinto, más “distinguido”, que el de un trabajador de la producción.

Esta característica se da en forma de tendencia, es decir, todos los trabajadores públicos no se sienten “distinguidos”, pero la generalidad de ellos, sí.

Y esta tendencia se acusa en los cuerpos de funcionarios que están más cerca del centro en que se juntan las funciones esenciales del Estado: la violencia organizada y el encuadramiento en la aceptación del orden propuesto (en nuestro caso el orden capitalista). Los cadetes de la academia Naval de Marin (por poner un ejemplo), y los miembros de la Conferencia Episcopal Española (por poner otro), se sienten (tienden a sentirse) bien “distinguidos”, bien distantes y distintos de los trabajadores de la producción.

Esta distinción o lejanía respecto al trabajador de la producción, va unido en estos cuerpos centrales en las funciones del Estado, a una ocultación o distracción de los efectos de su actuación en la sociedad. Todas las organizaciones armadas de nuestro entorno europeo, se resistirán a aceptar su papel central en la defensa y conservación de un orden que persigue fundamentalmente la reproducción en la mejores condiciones del capital. Como tal institución lo enmascararán en la función constitucional, en la voluntad popular, etc.; es su obligación, todas las instituciones necesarias para conservar un orden basado en la separación de los trabajadores de sus medios de trabajo y de su producto, tienen como función ocultar la causa de su existencia, ocultarla o enmascararla, en caso contrario se la sustituirá por otras más eficaces.

Los señores cadetes (así creo que se les trata en su institución) y los señores obispos, desempeñan una función, como institución que son, a cambio de la cual reciben un sueldo que señala el Parlamento, que es la institución central que reparte el dinero entre todas las instituciones.

Esta retribución se les hace a cambio del servicio que prestan a la tranquila y segura reproducción del capital. Los cadetes adiestrándose con las armas, esperando que no sea necesario utilizarlas y disuadiendo con su sola existencia; los obispos, indicándonos  el camino para ser buenos y felices, camino que coincide con el que el capital necesita para reproducirse. En la medida en que cumplan este cometido, el capital se encarga, vía Parlamento, de retribuirlos; en la medida en que su función empiezan a desempeñarla mejor otras instituciones empieza su decadencia.

Las instituciones, para cumplir bien su misión, siempre tienen una justificación, una explicación interna, una razón que tranquilice y haga sentirse seguros a sus miembros. De forma que tienen dos caras. Una, la que la propia institución mantiene y explica. Otra, la que resulta en la realidad al enlazar su función con de las demás instituciones, y la del conjunto con la producción (con los obreros).

Los señores cadetes nos dirán que ellos ni matan ni asustan a nadie. Los obispos, que ellos enseñan a las almas el camino que las llevará al paraíso y mientras tanto a que hagan el bien. Si esto fuese así, si el efecto sobre la sociedad de su existencia y su actuación fuese tal como ellos explican, no recibirían un céntimo del Estado, deberían pensar en “trabajar”. Instituciones así no sirven.

Todas las instituciones importantes (las de la violencia organizada y las creadoras de opinión, de consentimiento), tienen siempre una explicación interna y una función real, que no coinciden. Los cadetes dicen ahora que defienden el orden constitucional. Cuando no había constitución, con la dictadura, ¿qué defendían? ¿y los obispos? Su función no ha cambiado. Su justificación, sí.

Por eso es tan importante para los trabajadores, para el movimiento obrero, que el conocimiento del entorno en que se desarrolla, que el conocimiento que tenga de la sociedad de la que forma parte, no provenga de las instituciones. Las instituciones, ya lo vamos viendo, tienen una visión de su función en la sociedad y de la sociedad misma, muy distinta de la que el movimiento obrero necesita para llevar adelante sus acciones y plantear sus proyectos.

Las instituciones no son unas mentirosas, ni sus miembros unos engañosos; es que funcionan así. Los cadetes son valientes, disciplinados y alcanzan una alta calificación en su formación (son unos chicos excelentes). Pero eso no guarda relación con la función global real de las fuerzas armadas, que es la de ser seguro final de un orden que, lo acabamos de ver, se basa en el trabajo por cuenta ajena, en el capital  y su reproducción. No hay una valoración moral, es la descripción de hechos reales y su estudio. Los obispos son santos, buenos, decentes, instruidos, buena gente, habitados por el espíritu santo, salvadores de almas, etc. Si toda su actividad en la sociedad no tuviera como resultado real una forma de pensamiento y de conducta en la mayoría de los miembros de esa sociedad que facilita y permite una fácil reproducción del capital, no recibirían del Estado ni un real (como no lo reciben allí donde su influencia en la sociedad en este sentido ha disminuido). Seguirán existiendo y salvando almas, pero dejarán de ser una institución necesaria, y por eso pagada, para el capital. Y esa es la función que aquí nos ha interesado; en todo lo demás, que nos dispensen cadetes y obispos, que su existencia solo nos interesa si afecta de un modo directo e importante a los trabajadores.

      No es novedoso que las instituciones, consideradas una a una, o en su conjunto formando el Estado, den una visión de sí mismas muy favorable. Solo hay que acudir a los hechos observables directamente. La dictadura del General Franco era, según sus instituciones, lo mejor que podía desear la sociedad española; solo perseguía el bien común de todos los españoles. Sus apoyos institucionales más importantes, la violencia organizada –el ejército-, y la formación de las conciencias- la Iglesia-, así lo creían y así lo manifestaban. El orden a que servían una y otra institución, el orden del capital, se lo retribuía económicamente.

Desaparecida la dictadura, ambas instituciones siguen en su sitio. Es cierto que esto es así porque siguen sirviendo al mismo orden, pero en forma diversa. Sin embargo, sin libertades y con libertades, ambas instituciones se veían a sí mismas como los pilares del único orden justo. La Iglesia y el ejército, pilares de la libertad, y la Iglesia y el ejército pilares de la dictadura.

Es decir, las instituciones hay que estudiarlas desde fuera y en su función real (no en la propia que ellas confiesan).

Esta función real es siempre la conservación del orden que las crea y las paga. Las crea y las paga para que ejecuten bien su tarea. Un grupo de ellas, mediante la violencia, la coacción; el otro, mediante la presentación de este orden como el más lógico, más natural, más justo, más bueno, más humano.

Esto es así, cualquiera que sea el orden que se defienda. Tanto en Cuba (comunista), como en Estados Unidos, las instituciones las monta y paga el amo de la producción. Y en uno, y otro sitio, las violencia y el consentimiento son los centros alrededor de los que se construyen las instituciones.

Siendo esto así, es inútil que preguntemos a las instituciones por el orden que protegen o embellecen. Siempre será el mejor.

Como el orden que protegen y embellecen las instituciones es el orden de la producción, o lo que es lo mismo, el orden del trabajo, al movimiento obrero le es de un gran interés el asunto que las instituciones se traen entre manos.

Y es, así mismo, del mayor interés, tener siempre presente que la visión que las instituciones dan del orden que las creó es siempre favorable a ese orden. Las instituciones que el capital paga y utiliza, si cumplen bien su tarea, presentaran y defenderán la creación y mantenimiento de las condiciones que más favorezcan el desarrollo y reproducción del capital.

El orden económico en nuestro país, o lo que es igual, la forma de prestarse el trabajo, ya hemos visto que no es simple, sino complejo, no es sencillo, sino complicado. La relación de trabajo por cuenta ajena es la principal, por lo tanto el capital tendrá todas las preferencias. El trabajo por cuenta propia gozará de las mejores condiciones para su desarrollo y reproducción pero siempre que no entorpezca las preferencias del capital.

Este es el orden (la forma de trabajar) que las instituciones españolas tienen como tarea defender y presentar como el mejor, el único, el más racional, el más natural, el más lógico, el más humano.

El trabajo por cuenta ajena (el capital) y el trabajo por cuenta propia, en su caminar, en su reproducción, tienen un lugar, un escenario, en el que se encuentran, se reúnen, diariamente,  y ese lugar es el mercado.

En el mercado se encuentran todas las mercancías. Las elaboradas trabajando por cuenta propia y las elaboradas por el trabajo por cuenta ajena.

A pesar del distinto origen de los productos, los precios serán únicos (una naranja que compramos en el mercado, no sabemos si ha sido producto de un proceso de trabajo por cuenta propia o ajena). Así mismo las materias primas y las máquinas utilizadas en el trabajo, se encuentran en el mercado, al mismo precio para un tipo de trabajo y para el otro.

El capital, sus amos, con su gran capacidad para introducir en el proceso de trabajo los medios más modernos y costosos, consiguen una productividad a la que el trabajo por cuenta propia le cuesta llegar, sobre todo al campesino con una producción de tipo familiar.

El capital consigue así disciplinar, hacer acatar sus ordenes, a todo proceso de trabajo por cuenta propia. Con lo cual los coloca en trance de desaparecer, si no se ponen a su nivel.

Y en este punto, en este desequilibrio, aparecen las instituciones para recordar que la reproducción del capital se realiza, no en solitario, no es una reproducción simple, sino conjuntamente con la reproducción de los procesos de trabajo por cuenta propia.

Es decir, unas mismas instituciones, las instituciones de un mismo Estado, han de responder a las exigencias de la reproducción del capital, pero también a las del trabajo por cuenta propia. Como tiene exigencias distintas, las instituciones han de aparecer, a un observador ingenuo, como poco conjuntadas, poco coherentes, mal armonizadas.

Como además, en esta reproducción conjunta, han de prevalecer los intereses del capital, este observador citado, acaba pensando que las instituciones, ofrecen una cara, pero luego actúan siempre a favor del más fuerte. Cuando en realidad están cumpliendo fielmente su tarea.

Nos introducimos un paso más en el conocimiento de las instituciones en nuestro país y en nuestro entorno europeo.

Las principales instituciones tienen como misión central la reproducción del capital. Pero la reproducción del capital, no desenvolviéndose en solitario, sino en forma conjunta con otra forma de trabajar, la que se hace por cuenta propia (particularmente los campesinos, las empresas familiares campesinas).

Esta forma de actuar de las instituciones, atendiendo a exigencias del capital, y al mismo tiempo tratando de crear las condiciones para que no desaparezca la forma de trabajar por cuenta propia,  hace que aparezcan poco claras en su acción, poco definidas.

Otras veces, una institución aparece defendiendo claramente al capital y otra, la forma tradicional campesina de trabajar.

Las instituciones que crean y gestionan las ayudas o subvenciones para determinados cultivos, los cereales por ejemplo, son la muestra más clara de los que decimos. Aparentemente se conceden para ayudar al campesino (por cuenta propia), y la mayor parte va a para a empresas o propietarios que contratan a trabajadores (cuenta ajena) y ellos se quedan la subvención. Es un efecto claro de la reproducción del capital en forma paralela con el trabajo por cuenta propia.

Otro motivo de actuación sospechosa, o poco clara, de las instituciones, es que los capitales no son todos iguales, sino que hay grandes diferencias de tamaño. Cuando las instituciones emprenden una actuación favorecedora del capital, han de tomar precauciones para que todas las ventajas no las acapare el gran capital. Y esta acción a favor del pequeño capital, puede aparecer como que se enfrenta al gran capital, cuando en realidad lo que hace es regular su mejor funcionamiento.

La misma actuación de las instituciones regulando las relaciones de los distintos capitales, grandes y pequeños, de unos y otros sectores,  para establecer el coste de los trabajadores (salarios), así como su rendimiento (jornada, intensidad del trabajo, seguridad y prevención de riesgos), hace aparecer a veces a estas instituciones inclinándose, en  ocasiones a favor del capital, y en otras a favor de los trabajadores.

Todas estas circunstancias (que recordamos aquí) hacen que las instituciones aparezcan como en continuo arbitraje entre intereses encontrados, buscando una especie de término medio entre ellos. Cuando hemos visto, que las continuas intervenciones de todas las instituciones en nuestros países europeos, no tienen otra guía fundamental que la de acomodar al conjunto del capital, una reproducción (que suelen llamar desarrollo) compatible con otras formas de trabajo (por cuenta propia) y con la reproducción de sus propios elementos (por ejemplo el trabajador).

Esta forma de trabajar las instituciones, procurando que, sobre todo, salga adelante (se reproduzca) la relación capital-trabajo, sin romper los equilibrios entre los capitales entre sí, entre estos y sus trabajadores, y entre éstos y la otra forma de trabajar (por cuenta propia); esta forma de actuar, consistente en reproducir una relación entre dos elementos, las hace aparecer como árbitro independiente que tercia en la disputa en forma imparcial. Siendo así que, tratándose de una relación de sometimiento, su reproducción no hace sino eternizar la relación favorable al capital y contraria el interés del trabajador.

En los ejemplos puestos, podemos apreciar que las instituciones referidas pueden aparecer como defensoras de los intereses de los campesinos, de los pequeños capitalistas y de los trabajadores por cuenta ajena, frente al gran capital que pretende imponer su solo interés y que lo conseguiría, si no fuese por la intervención protectora de la institución que acude en ayuda del débil.

Esta versión salvadora de la institución, la hace necesaria e imprescindible, no solo para la parte fuerte de la relación (el capital), sino también para la parte débil. Necesaria para el capital porque prepara las condiciones para su cómoda reproducción; y necesaria para el trabajador porque lo protege de la voracidad del capital y obtienen para él las mejores condiciones posibles de vida y de trabajo.

Esta doble función de las instituciones en nuestro países, las hace objeto de estudio y conocimiento preferente para el movimiento obrero. Ya que, sin conocer bien cómo se forman y cómo funcionan las instituciones, es fácil caer en su juego y perder de vista las metas propias de los trabajadores y de sus organizaciones.

 

 

El conjunto de instituciones que preparan, crean y mantienen las condiciones para un cómodo desenvolvimiento del capital en nuestras sociedades constituyen lo que llamamos el Estado.

Para las organizaciones de los trabajadores no es preciso tener un conocimiento técnico de la organización y ensamblaje de las instituciones del Estado. Bastaría con retener que la violencia organizada (ejército, fuerzas de la seguridad del Estado) y las organizaciones u organismos de la formación de opinión o encuadramiento de las formas de conciencia, constituyen la estructura del cuerpo del Estado y, por tanto, han de estar bajo su control.

Sin ello no existiría el Estado, ya hemos visto lo que son las instituciones. Cómo son creadas, o se utilizan otras ya existentes, para reproducir las relaciones económicas fundamentales.

Los organismos de opinión, por ejemplo, la Iglesia, que ya trabajan en el sentido deseado, no hay por qué encuadrarlos técnicamente dentro del Estado, pero evidentemente cumple una función muy importante para el Estado, por eso le paga los sueldos a curas y obispos y les concede muchas facilidades económicas, con lo que consigue tener su control, y eso es suficiente.

Todas las instituciones, acabamos de verlo, para contribuir a reproducir el capital, se colocan en una especie de equidistancia (igual distancia) entre los dos extremos de la relación que concretamente reproducen (capitalistas pequeños y gran capital, capitalistas entre ellos –competencia- formas capitalistas y no capitalistas de trabajar la tierra, capitalistas y trabajadores, reproducción de los propios trabajadores (seguridad social, sanidad, enseñanza). Esta equidistancia es solo aparente, en realidad esa posición se adopta para mejor encajar el interés del capital en su conjunto.

Sin embargo, esa posición de las instituciones, su plan de aparente árbitro entre los dos intereses de la relación que se trata de reproducir, repetida y multiplicada por la gran cantidad de sus intervenciones unido a la forma pública de las mismas, da al conjunto de todas ellas, al Estado, una apariencia de  defensor del interés general muy extendida en la opinión de los ciudadanos.

Esto no es más que una apariencia, pero por eso mismo, hay que recordar en el punto en que estamos, que las apariencias son la primera forma que tenemos de conocer las cosas. Se empieza teniendo noción de una cosa o persona por la apariencia (recordamos aquí como la  apariencia se creía que el sol giraba alrededor de la tierra).

Esto lo podemos comprobar en cualquier institución concreta. Por ejemplo, las instituciones que se ocupan directamente de las relaciones del trabajo por cuenta ajena: las que redactan y aprueban la ley del Estatuto de los Trabajadores, las que la aplican –Ministerio de Trabajo-, las que resuelven en caso de litigio –Tribunales de los Social-. Son instituciones cuya tarea consiste en regular la entrega por parte del trabajador de su propio trabajo y la entrega del empresario, a cambio, de un salario. La cantidad del trabajo entregado –jornada, rendimiento mínimo-, así como la forma de realizarlo –deber de obediencia del trabajador, mando del empresario-, o la cuantía del salario, es decir, las condiciones en que se presta el trabajo, vienen establecidos por esas instituciones. Y vienen reguladas de forma que permitan una cómoda reproducción del capital. Así es, y se trata de un dato comprobable. Y el propio Estado lo admite. El es quien establece las condiciones para que, por ejemplo, se establezca una gran empresa japonesa en nuestro país. Establecerá las mejores condiciones para el capital.

Pues bien, a pesar de todo ello, las normas que regulan la relación del capital y del trabajo, se presentan por parte del Estado, como unas normas “protectoras” del trabajador. El Derecho del Trabajo que se enseña en nuestras Universidades, se presenta como un derecho “tuitivo”, que quiere decir protector del trabajador. Así se presenta a los estudiantes y así se presenta a los trabajadores  y a los ciudadanos en general.

Lo que se desprende de este ejemplo particular, es aplicable al conjunto de las instituciones y particularmente a las más importantes. Las fuerzas armadas, la policía, los tribunales y las prisiones, por una parte, y el conjunto de organizaciones encargadas de presentar y que se acepte como razonable y normal, el orden del capital, es decir el trabajo por cuenta ajena. Estas instituciones, cuya finalidad acabamos de repetir, se nos presentan sin embargo por parte del Estado, es decir, por parte de sí mismas, como protectores de algo que se presenta como el bien general.

No dejamos de aprovechar la ocasión para situar en su lugar adecuado este llamado bien general.

Pensemos, por ejemplo, en una gran huelga, tan extensa y tan larga, que acaba comprometiendo la continuidad –la existencia- de todo un sector de la producción. Intervendrían todas las instituciones que hemos señalado anteriormente –Inspección del trabajo, Ministerio del Trabajo, Tribunales de lo Social, etc.-. Si logran una solución, se presentará ésta como que se ha salvado el bien general, lo mejor para todos los implicados, las empresas y los trabajadores. Nosotros, sin embargo, ya sabemos que lo que se ha salvado es el normal funcionamiento de reproducción del capital y a eso es a lo que el Estado llama el bien general, el bien de todos.

El normal funcionamiento de todas las instituciones es la principal meta de los estados de nuestro entorno europeo y de nuestro propio estado ¿Esto que quiere decir? Quiere decir que, si el conjunto de las instituciones tienen  como finalidad el buen funcionamiento del capital en su continua reproducción, el normal funcionamiento de éstas quiere decir el buen orden creado por el capital.

Sin embargo, y hay que insistir nuevamente en esta idea, el Estado se presenta a todos, y en particular a los trabajadores, como el medio, como el instrumento, a través del cual se encontrará la seguridad y la protección, ante situaciones de desamparo o de trato desigual.  Ya se trate de situaciones individuales o de grupo, sociales. Y esto ocurre, no solo en nuestro país, sino y de manera mucho más acusada entre nuestros vecinos europeos más cercanos.

¿Es que acaso no es así? ¿El Estado no es a quien hay que acudir para tratar de resolver problemas personales, sobre todo sociales? Esto ¿es así? ¿Es cierto o es falso?

Ni es cierto ni es falso.

Cuando se dice que el empresario es quien crea riqueza y empleo en un país capitalista ¿es cierto o es falso? Es cierto y es falso. O ni es cierto ni es falso.

En una relación de trabajo en que el trabajador no controla los medios con que trabaja, no participa en la organización de su trabajo, y no es dueño del producto de su trabajo, y quien controla los medios, dirige la organización y es dueño del producto, es el empresario, no carece de sentido (sería cierto) la expresión anterior. El empresario es el protagonista en este tipo de producción y a esta forma de producir la llamamos capitalista.

El conjunto de instituciones creadas y utilizadas para la reproducción del tipo de relación de trabajo que acabamos de describir, le hemos llamado el Estado. Como esta relación de trabajo se ha de reproducir (desarrollar) en condiciones no puras, ni simples, sino en una sociedad donde todas las relaciones de trabajo no son capitalistas (hay trabajo tradicional familiar campesino, hay talleres de artesanos de trabajo por cuenta propia, hay el trabajo en cooperación por cuenta propia, hay el inmenso océano de trabajo doméstico que no sale hacía el exterior –hacer la comida, la limpieza, ordenar la casa, ropa, etc.-, hay los trabajadores de las administraciones –civiles y militares-), el número y la especialidad de instituciones que han de ajustar todo este tipo de trabajos y su reproducción es enorme y puede aparecer como un conjunto desordenado.

Sin embargo sabemos que, lo que llamamos el Estado, tiene una unidad, funciona en su conjunto en una dirección, la reproducción, en las mejores condiciones posibles dentro del terreno en que opera, del capital, de todo el capital, el pequeño y el gran capital, el de casa y el que viene de fuera, el que entra y el que sale.

Si esa es la función del Estado, la frase anterior (¿nos resolverá nuestros problemas sociales –empleo, pensiones- el Estado?) es cierta; si nuestros problemas sociales o personales concretos entran en el orden del capital, es decir, si su solución está en el camino que recorre el capital para desarrollarse. Si no, no. Nuestros problemas de trabajadores tendrán que adecuarse a las formas y ritmos de desarrollo del capital, y no al revés, el Estado se encarga precisamente de eso.

             La estructura de los estados europeos y americanos (Norteamérica, Canadá, Japón, Australia, etc., lo que llamamos el mundo occidental) es muy parecida. Llamamos estructura a lo que los constructores de viviendas se refieren cuando tienen ya construidos los cimientos, los pilares, los techos, es decir, los elementos esenciales de una vivienda.

Todos los estados de la zona referida tienen la misma estructura, porque tienen una misma función: la reproducción del capital. Las instituciones fundamentales son las mismas, aunque cambien de nombre o de forma.

Sin embargo, aunque la estructura sea la misma y la función también, no se trata de estados idénticos. La misma finalidad puede ser perseguida por caminos y medios que no sean exactamente iguales, se trataría de “modelos” que persiguen la misma meta, pero cada uno a su estilo.

Por poner un ejemplo, elegiríamos dos estados, el norteamericano (Estados Unidos), y el sueco, como representación de lo que decimos.

En ambos, el capital consigue sus condiciones de reproducción de forma muy aceptable, y tan parecida, que pasa de uno a otro país sin dificultad alguna.

Sin embargo, la reproducción de los trabajadores no se hace en condiciones idénticas. En ambos países, la productividad de los trabajadores es muy alta y como consecuencia, sus salarios también son muy altos, pero, mientras en Suecia, las instituciones, con el dinero que reciben por los impuestos que pagan los trabajadores, hacen frente a las necesidades de éstos mediante pensiones de vejez, de desempleo, atención sanitaria, educación, vivienda, ocio, etc., en forma muy significativa; las condiciones de reproducción de los trabajadores en Norteamérica se dejan básicamente al cuidado y atención privada de ellos mismos, a las que hacen frente a través de sus altos salarios. Las funciones de las instituciones suecas que hemos referido, en Norteamérica cubren unos niveles mínimos, para los trabajadores de salario muy bajos.

Son dos formas, como vemos de reproducirse el capital, y ambas formas tienen defensores, seguidores e imitadores. En un mismo país puede haber partidarios de uno u otro estilo.

La existencia y defensa de uno y otro modelo, obteniendo ambos el mismo resultado (la cómoda reproducción del capital), nos está diciendo que, en el fondo, se trata efectivamente de estilos, de modo de reproducción de uno de los elementos de la relación del capital, el trabajador; la relación, sin embargo, sigue siendo la misma. Reproducción del capital es lo que buscan y obtienen las instituciones suecas y las americanas. Además, reproducción del mismo capital, dado que no hay prácticamente barreras para que emigre de uno al otro país.

Hay que advertir que los capitalistas norteamericanos encuentran más apropiada y cómoda su vía, y lo que es más llamativo, los trabajadores y sus organizaciones (el movimiento obrero mayoritario norteamericano) también.

Otro tanto hay que decir de los capitalistas suecos, sus organizaciones patronales, y los trabajadores y las suyas; todos ellos encuentran más válido su modelo.

En el resto de países de economía capitalista, las preferencias se reparten entre ambos modelos, habiendo, naturalmente, quien se queda con elementos de uno u otro modelo, o quien se sitúa en medio del camino de uno u otro.

Admitamos, por último, aunque sea repetir, que se trata de buscar las fórmulas que mejor se adapten a la reproducción del capital en las condiciones concretas de su país. Y que, de estas dos formas que pueden servir hoy de modelo, las organizaciones de los trabajadores se inclinan por una u otra, sin que aparezca un motivo o una razón  que decida cual de las dos es preferible para todos los trabajadores ligados por la misma relación al capital.

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